Un eclipse en el alma (Hechizo nocturno) 17 #2
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Tardó unos días en encajar algunas piezas.

El resto le tomaría más tiempo. «Ojalá Will estuviera aquí —pensaba Ben—.

Él también conoce la lengua de los Primeros».

Reprimió el impulso de poner al corriente a su amigo de sus hallazgos casi tanto como se contenía de abandonar el salón de los Viejos Conjuros.

La pálida luz que cruzaba los coloridos vitrales del salón le provocó a Ben una sensación de escalofríos.

Sintió cómo el mármol polvoriento se helaba a través de sus pies desnudos.

Había llegado el invierno.

Había utilizado trescientas treinta y cinco velas desde la última vez que William lo visitó.

Estaba encendiendo la trescientos treinta y seis cuando su amigo apareció entre las sombras.

William Oakwater, sonriente, se acercó y se abrazaron largamente como si llevasen años sin verse.

(Apenas habían pasado unas semanas desde la última vez.) Cuando Ben se disponía a contarle con entusiasmo lo que había encontrado entre sus cosas (aunque sin muchos detalles, y sin mencionar el hechizo de luna sin terminar), Will lo interrumpió.

—Han comenzado a construir la casa, Ben —le dijo—. Claro, han tenido que parar por las nevadas. Pero el maestro de obras dice que retomará sus labores apenas asome la primavera. Y antes de que la misma finalice, la casa Holbrooke se erguirá imponente.

«La casa Holbrooke», pensó Ben con tristeza.

Había querido que fuera la casa de Margaret y Ben Holbrooke.

Había comprado aquel pequeño terreno para empezar una nueva vida con ella.

Ahora era imposible. Margaret estaba muerta.

Phil estaba muerto. La tía Marcia y sus padres, muertos.

¿Por qué seguía él con vida? Will no pareció notar su turbación (o simplemente decidió continuar para preservar esa efímera normalidad), pues comentó que Marie estaba tan henchida que ya casi no podían compartir el mismo lecho.

—Jeremiah ha vuelto a hablar —dijo después—. El pequeño Ben se ha vuelto un lector ávido como su padre. Y Lucy...

—Sé lo que ocurrió con la biblioteca —lo interrumpió Ben—. El incendio.

Will, sentado en la silla de madera tras el cómodo escritorio que él mismo le había provisto a su amigo, se levantó con ímpetu, la mirada dispersa.

La sonrisa desapareció de sus labios como una sombra pasajera, y sus ojos se tornaron sombríos en un visto y no visto.

El dolor de la pérdida: Ben lo reconocía.

«Pobre Will», pensó. Al menos su amigo tenía muchas razones para vivir.

—Silas te lo dijo, ¿no es cierto? —inquirió Will tras un minuto o dos de silencio.

Katterblack no solo lo había visitado un par de veces, también había enviado a uno de sus criados, un muchacho hadúno que le llevaba alimentos para subsistir en el exilio.

Ben sabía bien que Will también estaba involucrado en el envío de alimento y ropa limpia.

Hubo un momento en que creyó que, después de todo, no estaba solo en el mundo.

Pero entonces la vela se apagó, llegó la hora de dormir y los sueños arribaron.

Margaret. Una daga. La sangre. Ojos sin vida.

—Sí.

Will suspiró; se pasó la mano por la cabeza y volvió a sentarse.

—Aún no sabemos quién provocó el incendio —dijo, con tono apagado—. Frank dice que fueron Cicero y Julius.

—Espera —atajó Ben, sorprendido; se irguió, alzando mucho las cejas—. ¿Frank...? ¿Te refieres a Frank Hornwood?

—Sí, mi cuñado. —Will sonrió parco—. No me ha dicho aún el motivo de su visita a River Town, que también me tomó por sorpresa.

Frank se hospeda en el hostal frente a la biblioteca.

¿Puedes creerlo? Hace poco hablamos de Frank, y la posibilidad de que se hubiera pasado al lado oscuro tras la muerte de mi hermana y mi sobrino.

Absurdo, ya ves. —Bufó una risita—. Al parecer, Frank visitó la biblioteca la noche antes del incendio, y descubrió a Cicero rebuscando entre los estantes.

—¿Dijo que Julius estaba con él? —repuso Ben. Recordó aquellos instantes en los que estuvo con Cicero y Julius a solas en el estudio de Katterblack mientras Bos Kado asesinaba a Margaret. La daga dio de lleno en una costilla a Julius, pero éste apenas se había inmutado.

—Mormont ha hechizado a Julius, Ben —dijo Will—. Eso es lo que creo.

—Yo también. —Julius había desaparecido tras la masacre que tuvo lugar en la mansión Wolfgang.

Nunca se encontró su cuerpo, ni rastro de lucha o de sangre, y no hubo hechizo localizador capaz de hallarlo.

Solo la legendaria espada Sohorogrys quedó abandonada como única pista de su rapto o su muerte—.

Puede que le hayan hechizado como a Tiberius.

—¿Tiberius? —Will frunció el ceño; luego, tras meditarlo un instante, comprendió.

Tiberius también había desaparecido; posteriormente, apareció de la nada y asesinó a lord Treddaway.

Ben había puesto al tanto a William de estos sucesos en una de las ocasiones en las que visitó el salón de los Viejos Conjuros tras los hechos en el baile del solsticio—.

Es posible —dijo —. Pero, ¿qué obtenía Mormont ordenando la muerte de John Treddaway?

—Librarse de un enemigo —fue la respuesta de Ben.

Will guardó silencio un minuto.

—¿Has invocado a Tarrik ? —preguntó al cabo.

Ben no quería tener nada que ver con el espejo del pasado a raíz de la muerte de Margaret.

Consideraba el silencio de Orah una traición, y, por tanto, no quería ver el rostro de Tarrik , que, a excepción del color de cabello, era la viva imagen del chico en el espejo del futuro.

«Will ha de pensar que me he refugiado aquí para revivir mis recuerdos del pasado con Margaret.

Pero no». Y tampoco se había molestado en sacarlo de su error.

«Además —pensó—, no necesito las imágenes del oráculo para evocar el recuerdo de Margaret; me basta con cerrar los ojos y dormir».

—Hace un mes que no lo hago —mintió. Nunca lo hizo, ni siquiera para saber lo que en realidad pasó aquella noche. «Abandoné a Margaret, y Bos le clavó un puñal». Era todo lo que tenía que saber—. He estado bastante distraído. Leyendo, la mayor parte del tiempo.

—Ya. —Will no pareció convencido—. Por cierto —dijo, tras unos segundos de silencio—, Damien Witheford y Olivia Greystar acaban de llegar a River Town.

Los acompaña Hardin Blackfell, el hermano de Simon, y Jaime, el hermano de Olivia.

Han venido a darnos un mensaje y a unírsenos contra lo que está por venir.

Ben frunció el ceño. «Lo que está por venir es Mormont —pensó—, y yo lo estaré esperando».

—¿Qué mensaje? —preguntó.