Un eclipse en el alma (Hechizo nocturno) 11
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EL BOSQUE DE RIVER TOWN

Era la canción más dulce que Ben hubiese escuchado en su vida.

Una canción tenue, suave, etérea. Como el roce de una madre.

La canción de los Hijos del Bosque. Ráfagas de viento hacían embestir las hojas entre sí, causando la melodía más armoniosa que un seguidor de la luz o criatura mágica (la gente común no oiría más que una simple brisa) pudiera oír en vida.

El fulgor del sol arrancaba destellos de las hojas bañadas por el rocío de la mañana.

El silencio era compartido; ninguno de los hombres quería interrumpir la música que interpretaba la Madre para sus hijos.

Will avanzaba tras Ben, silencioso, pero sin dejar de sonreír y ver con ojos muy abiertos el majestuoso entorno.

Más atrás estaban Silas Katterblack y John Richmond, también sonrientes, que señalaban orugas con los dedos y hacían bromas entre murmullos que solo ellos comprendían.

Poco más adelante se toparon con un panal cuyas ocupantes zumbaban incesantes.

Una llegó a picarle a John en el dedo cuando éste intentó espantarla.

Richmond, descomedido, se apartó de los demás para mearse en la herida y bajar la hinchazón; esto, siguiendo la sugerencia de Silas.

Cuando se hubo reunido de vuelta, Ben, Will y Silas reventaron en risotadas; John, impertérrito, se limitó a decir que el método de sanación era realmente efectivo.

Will examinaba la corteza de un fresno cuando Ben se fijó que levantaba la cabeza como si hubiera percibido algo que solo él podía escuchar.

—¿Qué es? —le preguntó Ben.

—Se acercan —murmuró Will ladeando la cabeza, buscando el origen del sonido que, de momento, solo él podía oír.

Silas y John se reunieron con ellos.

—¿Quién o qué se acerca? —preguntó Richmond.

—No importa —espetó Katterblack con seriedad mientras desenfundaba unas daxarus —; lo que sean, o quienes sean, acabaré con ellos.

—Guarda eso, Silas —dijo Will con tranquilidad—. Los Hijos no vienen con ánimo de luchar.

—¿Estás seguro de que son ellos, Will? —preguntó Ben.

—Escucho un galope —respondió—. Puede ser un unicornio, o puede que sea la hueste de los centauros del este...

—O, también, puede ser el galope de un Pegaso negro o un lobo Fenrir —sugirió Silas sin bajar las dagas.

—No es un Fenrir —replicó Will—. Y tampoco un Pegaso. Además, no se ha visto un semental alado desde la caída de Cletus.

Ben lo recordaba. Sí, recordaba a Cletus II Mormont montado en aquella criatura con alas negras de murciélago.

Se llamaba Sogor , que significaba Sombra.

Así hizo su entrada el Gran Amo en el campo de batalla.

También recordaba cómo la luz roja del eclipse bordeó la silueta de Sogor cuando éste se alzó ante todos en lo alto del cielo sangrante.

—Eso espero. —Silas escupió y, acto seguido, guardó las daxarus .

No tuvieron que esperar mucho para descubrir el origen del galope.

Una brizna de aire, tan delicada como el tacto de la seda, agitó las hojas en una maravillosa sincronía con el silencio que precedió a la aparición de los centauros.

Al ver a la imponente líder de los centauros, Ben quedó impresionado, aunque no era la primera vez que estaba en presencia de estas criaturas.

La centaura tenía una larga y abundante melena castaña que le caía por los hombros, le cubría los pechos desnudos y se extendía a lo largo de su regazo hasta fundirse con la cola de su parte animal.

Tenía mejillas generosas, ojos brillantes color jade y labios inexpresivos.

Henna, se llamaba. Y la acompañaban otras dos centauras: una de pelaje rojizo, y la otra, negruzco, que no apartaba la mirada de Silas.

