Un eclipse en el alma (Hechizo nocturno) 13
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EL BAILE DEL SOLSTICIO

El breve recorrido de vuelta al hostal fue caluroso.

A ojos de los seguidores de la luz y criaturas mágicas, el cielo se pintó de rojo y anaranjado durante el solsticio, y proyectó las largas sombras de los edificios en las calles y avenidas de River Town.

Ben apuró el paso para reunirse con Margaret.

Ella debía de estar esperándolo, pensó; para partir hacia la absurda celebración de Silas Katterblack.

Él, sin embargo, todavía temía lo que pudiera ocurrir esa noche.

Tenía un mal presentimiento bien fundado.

En los últimos días las muertes habían cesado, y lo único extraño que había sucedido era la llegada masiva de seres mágicos al pueblo.

Estos llegaban de todas partes, y de todas las especies: hadúnos, ninfas, hijos del bosque, seguidores de la luz.

Y, por desgracia, también hijos de Isidora, persiguiendo la estela luminosa de sus enemigos.

Era otro inconveniente del cual Ben y sus compañeros debían ocuparse.

Pero antes, Bos Kado. Silas había argüido que lo mejor sería mantener a Bos con vida, una vez capturado, para sonsacarle información sobre los planes de Mormont.

Will disintió. Ben sabía sus motivos (y confiaba en que también el resto).

El subordinado había asesinado a su compañero de investigaciones a principios de ese año.

«Todo se trata de venganza», pensó Ben, afligido.

¿Cómo le daría la noticia a Margaret? ¿Cómo le diría que su padre estaba muerto?

Divisó el hostal a medida que se acercaba al centro del pueblo.

«Se lo contaré mañana —se dijo sin convicción—.

Que tenga una última noche feliz antes de saber que ha perdido a su padre».

Quizá no era lo correcto, pero era lo mejor.

Ben se detuvo ante la puerta de la habitación al oír voces que venían del interior.

La puerta estaba entreabierta. Ben empujó hacia adentro con la mano y vio a Margaret sentada en la cama con un hombre un tanto más joven que ella.

Se tomaban las manos. Al verlo, Margaret puso los ojos en blanco y se levantó de golpe, ampliando la sonrisa.

El desconocido se levantó en pos de ella y se volvió.

Margaret se adelantó.

—Ben —dijo, mientras tomaba la mano del aludido con dulzura—. Mira a quién tenemos aquí. Es Alistair, ¿lo recuerdas? —Soltó una risita casi aniñada; era evidente que estaba emocionada—. Mi hermano.

«Alistair», repitió Ben para sus adentros, intentando decidir si esta inesperada aparición era oportuna o no en ese momento.

Estaba casi seguro de que había venido para darle la noticia de la muerte de su padre.

«Oh, no». Esperaba que no fuera tarde. Ben abrió y cerró la boca.

Estudió al hombre que se decía ser el hermano menor de Margaret (era evidente que ya no era «pequeño»).

Tenía cabellos dorados, característicos de los Treddaway; lo mismo que el azul intenso de los ojos; y aquella nariz la había visto antes, sí, en el perfil del duque de Penroth.

¡Vaya, sí que era él! Ben trazó una sonrisa.

—El pequeño Ali —dijo, incrédulo—, ¡pero cuánto has crecido!

Se adelantó hacia él y le estrechó la mano. Margaret sonreía. Ben dio un paso atrás y rodeó la cintura de ella con su brazo.

Alistair mantuvo una expresión solemne.

—Ha pasado mucho tiempo, Ben Holbrooke —dijo.

—¡Ben Holbrooke! —soltó Ben, riendo—. Demasiado formal, Alistair.

Aunque me parece justo, pues te he llamado «pequeño Ali».

Ni siquiera tu padre osaba pronunciar mis nombres al mismo tiempo.

—De pronto Ben quiso morderse la lengua—.

En fin —se apresuró en agregar—. Creo que este dormitorio ha quedado muy pequeño para los tres; le pediré al propietario que te prepare una habitación con todas las comodidades posibles.

.. algo muy parecido a esto, debo señalar.

.. —Alistair recorrió con los ojos la enjuta habitación.

En cambio, Ben puso su atención en Margaret—. ¿Todavía no estás vestida?

Margaret, que no dejaba de lado su larga sonrisa, se miró de arriba abajo.

—No, creo que no.

—Ya veo —afirmó Ben—. Aunque yo te encuentro hermosa en cualquier ropaje.

—De ninguna manera. —Margaret se liberó del brazo de Ben—. Debo ponerme algo más adecuado. —Se detuvo y miró a su hermano con el ceño fruncido—. Pero... ¿qué pasará con Alistair?

Ben fijó al hermano de Margaret, al cual le calculaba unos veinte años.

—Puede acompañarnos —sugirió.

Alistair los miró, arrugó el entrecejo (muy similar al de su hermana) y dijo:

—No quiero importunarlos, señor Holbrooke.

—¿Señor? —Ben rezongó—. Creo que no vamos por buen camino. ¡Venga! Todo el pueblo estará allí.

Alistair, tan joven y despierto, miró a su hermana y a Ben, y luego a su hermana y a Ben...

—¡Perfecto! —soltó Margaret, emocionada—. Ahora sí, caballeros, les agradecería que me dejen a solas unos minutos mientras me arreglo para la velada.

