Un eclipse en el alma (Hechizo nocturno) 12 #2
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De hecho, no tanto. Era el vestido que había usado para el baile de Wolfgang la noche de la masacre.

«¿Si me lo pusiera de nuevo —se preguntó—, Ben lo notaría?

» No quería pensar en ello. Por supuesto que no lo notaría; no le había mentido a Tiberius cuando le dijo que «nunca estuvo realmente acompañada».

Pensó en Tiberius, en sus profundos ojos verdes y su seductora sonrisa.

También en su manera de bailar. En la danza que compartieron aquella noche.

—El azul —dijo Marie alegremente—, el azul es hermoso. Debes ponértelo para el baile del solsticio.

El vestido era hermoso, en efecto. De un azul tan claro como un cielo primaveral, y por lo tanto haría juego con sus ojos, pensó Margaret. Tenía perlas brillantes, un cinto que le marcaba pronunciadamente la cintura y un corsé ajustado en la zona del busto. Aquel no lo había usado.

—Tú puedes usarlo —le dijo a Marie—. Si quieres. Quedaría perfecto con tu color de piel.

Marie tenía el vestido en las manos. Miró con incredulidad a Margaret. Como si no pudiera creer lo que acababa de ofrecerle. No pestañó por un instante.

—No... No podría, Margaret. —Con cuidado, dejó el vestido en la cama, sobre los otros—. Es magnífico, debo admitir, y tú has sido tan amable, gentil…

—Tú también, Marie —la cortó Margaret con suavidad.

Marie Oakwater estaba lejos de parecerse a Sophie. Bajó la mirada, vio el vestido y luego a Margaret, al vestido y a Margaret, al vestido... Por fin detuvo la vista en Margaret, con una amplia sonrisa, y dijo:

—Gracias.

El entusiasmo reinaba en River Town. Bastaba con mirar por la ventana desde el hostal del centro.

Silas Katterblack —probablemente el hombre más acaudalado del estado, eso decían— organizaba una celebración esa noche, tras el solsticio de verano.

Eventos celestiales como aquel habían sido en el pasado testigos de algunas de las más deplorables guerras en el Mundo Mágico.

Por otro lado, ella sentía cierta aprensión en el corazón.

Desde que se encontró con Bos Kado, sus noches eran más frías y estaban plagadas de sombras tan negras como un hoyo hacia el infierno.

Además, sentía como si la estuvieran observando todo el tiempo (aun encerrada a cal y canto en su enjuta habitación).

A menudo sus sueños eran asaltados por un rostro negro hecho de hollín y ojos dispares.

Ella temía por Ben. Y por William y Marie Oakwater y sus hijos.

Y también por los inocentes pobladores de River Town.

«La oscuridad habita en los rincones donde la luz no se asoma. Y estos son más comunes de lo que uno imagina», dijo una voz en su cabeza. Su padre.

Las horas pasaban. Su preocupación de cara a la celebración de esa noche no hacía más que aumentar.

Ben, seguramente, debía estar asimismo preocupado.

En realidad, llevaba estándolo desde que ella aludió el nombre de Bos Kado.

Dormía poco. A mitad de la noche, Margaret sentía su lecho vacío.

A veces lo hallaba de pie, mirando por la ventana, ausente.

Otras veces, simplemente se marchaba apenas despuntaba el alba.

Margaret apenas lograba verlo cruzar la calle hacia la biblioteca en estas ocasiones.

Ben era un hombre silencioso, de pensamiento fuerte, reservado, más de lo que ella querría.

¿Cómo pudo haberse enamorado de alguien así?

¿Por qué no se enamoró de Phil o Tiberius?

Philip tenía un alma abierta, alegre, su sonrisa era fácil y contagiosa, ojos brillantes.

.. Se parecía a Ben, pero, a la vez, era muy diferente.

Phil había muerto hace muchos años. La oscuridad se lo llevó en sus garras para siempre, durante el eclipse rojo.

A Phil y a muchos otros. Algún día vendría a por ella, algún día la cercaría hasta reducir su respiración, su vida.

Esto, sin embargo, no la inquietaba. Todo —o casi todo— alguna vez llegaba a su fin, ¿no?

«Toda luz necesita oscuridad», le dijo su padre en alguna ocasión.

«Oh, mi padre». El recuerdo era inevitable; las lágrimas, también.

.. Hace mucho tiempo hubo una niñita de cabellos dorados sentada en el regazo de su padre, un gran señor de regio semblante que miraba con ojos índigos a través de la ventana. Ojos gentiles.

—¿Sabes lo que dicen de los Seguidores, pequeña? —le preguntó con su cálida voz paternal.