El silencio duró unos momentos. Entonces Henna carraspeó, se apartó un mechón de la cara y dejó al descubierto uno de sus senos..., una perfecta redondez humana, reconoció Ben.

—Bienvenidos sean, forasteros —dijo Henna.

«¿Forasteros?» Ben quiso preguntarle, pero John se adelantó.

—¿Por qué nos llamas forasteros ? —dijo—. Vivimos en River Town. Tenemos tanto derecho al bosque como ustedes. ¿O no? —Frunció el ceño y se volvió hacia sus compañeros como si esperase su apoyo. Y lo obtuvo.

—Son forasteros —replicó la centaura de pelaje rojizo—. Tus tres compañeros —dedicó una breve mirada a Ben, Will y Silas— no son de estas tierras. Y tú no eres un seguidor de la luz, hadúno y, mucho menos, hijo del bosque. No tienes nada que hacer aquí. Ninguno de los cuatro.

—Calma, Atar —intervino Henna—. Estos forasteros solo vienen a encontrarse con nuestra líder.

Will se adelantó.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó, ceñudo.

Henna esbozó una tenue sonrisa.

—Ella lo escucha todo —dijo la centaura líder con voz suave, como si le hablara al viento—: escucha a los árboles, el susurro del viento, el corazón de los hombres que pisan su dominio. Oye tu corazón. Ha sido nuestra líder quien me ha enviado para llevarlos ante ella.

Silas soltó un bufido.

—¿Sí? En ese caso, parece que tus seguidoras lo han olvidado —dijo al tiempo que echaba un vistazo reñidor a Atar, quien refunfuñó. Luego encogió un hombro y sonrió—. Quizá esté equivocado.

A continuación, el grupo emprendió la marcha hacia donde quiera que estuviese la líder de los hijos del bosque.

Por supuesto, las centauras iban a la cabeza, guiándolos.

Ben y los demás les seguían el paso, extasiados por el maravilloso panorama que les proveía el bosque de River Town.

Una repentina brisa sopló y las hojas entonaron de nuevo su canción.

Ben inhaló aquella brisa. Ojalá Margaret estuviera allí con él, deseó.

Pero sabía que lo mejor era que no estuviese.

El dominio de los hijos del bosque tendía a ser peligroso, sobre todo tras la reciente escaramuza con hombres sombras de la que apenas salieron con vida.

El corazón del bosque. Allí los esperaba la líder de los Hijos.

Se trataba de un claro cubierto de pasto verde primaveral con una pequeña colina en el centro que se hallaba coronada por un sabino nacarado, antinatural.

La líder estaba reclinada contra el árbol blanquecino, con aspecto de llevar esperándolos largo rato.

Alrededor, una docena de elfos voladores batían sus alas, trazando círculos sobre la cabeza de la líder, casi como si le estuvieran ofreciendo un espectáculo.

Uno colorido. Cuando la sombra de Henna se cernió sobre ellos, los pequeños elfos se dispersaron en un visto y no visto en todas direcciones.

La líder no dejó de sonreír, y no se puso de pie cuando los recién llegados se detuvieron ante ella.

—Están ante Loreen —enunció Henna—. Nuestra líder. —La centaura se hizo a un lado al tiempo que flexionaba una de sus patas frontales y realizaba una espléndida reverencia—. La Líder de Todos los Hijos del Bosque.

—De River Town —puntualizó la aludida—. Mi dominio no se extiende más allá de estos territorios.

Loreen era una mujer hermosa «... y también hadúna», pensó Ben.

Era habitual que los Hijos eligieran como líder a una ninfa o a una mujer hadúna como su líder, el puente que los conecta con la Madre Creadora.

Loreen, que bien parecía unos pocos años menor que Margaret, tenía ojos color jade verde, brillantes y alegres, que no quitaban la vista de los «forasteros».

Como si quisiera verlos a todos al mismo tiempo.

