Un eclipse en el alma (Hechizo nocturno) 10 #2
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—Le he enviado a mis amigos para que se divierta un poco —dijo—. Y tú, pequeña, ¿qué haces aquí tan sola? Oh, ya entiendo, has venido por Ben —añadió con tono burlón, como si la respuesta no hubiera saltado a la vista desde un principio.

—Qué bien que lo hayas adivinado —soltó Margaret—. No tenía pensado decirte.

—Eres una fierecilla —sonrió Bos Kado.

—Y tú eres... —Se irrumpió al entender que estaba tentando a la suerte. Es decir, más de lo que lo había hecho hasta ahora.

—A ver, hermosa —pidió Bos—. Dime.

Margaret apretó los labios.

—Está bien, calla ahora. —El subordinado sonrió—. Ya te oiré suplicando por tu vida... y la de Ben Holbrooke.

—¡No! —gritó Margaret.

Bos le puso la mano en la boca.

—Silencio —siseó con rudeza muy cerca del rostro de Margaret—. No me gustaría torcerte el cuello aquí mismo. No nos conviene a ninguno de los dos. Te necesito viva para que le des de mi parte un mensaje a Ben Holbrooke. ¿Lo harás? Asiente.

«¿Tengo otra elección?», quiso escupirle, pero Kado seguía cubriéndole la boca con su mano.

Margaret asintió.

Kado retiró su mano con cuidado.

—Bien, hermosa —dijo—. Presta mucha atención a lo que voy a decirte. Porque no lo repetiré...

Más tarde, esa misma noche, el calor impregnaba la enjuta habitación del hostal.

Margaret no tenía certeza del paradero de Ben, además de las palabras que Bos Kado había proferido.

«Le he enviado a mis amigos para que se diviertan un poco», había dicho.

Margaret había notado el calor de las manos de aquel hombre entonces.

Bos Kado no era un nigromante, y tampoco era un seguidor oscuro, como solían llamarse a los traidores a la luz.

No; era un subordinado.

Margaret agitaba con más premura el abanico ante su rostro cuando golpearon la puerta. A continuación, saltó de la cama, arrojando el soplillo a un lado. Al abrir la puerta y ver a Ben, sano y a salvo, sintió que el corazón le bajaba de nuevo al pecho. Lo abrazó, casi llorando de alivio.

Una vez dentro, Margaret advirtió algo extraño en el aspecto de Ben.

Tenía un rasguño en una mejilla y varios más en las manos y el cuello, además del hombro derecho de la camisa desgarrado.

El cabello, brillante de sudor, enmarañado.

La respiración un poco exaltada. En resumen, tenía la apariencia de alguien que acababa de participar en una pelea cuerpo a cuerpo. Al menos estaba vivo.

—Pero... ¿dónde has estado, Ben? —inquirió Margaret, minutos después, mientras le suturaba con aguja e hilo un corte en la mano—. He tenido el corazón en la garganta desde que empezó a caer la noche. Creí que no regresarías... yo...

Ben la besó. Un beso largo, tierno, el roce de su mano en la mejilla de ella.

—Estoy bien —dijo él, después.

—Han sido sombras, ¿verdad?

Ben asintió. Una sonrisa crispante bullía en sus labios.

—Veinte —dijo, sin dejar de sonreír—. Estoy seguro de que ha sido una veintena.

O algo parecido. —Hizo una mueca cuando Margaret pasó la aguja a través del corte.

Un segundo después volvió a traslucir la misma excitación que desde su llegada—.

Silas..., Oh, Silas es muy hábil. El muy desgraciado me salvó el pellejo en dos ocasiones.

También a John; y Will, que ha estado falto de práctica en el arte del combate en los últimos diez años, ha sabido defenderse con maestría.

Como en sus mejores días. Nos rodearon. Te lo juro, Margaret, era cerca de una veintena de hombres sombras.

Y mientras luchaba, pensaba en ti..., eso me dio las fuerzas necesarias para resistir hasta el final. Fue... emocionante.

—¿Y dices que Will estaba contigo? —preguntó ella.

Ben, sonriente, asintió.

«Pobre Marie», pensó Margaret.

Apenas terminó de tratar los cortes, Ben se levantó de la silla con euforia, se volvió hacia ella, la rodeó con sus brazos y la llevó en vilo hasta el lecho.

Margaret no podía evitar reírse mientras le preguntaba qué estaba haciendo (como si no saltaran a la vista sus intenciones).

Ben no respondió; la besó en la boca, en el cuello, entre los senos, y, de ahí, trazó una línea de ávidos besos a lo largo de su plano abdomen, y más abajo. .. Margaret jadeó.

Horas después, envueltos por la luz que proyectaba la luna a través de la ventana, Margaret reposaba la cabeza sobre el pecho de Ben.

Sentía su respiración, ascender y descender, y su corazón latir acompasado.

¿Latía así por ella? ¿Suspiraba así por ella?

Sabía que Ben seguía despierto aunque no podía ver su cara.

El silencio que reinaba era tan sólido como las paredes de aquella habitación.

—Ben —dijo ella.

—¿Sí, Margaret?

Por un instante quiso decirle todo. Sobre su hijo, aquel que nunca vivió y todos los demás que tampoco lo harían. Quiso decírselo todo, de verdad. Pero era una cobarde, una egoísta, y estaba enamorada. Aquellas palabras volaron de su cabeza como llevadas por una tenue brisa veraniega.

—¿Sabes quién es Bos Kado?