Un eclipse en el alma (Hechizo nocturno) 16
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INVIERNO

—River Town —anunció Jaime. Al correr la cortina, una gélida brisa se coló al interior del carruaje en marcha. Hardin lo observó con recelo, pero no dijo una sola palabra—. Quién lo diría. Ben Holbrooke escapó de los brazos de Mildred Raystar para asentarse en este lugar tan... vistoso.

Damien inhaló una profunda bocanada de aire.

Olía a hielo. Unos copos de nieve se quedaron flotando en aquella luz blanquecina, danzando en círculos, varios segundos antes de descender lánguidamente a la superficie del carruaje y morir descongelados.

Damien ladeó la mirada hacia Olivia. Esta había estado callada los últimos tres días de recorrido hasta River Town.

Él, por alguna razón, no se atrevía a preguntarle qué la tenía tan distante últimamente.

«Todavía no se acostumbra a compartir sus sombras conmigo. Somos desconocidos».

—Al menos huele bien. —Jaime suspiró—. El viento de invierno en River Town es fresco. Es un buen lugar para vivir... —Abrió la boca para inhalar a toda capacidad, y de golpe, abrió los ojos como platos—. ¡Diablos! —soltó, arrastrando las palabras—. Se me ha... congelado... la lengua.

—¡Gracias a los Primeros! —exclamó Hardin, levantando las manos.

Damien no pudo contener la risa; Olivia, por otro lado, apenas les echó un vistazo.

«¿Qué le sucede?» Al poner su mano sobre la de ella en la butaca, Olivia no se apartó.

Un alivio. Al menos aquello que la tenía pensativa no estaba relacionado con ellos o con su reciente matrimonio.

Sus miradas se encontraron un instante; al otro, Olivia ya estaba ensimismada otra vez.

Jaime cerró la cortina. Hardin comenzó a leer un libro enorme de cubierta de cuero rojo envejecido. Damien evocó la expresión en la cara del señor Blackfell cuando supo que su hijo se sumaría a la peligrosa incursión al extraño lugar llamado River Town, a medio mundo de distancia.

—Mis hijos —había dicho incrédulo el señor Blackfell—. Mis dos hijos entrarán a la boca del lobo...

—Del cuervo, padre —corrigió Hardin—. El cuervo es el símbolo de los Mormont.

Philip Blackfell dio un ademán.

—Lobo, cuervo —profirió, enojado. De golpe había cobrado la cordura que le había arrebatado el vino Blackfell, pues estaba enrojecido y sudoroso—. ¿Qué más da? Uno se los comerá vivo, el otro les arrancará los ojos. A ti y a tu hermano.

La mayor sorpresa se la llevó el mismo Damien cuando su esposa decidió unirse inesperadamente a la peligrosa incursión.

«Lo hace por Jason», pensó Damien; eso no lo consolaba.

Tenía una terrible sensación en el corazón.

Olivia se estaba arriesgando demasiado al acompañarlos.

.. No concebía un mundo donde no estuviera ella.

«Tengo que protegerla a como dé lugar». No se había percatado, pero no le había quitado los ojos de encima.

—¿Qué miras? —preguntó Olivia, la sonrisa nerviosa.

—A ti. —Damien parpadeó y sonrió; eran las primeras palabras que decía su esposa en mucho tiempo—. Pero apartaré la mirada, si te molesta.

—No —se apresuró en decir ella—. Es que.

.. noté algo en tus ojos, una sombra. —Ella sonrió, ruborizada y apartando la vista, como si se lamentara por haber dicho una tontería.

«Hermosa incluso cuando se sonroja», pensó Damien—.

Sé lo que piensas. Sé que crees que no debería estar aquí.

—Se volvió hacia Hardin y Jaime, que miraban a los esposos con una tensa expresión—. Y ustedes también.

—Y con toda razón —espetó Jaime—. Es arriesgado. Y eres... mujer.

—Qué observador, hermano —replicó Olivia, airada—. En tal caso, tú eres casi un niño.

—Sí, quizá. Pero recuerda que estoy casado con Roselin Blackfell.

—¿Y ya le has dado algunos retoños a la nueva señora Greystar?

