14
HIJO DE LA OSCURIDAD
El fulgor de las llamas arrancaba destellos de los cuervos de bronce que formaban los brazos del trono del Gran Amo Helio IV Mormont. Este vestía su habitual túnica negra de terciopelo ceremonial, y llevaba la capucha calada, el rostro inmerso en una profusa oscuridad.
—Muerto —dijo la nigromante.
—Muerto —repitió la concurrencia. Un murmullo recorrió el salón de audiencias como la tenue nube de humo de una flama recién extinta.
—Sí, amo —repuso Cateryna Dur, hincada en una rodilla—. Mi padre ha muerto. En realidad, fue asesinado por seguidores de la luz.
—¿Cómo estás segura de eso, Cateryna? —preguntó Edwin Goreen, que se hallaba de pie en el costado derecho del trono.
Cateryna se levantó con la venia del Gran Amo.
—Sus armas —respondió ella—. Los seguidores se aliaron con las sombras para perpetrar el ataque.
Se escabulleron en el baluarte de mi padre, vestidos con túnicas iguales a las nuestras.
Quizá tenían intención de engañarnos. Que creyéramos que uno de nosotros estaba detrás del asalto. Pero la luz de sus armas los delató.
—Además, Edwin —dijo Robert Reedstter—, ¿qué servidor de la oscuridad osaría acometer contra uno de los suyos?
«Te sorprenderías, Reedstter». Eneas apenas pudo dominar el impulso de esbozar una sonrisa. Cruzó una mirada con Finn Goreen, a su lado, y supo que este pensaba lo mismo por el tenue levantamiento de sus rubias cejas.
—No sería el primero, Reedstter —replicó Edwin Goreen, sombrío—. Traidores hay por doquier. A veces nos labramos enemigos que están más cerca de nosotros que nuestras propias sombras. —Se volvió hacia Cateryna—. Continúa.
Cateryna asintió.
—Eran demasiados. Capturamos a uno, pero prefirió la muerte antes que hablar. Creo que el ataque ha sido arreglado por el nuevo patriarca de los Wolfgang, o Nestor Startclyde, cuyo vástago cree muerto por su orden, mi señor.
El Gran Amo deslizó sus dedos por el borde de la capucha de su túnica y, despacio, dejó al descubierto su rostro juvenil con ojos tan negros como pozos sin fondo.
—Arrow Dur —dijo Helio IV Mormont. Tenía una voz profunda que llenaba todo el salón como un vasto océano.
En aquel momento reinó un silencio abismal incitado, en parte, por la sorpresa que causaba el gesto poco habitual del gran amo nigromante de descubrir su rostro—.
Una pérdida lamentable. Arrow fue por muchos años uno de los servidores más fieles que el clan Mormont ha tenido a su disposición, y uno de los más efectivos en el campo de batalla en nuestra lucha interminable contra las fuerzas de la luz.
Es lamentable, Cateryna. Pero confío en que tu padre estará orgulloso de que seas tú quien ocupe ahora su lugar como Gran Ama del clan Dur.
—Cateryna asintió solemne. Eneas no estaba seguro de que Arrow se hubiera sentido orgulloso de que su clan fuera gobernado por una mujer, aunque fuese su propia hija—.
Si tu padre hubiese tenido tu juventud, quizá ahora las noticias serían otras.
El amo hizo un ademán para que la nigromante se retirara del centro del salón; Cateryna se situó junto a Eneas.
—Pues bien —siguió Helio Mormont—. A continuación trataremos el asunto que con ansias hemos estado esperando. —Alzó una mano—. Charles Reedstter tiene algo muy importante que decirle a la audiencia. Charles —llamó—, acércate.
Charles, que estaba junto a su padre, se acercó al centro del salón y ocupó el sitio en el que hace un instante estaba Cateryna. Se arrodilló y agachó la cabeza.
«Hablando de traidores, Reedstter», pensó Eneas.
—Levántate —ordenó Helio.
Charles acató y se aclaró la garganta.
—Amo —comenzó—. Quizá les traiga una respuesta sobre el asesinato del Amo Arrow y la emboscada al baluarte Dur.