Bajo la luz del sol, su cabellera se deslizaba a lo largo de su espalda y de su pecho como un río de oro blanco líquido.

Tenía una sonrisa impresa en los labios rosáceos.

Vestía una fina túnica blanca sostenida en un hombro, ajustada a la altura de la cintura y bajo los pechos con una cuerda de cáñamo. Iba descalza.

—El viento no miente —prosiguió Loreen—; han venido, tal como me comunicó.

—¿Ha sido el viento o tus elfos? —inquirió Silas.

—Silas Katterblack —murmuró la líder haciendo un ademán con la mano—, de las tierras del norte. Ha sido el viento el que me lo ha susurrado, Silas. ¿Cuestionas mis palabras?

Silas no respondió. Loreen ladeó la cabeza hacia John.

—Tú eres Richmond, nacido en River Town —continuó, sin dejar de sonreír, antes de posar sus ojos en Will—.

Y tú, William Oakwater, de tierras mucho más lejanas.

—A continuación, fijó a Ben—. Holbrooke.

Ben Holbrooke. El mismo viento se estremece al decir tu nombre.

No porque te tema. Todo lo contrario: tu reputación te precede, incluso en esta parte del mundo.

—Dedicó a Ben una mirada más prolongada y, luego, vio a los cuatro al mismo tiempo—.

Son bienvenidos a mi hogar, el hogar de mis hijos y mis hermanos, el hogar de la Madre.

El día transcurrió con normalidad, calma, radiante.

Loreen no paraba de reírse de los comentarios satíricos, a veces mordaces, que proferían Silas y John, mientras Ben y Will, que no eran de bajar la guardia a la primera impresión, se mantenían relegados disfrutando de la vista sublime.

Ben nunca había dado crédito a lo que decían de los seres hadúnos (que eran los seres de luz más extraños que existían en la Comunidad Mágica), pero al ver a Loreen empezó a cuestionarse sus creencias.

Había algo sobre ella que no le daba confianza.

Así y todo, la líder, sin dejar de sonreír, les dio un recorrido por los dominios del bosque cercanos al centro.

Primero visitaron el territorio de los trolls, los nidos suspendidos en árboles de los elfos, y la zona más boscosa, donde habitaban los ciervos, los centauros y los faunos.

Ulloa, el cabecilla de los trolls, les presentó a su bebé trol recién nacida, llamada Sella.

John la cargó en sus brazos y, mientras la mecía, la pequeña le soltó un buche verdoso.

John comenzó a tener arcadas al tiempo que la entregaba con premura a su progenitor.

Silas y Will se desternillaron. También Ben hizo parte de las risas.

Mientras Silas y John recibían la atención de los elfos voladores que instantes antes cortejaban a Loreen, Will y Ben se apartaron para hablar en privado.

—¿Margaret...? —Will frunció el ceño, anonadado.

—Bos la ha buscado —abundó Ben en voz baja—. Ella me lo contó la otra noche. Margaret estuvo en peligro, y yo no estuve ahí para ella.

—Pero, ¿qué quería?

—Enviarme un mensaje.

Ben notó lo sombría que sonaba su voz. Will se cruzó de brazos; tenía los hombros muy tensos.

—¿Cuál?

—“La sombra que se cierne sobre el mundo —citó Ben las palabras de Margaret—, la oscuridad que aviva el mal, el caos que habita en el corazón de un hombre sin esperanza. Viene en camino, viene por ti”.

—Lo sabe —murmuró Will, que seguido le echó una mirada cargada de preocupación—, sabe que estás aquí.

.. conmigo. Mis hijos, Ben, ¡mis hijos! Y Marie.

.. —Comenzó a ir de un lado a otro, a ojos vistas tan preocupado como cabría estar en esta situación.

Ben lo entendía... Él sentía lo mismo por Margaret.

—Ben Holbrooke.

