9 #2
Oyó a Ben echarse a llorar y luego marcharse tras la reprimenda de su madre; las pisadas del niño se perdieron en la lejanía…
de un corredor, tal vez. La puerta se abrió acto seguido.
Marie Oakwater, de grandes ojos pardos, la miró de arriba abajo.
Tenía el cabello oscuro recogido con una pañoleta roja; sus labios esbozaron una ligera sonrisa bajo su nariz respingona.
Llevaba en brazos a una criatura que se chupaba el dedo con avidez. Lucy, seguramente.
—Así que Ben y tú se conocen —dijo Marie, sonriente, más tarde, cuando hubieron pasado a la salita de estar de la casa Oakwater.
Margaret notaba el tenue aroma de la leche dulce que impregnaba la estancia como una estela mágica invisible.
El sillón de alto cabezal con diseño de mimbre tejido, donde estaba sentada, le resultaba cómodo.
Su padre tenía muebles similares (si bien no de mimbre, claro) en la sala común de su residencia.
—Más que eso.
Marie arqueó ligeramente la ceja.
—Y, presumo, Ben no sabe de tu venida, ¿o sí?
—No.
—Entonces se llevará una sorpresa.
Margaret asintió. «Eso espero —pensó—, eso espero».
Ben le había escrito una carta al partir de Inglaterra; dicha carta, por designios del destino, fue a parar a manos de John Treddaway, padre de Margaret, quien la guardó mientras ella se recuperaba de su dolorosa pérdida.
Su padre, además, aprovechó la velada que había organizado para los Reedstter, en la que tenía pensado anunciar el compromiso de su hija con uno de los hijos de Robert Reedstter, para desechar del pacto que ambos habían hecho previo a la recepción.
Los Reedstter, desde luego, no lo tomaron bien; profirieron amenazas y maldiciones a la sazón del repentino cambio de parecer del duque de Penroth.
Incluida Sienna Reedstter. Margaret recordaba la mirada que la joven le echó cuando lord John comunicó la anulación del compromiso.
Aquellos ojos azul verdoso se oscurecieron como si una sombra se cerniera sobre ellos.
La odiaba sobremanera. Margaret lo comprendió en ese momento.
—¿Ves lo que hago por ti, pequeña? —le dijo su padre mientras le entregaba la carta al final de ese intento de velada.
—El pequeño me ha dicho que Ben estaba con su señor esposo en la biblioteca —le dijo Margaret a Marie, que mecía a Lucy medio adormilada en sus brazos—. ¿Cuál biblioteca?
—La Biblioteca de River Town, querida —indicó Marie en voz baja—.
William Oakwater, mi esposo, es un ávido lector e investigador.
Apenas consigue despegar sus ojos de los libros.
Al enterarse de que en el pueblo no había una biblioteca, decidió pedir la ayuda del alcalde, John Richmond, para fundar una que estuviera abierta al público. ¿Puedes creerlo?
Margaret asintió con una sonrisa.
—Will dice que este lugar tiene algo especial —siguió Marie—.
Algo mágico e inexplicable, que crece y se extiende por estas tierras.
.. Siempre que quiere contarme de qué se trata en realidad, lo fulmino con la mirada.
“¡Basta de libros, Will!”, le digo. Yo, sin embargo, creo que este lugar en parte está maldito. River Town me ha quitado a mi marido.
Marie arqueó una ceja con ironía; Margaret sonrió.
—El pequeño... Ben —dijo después—. ¿Cuántos años tiene?
—Pronto cumplirá nueve. —Marie bajó la mirada hacia la pequeña que llevaba en sus brazos—. Jeremiah, por otro lado, acaba de cumplir los siete.
—Así que son tres. —Margaret no pudo encubrir su asombro.
—Sí —sonrió Marie—. Tres. Pronto, quizá cuatro.
«Nunca más, mi señor —había dicho la Bruja—. Nunca». Entonces fue inevitable tener de nuevo esa sensación que desde hace poco tiempo la embargaba desde dentro. Vacío.
«Nunca podré darle descendencia a Ben —pensó, afligida, mientras Marie dejaba la estancia para llevar a la pequeña durmiente a su lecho.
Entonces se permitió soltar una lágrima—.
¿Qué haces aquí, Margaret? —dijo para sus adentros—.
Deberías olvidarte de él. De Ben. No es correcto».
Si Ben la amaba, la seguiría amando aun teniendo el vientre vacío.
Pero Ben era el último Holbrooke con vida.
Marcia, la tía de Ben, había muerto sin descendencia.
