13 #2
Alistair se interrumpió y esbozó una sonrisa avergonzada.
—Lo es —asintió Will—. Ciertamente.
—Yo soy Marie —expresó Marie, echándole una mirada casi asesina a su esposo—. La señora Oakwater..., creo.
Alistair se adelantó, hizo una pequeña reverencia y besó el dorso de la mano de Marie. Esta lo miró fijo y luego se volvió hacia Will.
—Veo que la caballerosidad no se ha perdido del todo.
Will volvió a sonreír, colorado.
La velada continuó tras la aparición del anfitrión Silas Katterblack, que bajó por las amplias escaleras del recibidor, tomando del brazo a su joven hermana ( «Rachel» , la presentó Silas a la concurrencia).
Poco después, llegaron los Richmond, John y Tanya, su esposa, que no dejaba de echar coquetas miradas al pobre de Alistair sin que su carismático esposo lo advirtiera.
Al fondo, tocaban los músicos. El arpista era excelente, auscultó Ben, que no dejaba de cerrar los ojos involuntariamente siguiendo el delicioso ritmo de sus notas.
Tocaron para el deleite de Katterblack su melodía favorita.
Simon también pidió que entonaran la melodía de Jacobo el Triste , que a consideración de Ben, resultaba más amena sin la interpretación vocal de la trágica historia de Jacobo.
Rachel, la hermana de Silas, una jovenzuela que rondaba los dieciséis años, solicitó al pianista y al hombre del arpa que tocaran para ella y los invitados la melodía que Ben no había escuchado antes.
Quedó embelesado. La música era suave como un susurro al oído.
Sin pensarlo, se acercó a Margaret. Ella lo miró confundida, el ceño fruncido, como si no entendiera qué se proponía.
—No tienes por qué hacerlo —le dijo ella, en voz baja. En aquel momento todos los invitados tenían sus ojos clavados en ellos.
—Sí, sí tengo que hacerlo —replicó Ben—. Debí haberlo hecho hace mucho tiempo.
Ella lo vio un largo segundo, sin decir nada.
Al cabo, sonrió. Ben tomó su mano y, mirándose el uno al otro, la condujo hacia el centro del salón.
Un instante después, empezaron a danzar —primero con pasos tímidos, luego más seguros— con los ojos de todos los presentes puestos en ellos, siguiendo sus movimientos en tenue rotación por el salón.
Ben no podía dejar de observarla. Margaret opacaba toda luz adyacente.
Su cabello dorado, sus ojos azules, sus hermosos labios, sus mejillas ruborizadas.
.. Era un sueño, un sueño del que, por más que doliera, sabía que pronto debía despertar.
Mientras, haría lo que hiciera falta para prolongarlo.
Margaret parecía impresionada.
—Lo haces muy bien —comentó.
—Tuve a la mejor maestra de danza —dijo Ben—. La tía Marcia decía que el baile era esencial para llegar al corazón de una dama.
—¡La tía Marcia sabía lo que hablaba!
Se dejaron llevar por la música, perdiendo por un instante la noción del tiempo y el espacio.
Will y Marie se unieron al poco tiempo; John y Tanya, después; Silas, por otro lado, invitó a la viuda del barbero, Edna Abernathy, y Alistair se animó a invitar a Rachel, la hermana de Silas.
Ben buscó con la mirada a Simon Blackfell, que vigilaba a los invitados a la sombra de la estancia, preparado para actuar ante la menor señal de peligro.
Ben vio a alguien más, cerca de las mesas del banquete. De súbito, reparó en otra presencia. Al reconocer su rostro, su corazón empezó a latir desbocado. «No es posible —pensó atónito—. ¿Qué hace aquí?» Ben se detuvo.
—¿Qué ocurre? —oyó decir a Margaret.
Ben parpadeó y la miró a los ojos. Y después al hombre que se encontraba entre los invitados, que se dio la vuelta y empezó a alejarse. Debía seguirlo.
—Ya vuelvo —dijo a Margaret, y se retiró, sin mirar atrás.
Se trataba de Julius, sí. O al menos eso parecía.
Ben estaba decidiéndolo mientras se abría paso entre los invitados.
Cuando Julius —si realmente era él— vislumbró su aproximación (de la misma forma que lo había hecho Ora aquella noche en la mansión Wolfgang, pensó Ben), empezó a avanzar en sentido contrario con evidente premura.
El baile y Margaret quedaron atrás. Ben avanzó.
El solitario pasillo estaba escasamente iluminado, pero aún se podía divisar a Julius caminando, alejándose entre las sombras que cundían el estrecho pasaje.
Al llegar al final del pasillo, abrió la puerta que había allí.
«Es una trampa —pensó Ben, antes de cruzarla—. Tiene que serlo». Aun así, estaba decidido a descubrirlo.
Cuando Ben comenzó a alejarse, Margaret sintió que algo se quebraba en su pecho. Pensó, mientras lo veía perderse entre los invitados, que debería seguirlo o lo perdería para siempre esta vez. Con todo, cuando se disponía a hacerlo, se detuvo... o, mejor dicho, alguien lo hizo.
