Un eclipse en el alma (Hechizo nocturno) 17
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HECHIZO DE LUNA

En la oscuridad, la vela casi consumida comenzaba a titilar.

Pronto acabaría la noche. Ben, exhausto, revolvió el reguero de hojas amarillas con la mano; las hojas salieron volando como aves en la penumbra.

No recordaba la última vez que vio la luz del sol; para él, todos los días eran iguales desde aquella aciaga noche tras el solsticio de verano.

Cuando la llama de la vela por fin se extinguió, Ben volvió a sumirse en la límpida promesa de la oscuridad y el silencio.

Tanteando, encontró su lecho, estrecho y vacío, junto a la pared.

Una vez en él, cerró los ojos tratando de no pensar en aquella noche.

Pero su mente insistía en lo contrario. Soñó con un baile esplendoroso, con las flores, con los miles de aromas, uno más exquisito que el otro; con luces doradas; un grito que hendía el silencio, un llanto que se superponía al bullicio de cien voces diferentes e ininteligibles.

Una risa macabra. Un charco de sangre creciente en el centro del salón.

Ben temió lo peor. Llevaba temiéndolo desde antes de salir corriendo de aquel estudio donde se había reencontrado con su pasado.

De pronto, tras un parpadeo, la sala común apareció vacía.

Solo quedaban él, ella y la sangre que se extendía alrededor.

Un par de ojos, vidriosos, le devolvía la mirada.

«Le hice una promesa —se dijo Ben, sollozando—.

Lo prometí. Y al final le he fallado». La cogió entre sus brazos, le besó en los labios fríos y cerró sus ojos sin vida, antes de echarse a llorar sobre sus dorados cabellos.

Un día antes del funeral (al que no asistió, huelga decir), Ben se refugió en el salón de los Viejos Conjuros; en ese momento quería estar solo más que nada en el mundo. Sin embargo, tal anhelo, como el regreso de su amada, fue imposible de llevar a cabo. Will fue el primero en dar con él.

—No tienes por qué quedarte aquí —le dijo.

—No dejaré que me acompañes. Tienes familia.

—La tengo —dijo Will—. Y tú también eres mi familia, Ben. No te dejaré solo...

«Pero eso es lo que quiero —quiso decirle Ben; no fue capaz—. Estar solo».

Los ruegos de Will para que regresara a la casa Oakwater cayeron en oídos sordos.

Ben persistió una noche más en la oscuridad del antiguo salón, durmiendo y llorando.

A la mañana siguiente, Will y Silas le llevaron una cama estrecha, un escritorio y un estante con libros.

También velas, muchas velas, las suficientes para iluminar todas las noches por el resto de su vida.

Will, asimismo, le llevó el baúl con sus pertenencias.

Ropa limpia, libros, artículos mágicos, algunas dagas.

Y un pañuelo de seda blanco que le obsequió Margaret hace cinco años o más.

Silas Katterblack y John Richmond lo visitaron a continuación. Hasta ese momento, dado que por alguna razón hizo la pregunta a Silas, Ben no estaba al tanto de cuánto tiempo pasó desde el funeral de Margaret.

—Un mes —fue la respuesta de Katterblack.

—Pronto nevará —añadió Richmond. Esbozó una sonrisa amigable, que para nada reconfortó a Ben.

—Will no ha venido —fue lo que dijo éste, luego de compartir unos largos minutos de silencio con aquellos caballeros—. No, no ha venido. —«Quizá se dio por vencido conmigo»—. ¿Por qué?

Silas miró de soslayo a John. Bajo la luz parpadeante de una docena de llamas, Katterblack le contó a Ben de los recientes acontecimientos que habían tambaleado la tranquilidad de River Town.

Las muertes que precedieron el asesinato del dueño del hostal y el incendio que consumió la biblioteca.

«Dios —pensó Ben, conmocionado—. Pobre Will; esa biblioteca era parte de él».

Cinco días más tarde, Alistair apareció.

.. Oh, era imposible verlo y no pensar en Margaret.

Evocó el recuerdo de inmediato. Alistair sostenía a su hermana desfallecida cuando Ben entró a la sala común; el charco de sangre se extendía alrededor de ambos.

Alistair tenía los mismos ojos azules que ella. Tan azules.

—Le he escrito a James —le dijo—. Como tal vez sepas, mi hermano vive en el Oeste con su familia. Le he contado sobre la muerte de Margaret, la de nuestro padre, y que me quedaré a vivir aquí, en River Town.

—¿Quedarte? —La noticia tomó a Ben por sorpresa—. ¿Qué sucede con el ducado de tu padre? ¿Sus propiedades? ¿No regresarás?

—Nunca quise ser duque de nada —dijo Alistair—. No quiero vivir en una finca donde ronda el fantasma de mi padre, o el de su asesino, Tiberius. Lord Müller es el nuevo duque de Penroth. —Luego sonrió nervioso—. Además, he conocido a alguien, una joven. Emily Westwick.

Ben esbozó una sonrisa, pero no dijo nada.