—¡Olivia! —dijo Damien, estupefacto. Olivia vio a su esposo con el rostro abochornado (o al menos eso era lo que sentía Damien en ese momento; nunca la había escuchado hablar de ese modo).

Ella se puso más roja cuando pasó de estar iracunda a avergonzada.

No dijo nada, volvió la mirada hacia un lado y permaneció tan callada como antes.

Damien fijó a sus acompañantes. Jaime parecía tan estupefacto como Damien, y a Hardin se le pusieron las mejilla sonrosadas en un intento apenas notable por contener una carcajada.

Mirándolo bien, la situación sí que tenía su gracia.

Al mismo tiempo no podía evitar preguntarse qué le sucedía a Olivia.

—Olivia lamenta lo dicho —repuso Jaime.

—Sí, de verdad lo lamento —se disculpó ella, sin mirarlo—. Ha sido inapropiado.

—En efecto —intervino Hardin—. Han sido inapropiados, los dos.

Pasaron los minutos. Permanecieron en silencio.

El aire se había tornado tan denso como la mantequilla, pero al cabo se había reducido.

Hardin continuó leyendo su libro; Jaime, dormitando, abría y cerraba la boca; Olivia, silenciosa y con los brazos cruzados sobre el pecho, veía hacia el lado contrario con la cabeza reclinada contra el respaldo acojinado (quizá se había dormido, pensaría Damien), y Damien, tras echar un vistazo a sus acompañantes, se acercó a la ventanilla y corrió la cortina, apenas una rendija, para no perturbar a los demás con la brillante luz del día.

El carruaje traqueteó; ninguno en el interior se inmutó ante el brusco movimiento.

Damien ojeó el exterior: River Town era una villa pequeña, casi un pueblo, a tres días de viaje desde donde habían desembarcado luego de cruzar el Atlántico.

«Pequeño, apartado, pero hermoso». De eso no había duda.

Había pocos edificios, sí, pero todos diferentes dependiendo de la calle.

En una, las casas eran de hasta tres niveles hechas de madera y concreto revestido de blanco, al estilo tudor; otros, eran de ladrillos descubiertos, con tejados inclinados.

Columnas de humo emergían de las chimeneas y se fundían en el cielo gris claro de nubes opacas.

Era invierno. Y si bien no nevaba —al menos no con fuerzas—, en las calles, los hogares y edificios, podía entreverse el rastro de una reciente precipitación de nieve.

El cariz de la estación se podía percibir en las corrientes de aire e incluso en las calles, donde la tierra estaba enlodada.

El frío no era tan despiadado como en Inglaterra ni mucho menos.

Más bien, en su opinión, era fresco. Con todo, Damien no se atrevió a abrir la boca para no correr con la misma suerte que Jaime.

«Sería un hermoso lugar para vivir». Por las calles, los pobladores de River Town tenían un día como cualquier otro: arriaban la poca nieve que estorbaba la entrada de sus hogares, visitaban bodegas en busca de alimentos, paseaban solo por el placer de hacerlo; los carruajes iban y venían.

«Pobres —pensó Damien; no pudo evitarlo—.

No saben lo que está por venir». Seguramente Mormont quemaría el pueblo hasta sus cimientos tras llevar a cabo, si lo lograba, su cometido de asesinar a Ben Holbrooke.

Aunque quizá lo hiciera antes, como una especie de escarnio contra el pueblo por haber dado refugio a su mayor enemigo.

«Es una lástima. Lo dicho, es un hermoso lugar para vivir».

Al menos eso parecía a simple vista. El carruaje en el que viajaban marchó por una calle y luego otra, atravesando el corazón de River Town.

Damien vislumbró lo que parecían las ruinas chamuscadas de un edificio de ladrillos, ennegrecidos por el hollín.

Los edificios que lo flanqueaban también habían sido lamidos por el fuego.

El blanco de los copos de nieve hacía un terrorífico contraste con el negro rastro del paso de las llamas no hace mucho tiempo. «¿Qué habrá ocurrido allí?»

—Tal parece que Mormont se nos ha adelantado —comentó Jaime, tras correr la cortina de la ventana de su costado. El rostro de Hardin estaba cerca del suyo, admirando la devastación, boquiabierto.

—Creo que era una biblioteca —afirmó Hardin con notable pesar—. El edificio quemado, digo.