—¿A dónde vas, preciosa?
Quien la detuvo la tomaba por el codo, con fuerza. Margaret se giró. No reconoció aquel rostro, pero sí la voz.
Bos Kado.
—¿Podrías concederme este baile? —preguntó, risueño.
Margaret lo miró, helada. Bos era un hombre de aspecto adusto, curtido.
Alto y tremendamente fornido. Tenía el cabello negro atado como cola de caballo.
Su mentón imponente estaba cubierto por una espesa barba oscura bien cortada.
Vestía de negro, como todo un caballero, y sus ojos.
.., uno era oscuro como la noche, el otro claro como la luz despuntando en el alba.
Este era un rasgo propio de los subordinados: hombres comunes atados a un servidor de la oscuridad con magia negra.
Margaret había reparado en ello en su primer encuentro con Kado.
Este levantó una ceja.
—¿Qué dices, preciosa? —repuso. ¿De verdad estaba esperando una respuesta? ¿Podía negarse?
Margaret extendió su brazo. La danza continuaba a su alrededor. Ella y Bos Kado sumaron sus pasos a la música. Danzaron, lento, de un lado a otro. El subordinado no dejaba de observarla, y menos aún de sonreírle de aquella manera tan perversa en que lo hacía. Margaret ladeó la cabeza.
«¿Dónde estás, Ben?»
—Tu amado Ben te ha dejado sola, una vez más —se mofó Kado.
—¿Una vez más? —Margaret lo miró, inquisitivamente. «¿Cómo lo sabe?»
—Sí. —El subordinado sonrió—. No me recuerdas, ¿verdad?
Margaret negó con la cabeza. Los músicos comenzaron a tocar otra canción; esta tenía una melodía un poco sobria, pero de una compleja belleza. El arpista no incluyó acordes en esta ocasión; en su lugar, lo hizo el violinista.
—Aquella noche en la residencia Wolfgang —explicó Bos Kado—. Yo estuve allí. Ben te dejó sola, y tú fuiste a parar a los brazos de Tiberius Wolfgang. Te vi danzar de un lado a otro, tal como lo hacemos ahora.
—¿Estuviste allí? —murmuró ella, sin dar crédito a las palabras de Kado.
—Sí. Siempre estuve a la sombra de lord Ronald —confesó.
Su tono era anodino—. Era mi deber esa noche.
Pero tampoco podía quitarte los ojos a ti.
Nunca vi algo tan hermoso como tú. No creo que Holbrooke pensara igual que yo, o de lo contrario no te habría dejado sola.
Como ahora. —Suspiró—. En fin, preciosa, no creo que valga la pena que sigas buscándolo.
En este instante, Ben Holbrooke está atendiendo un asunto más importante.
«¿Qué quiere decir?»
—¿Dónde está Ben?
Kado sonrió. Tenía dientes blancos como porcelana fina.
—Se está reuniendo con un amigo del pasado —dijo—. Alguien que creía muerto. No querrás interrumpir tan emotivo reencuentro, ¿verdad?
—¿Y tú estás aquí para distraerme? —preguntó Margaret.
—No.
—Entonces, ¿para qué?
La música se detuvo. Un silencio sobrevino en el salón.
Bos Kado la miró fijamente un segundo. Nadie danzaba.
Nadie los veía. Al parecer, todos tenían su atención puesta en el motivo que paró de imprevisto la música.
El subordinado le besó la mejilla; sus labios eran fríos, rugosos.
Margaret intentó recular. No pudo. Kado la cogió fuerte por el antebrazo, la mantuvo inmóvil y, por último, llevó sus labios a la altura del oído derecho de Margaret.
—Lo siento, preciosa...
Dicho esto, le clavó una daga en el vientre.
Margaret ahogó un grito consecuencia del violento frío que hendió su interior.
Cuando Kado extrajo la daga, le dedicó una mirada lastimera con sus ojos dispares.
La dejó caer en el gélido suelo de mármol, mientras se perdía entre la multitud.
Margaret se llevó las manos al vientre; la sangre roja corría cuesta abajo, empapando su vestido.
Alguien gritó, y a ese grito se sumó otro.
«Ben —pensó mientras veía las lucecillas del techo, que eclipsaban sus ojos con la misma intensidad que un sol—.
¿Dónde estás, Ben?» Un círculo de personas la rodeó, cientos de personas.
Y ninguna tenía su rostro.
—Bienvenido, Ben.
El hombre que habló apenas era una silueta negra trazada por la luz que cruzaba el amplio ventanal. Era alto y delgado como un junco. Su aspecto podría confundirse con el de un hombre sombra. Una tenue brisa trajo consigo el aroma de su verdadera naturaleza. Hollín.
—¿Quién eres? —preguntó Ben.
Estaba a unos veinte pasos del desconocido que le daba la espalda.
—Ha pasado mucho tiempo, Holbrooke —contestó—. Sin embargo, no creo haber cambiado demasiado.