Philip, su hermano mellizo, había muerto años atrás en la Guerra del Eclipse Rojo, lo mismo que Rufus Holbrooke, su tío paterno, y varios primos. Ninguno dejó descendencia.
Solo quedaba Ben.
Margaret sabía cuán importante era el linaje Holbrooke para la Comunidad Mágica.
Ben venció y encerró a Cletus II Mormont en el Limbo de los Tres Espejos, poniendo fin a la terrible contienda, hace catorce años.
Aquella fue una hazaña tan importante que, al presente, se seguían escribiendo textos al respecto.
Por eso, y por otras razones, Margaret no podía permitir que la línea Holbrooke acabara por su culpa.
«No puedo permitirlo, no puedo». Estaba tan sumida en sus pensamientos, resuelta a marcharse, que no había reparado en la presencia de Ben en el umbral, mirándola con sus radiantes ojos marrones y una sonrisa de media luna en los labios.
—Ben —dijo ella sobresaltada—, ¿cuánto tiempo llevas allí?
Ben adelantó un paso.
—Recibiste la carta —murmuró. No era una pregunta.
—Creí que no volvería a verte —susurró Ben—. No esperaba que vinieras. Tu padre...
—Mi padre lo sabe todo, Ben. —Margaret le dio un beso en las comisuras de los labios antes de volver a acostarse en su pecho—. Yo estaba... enferma. Mi padre recibió tu carta en mi lugar, y así lo descubrió. No fue de su agrado, como cabe esperar. ¡Y quería casarme con un Reedstter!
«Reedstter», pensó Ben escandalizado. No porque los Reedstter no gozaran de su estima o hubieran atentado en su contra en el pasado.
Simplemente no confiaba en ellos. «En algunas décadas el Mal Más Oscuro será liberado.
..» La voz de Orah resucitó en sus adentros como el sonido trémulo de una tormenta en un bosque recóndito.
Ben no debía corresponderle. Pero ¿qué más podía hacer?
La amaba. Hundió sus dedos en la melena dorada de Margaret, desnuda junto a él.
Su piel era seda tendida sobre su cuerpo.
Estaban entrelazados. Margaret tenía la cabeza posada sobre el pecho de Ben, a la altura de su corazón.
Ben la ceñía entre sus brazos, aspiraba su olor, y la besaba en la cabeza cada tanto. «No hablo del amor que siente el uno por el otro —murmuró Orah —. Hablo del tiempo...» ¿Qué tiempo? ¿A qué se refería? Quizá le entendía, pero no quería reconocer la verdad, negándose a renunciar a Margaret.
—Estabas hermosa aquella noche —dijo Ben. Sintió la risita de Margaret contra su pecho.
—Tú tampoco lucías mal —dijo ella.
—Lo sé. Supongo que Tiberius tenía mejor aspecto, ¿verdad?
Margaret levantó la cabeza y le echó una mirada ceñuda, aunque tenía una sonrisa dibujada en los labios.
—Estabas celoso —dijo—. Lo vi. Cómo mirabas a Tiberius y a mí. Estabas celoso, Ben. Y aun así no fuiste por mí.
—Sabes que no me gusta bailar. —Le acarició la mejilla con el dorso de la mano—. Estabas feliz, y no soy nadie para quitarte tu felicidad. Poco después me enteré de que Tiberius y tú estaban comprometidos, y que lord Wolfgang y tu padre habían fraguado el compromiso...
—Si eres alguien, Ben —replicó Margaret—.
Cuando bailaba con Tiberius... Oh, cuando lo hacía, me imaginaba que eras tú.
Solo tú y yo en medio de aquel salón, Ben.
Quería decírtelo. Sobre el compromiso, quería decírtelo.
Pero te fuiste siguiendo no sé qué, y luego, cuando volviste, me bastó con pestañear para que desaparecieras otra vez.
—No soportaba verte con Tiberius. Perdóname.
—Tú también te comprometiste —reprochó Margaret—. Con la hija de Lester Raystar...
—Pero he renunciado a ella —dijo él, y pensó: «Como pronto tendré que renunciar a ti».
—Ese no es el caso...
—No importa. —Ben se inclinó hacia ella y le besó la punta de la nariz—.
Ahora estás conmigo; estamos juntos. —«¿Por cuánto tiempo?
»—. Lester Raystar quería que ocupara el lugar vacante que Dustin Wolfgang dejó tras irse de caza con Nigel Startclyde.
Tu padre quiso lo mismo para ti. Quería casarte con un Reedstter, quien ocuparía el lugar vacante que ha dejado Tiberius.
Por cierto, ¿con cuál de los Reedstter ibas a casarte?
