12
HEMOS VENGADO
—Silas Katterblack ha dejado por fin su aposento en el hostal de enfrente y, tal parece, pretende celebrar su nueva morada por todo lo alto con un baile.
Y esto en medio de una ola de asesinatos —dijo Ben.
Tenía el ceño fruncido y los brazos cruzados ante el pecho.
Will nunca lo había visto tan airado—. ¿Acaso ha olvidado que hace unos días uno de tus pequeños encontró al barbero del pueblo pendiendo de tu árbol?
—No lo sé —repuso Will—. Y, créeme, a mí también me ha tomado por sorpresa su invitación. Será mañana. Tras el solsticio de verano.
—Muerte. —Ben habló sombrío. Y agitó las manos con un violento ademán—. Eso traerá.
Will asintió. Ben se lo había contado en una de sus últimas cartas.
Se refería a la matanza en la residencia de lord Wolfgang a finales del año pasado.
Todas las muertes, las vidas inocentes perdidas, pudieron haberse prevenido de muchas maneras si se hubiese actuado a tiempo.
El mismísimo anfitrión, lord Ronald Wolfgang, había sido asesinado por los oscuros.
Y Julius, su amigo, llevaba desaparecido desde entonces.
Lo mismo que Tiberius, el heredero de lord Wolfgang.
Y, además, estaba lo ocurrido el otro día.
El encuentro con los hombres sombras, que tuvo lugar frente a la iglesia Saint Peter.
La fachada había resultado afectada durante el combate contra los espectros, pero el alcalde Richmond encargó las habidas reparaciones gracias a un importante diezmo ofrecido por Silas Katterblack.
Aunque bien pudo haber conjurado un hechizo para enmendar estos daños.
Al parecer, Katterblack solo intentaba meterse en el bolsillo al alcalde con su acción, aparentemente altruista.
—Yo tampoco creo que sea el momento adecuado —dijo Will—.
Rupert acaba de morir. Val no perdonaría que Marie y yo asistiéramos a la fiesta, cuando su esposo se pudre seis metros bajo tierra.
Los hadúnos son seres muy emocionales, y confío en que ustedes lo entiendan bien.
—«O quizá sí —pensó luego—. Quizá Val sí me perdone si le entrego la cabeza de Bos Kado en charola de plata»—.
A lo mejor resulte una trampa orquestada para dar directamente con el servidor —agregó—.
Recuerda: Katterblack es un hombre ágil, tanto de pensamiento como en combate.
Ben, a regañadientes, asintió.
—Es peligroso —dijo—. Inocentes, Will. Habrá inocentes allí. Muchos. Silas ha invitado a medio River Town.
—Protegerlos es nuestro deber, Ben. Después de todo, somos seguidores de la luz —replicó Will, en tono cansino—. Además, la oscuridad ha dado con nosotros otra vez. No podemos huir.
Ben bajó la mirada, como si tuviera una lucha interior.
—Will... —dijo, quedamente.
—¿Sí?
Will frunció levemente el ceño. Tenía un mal presentimiento. Ben apartó la mirada en ese momento.
—¿Recuerdas a Tarrik ? —dijo. Alzó la vista, aunque era evidente que no quería hacerlo.
« Tarrik », recordó Will. El oráculo del pasado, por supuesto. Asintió.
—Nunca se lo entregué a la Hermandad —reveló Ben—. Tarrik está conmigo, Will. Siempre ha estado conmigo.
«¿Contigo?»
—¿Qué quieres decir, Ben?
—A donde vaya, él viene conmigo. Me ha acompañado todo este tiempo. Desde la guerra del eclipse. —Se pasó la mano por el cabello, a ojos vistas frustrado a la vez que bajaba la mirada.
Will tardó un instante en recobrar el aliento antes de hablar.
—Lo has traído contigo. Aquí.
Si bien aquella no era una pregunta, Ben asintió.
—¿Por qué no lo entregaste a la Hermandad, Ben? —preguntó Will en voz baja, aunque, en realidad, quería gritar de enojo. Tener el espejo en River Town era como llevar encima una condena—. ¿Por qué, Ben?
Su amigo lo miró con ojos vidriosos.
—No quería olvidarlo —dijo—, no quería perderlo del todo.
Will sabía a quién se refería. Se había sentido de la misma forma cuando encontró muertos a Hyacinth y Eugene. Ben, por otro lado, vio cómo le arrancaban la vida a su hermano mellizo. Philip Holbrooke había muerto en la Guerra del Eclipse Rojo a manos de Helio V Mormont.
—Lo has hecho por Phil —musitó Will. Esta tampoco era una pregunta.
Ben suspiró.
—En todos estos años no he podido olvidar ese momento, aquel instante cuando Helio.
.. —Suspiró—. Su mirada, la mirada de Phil.
.. Aquella mirada, Will. Me vio, y desde que le abandonó la vida me he sentido perdido.
Philip estaba enamorado de Margaret, ¿sabías?
Esa es la verdadera razón por la que nunca le pedí su mano a John Treddaway.
Después de la guerra, Phil se proponía pedir la mano de Margaret a su padre, y. ..
Will no había visto llorar a Ben Holbrooke antes, ni siquiera tras la muerte de su hermano.
—Debí ser yo quien le quitara la vida a Helio —dijo, mientras rodaban lágrimas por sus mejillas que caían a sus pies—. Debí...
