Un eclipse en el alma (Hechizo nocturno) 15
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FUEGO AL ALBA

De día, River Town era un lugar digno de ser descrito en una novela. Sobre todo con las primeras luces de la mañana, aunque fuese una gris como la de ese día de finales de agosto.

Marie lucía agobiada. Will advirtió un cambio en ella tras aquella trágica velada en la mansión Katterblack.

Y cómo no. En poco tiempo de conocerla, Marie había sentido afecto por Margaret a tal punto de considerarla su primera verdadera amiga en años (claro estaba, sin considerar a Vallery, a quien conocía prácticamente de toda la vida), y la había visto morir.

En realidad, todos los asistentes al baile del solsticio la vieron; ninguno, sin embargo, pudo hacer nada para evitar que falleciera. La herida fue mortal.

—¿Recuerdas sus ojos? —murmuró a Will aquella mañana.

—¿Qué quieres que te diga, Marie? —repuso él con dulzura—. Lo recuerdo todo.

—¿Qué haremos, Will?

—¿Qué quieres decir?

—Nuestros hijos. —Marie alzó la vista hacia Will. Sus ojos oscuros, cual amatistas brillantes, lo miraron fijamente con desesperación—. ¿Qué va a pasar con nuestros hijos? Jeremiah sigue sin decir una sola palabra desde que encontró al señor Abernathy... Y Ben y la pequeña Lucy. Y...

—¿Y...? —Will miró a Marie desconcertado.

Ella bajó la mirada; se llevó una mano al vientre, apenas pronunciado.

—Te lo iba a decir tras el baile del solsticio, pero...

—¿Otra criatura, Marie? —Frunció el ceño. No sabía qué pensar. Ni mucho menos qué decir.

—Lo siento, Will.

—No, cariño. —Will la estrechó entre sus brazos.

La besó en la sien—. No tienes por qué sentirlo.

Es una noticia maravillosa. Siempre quisimos cuatro, ¿recuerdas?

—Marie asintió, aunque era evidente que no recordaba porque en realidad nunca habían llegado a tal consenso; tenía los ojos anegados—.

No tienes de qué preocuparte tampoco. Encontraré la forma de mantenerlos a salvo. Cualquier sacrificio...

—No, por favor. —Marie aferró su mano con fervor—. Ningún sacrificio.

Will le besó el dorso de la mano que se cerraba en la suya.

Cinco muertos. El quinto había sido hallado esa misma mañana.

El propietario del hostal frente a la biblioteca fue la víctima inocente con la que se había cebado Cicero Mormont en su sed de sangre.

El nigromante se había alimentado del pobre hombre, adsorbiendo su energía vital mientras dormía.

«Al menos tuvo una muerte plácida. Otros no tuvieron tanta suerte».

Pensaba en Rupert. Y en las cuatro víctimas anteriores al dueño del hostal, incluida Margaret.

Tras la aciaga noche del baile del solsticio, Ben se había recluido por voluntad propia en el salón de los Viejos Conjuros.

Ni siquiera se presentó en las honras fúnebres de su amada.

Will temía que pudiera quitarse la vida, así que lo visitaba tanto como podía.

Por otro lado, Simon Blackfell, que había seguido y liquidado a Bos Kado en los jardines de la mansión, se hallaba enfermo a causa de la infección que contrajo después de la mutilación que le provocó el mismo subordinado cuando ambos se enfrentaron.

Simon perdió tres dedos de su mano izquierda en aquel duelo.

—¿Will?

Marie le tocó el hombro; Will levantó la mirada.

—¿Sí?

Cuando miró a su esposa a los ojos, pensó, evocando las palabras de su amigo aquel día en la biblioteca: «¿Tú lo harías?

Pasarte al lado oscuro». William respondió lo que consideró mejor en esa ocasión.

En ese momento, mirando a Marie, supo que su respuesta habría sido la misma de haberlo pensado mejor.

«Esperemos que ese día nunca llegue».

Abrazó a Marie y le pidió que confiara. En tanto, pensaba que debería visitar más a menudo a Ben, aunque su amigo reclamara estar solo.

Will intuía que Ben invocaba al oráculo del pasado cada noche, para revivir los últimos momentos de su amada una y otra, y otra vez, hasta el amanecer.

«Quizá debí hacerle la misma pregunta —se dijo Will—. ¿Sería capaz...?»

Más tarde, William se reunió con John y Silas en la entrada del hostal.

Cuando Will se acercó, alcanzó a escuchar el llanto de la reciente viuda que provenía del interior del establecimiento.

El ambiente era pesado: la muerte había dejado su estela en el aire.