Ben conocía a los hijos de Robert Reedstter.
Liana, la mayor, era la única que le inspiraba un poco de confianza; Charles, sin embargo, era una sombra inicua que había sido capaz de abandonar a su propio hijo tras la muerte de su esposa, Jane, la hermana de Julius.
También estaban los menores: Sienna, cuya belleza era innegable (y Ben advertía que ella era más astuta de lo que aparentaba); y su hermano. ..
—Froy —dijo Margaret—. Mi padre quería que me uniera a Froy Reedstter.
—¿Froy? —repitió Ben incrédulo—. Pero si apenas es un muchachito... —«Aunque no del todo inocente». Ben había oído rumores—. ¿Cómo es posible que lord Treddaway intentara...?
—Por amor, Ben —intervino Margaret—. Mi padre lo hizo por amor.
No quería que terminara sola como él tras la muerte de mi madre.
Me lo dijo el día que por fin me entregó la carta.
“Si tu felicidad está con él, debes estar donde está tu felicidad”, eso me dijo.
Mi padre lo ha hecho todo por amor, y yo lo he dejado solo, una vez más, para venir contigo.
—¿Y te arrepientes? —preguntó Ben.
Margaret respondió un poco tardía.
—No —suspiró—. No, en absoluto me arrepiento. No sabes por cuánto tiempo he deseado estar de nuevo en tus brazos. Cuando estoy contigo no me lamento de nada, Ben. De nada.
Ben sonrió. Hundió una vez más sus dedos en la cabellera de Margaret y esta vez la atrajo más hacia sí.
La besó con furor, pasión, como si se le fuera el aliento en ella.
Margaret jadeó cuando sus labios se separaron; luego se puso en cuatro patas como una felina, y volvió a besarlo mientras se sentaba en su regazo.
Ben se irguió, riendo un poco al ver el gesto juguetón de su cara cercada por la mata dorada de sus cabellos.
Margaret le devolvió la sonrisa. Y, acto seguido, ambos ahogaron un gemido cuando Ben la tomó con firmeza por la cintura y se adentró en ella.
Más tarde, la habitación del hostal volvió a parecerle pequeña mientras se vestía. Margaret, desnuda entre las sábanas, tenía la cabeza apoyada sobre la almohada y los ojos azules entrecerrados. Ben no había visto nada tan hermoso en toda su vida.
—¿Estarás bien aquí? —preguntó él.
—Sí —sonrió Margaret—. Pero estaría mejor si te quedaras.
—Eso haré. Primero debo ir a la casa de Will por mis cosas.
—¿Y dónde las pondrás?
Margaret tenía razón. La habitación del hostal era muy pequeña.
William y Marie habían insistido en que se quedaran con ellos mientras conseguían un lugar donde asentarse; Ben y Margaret se negaron.
Necesitaban estar a solas, o lo más parecido a la soledad.
En el hostal se escuchaban ruidos extraños, pero eran más agradables que los lloriqueos de la pequeña Lucy y el parloteo de Jeremiah.
Además, Ben, el primogénito de Will, era muy curioso.
—Hazlo mañana —prosiguió Margaret con voz soñolienta. Sus ojos se cerraban, pesados—. Quédate.
Sería lo mejor, tuvo que reconocer Ben. Se acercó a la ventana.
La luna vertía su luz plateada sobre las solitarias calles de River Town.
Dentro, en un cálido lecho, Margaret esperaba por él.
Fuera, cosas frías y oscuras aguardaban su salida.
Aquello había sido una idea tentadora: había pasado mucho desde la última vez que se enfrentó a un hombre sombra o a un nigromante.
Extrañaba aquella sensación de furor al combatir.
Cuando se volvió, Margaret se había dormido.
Solo estaba vestida con sábanas blancas.
Ante la luz de las velas, su piel parecía tan dorada como su cabellera.
Era una obra de arte, y era toda suya...
«¿Por cuánto tiempo?», pensó mientras se quitaba la ropa de nuevo.
Volvió a la cama y se deslizó bajo el cuerpo de Margaret.
Ben sintió la dulce, cálida, respiración de su amada susurrándole en el pecho a la altura del corazón.
«No hablo del amor que siente el uno por el otro.
Hablo del tiempo...». Sacudió la cabeza para apartar la voz de Orah de sus pensamientos. Suspiró profundo.
—Ben... —musitó Margaret con los ojos cerrados.
—¿Sí?
—Prométeme que seguirás a mi lado cuando despierte —le pidió—. Prométemelo.
—Sí, mi amor. —Ben dio su palabra al tiempo que le besaba la cabellera dorada—. Te lo prometo.