—Los hemos vengado, Ben. —Will le puso la mano en el hombro. Su amigo alzó la vista y se limpió las lágrimas con el dorso de las manos.
—No del todo —dijo Ben, sombrío.
Helio IV, el hijo de Cletus, había huido tras la caída de su padre.
Y el hijo menor de éste, Eneas, había seguido a su padre.
Así como Cicero, hijo de Trius, hermano de Helio.
Tres. Tres Mormont habían sobrevivido a la Guerra del Eclipse Rojo, y Will sabía que solo hacía falta uno de ellos para provocar otra guerra como aquella.
¿Cuánto más tendrían que esperar para eso?
Hasta ahora, la única guerra de Helio consistía en acabar con Ben y William. Ya se había vengado de los Greystar y los Wolfgang, también de los Startclyde. De Julius, que había asesinado a Casandra, su hija.
—¿Dónde está, Ben? —preguntó Will. Ben frunció el ceño, como si no entendiera la pregunta—. ¿Dónde está Tarrik ?
Ben aflojó el entrecejo y soltó un suspiro cansino.
—En la iglesia Saint Peter.
—¿Qué? —Will no entendía—. ¿Cómo?
—Recorrí River Town antes de ir a tu casa, Will —confesó Ben con un amago de sonrisa en los labios—. ¿Sabías del salón, aquel que se encuentra oculto en la iglesia?
—No. ¿Qué salón?
—Quería mostrárselos aquella noche cuando fuimos a la Saint Peter, antes de que los espectros atacaran. Yo lo llamo «El salón de los Viejos Conjuros».
—¿Por qué lo has llamado así?
Ben tenía razón, pensó Will. Más tarde, una vez en la iglesia Saint Peter, percibió el aroma a magia antigua que flotaba en el salón.
Ben lo había conducido a través de un pasadizo envuelto por hechizos de ocultamiento tras el altar de la iglesia: era estrecho y daba la impresión de tratarse de un laberinto interminable.
Will, maravillado, llegó a la conclusión de que aquel lugar estaba allí desde mucho antes de que los primeros pobladores llegaran a esas tierras.
«¿Cómo es posible?», se preguntó.
—¡Por los Primeros Seguidores! —dijo Will cuando la amplia puerta, al final del oscuro corredor, se abrió ante él.
—Sí, dije lo mismo cuando lo encontré —sonrió Ben.
Y ahí estaban. Era esplendoroso, el salón más grande y glorioso que Will hubiera visto en su vida... ¡Y estaba oculto en la iglesia! ¿Cómo no lo supo antes? ¿Cómo lo supo Ben? Eso ya no importaba, estaba allí. Frente a sus ojos.
—Construyeron la iglesia para disfrazar la entrada hacia él. Gerald Belwolf me ha dicho que uno de sus ancestros fue uno de los arquitectos del templo —dijo Ben, con ojos brillantes—. El salón parece muy antiguo. Mucho. Y es sublime.
De eso, no cabía duda, se dijo Will. Luego se preguntó cuándo conoció Ben al señor Belwolf. Tampoco dijo nada al respecto.
—Esta es una dimensión mágica —rumió Will, frotándose la barbilla con los dedos—. Como una Habitación de los Conjuros.
—Sí —dijo vagamente Ben.
Sus pisadas levantaban polvo del suelo de mármol blanco a medida que andaban, pasando junto a las grandes columnas (dispersas ordenadamente por todo el lugar) que soportaban el techo arqueado. Will observó todo absorto; el salón estaba lleno de luz, una luz blanquecina, natural, mágica.
—¿Dónde está Tarrik ? —le preguntó a Ben.
Ben sonrió.
—Está por allá —dijo, apuntando en la dirección—. ¡Vamos! A Tarrik le dará gusto verte de nuevo. Se mantiene joven, Will. Como la última vez, ¿recuerdas?
Will recordaba.
En Penroth, Margaret había tenido una abundante cantidad de vestidos.
Sus favoritos, recordaba, eran los de seda de textura brillante.
Adoraba el brillo, las incrustaciones, los cintos dorados y metálicos, las redecillas con pedrería, perlas y cristales.
.. Suspiró. Aquello parecía un sueño lejano, como si hubieran pasado cien años desde entonces.
Abrió el baúl con la esperanza de encontrar algo adecuado para el baile del solsticio, pero al percibir el olor de las telas, se sintió abrumada.
—¿Qué sucede? —preguntó Marie, mirándola con preocupación.
—Nada —mintió Margaret—. Solo recordaba.
Marie profirió una tenue risita mezclada con un suspiro.
—Es bueno recordar. —Se levantó de la cama y se aproximó al baúl junto a ella—.
¡Vaya! —dijo, sorprendida—. Hace mucho tiempo que no veo tantos vestidos juntos.
.. Y los colores. ¡Son bellísimos! —Metió las manos y sacó un modelo de seda color verde esmeralda—.
Realmente. —Se volvió hacia Margaret y la miró con ojos brillantes—. ¿Lo has usado alguna vez?
Margaret negó con la cabeza.
Marie dejó el verde en la cama y, acto seguido, sacó uno morado, también sin usar. Se volvió hacia Margaret, una vez más, dedicándole una sonrisa absurda y una mirada reluciente.
—¿Y éste?
Margaret negó con la cabeza. El siguiente, uno rosado, le trajo recuerdos de una noche que ahora parecía tan lejana como su hogar.
—Ese sí —contestó—. Hace mucho, mucho tiempo.