Aquella niña negó con la cabeza.

—Dicen que su poder proviene de su corazón. —Su padre sonrió—. Y de su mente. La mente es el arma más letal de los seres humanos, mágicos o no. El corazón es el contrapeso.

Margaret sonrió. A esa edad no entendía de qué hablaba su padre. El tiempo cambió eso, entre muchas otras cosas.

Sus lágrimas corrieron frías la noche anterior, aunque Ben durmió a su lado hasta el amanecer.

Margaret había aprendido a llorar en silencio.

De la misma forma, a despertar apacible tras una pesadilla.

Y a callar su temor, y amar sus debilidades.

Por un instante quiso coger todas sus cosas e irse, de vuelta a Gran Bretaña, con su padre.

Pero antes, le confesaría a Ben del niño que nació y murió el mismo día; le diría que su vientre estaba vacío, ahora y siempre.

Con eso se aseguraría de que no la siguiera.

Oh, Dios.

Esa mañana, Ben se había despertado con una sonrisa en los labios, y Margaret deseó haber heredado el donum lucis de su familia (ese que únicamente recaía en el primogénito de cada generación de seguidores de la luz; en el caso de los Treddaway, la doble visión); de esta forma habría podido hurgar en su mente para saber qué estaba pensando, lo que lo hacía tan feliz, sin tener que preguntárselo (eso sería más fácil).

Era el día del solsticio de verano. Y del baile.

Ben la besó en el cabello antes de irse.

Dijo que se reuniría con Will, Silas y un tal Simon Blackfell en la iglesia Saint Peter.

No dio muchos detalles, aunque Margaret tenía una idea bastante próxima sobre el motivo del cenáculo.

Tenía que ver con Bos Kado, su mensaje, las muertes en River Town y Helio IV Mormont, estaba segura.

A mediodía hacía mucho calor. De pronto, tocaron la puerta.

Sin pensarlo, Margaret, abanicándose con un soplillo, se dirigió hacia ella y abrió.

Era un muchacho. No, un hombre. Su cara le resultaba familiar.

Tardó unos segundos en reconocerlo. Estaba más alto que la última vez que lo vio, y lucía una barba bien afeitada.

Dios mío. La última vez que lo vio fue hace cinco años.

—Margaret —dijo.

Sí, era él. El corazón de Margaret dio un vuelco en su pecho. Sintió las mejillas húmedas —lloraba sin darse cuenta— y no pudo evitar no sonreír y echarle los brazos al cuello en un ferviente abrazo fraternal.

En el salón de los Viejos Conjuros reinaban el polvo y el silencio.

Ben ladeó la cabeza al oír pisadas que se acercaban. Eran John Richmond y Simon Blackfell. Will, inquieto, se movía por la estancia de un lado a otro. Al cabo, se detuvo, de golpe, al reparar también en los recién llegados.

—Lamento el retraso —dijo John—. Pero el reverendo Jensen insistía en seguirnos el paso. Por suerte, las campanas comenzaron a tañer y tuvo que ir a cumplir con la misa. Medio pueblo se encuentra ahora mismo en la Saint Peter. —Sonrió como si esto tuviera una especie de broma oculta.

—Medio pueblo estará en peligro por el disparate de Silas —espetó Will—. ¿Dónde está ese desgraciado?

—Silas no vendrá —dijo, lacónico, John—.

Me dijo: “Sé muy bien lo que Will y Ben querrán decirme sobre el baile, y no me apetece oírlo”.

Además, según me informó el propio Silas, su hermana.

.. Rachel, me dijo que se llamaba..., estaría arribando al pueblo esta misma tarde, por lo que tenía que disponerlo todo para recibirla.

—Se equivocaba —repuso Ben—. No es sobre la absurda celebración de Silas de lo que queríamos hablar. Hay cosas mucho más importantes que tenemos que discutir. Por ejemplo, la llegada de Simon Blackfell y el mensaje que trae consigo.

Ben había escuchado de los Blackfell; incluso probó el vino de estos aquella noche en la residencia Wolfgang, cuando conoció al patriarca de la familia en persona.

Philip Blackfell ( Philip, se llamaba como su mellizo muerto), que no paraba de soltar cada risotada escandalosa en compañía del difunto lord Ronald.

Simon era joven y apuesto. Ojos grandes y oscuros veían el entorno atentamente.

Alto y ancho de hombros, y la postura un poco encorvada.

Su lacio cabello bermejo relucía como el destello de la luz sobre el cobre recién lustrado.

Los Blackfell no eran conocidos solo por sus vinos, sino también por ser algunos de los grandes historiadores de la Comunidad Mágica.