Compartió un instante de silencio con Alistair.

La luz de la vela proyectaba una sombra sobre el rostro del muchacho, una sombra con el rostro de Margaret.

Ben notó que Alistair quería decirle algo más, algo de mucha importancia (quizá).

Su labio inferior temblaba. Sus ojos se movían con sutil desesperación mientras buscaba nerviosamente las palabras con las que dar comienzo a lo que fuese que quería decirle.

Pero su evidente nerviosismo solo aumentaba. Era tan joven.

—¿Hay algo más que quieras decirme? —instó Ben.

Alistair abrió mucho los ojos, pero no se atrevió a negarlo.

Ben conoció muy bien a la hermana del joven, y compartían ciertas similitudes además del color de sus ojos.

Alistair vaciló un instante, bajó la mirada y, al cabo, comenzó a hablar.

Ben lo escuchó atentamente; un zarpazo de dolor le atravesó el pecho cuando Alistair le contó aquello que Margaret no se había atrevido a decirle en los pocos días que compartieron en la intimidad de su pequeño cuarto en el hostal.

—Estuvo embarazada —fueron las palabras de Alistair—.

De ti. Intentó ocultarlo a nuestro padre, a todos.

Pero algo salió mal. Sophie me lo contó todo.

Margaret quedó estéril tras perder a la criatura, y padre quiso casarla con un Reedstter.

Sin embargo, Margaret... Oh, Maguie se negó rotundamente.

Al final, mi padre, que la quería con todo su corazón, le entregó tu carta.

«Ojalá no lo hubiera hecho». Ben nunca imaginó que llegase el día en que pensaría aquellas palabras.

Cuando Alistair abandonó la sombría estancia del salón de los Viejos Conjuros, la vela que los había alumbrado estaba por consumirse.

Ben, que se había recostado en su lecho, se quedó mirando la superficie del alto techo abovedado largo rato mientras evocaba el recuerdo de Ora , el oráculo del futuro.

«No hablo del amor que siente el uno por el otro —le había dicho—.

Hablo del tiempo. Hablo del destino de los linajes Treddaway y Holbrooke.

Sabes que tu linaje es uno de los más poderosos, y tanto poder es una maldición. ..». Por fin, la vela se apagó.

—Él lo sabía —dijo Ben a la oscuridad—. Lo sabía, y no me lo advirtió.

—No notó las lágrimas hasta que estas alcanzaron sus labios; eran saladas, amargas—.

Lo sabía. —«Pero no es su culpa, no —pensó—.

La culpa es mía, no debí dejarla sola. Sabía que Bos rondaba, que la amenaza persistía.

Y la abandoné». Cuando el sueño llegó, volvió a reunirse con Margaret, pero esta vez él presenciaba el asesinato; esta vez él le clavaba el puñal en el vientre.

Desde que estos sueños empezaron, decidió dedicarse a la investigación de lo que fuera esa fuerza misteriosa que residía en River Town.

William le proveyó material. Al mismo tiempo, leyó documentos antiguos que contenía en su baúl.

Algunos, bastante llamativos, pertenecieron al viejo Arthur, el esposo de su difunta tía Marcia.

No eran escritos de carácter histórico. Sino páginas desprendidas de algún otro volumen.

Se preguntó cómo habían llegado allí. Todas las hojas amarillas y retazos de pergamino estaban reunidos en una cubierta de cuero parduzca desteñida.

En el idioma erigido por los Primeros Seguidores, Ben descubrió las bases de un hechizo que el difunto Arthur no llegó a completar.

Un hechizo de luna, al parecer. Sin embargo, más abajo en el folio, observó que el esposo de Marcia no era el presunto autor.

Un nombre escrito en una suntuosa caligrafía indicaba: «Lucas Holbrooke», el tatarabuelo de Ben.

¿Qué sabía Ben sobre su tatarabuelo? La mayor parte eran mitos sin fundamento.

Había quien decía que Lucas Holbrooke había creado una clase de infierno o celda mágica para encerrar a los nigromantes hasta el punto de reducir sus fuerzas a fin de impedir que fueran revividos, como era la usanza entre los de su clase.

«El Submundo». Era extraño, pensó Ben, que el esposo de la tía Marcia tuviera aquellos documentos en su poder.

Aunque, bien mirado, su señora esposa fue una Holbrooke de pura cepa, descendiente de Lucas Holbrooke.

Ben continuó revisando los escritos. Lo hizo día y noche.

A veces se paseaba por la infinita estancia del salón de los Viejos Conjuros con aquellos papeles en las manos.

Su hermano mellizo, Phil, era mucho mejor con los idiomas mágicos y antiguos dialectos; él lo habría descifrado en corto plazo.

La caligrafía bosquejada en aquellas páginas era muy rejuntada; Ben tenía que omitir una o dos palabras para avanzar en la lectura, y al mismo tiempo comparar algunas otras con viejas traducciones que había en uno de los libros que le dejó Will.

«Quizá los únicos volúmenes que sobrevivieron al incendio», pensó.