8
SIERVO DE LA NOCHE
Eneas observó con satisfacción cómo Julius hincaba la rodilla ante su padre, Helio IV.
Este estaba sentado en el gran trono de bronce oscurecido sobre el estrado de mármol.
Movió la cabeza con aprobación. «Es solo su sombra —pensó Eneas—.
La sombra de Rastus». Rastus había renacido en el cuerpo de Julius.
.. Salvo que más frío y silencioso, una de las virtudes de las que careció en su vida anterior.
En el otro costado del gran salón estaba Cicero, orgulloso, viendo el cuerpo que ocupaba su hermano con una sonrisa desbordante de excitación.
—Bien hecho, Eneas. —El Gran Amo miró a su hijo—. Has hecho un gran trabajo. Solo un nigromante poderoso puede traer de vuelta un alma del Submundo sin dejar la suya a cambio. Nunca dudé de tu valía. Ahora, Rastus nos servirá y nos traerá la ansiada venganza.
Era difícil advertir alegría, cólera o satisfacción en el rostro impasible de su padre.
Pocas veces se le había visto a Helio Mormont sonreír, gritar o regocijarse.
¿Y por qué haría alguna de estas cosas? Hace siglos que no tenía humanidad.
Cletus II Mormont, el abuelo de Eneas, también la perdió en el momento en que decidió convertirse en amo nigromante (o quizá mucho antes de eso), cuando los seguidores de la luz le arrebataron a su mujer.
—Mi hermano servirá bien, Amo. —Cicero asintió.
—Eso esperamos.
El salón de audiencia estaba oscuro, frío. De pie junto a la penumbra del trono estaban Arrow Dur y Cateryna, su hija; Edwin Goreen y Finn, su hermano, y los Grandes Amos Quarlac y Blackburn. Todos vestían túnicas grises. Con las capuchas caladas, sus caras quedaban sumidas en opacidad.
—Amo.
Robert Reedstter emergió de las sombras detrás de los monjes grises.
Llevaba puesto un elegante traje hecho a la medida, tan negro como su cabello, bien peinado.
Una sonrisa se extendía en su temible rostro.
«La sonrisa de un traidor», dijo Eneas para sus adentros.
Se habría reído si no estuviera en el centro de todas las miradas.
El Gran Amo asintió.
—¿Sí, Robert?
Reedstter se aproximó al pie del estrado y se hincó en una rodilla con la vista baja, solemne.
—Mis hijos, Amo —dijo Robert—. Han cumplido.
—Tus hijos serán compensados —repuso Helio—. Una vez su obra sea concluida. No antes, Robert.
Reedstter alzó la cabeza. Eneas notó la decepción mientras Robert se levantaba y se apartaba del centro.
Una vez se hubo retirado, otros nigromantes acudieron a su amo, para pedir favores a cambio de lealtad.
Después de la caída de Cletus y sus servidores, muchos de los nigromantes quedaron en estado errante; lo habían perdido todo o casi: a quién seguir, a quién adorar, a quién proteger, y quién los proteja.
Pero no todo estaba perdido. Todavía vivía Helio, el heredero de Cletus. Y también vivía Eneas, el heredero de Helio. Una nigromante muy anciana llegó ante el estrado del Gran Amo. Estaba lisiada. Se aproximó cojeando y se hincó dificultosamente. Era una criatura desagradable.
—Oh, amo, oh. —La nigromante tenía lágrimas espesas que le surcaban las capas de piel arrugada.
Era grotesca y repolluda, con cabellos cenicientos e indómitos y una nariz chata—.
Una mujer, amo, una mala mujer me ha cortado la pierna.
—Le faltaba una pierna, en efecto. Ojalá le hubieran cortado aquella fea cabeza, pensó Eneas—.
Me ha timado, amo. Me ha dicho que requería de mis.
.. servicios… y cuando le revelé lo que era capaz de hacer, me abatió contra el suelo; luego elevó mi pierna, empuñando una cuchilla, y comenzó a rebanarla.