—Cuéntanos, Simon —pidió John—. Según Ben, ¿qué es eso tan importante que has venido a decirnos?

Al inicio, Simon vaciló. Pero a medida que empezaba a hablar, la complejidad de sus palabras heló la sangre a Ben.

Sus peores temores se hacían realidad. Al fijarse en Will, atónito, supo que los de él también cobraban vida entre la bruma que manaba del mensaje del joven Blackfell.

Sin embargo, Ben solo podía pensar en una cosa. .. O, mejor dicho, en una persona.

Margaret.

Cuando supiera la noticia, estaría devastada.

Al parecer, a decir de Simon, Tiberius Wolfgang volvió de la muerte para matar a lord John Treddaway por haber puesto fin a su compromiso con Margaret.

Y si bien lo consiguió —asesinar al duque de Penroth en su propia morada—, la dicha le duró poco.

Tiberius fue abatido por un ballestero seguidor de la luz al servicio de Treddaway cuando intentaba huir.

Al mismo tiempo, lord John, en el solitario salón, moría desangrado por el tajo que recibió en el cuello a manos de Tiberius.

«Tuvo que haber sido enviado por Mormont —pensó Ben—. Oh, pobre Margaret; ahora menos que nunca la puedo dejar sola. Me necesita. Soy la única persona que le queda».

Simon Blackfell continuó hablando. Al cabo, confundido, Will inquirió:

—Así que, Jeffrey Greystar está planeando todo esto.

—Su hija, más bien —contestó Simon, animado—.

Ha sido ella. Olivia Greystar. Se ha casado con Damien Witheford, el primogénito de Elijah, para forjar una alianza y hacer justicia por la muerte de su hermano Jason Greystar.

Jaime, otro de los hijos de Jeffrey, está a poco de enlazarse con mi hermana Rose.

Todo lo ha planeado Olivia, que ha recibido el respaldo integral de su esposo y de su padre.

—Suspiró, intentando recuperar de nuevo el aliento.

Ben se fijó en las perlas de sudor rodándole cuesta abajo por el semblante.

Simon era un joven nervioso en una misión peligrosa—.

Olivia está segura de que Helio viene por ustedes.

—Miró a Ben y a Will con ojos abiertos de par a par.

—Desde luego —musitó Ben.

—Helio quiere vengarse —dijo Will—. Y también otra cosa, que, hasta ahora, no sabe que tenemos.

John frunció el ceño. También Simon Blackfell.

—¿Qué? —preguntó éste.

—El pasado —murmuró Will casi para sí mismo, pero Ben y el resto lo escucharon.

—El pasado —repitió Ben, asintiendo—. ¿De qué nos servirá?

El pasado no nos salvará del oscuro futuro que está por venir.

El oráculo me lo ha dicho. —Hablaba casi sin darse cuenta de lo que decía—.

Aquella noche, en la residencia Wolfgang.

Me ha dicho que el Mal Más Oscuro será liberado en algunas décadas, y que el único capaz de detenerlo será un seguidor nacido de la luz y la oscuridad a quien el oráculo llamó el Liberador.

Suena disparatado, lo sé. —Se pasó la mano por el cabello—.

En la historia mágica, ninguna criatura que haya nacido de ambas fuerzas ha vivido mucho tiempo.

Según el oráculo del futuro, es posible.

—La voz le temblaba, y cuando lo percibió, se interrumpió.

Richmond dio un paso al frente. Pareció sobremanera confundido.

Y con razón. John conocía muchos aspectos del Mundo Mágico, se codeaba con criaturas mágicas todo el tiempo, y había crecido en el seno de una familia de gente común que desde siempre había estado al corriente de la existencia de la magia.

Al menos hasta cierto punto. Por lo visto, el alcalde no tenía idea de qué era el oráculo.

—¿De qué estás hablando, Ben?

Ben abrió la boca y la cerró al instante. Observó a Will con los labios apretados, y a Simon que había dejado de temblar, ahora absorto. Entonces suspiró. Ladeó la cabeza para mirar la tenue luz que se filtraba por los coloridos ventanales. El solsticio había comenzado.

—Te lo explicaré, John —dijo Ben por fin tras un largo silencio—. Después. Miren la luz, miren qué brillante y anaranjada se ha puesto. —Todos miraron—. Debemos irnos. En unas horas empieza el baile. Y no querremos ser los últimos en llegar.

Nadie dijo nada más.

Ben no era hombre de celebraciones, y eso era algo que muchos sabían. En especial Will, que frunció el ceño ante las palabras poco entusiastas de su amigo.