Dicho lo cual, ellos salieron de la habitación.

En tanto esperaban, Ben y Alistair se reunieron con el propietario del hostal y le solicitaron un dormitorio para el joven.

Cuando estuvieron a solas en el enjuto corredor de la segunda planta, Ben miró a los ojos a Alistair, que le sostuvo la mirada con cierta inquietud, y le preguntó sin más si había puesto al tanto de la muerte de su padre a Margaret.

Alistair parpadeó, confundido. Entonces pareció entender.

—No —dijo, con tono impasible—. Antes hemos discutido otros asuntos. Después llegaste. —Frunció el ceño—. Pero, ¿cómo lo sabes?

—Me he enterado hoy —dijo lacónico Ben—. Un recién llegado. Otro, quiero decir. Es una larga historia, ya tendremos tiempo. Por favor, por esta noche, no le digas nada a Margaret. No arruinemos su felicidad. Que siga teniendo a su padre una noche más. Mañana será otro día.

Alistair, a simple vista confundido, asintió.

Margaret emergió de la habitación poco después.

Lucía un sencillo vestido de seda púrpura con brocado de perlas blancas en la base de la cintura y las mangas, y guantes de encaje hasta más arriba de los codos.

Estaba hermosa. Los cabellos dorados le caían en rizos a los lados del rostro; una verdadera amalgama de brillos se desprendía de su silueta.

Había visto aquellos mismos destellos en la residencia Wolfgang, cuando Margaret llevaba puesto aquel vestido rosado, abultado y muy diferente al que vestía en ese momento.

—¿Nos vamos? —preguntó ella.

Ya había empezado la velada cuando Ben, Margaret y Alistair llegaron a la residencia de Silas Katterblack.

La mansión, la verdad sea dicha, era realmente impresionante.

Quitaba el aliento. Los tres tardaron en apartar su vista de ella, tras bajar del coche, plantados ante la imponente fachada.

Ben y Margaret cruzaron una mirada entre sí.

Margaret rodeó con su brazo el de Ben, y con el otro, el de Alistair, y, acto continuo, enfilaron la entrada.

El recibidor, una vez entraron, era asimismo impresionante, observó Ben.

Quedó boquiabierto (aunque confió en haberlo disimulado bien) tras echar un vistazo alrededor.

Habían tardado cinco años en construirla, según decían, y Ben no tuvo duda de que había sido un tiempo bien invertido.

Miró a Margaret. Ella también lo veía todo con ojos brillantes y una amplia sonrisa en los labios.

«Debe traerle recuerdos de su hogar —pensó Ben—. Recuerdos felices».

Una luz dorada, que provenía de enormes candelabros de cristalería que pendían del techo, bañaba la estancia bastante concurrida; por lo visto, Katterblack no se había limitado a invitar a la flor y nata del pueblo; casi todo el que pudiera ataviarse para la ocasión estaba presente.

Ante ellos se alzaba una amplia escalera caracol, adornada con flores de crisantemo blanco y azafranes amarillos, y velas rojas, que, en opinión de Ben, le daban un toque siniestro a la decoración.

De esquina a esquina, los invitados reían, farfullaban y bebían vino Blackfell, traído desde los viñedos del padre de Simon, al otro lado del Atlántico. Nadie, sin embargo, bailaba.

—Es... maravilloso —observó Alistair.

Ben y Margaret se volvieron y hallaron al joven boquiabierto por el esplendor del recibidor de la mansión Katterblack.

Su impresión, lo mismo que en Ben y Margaret, no hizo más que aumentar a medida que avanzaban entre los invitados hacia lo que parecía el epicentro de la celebración: la sala común.

Durante el recorrido, no dejaron de admirar cada detalle de la arquitectura y decoración.

Margaret soltó una risita tras mirar la expresión bobalicona en el rostro de su hermano. Ben también esbozó una sonrisa.

—¡Ben! —oyeron gritar.

El referido se volvió.

Era Will, quien, elegante, se acercaba, acompañado por Marie; ella lucía un hermoso vestido azul. Se saludaron. Margaret le comentó a Marie sobre lo bien que le quedaba el vestido, aludiendo a algo sobre el color de su piel. Ben advirtió que Will tenía el ceño fruncido, y siguió su mirada.

Veía a Alistair, que seguía estando a su espalda observándolo todo como un niño en una tienda de golosinas.

—Alistair —llamó Ben.

—¿Sí?

El joven, recuperando la compostura, se acercó a Ben y Will.

—Oh, disculpas —dijo Margaret, ruborizada—. Me he distraído por un momento. Quiero presentarles a mi hermano. Alistair. Acaba de llegar de... —Echó un vistazo a su hermano con el ceño fruncido.

—África Oriental —añadió Alistair.

—Oh —dijo Marie, impresionada.

Al mismo tiempo, su esposo, confundido, murmuró:

—¿Alistair?

—Sí, señor.

Will sonrió.

—Oh, no —dijo, riendo—. Puedes llamarme Will. —Se adelantó, estrechó la mano de Alistair y volvió junto a su esposa, con una sonrisa de medio lado—. ¡Vaya! Ha pasado mucho tiempo, Alistair. La última vez que te vi eras un chiquillo.

—Esa es la cuestión con el tiempo, se...