—¿Cómo lo sabes? —le preguntó Damien.

—Había páginas desperdigadas bajo las ruinas y cubiertas de cuero medio lamidas por el fuego. Reconocería eso donde fuera.

—¿Eso has visto? —Jaime fruncía el ceño.

—Sí —contestó Hardin a regañadientes.

—Damien. —Olivia puso su mano sobre la de su esposo, que enseguida la miró—. ¿Qué sucede?

Damien le explicó lo que acababan de ver.

Al finalizar, se quedó pensando en lo que podía implicar que Mormont y sus siervos se hubiesen adelantado.

¿Acaso habría atentado contra Ben Holbrooke o William Oakwater?

¿Habría obtenido su venganza? ¿Habían llegado demasiado tarde?

Damien necesitaba respuestas. Y pronto. Tenía la impresión de que el incendio había acontecido recientemente.

A lo mejor solo se había tratado de eso: un simple incendio.

Un accidente. Eso esperaba. También esperaba que nadie hubiera resultado herido ni mucho menos muerto.

Por favor. Damien tenía una corazonada, y en absoluto era de las buenas.

Quizá Jaime tenía razón. Quizá, después de todo, Mormont había conseguido adelantarse.

—¿Crees que se traté de Mormont? —dijo Olivia, al cabo de unos minutos, como si se hubiese tomado su tiempo para cavilar la información.

—Es probable.

En Collin’s Meadow, el pueblo que visitaron de paso hacia River Town, no habían escuchado nada respecto a un incendio ocurrido hace poco.

En cambio, de lo que sí se enteraron, fue de la serie de asesinatos brutales que habían estado aconteciendo en el pueblo en los últimos meses.

Al parecer habían motejado al asesino «El Destripador».

Mormont o cualquiera de sus servidores bien podría estar detrás de aquellos crímenes.

Quizá para llamar la atención de Holbrooke u Oakwater, lo que podía significar que llevaba ya algún tiempo oculto en aquel pueblo.

Media hora más tarde el cochero los llevó a donde les había prometido: con Ben Holbrooke.

—¿Dónde se hospeda Holbrooke? —inquirió Jaime, impresionado al contemplar la hermosa casona de fachada de terracota blanca y techo de tejas verduzcas, revestido de nieve cristalina.

—Aquí, mis señores —dijo el cochero, un hombre bajito de ojos hundidos y nariz ganchuda—. La casa Oakwater. Aquí se hospeda Ben Holbrooke... O se hospedaba.

—¿Hospedaba? —Con el ceño fruncido, Damien se acercó al hombrecillo.

—Sí, mi señor —siguió éste con el semblante oscurecido—.

En verano llegó una muchacha muy hermosa, de cabellos rubios y ojos azules.

Buscaba a Ben Holbrooke, que en ese momento se quedaba como invitado en la morada del señor William Oakwater.

¿Saben? En un lugar tan pequeño como este, las noticias corren rápido.

Luego se corrió la voz que la joven y Ben se alojaron en una habitación del hostal que estaba frente a la biblioteca, que tristemente se incendió hace unos meses.

—¿Siguen en el hostal? —quiso saber Hardin, impaciente—. ¿Por qué no nos dejó allí?

El cochero balbuceó.

—No... Yo no... —Se aclaró la voz, y continuó con aplomo—. No, mi señor, porque tanto Ben como la joven ya no se hospedan allí, no tras los eventos ocurridos la noche del baile del solsticio, en la mansión Katterblack.

—¿Qué sucedió? —preguntó Olivia.

El hombrecillo la miró un instante con dulzura, como si Olivia le recordara a Margaret Treddaway, la joven de cabellos dorados y ojos azules de la que hablaba.

Damien y sus compañeros bien sabían que la hija del difunto John Treddaway había huido para encontrarse con Holbrooke, de modo que aquellas afirmaciones no los tomaron por sorpresa.

—La asesinaron —dijo por fin el cochero, con voz triste—.

Sucedió en el baile que ofreció el señor Katterblack en su mansión, tras el solsticio de verano.

Cuentan que el señor Holbrooke se volvió loco después del trágico incidente, y que desde entonces se refugia en un cuarto oscuro bajo la casa Oakwater.