Un eclipse en el alma (Hechizo nocturno) 10
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LA NOCHE SE CIERNE

El cadáver pendía de un árbol; tenía una soga corrediza en el cuello, que lo suspendía del suelo, y el viento lo mecía de un lado a otro sin parar.

Will lo reconoció poco antes de llegar a la cima de la colina, a pesar de las laceraciones que el hombre exhibía en el rostro y en otras partes de su cuerpo.

—Abernathy —murmuró el alcalde Richmond.

—¿Se ha suicidado? —preguntó Ben.

—No lo creo —replicó Will. «Con lo bien que iba su negocio»—. Es un mensaje. Ha sido ese tal Bos Kado. Primero asesinó a Rupert, ahora al cotilla de Abernathy. Intenta inculparme por estos crímenes.

—¿Bos Kado? —Ben frunció el ceño—. No recuerdo a ningún Bos Kado.

—Es un subordinado de Mormont —dijo Will—. Sabe dónde estoy, y quiere vengar a su hijo.

—Pero, ¿por qué matar al barbero?

—Ya te lo he dicho: quiere inculparme. Quiere que el pueblo esté en mi contra.

—Pero sobre todo quiere enviarte un mensaje —señaló Silas, sombrío—. Miren el tronco del árbol; miren cómo la sangre discurre hacia abajo. Bos Kado, quien diablos sea, ha dejado una especie de marca para nuestro buen amigo Will. —Alzó una ceja.

—La Marca Roja —musitó Ben.

—La misma que dejaron en la biblioteca tras asesinar a Rupert, Ben —comentó William—.

No hay dudas. Se trata de Mormont. —Se pasó la mano por el cabello, húmedo de sudor.

La preocupación se apoderó de su rostro, y comenzó a caminar de un lado a otro, como si estuviera siguiendo un sendero que solo le hacía dar vueltas—.

Cuando Helio se entere de que tú estás..

. —Vio a Ben con ojos como platos—. Estamos juntos, en un mismo lugar, Ben.

Somos los Seguidores de la Luz que más odia en el mundo.

La llegada de Mormont será aún más pronto cuando se entere de que estás en River Town.

«Si eso ocurre —pensó Will—, Marie y los pequeños...» No quería acabar esa frase. Ni siquiera en su fuero interno.

Cuando hubieron retirado el cadáver, Will regresó a casa para tranquilizar a su mujer.

Pero ¿qué le diría? El cuerpo de Abernathy había sido hallado por Jeremiah aquella mañana.

El emisario había colgado al barbero en el árbol de acacia que se alzaba en la colina tras la morada Oakwater, donde sus niños jugaban.

«Sabe dónde vivo, sabe sobre mi familia». ¿Cómo iba a tranquilizar a Marie si él mismo estaba intranquilo?

—¿Cómo está el pequeño? —le preguntó Will a su esposa.

—Callado.

Marie avanzó hacia él, lo abrazó fuerte y comenzó a llorar con el rostro allanado contra su pecho.

Will estuvo a punto de llorar con ella. Se abstuvo.

Debía ser fuerte. Para Marie y sus hijos.

Dolía saber que su familia estaba en peligro y, más aún, que era el culpable de que así fuera.

Lo mínimo que podía hacer era mantenerse fuerte por ellos, pensó.

—Todo estará bien —susurró Will—. Confía en mí.

Anochecía.

Margaret estaba junto a la ventana. Agitaba el abanico con apuro.

No tenía que ver con que hiciera calor. (De hecho, hacía fresco.) Se trataba de algo más.

Estaba nerviosa, y no sabía el porqué. Sabía que Ben estaba cruzando la calle, a salvo en la biblioteca, acompañado por William Oakwater.

Y lo sabía porque lo había visto entrar al edificio, desde aquella misma ventana, más temprano.

Sin embargo, se fijó en algún momento, el edificio entre la barbería y la tienda de calzado estaba a oscuras.

No había nadie, y nadie había salido o entrado a la biblioteca.

Al menos que lo hubiera hecho cuando ella no estaba mirando.

Margaret temía lo peor.

La noche se cernía sobre las cada vez más solitarias calles de River Town.

El telón oscuro empezaba a cubrir el cielo.

Por el camino de tierra pasaban hombres de monta, mulas con carromatos, y uno que otro carruaje.

El aire fresco resultaba reconfortante. Aunque no tanto para aplacar sus nervios, pensó Margaret.

En días previos, el calor había sido insoportable.

La misma Marie Oakwater le había obsequiado ese abanico el día anterior cuando estuvo de paso por el hostal (para asegurarse de que ella estuviera cómoda dentro de lo posible).

Entonces ambas estaban acaloradas en aquel diminuto cuarto.

Marie, muy jovial, le dijo que el calor probablemente se debiera a la llegada del solsticio.

Tras picar algunas hogazas de pan y beber la limonada que ella misma preparó, cotillearon sobre sus amados.

—Will solía quedarse en la biblioteca hasta pasada la medianoche —contó Marie—.

Yo apenas tenía descanso. Tenía el corazón en la garganta, como quien dice.

Pensaba que algo podía pasarle en las sombras, ya sabes.

El pequeño Ben no paraba de preguntarme por su padre.