Silas le dedicó a Will una breve mirada.

—William —saludó—. Silas ha llegado antes y ha visto el cadáver del propietario.

Silas carraspeó.

—En efecto —dijo—. Cicero se ha alimentado de él. Ninguna sorpresa.

Will se volvió.

—¿Has interrogado a los huéspedes? —le preguntó a John—. ¿Alguno logró ver al nigromante? ¿O al hombre que le acompaña?

—No —contestó, en tono taciturno, Richmond—. Nadie vio o escuchó nada como en los casos anteriores. Pero todos sospechan del huésped de la habitación «2», quien se niega a salir a dar su declaración.

—¿Les ha dado su nombre? —preguntó Will.

—Él no, obviamente —dijo Silas con tono jovial—. Pero la mujer del propietario, sí. Y si el nombre que se encuentra en el cuaderno de registro es real, entonces nuestro misterioso huésped se llama Frank Hornwood. —Silas miró fijamente a Will—. ¿Lo conoces?

«Frank», pensó Will. Abría los ojos como platos.

John y Silas intercambiaban miradas con el ceño fruncido. Finalmente, John puso su mano en el hombro de Will y le preguntó:

—Will, ¿acaso conoces a ese hombre?

Will parpadeó. Miró a Richmond. Una tenue sonrisa se extendió en sus labios.

—Sí —respondió—. Es... era mi cuñado.

Mientras entraban al hostal, Will se preguntó si sería en realidad Frank Hornwood; ¿cuántos hombres con ese nombre podía haber en el mundo?

Mucha casualidad. La viuda del hostelero lloraba desconsolada en una esquina detrás del mostrador.

Una de las criadas intentaba consolarla, rozando su brazo.

Will ubicó la habitación «2», que se encontraba en la planta inferior. Silas y John le pisaban los talones.

—Frank —llamó Will, tocando la puerta con ímpetu—. ¡Es Will! ¡Sé que estás ahí! ¡Abre la puerta, Frank!

Will se preguntó si lograría reconocerlo; había transcurrido mucho tiempo desde la última vez que lo vio. Doce años, siendo exacto.

La puerta se abrió.

—William. —Era Frank, en efecto.

—No puede ser, Frank, ¡eres tú! ¡Después de tanto tiempo...!

Los ojos del hombre que fue su cuñado lo escrutaron largamente. Luego, se desviaron más allá del hombro de Will.

—No vienes solo —observó.

—Frank, ellos son...

—Ya sé quiénes son —lo cortó Frank—. Pero ¿qué hacen aquí?

—Me preguntaba lo mismo —atajó Will—. ¿Qué haces tú aquí?

Silas carraspeó.

—Sería mejor que discutiéramos esto en la privacidad de la acogedora habitación de tu cuñado —sugirió.

—¿Cuñado? —Frank también esbozó una sonrisa—. Por lo visto, todavía no les has contado a tus nuevos camaradas la trágica historia que hay detrás de nuestro parentesco, William.

—La verdad, no me interesa saber cuál es esa trágica historia —afirmó Silas—. Lo siento, Will. En realidad, queremos entrar. Hay... —bajó la voz— cosas que no podemos discutir aquí.

—No hay nada que discutir —replicó Frank—. El viejo propietario fue asesinado por Cicero mientras montaba guardia...

—¿Cómo sabes que fue Cicero? —murmuró Will.

Frank no respondió.

Un grito rasgó el tenso silencio que se había sosegado entre los hombres en aquel corredor tan estrecho. Al principio, sonó inseguro; luego, quejumbroso. Will observó a Silas y a John, que se miraron entre sí. Will percibió el olor a humo en el aire mientras otro grito restallaba.

—¡Fuego! —escucharon gritar a la viuda.

—¡FUEGO! —chilló la criada.

Will, John y Silas, seguidos muy atrás por Frank, enfilaron la entrada principal del hostal a través del angosto pasillo que pasaba junto al mostrador.

El aroma a quemado se volvió más intenso, y los primeros rastros de humo aparecieron en su campo visual.

Will sintió que su corazón daba un bote tras otro.

La biblioteca estaba encendida. La viuda y la criada se hallaban en el umbral del hostal, pasmadas, mirando el exterior.

Un exterior gris, difuso. Ensombrecido. Silas murmuró algo ininteligible.

Cuando Will salió del hostal, vio las llamas escapando a lengüetazos por las ventanas del edificio, que reventaban hacia fuera con estrépito.

Eran llamaradas de un fuego rojo y naranja, y el humo era tan negro como el abrazo de la noche.