9
LLEVADOS AL PARAÍSO
Will suspiró.
Por lo visto, Ben tenía la mente dispersa.
Desde que arribó al pueblo, se mantenía apartado, pensativo, la mirada distante.
A veces suspiraba con nostalgia. Will se había sentido optimista y feliz ante la llegada de su amigo.
Ansiaba contarle los hallazgos que había hecho con Rupert sobre la investigación que los había traído a River Town.
Apenas había tenido ocasión de hacerlo. A menudo, a mitad de su explicación, Ben extraviaba la vista en los viejos libros como si estos tuvieran un boceto del rostro de su amada en sus páginas que solo él podía ver.
Will apenas había conocido a Margaret Treddaway.
Entonces era una jovencita de trece años.
Probablemente había cambiado con el tiempo.
En apariencias. Aun así, Will podía advertir en los marrones ojos de su amigo el reflejo de aquella muchachita con cabellos dorados y rostro grácil que amaba.
Y que daba por perdida, prometida a otro hombre.
—¿Dejarás de pensar en ella alguna vez? —le había preguntado Will.
Ben sonrió.
—No lo sé.
Will frunció el ceño y bajó la vista hacia los antiguos volúmenes que estaban frente a ellos en la mesa. Advirtió que Ben lo estaba mirando fijamente, así que alzó los ojos de nuevo.
—¿Qué? —preguntó Will, con una sonrisa.
—¿Alguna vez dejas de pensar en Marie? —Ben le sostuvo la mirada.
Will caviló un instante. Era una extraña pregunta.
—No es algo de lo que me sienta orgulloso admitir —respondió—.
Pero cuando estoy aquí, en la biblioteca, inmerso en esta investigación, olvido por completo a mi familia, solo por breves momentos.
—Suspiró—. Últimamente, esto no me ha pasado.
No dejo de pensar que el asesino de Rupert, uno de los subordinados de Mormont, está ahí fuera.
He puesto encantamientos de protección a la casa. Pero no creo que sea suficiente.
—No te preocupes, Will. —Ben le puso una mano en el hombro—. Te prometo que nada les pasará. Si es necesario, me entregaré a Mormont...
—Sandeces.
—Lo digo de verdad. Tú y tu familia son, de hecho, la única familia que tengo en el mundo. Y no tienes de qué sentir vergüenza.
—¿A qué te refieres?
—Sobre olvidarte de tu familia. Por breves momentos.
—No siento vergüenza —corrigió Will—. Solo que no me hace feliz admitirlo. Sé que eso no quiere decir que no los ame suficiente. Son parte de mí... y...
—Margaret es parte de mí, Will. —Ben parpadeó como si estuviera despertando de un mal sueño—. Pero tienes razón. Estoy aquí ahora. He cruzado el océano para esto. —Señaló los volúmenes abiertos—. Desde que llegué a este lugar supe que no habías exagerado al decir que hay algo especial aquí.
—Rupert y yo creímos que fue en las tierras de River Town donde la luz y la oscuridad se encontraron por primera vez —explicó Will—. Encontramos páginas perdidas de los antiguos libros del origen. Formamos hipótesis sobre lo que eso podría implicar, a través del libro Luces del Horizonte .
—Hace mucho que no leo Luces del Horizonte .
—Ben tenía el ceño fruncido y la vista fija en los libros—.
Quizá debería revisitarlo ahora que estoy aquí.
Siempre he creído que el prosélito Stephen es el más fidedigno de su gremio.
Frank y Phil estudiaron conmigo algunos pasajes de las Luces , y Phil concluyó que el prosélito Stephen había descubierto la posibilidad.
.. impensable, dijo... de que la luz y la oscuridad se unirían de nuevo para renovar sus fuerzas. O algo parecido.
Will se aclaró la garganta.
—¿Parecido? —dijo—. La luz y la oscuridad no se pueden combinar en uno solo, humano u objeto. La historia ha probado que esto trae consecuencias catastróficas.
Ben lo miró y asintió.
—Puede que tengas razón.
—¿Puede? —Will plegó el ceño—. ¿Acaso lo dudas?
Ben no respondió. Will intuyó que su amigo sabía algo más. ¿Por qué lo ocultaba? Quizá no estaba seguro. Quizá quería probar que fuese cierto antes de compartir la información con alguien más. O eso esperaba Will.
El tiempo pasó volando.
Las semanas que siguieron a la llegada de Ben, los habitantes del pueblo (al menos los letrados, que no eran muchos) habían visitado con más frecuencia la biblioteca.
Para algunos era sorprendente que en aquel lugar hubiera ocurrido un asesinato.
.. Allí, en River Town, acontecimientos como ese no sucedían a menudo.
Casi nunca, de hecho. Además, como cosa extraña, el Destripador no había atacado de nuevo, o siquiera había asomado las narices, desde que asesinó a Rupert.
Algunos se atrevían a murmurar, donde Will podía oírlos, que la culpa de aquello había sido suya.
—No es verdad, Will —le dijo Marie la noche anterior—. No prestes atención a los murmullos ácidos. Estabas en casa conmigo cuando todo sucedió. Además, el señor Abernathy puede asegurarlo. Él mismo dijo que el tal Bos Kado visitó su barbería en tu búsqueda.