Por suerte, esto cambió cuando nació Jeremiah. Y aún más con la llegada de Lucy.

Margaret no había sabido a qué se refería Marie con «el corazón en la garganta» hasta esa noche.

Ben no se había aparecido en todo el día, tampoco había visto a Will Oakwater entrar o salir del edificio.

La biblioteca estaba sumida en las sombras cruzando la calle.

La noche ominosa estaba en su máximo esplendor cuando Margaret, acalorada, decidió salir.

«Quizá siga allí», pensó. Tal vez no había salido de la biblioteca en todo el día. Pero eso no explicaba por qué estaba tan oscuro. Margaret tenía el corazón en la garganta.

—Señorita, ¿adónde va? —preguntó el encargado del hostal cuando la vio pasar por el vestíbulo.

—Afuera.

Margaret se fijó en la expresión de sorpresa que adoptaba el ancho rostro del hostelero.

—No creo que sea buena idea que salga sola, señorita —dijo, con tono sombrío—.

Es más, es la peor idea que se le pueda ocurrir a alguien en estos tiempos oscuros que atraviesa River Town.

De donde vengo, la llegada del solsticio augura tragedia.

Anteayer encontraron ahorcado al barbero Abernathy, y se dice que no fue por su propia voluntad.

Yo digo que el Destripador sigue rondando por allí, señorita.

—El hombre se humedeció los labios—. Es peligroso, ¡muy peligroso!

Marie se lo había contado en su reciente visita.

El hombre pendía del árbol con una soga corrediza en torno al cuello.

Uno de sus pequeños, Jeremiah, lo había descubierto cuando se proponía jugar cerca del árbol de acacia tras su casa.

Quizá era esa la razón por la cual Margaret sentía tanta aprensión en el pecho.

—Tendré cuidado —dijo con educación.

—Cuidado no es suficiente, señorita.

Margaret hizo oídos sordos. Enfiló la puerta esperando que el hombre no siguiera intentando retenerla.

Solo tenía que cruzar la calle; la biblioteca se alzaba del otro lado.

En medio de un mar de sombras. Ben debía de estar allí.

Si no, ¿dónde? No la abandonaría a su suerte en aquel lugar encantado después de haber cruzado el océano para encontrarse con él.

Se lo había prometido. Quizá estaba un poco adormilada aquella noche, sí.

Pero estaba segura de que Ben había hecho la promesa de quedarse a su lado, y Ben no era hombre que hacía promesas vacías.

Alzó la vista, y vislumbró la luna, que parecía un agujero blanco en el cielo.

—Ben... —suspiró, y acabó de cruzar la calle.

Por fin, Margaret se detuvo ante la umbrosa puerta de cristal con marco de madera de la biblioteca pública.

El silencio que imperaba casi fue prueba definitiva de que no había nadie en su interior.

Estuvo a punto de girarse para regresar al hostal cuando se le ocurrió hacer un último intento.

Para estar segura. «Si Ben o William no están en la biblioteca —pensó—, entonces la puerta estará cerrada a cal y canto».

Margaret inspiró el fresco aire de la noche, y alargó la mano hacia el pomo.

Abrió.

Se deslizó al interior con mesura. En la entrada se encontró con una escalera que ascendía hasta perderse en la oscuridad.

Margaret se apartó un riso del rostro a la vez que comenzaba a subir, en silencio, sin perder la extraña calma que la acompañaba.

¿Por qué se sentía tan sola y, al mismo tiempo, acompañada?

Quizá, después de todo, Ben sí estaba allí arriba. Y William.

Al llegar a la cima, para su desdicha, las estancias estaban vacías y envueltas por una lobreguez similar a la boca de un lobo. Se estremeció. Se dio media vuelta para bajar las escaleras, dispuesta a marcharse (de pronto tenía un mal presentimiento), cuando...

—¿Te vas tan pronto?

Margaret se detuvo en seco.

—¿Ben? —preguntó a la oscuridad—. ¿Eres tú?

—No, hermosa. —Era una voz áspera, sombría. No era Ben—. Soy Bos. Bos Kado, y tú debes de ser Margaret Treddaway, ¿o me equivoco?

«El Destripador».

Margaret, se dio vuelta dispuesta a echar a correr, cuando una mano la tomó por el brazo con firmeza.

Ella no tuvo oportunidad de debatirse. Aquel hombre la zarandeó, luego la tomó por el cuello, evitando que gritara por auxilio.

La aferró con tanta fuerza que Margaret no tuvo más opción que quedarse inmóvil.

Cualquier intento de su parte por escapar habría sido en vano, lo mismo que si pedía ayuda.

Bos era una sombra, alta, monstruosa y fornida, que se alzaba ante ella en la penumbra.

Margaret no podía captar el contorno de su rostro, o sus rasgos, algo que en parte agradecía.

Sin embargo, reparó en que uno de sus ojos brillaba de manera inusual.

Bos la cogió por los hombros.

—¿Por qué tan asustada? —preguntó éste con un tono bobalicón—. ¿Acaso temes al pobre Bos?

—¿Dónde... está... Ben? —El corazón, que le bombeaba resonante en la garganta, apenas le permitía formar las palabras—. ¿Qué... le has... hecho?

Bos Kado profirió una áspera carcajada.