—¿Dónde está Julius?
Al oírlo, el desconocido se volvió.
—Cicero —musitó Ben. Al mismo tiempo, advirtió que una sombra se movía en un rincón de la estancia.
Era Julius, que, despacio, se acercó a Cicero.
Se detuvo a su lado, distante y sombrío.
No era él; Ben lo sabía de algún modo. Entonces recordó la última vez que vio a su amigo en la residencia Wolfgang, a finales del pasado diciembre, a ojos vistas un poco infeliz por su matrimonio por venir.
«Recuerda, Ben, eres tú el que está vivo».
—¿Qué le has hecho?
Cicero sonrió.
—Nada que no haya sido por su voluntad —dijo el nigromante—. Nuestro amigo Julius Startclyde ahora está al servicio del Gran Amo Helio IV Mormont. De momento está un poco silencioso, pero es cuestión de tiempo para que te diga algunas blasfemias.
Ben miró fijamente a Julius.
—Julius —probó—. Sé que estás ahí. Háblame.
Este no respondió.
—Julius, recuerda —insistió Ben. Avanzó un paso—. Recuerda a Lilian. Recuerda a Jane y al pequeño Nigel. Recuerda, Julius.
Su amigo ni siquiera pestañó. De pronto, Cicero profirió una carcajada estridente, una fuerte risa entre gozosa y grotesca que le hizo derramar algunas lágrimas. Ben se quedó inmóvil. «Sé que estás ahí, Julius». Dio otro paso al frente, cauteloso. Cicero se enjuagaba los ojos:
—Eso ha sido muy conmovedor —se burló—. Pero Julius no va a cambiar por unas palabritas tontas. —Hizo un ademán con la mano—. Mi hermano no es tan fácil de persuadir. A lo mejor hubiera funcionado con el mentecato de Tiberius Wolfgang. Con Julius, no.
«Tiberius», pensó Ben. Según lo que Simon Blackfell le había contado aquella misma tarde, Tiberius Wolfgang había asesinado a lord Treddaway.
Entonces volvió a mirar a Julius. ¿Sería posible que hubieran hecho lo mismo con él?
¿Acaso lo habían hechizado con algún conjuro del libro Oscuro? ¿Y, en éstas, por qué le llamó hermano?
Ben avanzó otro paso.
—Para, Holbrooke —increpó Cicero, el rostro pétreo—. No des un solo paso más. No te gustará tenerme cerca y, mucho menos, a Julius. —Luego esbozó una sonrisa suspicaz—. Salvo que seas capaz de matar a quien alguna vez fue tu querido amigo. ¿Lo serías?
—Él no es Julius —espetó Ben.
—Ah, ¿no?
—No —replicó Ben, hosco, furioso—. ¿Qué hiciste con Julius? ¿Qué hiciste con Tiberius?
—Tiberius —dijo Cicero, guasón—. Esta conversación ha dado un giro inesperado. —Dedicó una mirada ladina a Julius, a su espalda—, ¿o no, Julius? —Este no respondió. Entonces se volvió hacia Ben, y siguió—: Tiberius está muerto, y el viejo Julius también. Lo que ves ahora es solo su sombra.
Ben dio otro paso.
—No lo creo —gruñó. Raudo, llevó una mano tras su gabán. Empuñó una nuxus . Murmuró su nombre y la proyectó hacia Cicero, brillante como una estrella fugaz. El nigromante reaccionó rápido y ladeó el cuerpo. Pero Julius, no.
La daga le dio de lleno más abajo del corazón.
Sus ojos se ensombrecieron, si cabe, más que hace un instante.
Pero no dio muestra de dolor. Solo miró a Ben un momento; luego, abstraído, bajó la mirada a aquel lugar donde había impactado la nuxus .
Volvió la vista a Ben, fijamente, mientras se arrancaba sin más el puñal de la costilla.
«¿Cómo es posible?», pensó Ben, absorto.
No hubo sangre. Sobrevino un silencio, uno largo, que se quebró cuando se escuchó un grito que venía de la sala común de la mansión Katterblack.
A ese último grito se sumó otro, y otro más.
También la batahola de murmullos que había en el salón del baile hizo el largo recorrido hasta el estudio donde Ben se estaba reencontrando con la sombra del que fue su amigo, y con el nuncio de Helio Mormont.
Ben sintió cómo su corazón empezaba a golpearle el pecho con más ímpetu mientras mantenía los ojos puestos en su enemigo.
Auguró que algo estaba sucediendo fuera de esa estancia. Algo terrible.
Cicero se estaba incorporando. Se sacudió el traje con las manos y sonrió petulante. Como un ratón feliz. En tanto, Ben, de miras al nigromante, reculaba hacia la puerta.
—Mormont te envía un mensaje, Holbrooke —repuso Cicero con su sonrisa que destilaba veneno—: Dhut hest solty .
«La deuda ha sido pagada».
Pávido, Ben se dio vuelta y echó a correr hacia la sala común.