Aquello fue lo que dio paso a los comentarios. Abernathy había recibido muchos clientes tras la muerte de Rupert. Y casi todos iban más por la lengua de Abernathy, que por su habilidad con las tijeras. El barbero lo sabía, y no le importaba mientras le pagaran por su parloteo.
—No —le había dicho Will a Marie—. Sabía que ellos vendrían tarde o temprano.
Me dejaron un mensaje anunciando su llegada con la sangre de mi querido amigo.
Todos creen que tuve una vida oscura antes de venir aquí.
Incluso Richmond me interrogó. “Para salir de dudas, Will”, me dijo.
Hasta él piensa que yo tuve algo que ver con la muerte de Rupert.
¿Puedes creerlo? Él mismo fue quien interrogó a Abernathy, a Silas Katterblack, al encargado del hostal y todos sus huéspedes y otros testigos y posibles culpables.
Se calló un instante, enfrascado en sus pensamientos.
—¿En qué piensas, Will? —La voz de Ben lo trajo al presente.
—En Rupert.
Ben, frunciendo los labios, asintió.
—Entiendo. No soy tan buen compañero como Rupert.
Will sonrió; no replicó a la insinuación de Ben.
—No es eso —dijo en cambio—. Creo que lo mejor será que vayamos a casa.
—Aún no anochece —apuntó Ben, confundido.
—Pues —contestó Will—, en ese caso, Marie se llevará una auténtica sorpresa, ¿no crees?
«¿Le dará gusto verme? —pensó Margaret, con una mano en el pecho.
Su corazón latía más rápido de lo normal.
Y con razón—. Claro que le dará gusto; Ben me ama, lo sé».
Pero no había convicción en su propia voz interna, y no podía sosegar su nerviosismo; las manos le temblaban casi sin control.
Estaba tan nerviosa que apenas podía respirar.
El corsé estaba demasiado ajustado y la falda, muy pesada.
Dios, esperaba causarle una buena impresión.
El carruaje se detuvo con suavidad. Margaret sintió el corazón en la garganta. Un instante después, el cochero abrió la puerta, y al interior sombrío se coló una cegadora luz dorada. El sol le dio de lleno en la cara. Margaret se cubrió con el dorso de la mano.
—Hemos llegado —dijo el hombrecillo junto a la puerta.
—Gracias.
El cochero le tendió una mano, y ella, correspondiendo a su gesto con educación, la aceptó.
Bajó del carruaje. Trató de no pisarse la falda.
Alzó la vista cuando la brillante luz diurna se hubo desvaído un poco, y se halló frente a una casona, no demasiado grande y mucho menos antigua. Pero hermosa, debía reconocer.
El cochero descargó los baúles. Mientras lo hacía, Margaret aprovechó de hacerle algunas preguntas.
—Así que aquí vive el señor Holbrooke, ¿verdad?
—No, madame.
—Pero me ha dicho que sabía dónde podía encontrarlo.
—En efecto, madame —asintió el cochero—. Aquí se hospeda el señor Holbrooke. Todos en River Town lo saben. Esta, sin embargo, es la casa de William Oakwater y su familia.
—¿William Oakwater? —repitió Margaret, absorta.
—Sí, madame. Como dije, el señor Oakwater, su esposa y sus tres hijos viven aquí; todos en River Town lo saben.
—Gracias. —Margaret procuró sonar lo más cortés posible; la voz debió delatarla—. Pero, por si no lo ha notado, buen hombre —lanzó una mirada fugaz a sus baúles—, yo no soy de River Town.
El hombrecillo apretó la cara, se marchó muy erguido.
No se molestó en llevar los pesados baúles de Margaret hasta la proximidad de la puerta de la morada Oakwater.
Allí pues, el resultado de no haber contenido la lengua.
Tuvo que hacer un auténtico esfuerzo para arrastrar los baúles, uno y después otro, hasta la puerta antes de tocar.
«¿Y si es...?», pensó, mientras la puerta se abría.
—Me llamo Ben —dijo el niñito de ojos añiles que asomó tímidamente el rostro.
Fruncía el ceño—. Mi madre dice que no debo hablar con extraños; mi padre también.
Pero madre está alimentando a la pequeña Lucy, y estaba pasando por aquí cuando oí que tocaban la puerta.
—Arqueó una ceja—. ¿Quién eres? —preguntó.
—Margaret. —Sonrió; el chiquillo debía tener unos siete u ocho años; además, se llamaba Ben—. Margaret Treddaway. ¿Ben está aquí?
—Sí —soltó el niñito con un tono que daba a entender que le ofendía la pregunta—.
Yo soy Ben. Y estoy aquí, ¿no me ve? —Luego pareció comprender—.
Ah... se refiere al tío Ben. Pues él ha ido a la biblioteca con mi padre.
—El pequeño Ben miró hacia atrás como si advirtiera que alguien se acercaba—.
Lo siento, Margaret Treddaway —dijo urgido—, mi madre dice que no debo hablar con extraños, y ya viene mi madre. —Le cerró la puerta en la cara.
Margaret se quedó afuera, desconcertada, divertida. Al cabo, alzó la mano para tocar de nuevo la puerta, pero se detuvo al oír voces al otro lado de ella. Una de ellas era una voz de mujer (la señora Oakwater, supuso).
—¿Quién era, Ben? —decía.
—Margaret Treddaway.
—¿Qué te he dicho que no debes hacer nunca? —preguntó la mujer con severidad, aunque no demasiada.
—No hablar con extraños.