La voz conocida vino de atrás. Era Loreen. Will se paró junto a Ben y observó a la líder acercándose sonriente hacia ellos.

—Necesito hablar con Ben Holbrooke —dijo Loreen. Miró a Will y arqueó una ceja, sin dejar de sonreír con aparente naturalidad.

Will se volvió hacia Ben, apretó la mandíbula (un gesto como diciendo “ ¿en qué te has metido?” ) y se reunió con Silas y John, a escasos metros, que reían con los elfos.

Ben siguió a su amigo con la vista y, luego, se giró hacia la líder.

Loreen se aproximó más. «Hasta la belleza más pura puede resultar una amenaza mortal», evocó las palabras de su difunta tía al tener más cerca a la líder del bosque, tan cerca que apreciaba el fresco olor de la tierra húmeda que manaba de ella.

—Como te había dicho, el viento se estremece al decir tu nombre, Ben Holbrooke —repuso Loreen—. Y no para de repetirlo en mis oídos. Me susurra tus hazañas, ¡grandes hazañas, que nadie lo niegue! Al parecer, los miembros de tu familia, tus antepasados, suelen realizarlas más a menudo.

—Solo tengo una hazaña, si deseas llamarla así —dijo Ben—. Y fue hace mucho tiempo.

—No el suficiente para que sea olvidada, Ben —afirmó la líder—.

De hecho, nunca lo será. —Dio un ademán con la mano—.

No importa. El viento también me ha susurrado que llevas contigo un peso inconmensurable en tus hombros.

No importa cuánto intentes convencerte del tiempo que ha quedado atrás; lo que hiciste, no lo hiciste solo, aunque el mundo se empeñe en creer lo contrario.

Pero el mundo seguirá siendo lo que es mañana y al día siguiente. Algunos tiempos nunca cambian.

Lo mismo le había dicho Ora aquella noche en la mansión Wolfgang. Loreen deslizó suavemente su mano por el brazo de Ben, siguiendo con la mirada el movimiento de su extremidad mientras lo hacía.

—¿Qué intentas decirme? —preguntó él.

—El amor es un hechizo, Ben Holbrooke —explicó Loreen esbozando una sonrisa tentadora—.

Sabes cuando estás bajo su poder, pero no sabes cómo salir una vez sufres sus devastadores efectos.

El viento me lo ha susurrado: llevas contigo el espejismo de tu pasado, y mientras lo tengas contigo, tú y los tuyos estarán malditos.

—La mano de Loreen rozó de pronto la mejilla de Ben; tenía el tacto suave, cálido, de una amante—. Espero entiendas mis palabras.

Durante el regreso, Ben intentó encontrar el significado de las palabras de Loreen.

Fueron intentos fallidos. Al menos los primeros.

Loreen tenía ojos grandes y oscuros, y una vez veías tu reflejo embebido en ellos, era imposible olvidarlos.

Así que Ben pensó en aquellos ojos mientras evocaba sus palabras. Y al final llegó a una conclusión.

—¿En qué piensas, Ben? —Margaret se cepillaba la cabellera dorada. Estaba sentada en el borde de la cama, dándole la espalda, de modo que Ben tuvo que ladear la cabeza para mirarla por encima del hombro. Él, en cambio, estaba junto a la ventana—. Desde que llegaste has estado ausente.

—Ausente... —murmuró Ben sin darse cuenta.

«Ausente... —pensó mientras volvía la cabeza y veía las oscurecidas calles de River Town al anochecer—.

Maldición... Algunos tiempos nunca cambian.

.. Llevas contigo el espejismo del pasado.

.. Tarrik ...». Fue como si la llama de una vela cobrara vida mágicamente en su cabeza.

Entonces lo comprendió todo. Pero ¿cómo era posible que lo supiera?

El reflejo de Loreen apareció difuminado en su pensamiento, entre jirones de hojas libres y elfos danzarines.

«Ha sido el viento —pensó Ben—, ¿quién si no?»