—La vieja miró su extremidad faltante con aflicción—.
No pudo cortarla de un cachazo, así que seguido empleó un hacha. ..
Helio levantó la mano.
—Ahórrate los detalles —soltó—. Debería ordenar que te rematen aquí mismo por tu sandez.
—No, amo, no. Por favor. —La grotesca anciana se lanzó contra el suelo para hacer una reverencia de cuerpo entero, o intentarlo. Eneas no pudo contener una pequeña risa—. Se lo suplico.
—No, claro que no —prosiguió Helio—. Te daré una pierna nueva, pero ¿quién arreglará ese rostro? Yo no.
—Un encanto podría, mi señor —dijo Finn Goreen—. He oído que obran milagros.
Una risita a murmullos se dispersó por el salón de audiencias; entre ellas, la de Eneas.
«El imbécil puede ser divertido cuando se lo propone», pensó.
Luego, al mirar a la anciana, se acordó de la Bruja Gris y sus tres verrugas.
Aquello era aún más grotesco. Cuando las peticiones hubieron finalizado, el Gran Amo se levantó de su imponente trono. Sin bajar del estrado, ordenó:
—Retírense. —Se volvió hacia su hijo—. Tú no, Eneas. Quédate.
—Sí, padre —dijo con solemnidad mientras se aproximaba hacia el pie del estrado.
Su padre se volvió a sentar en el trono con un movimiento cansino.
Todos habían dejado la estancia; el último en hacerlo, se fijó, fue Finn Goreen, que le lanzó un amago de sonrisa bajo las sombras de la capucha antes de salir.
Acto seguido, Eneas, al pie del estrado, se dispuso a hincarse, pero Helio negó con la cabeza encapuchada.
—¿Amo? —terminó preguntando.
—En las sombras soy tu amo, Eneas —dijo Helio—. Fuera de ellas, tu padre.
Dicho eso, un silencio sobrevino en el lugar. Al cabo, Eneas comprendió lo que su padre trataba de decirle. Asintió solemne y volvió a formular la pregunta.
—¿Sí, padre?
—¿Has recibido información de Bos Kado?
Bos era un subordinado feroz vinculado a Eneas. Todavía poseía su consciencia, que era mucho decir para otros subordinados. Pero carecía de astucia. Por esta razón, Eneas lo envió a hacer un simple trabajo: advertir a William Oakwater de su llegada.
—Bos Kado —respondió Eneas— continúa en aquel lugar. River Town, se llama. Ha cumplido al llevar la Marca Roja hasta Oakwater. Sin embargo, ha perdido a mi querido argón Tegor . El imbécil de Oakwater lo mató.
—¿Y qué esperabas? —preguntó Helio con severidad—. ¿Que Oakwater no peleara por su vida? Más vale perder a un argón que el gusto de asesinar a William Oakwater con nuestras propias manos. Recuerda que fue quien nos arrebató a Helio, mi primer hijo.
«Ya lo sé —quiso decir Eneas—. Ahora soy el único que te queda».
—Lo siento, padre —dijo en cambio—. Debí enviar a alguien con un poco más de cerebro y menos músculos. Lo importante es que ha cumplido con dejar la Marca. El desgraciado de Oakwater sabe que vamos a por él y su familia.
—¿Qué hay de Ben Holbrooke?
Nadie lo sabía. Holbrooke había aceptado tomar a una de las hijas del señor Raystar en matrimonio.
Luego, sin más, canceló el compromiso. «Como un cobarde».
Eneas bien sabía que de cobarde, Ben Holbrooke no tenía ni una uña.
«Seguro se ha escapado con la hija de lord Treddaway.
—Lo había rumiado cuando se enteró de boca de los Reedstter sobre la partida de Margaret—.
La joven estaba embarazada de Holbrooke.
No del pelmazo de Tiberius Wolfgang. Eso seguro».
La misma Bruja Gris se lo había revelado en una ocasión.