Pero, en efecto, desconozco si los implicados en lo que estoy por contarle participaron en los hechos que nos arrebataron al Amo Arrow Dur.
—Echó un vistazo con solemnidad a Cateryna.
Después, alzó la mirada y prosiguió—: Iré al grano.
Sobrevino un silencio, si cabe más profundo que el que tuvo lugar hace un instante cuando el Gran Amo se bajó la capucha.
Al cabo, un nuevo murmullo colectivo llenó el salón de audiencias después de que Charles Reedstter contó cómo había descubierto que los patriarcas Jeffrey Greystar, Elijah Witheford y Philip Blackfell habían unido fuerzas para acometer contra los Mormont y, además, prevenir y respaldar a William Oakwater y Ben Holbrooke.
Al parecer, los hijos de estos señores cruzaban el océano hacia América en ese preciso momento.
En concreto, hacia un lugar llamado River Town.
Eneas tampoco pudo evitar sorprenderse de las afirmaciones bien entendidas del traidor de Reedstter; hace unos días había recibido noticias de su primo Cicero de los últimos sucesos en aquel pueblo en medio de la nada.
Margaret Treddaway había muerto y, por supuesto, el pobre de Holbrooke estaba desconsolado.
Si todo salía bien, Eneas sería quien acabara con el sufrimiento de Ben Holbrooke y, así, por fin vengaría a su abuelo Cletus y a todos aquellos servidores de la oscuridad que perdieron la vida bajo el eclipse rojo.
Por otro lado, en esa misma velada donde llegó a su fin la vida de Margaret Treddaway, también pereció Bos Kado, su efectivo subordinado.
«Nada que no se pueda reemplazar», se dijo para sus adentros. No pudo evitar trazar una sonrisa.
—¿En qué piensas? —murmuró Finn, a su lado. Alzaba una ceja.
Eneas mantuvo la vista al frente, inexpresivo, recordando que Cateryna Dur estaba cerca.
Sabía que la nueva Gran Ama del clan Dur era mucho más inteligente de lo que cualquiera en esa sala pudiera imaginar.
Eneas no albergaba esperanzas de que a esas alturas no estuviera al tanto de su idilio secreto con el hermano del Gran Amo del clan Goreen.
—Bos Kado —dijo Eneas. Soslayó a Cateryna.
Finn asintió.
Sabían que la nigromante era peligrosa. Tanto como para orquestar la caída de su propio padre y achacársela a los seguidores de la luz.
Eneas sospechaba que Charles Reedstter, un traidor de poca monta, tuvo que ver en ello de alguna forma.
De lo que no tenía ninguna duda era de que ambos estaban compartiendo el lecho como un par de jovenzuelos en el baluarte de Dur.
Como Charles, Eneas también tenía informantes en las sombras.
Cateryna le dedicó una sonrisa mordaz; luego, llevó la vista hacia Charles.
—Damien Witheford, Hardin Blackfell —nombraba Reedstter—, Olivia y Jaime Greystar han partido en barco hace unas semanas...
—Olivia —sonrió Lester Raystar, junto a los Reedstter. Un par de traidores de poca monta. Gareth estaba a un lado de su padre con una mirada astuta, el entrecejo sombrío—. ¿Qué se proponen hacer ellos para respaldar a los enemigos de nuestro Gran Amo?
—De momento, Olivia ha sido capaz de convencer a su padre y a todos los demás involucrados a unirse a la causa de Holbrooke y Oakwater —explicó Charles—. Y lo ha hecho para vengar a su hermano Jason, que murió durante la matanza en la mansión Wolfgang.
Eneas se fijó en la pose altanera que adoptaba Finn, uno de los gestos que tanto le gustaba de su petulante amante. Lo mismo que aquella sonrisa jactanciosa que trazaba en sus finos labios. Lo maldijo mil veces.
—Por lo visto, ningún Wolfgang acompaña a nuestros viajeros —inquirió el amo Linch Blackburn —. ¿Por qué?
—Richard Wolfgang es un hombre prepotente —replicó Robert Reedstter—. No se prestaría tan fácil a los planes de una jovenzuela como Olivia Greystar.
—¿Qué hay de los Hornwood y los Startclyde? —preguntó el amo Quarlac con voz áspera—. ¿Qué sabes de ellos, Charles?
Charles agachó la cabeza. Pensativo, quizás.
—Me temo que nada, Barion —dijo, contrariado—.
Tras la desaparición de su hijo Julius, Nestor Startclyde ha caído en una profunda depresión, una que ni siquiera la señora Startclyde ha podido aliviar.
—Suspiró. Alzó la cabeza. Tenía una tenue línea extendida en los labios—.
En cambio, no ha habido noticias de Frank Hornwood desde aquella refriega en Roma, hace unos años, en la que se cree murió la última banshee.
Hornwood ha sido el único de los principales enemigos de nuestro amo que no ha representado una amenaza para nuestros planes próximos.
—Quizá Hornwood esté esperando el momento adecuado para atacar —sugirió el amo Quarlac.
Eneas supo a qué se refería: Frank Hornwood era de tener cuidado, pues era conocido por sus ataques sorpresas, además de brutales.
Al menos antes de la guerra del eclipse—.
Cual sea el caso, estaremos esperándolo.
—¿Qué pasará con la venganza contra Holbrooke y Oakwater? No terminará hasta que estén muertos, ¿verdad? —preguntó Lester Raystar, cuya hija había sido rechazada por Ben Holbrooke.
—En efecto —asintió Barion Quarlac—. Es la única forma en la que esto terminará. Puedes jurarlo.
—No —habló el Gran Amo—. Ben Holbrooke no debe morir sin antes entregarme los espejos y despertar a Tarrik . Ben es el último que queda de su estirpe y, por lo tanto, nuestra única oportunidad recae en él.
Charles carraspeó.
Helio miró fijo al hijo de Robert Reedstter.
—Ya he intervenido, amo —dijo Charles.
—¿Qué quieres decir?
—Mi hermana. Sienna. Se ha ofrecido a ir en la busca de Ben Holbrooke.
— ¡Charles! —increpó Robert, incrédulo ante las acciones ejecutadas por debajo de cuerda por sus vástagos.
—No te preocupes, padre —dijo Charles. Sonreía de oreja a oreja—. Sienna estará bien. Sabes cuán persuasiva puede llegar a ser. Confío en ella. Sé que hará lo posible por cumplir su cometido.
—¡Pero —increpó Lester, colérico— ella es la prometida de mi hijo!
—Olvídalo, Lester. —Charles levantó una ceja y estiró los labios—. Esta no será la primera vez que alguien rechace a uno de los tuyos. Conseguirás a otras candidatas. Cruzo los dedos.
—¿Sienna lo sabe? —preguntó Robert a su hijo.
—No, padre —respondió—. Tampoco hizo falta convencerla de que dejara todo atrás para esta misión. Sienna lleva años prendada de Holbrooke. Quizá sea el único hombre a quien ame en verdad. Yo, personalmente, me encargaré de que Sienna haga bien su trabajo.
—¿Cómo?
—Iré a River Town.
Sobrevino otro barullo de voces.
Eneas tenía que reconocer la astucia del joven Reedstter. La verdad era que nunca dudó de ella. Por lo visto, Charles, que había sacado de su padre mantener con éxito un bajo perfil entre los seguidores de la luz, había logrado superar a su progenitor en su propio juego.
—Bien —apremió el Gran Amo en medio de aquel tenso barullo de voces. Todos callaron de inmediato—. Pues tu viaje coincide con el de mi hijo, Charles.
«Por desgracia —pensó Eneas—, así es».
—¿Qué quiere decir, amo? —preguntó Charles.
Todos miraban a Eneas, con ojos expectantes, incluido Charles.
—Eneas está por emprender un largo viaje hacia América —contestó Helio IV—. Y con él irá una horda de nuestras sombras.
Un tacto frío rozó la mano de Eneas.
—¿Cuándo pensabas decírmelo? —le susurró Finn.
—Tras la audiencia —respondió Eneas, sin mirarlo.