Entonces le hizo un encargo a la anciana.
—No lo sé, padre —admitió con pesar—. Al parecer, nadie sabe a dónde ha ido.
—Ve y averígualo. —Su padre frotó las cabezas de los cuervos labrados en bronce que formaban los brazos del trono, e inspiró profundo, un reflejo vacuo dado que los nigromantes apenas respiraban—. Que sea pronto. Holbrooke fue quien nos arrebató la gloria hace muchos años.
—Sí, padre.
—Debes encontrarlo. Y traerlo aquí con vida. Es el único que puede invocar el poder del espejo del pasado.
—¿Por qué deseas liberar al abuelo? —preguntó Eneas—. ¿Acaso no disfrutas de tu posición, padre?
—¿Posición? —repitió Helio—. No se trata de eso.
—Entrecruzó los dedos sobre el pecho, y Eneas percibió el crujido mientras los flexionaba—.
Mi padre tuvo una oportunidad de lograr el máximo cometido de la oscuridad y falló.
No quiero liberar a mi padre para que vuelva a ocupar su posición .
Quiero arrebatarle su poder antes de enviarlo de regreso a su celda hasta el fin de los tiempos. Solo lo necesito unos segundos.
—¿Qué hay de Julius, padre? —preguntó Eneas. En realidad, se refería a Rastus.
—Enviaré a Julius en busca de Ben Holbrooke —reveló—. Lo confundirá con su amigo, y no advertirá la sombra que yace en su interior. Hasta que sea demasiado tarde.
Dicho aquello, su padre bajó del estrado y pasó junto a él, tan negro como una sombra, antes de marcharse y dejarlo solo en el salón de audiencias. El silencio embargó la estancia. Eneas se quedó un instante; luego se volvió hacia la gran puerta de madera.
«Debió matarla —pensó mientras caminaba solitario por los lóbregos pasillos de la fortaleza de su padre—.
Debí ordenarle a la Bruja que la matara en lugar de hacerla abortar —se decía—.
No, Eneas. Muerta no sirve de nada. La necesitas.
Para hacerle daño a Ben Holbrooke, arrebatándole lo que más ama —le dijo su consciencia, a menudo con la voz de su hermano Helio—.
Holbrooke y Oakwater sufrirán. Es lo que merecen».
En parte, admitió para sus adentros, le agradecía a Oakwater por haberle quitado a su hermano de en medio.
Caminó por los oscuros pasillos de la fortaleza Mormont.
El frío redoblaba esfuerzos, pero Eneas apenas lo notaba.
A su paso, la luz de las lámparas de gas parpadeaba temerosa.
Eneas se detuvo en uno de los palcos de camino a su recámara.
De pronto, invadido por una inexplicable nostalgia, se quedó contemplando la luna redonda y metálica que regía en el cielo.
Aferró el borde del palco y sintió el gélido tacto de la roca en su piel, también fría.
«Tal vez la muchacha ha ido a su encuentro —pensó Eneas; los ojos entrecerrados, respirando el gélido aire de la noche. Y sonrió—. Qué maravillosa ocasión sería. Ninguna mejor».
Continuó su andar un minuto después. Nada más llegar ante la puerta de sus aposentos supo que algo no andaba bien.
«Hay alguien allí dentro —pensó, conteniendo el impulso de derrumbar la puerta y enfrentarse al invasor.
Podía auscultar el tenue rumor de aquella presencia a través de la madera.
También el murmullo de una canción—. Pero ¿quién demonios se atrevería a irrumpir en mi recámara? »
Lo supo casi enseguida.
Abrió la puerta con decisión y se encontró con Finn Goreen acostado en su lecho.
Entre sábanas rojas de satén y cientos de almohadas fastuosas.
Por un instante a Eneas le pareció percibir un atisbo de calidez manando de la llama de las velas y del cuerpo del hombre por igual.
Estaba desnudo. Sonreía. Eneas sonrió a su vez y cerró la puerta a su espalda.