7 #2
—¿Se lo advertiste? —preguntó el duque, bruscamente—. Dime.
—Sí —mintió la anciana—. Muchas veces, mi señor. Muchas.
—No —intentó decir Margaret—. No.
—Tú le has hecho esto —acusó John Treddaway—. Debería hacer que te cuelguen por...
—Son muchos los que quieren verme morir, mi señor, muchos —aseguró la Bruja Gris—. Puedes hacer conmigo lo que...
—No —espetó el duque de Penroth—. Necesito que salves a mi hija. Sálvala, y te perdonaré. Sálvala.
—Lo haré —dijo la anciana—. Lo haré. Pero esto le advierto: el precio por la vida de la joven señorita será...
—Te pagaré lo que pidas —la interrumpió John.
—No. —La anciana miró a Margaret, que se retorcía entre las sábanas—. No podrá volver a concebir, mi señor. No tendrá descendencia del joven y malogrado vientre de la señorita Margaret. Nunca más, mi señor. Nunca...
Y las voces se disiparon en una neblina.
Días después, Margaret despertó. Lo primero que vio fueron las nubes blancas que cubrían el perfecto cielo azul de la mañana. Alguien había abierto las cortinas.
—¿Cómo estás? —La dulce voz de Sophie pululaba en sus oídos junto a la suave brisa del exterior. La joven estaba sentada en la cama, junto a ella.
—Ya no duele —respondió, y al mismo tiempo pensó: «Ahora estoy vacía».
Sophie la puso al corriente. Al parecer habían pasado seis días y sus noches desde la visita de la Bruja Gris (por no decir desde que el niño murió en sus entrañas antes de ver la luz del día, o el rostro de su madre).
Margaret no recordaba la mayor parte de ese tiempo.
A los tres días había despertado, y el dolor había desaparecido del todo, como si nunca hubiera existido.
.. lo mismo que su bebé. Era como si él nunca hubiese existido.
«Nunca más, mi señor —fueron las últimas palabras que Margaret llegó a oír antes de caer en el abismo oscuro—.
Nunca». Estaría vacía para siempre. Y sola.
—Lo lamento. —Los ojos de Sophie se humedecieron—. Lamento haberte dicho lo de Ben. Lamento haberte llevado con la Bruja Gris, Margaret. Todo esto fue mi culpa. De verdad, lo siento.
Margaret intentó enderezarse para enjugar las lágrimas de Sophie con una mano. Su cuerpo a duras penas respondió. Estaba demasiado débil.
—No es tu culpa. —Si no podía quitar aquellas lágrimas con el roce de sus dedos, lo haría con el de las palabras—. La culpa ha sido mía, Sophie. Yo quise hacerlo. Tú solo fuiste buena conmigo... Estuviste ahí para mí cuando más te necesité. En cambio, Ben...
Le había fallado. La había abandonado a su suerte.
—Lo sé —dijo Sophie, secándose las lágrimas con el dorso de la mano.
—No importa —suspiró Margaret—. Ahora debe estar compartiendo el lecho con su esposa Mildred. Observando las mismas nubes que yo. Ben nunca supo de su hijo, y nunca lo sabrá.
Sophie frunció el ceño, bajó la mirada.
—Margaret —dijo—, hay algo que debes saber sobre Ben.
—¿Qué?
—Lester Raystar recibió una carta de Ben diciéndole que daba por suspendido su compromiso —reveló Sophie—. Se ha ido, Margaret. Ben se ha ido, y nadie sabe a dónde.
«Se ha ido —pensó ella, con ira y tristeza—. Siempre desaparece». Quería odiarlo, ¡vaya que quería odiarlo por eso!, pero no podía. Lo amaba; a pesar de todo, Margaret lo amaba.
«Nunca más, mi señor —dijo la Bruja Gris—. Nunca».
Las nubes se dispersaron; el cielo se fue tornando purpúreo, rosado y anaranjado hacia el final del día.
Cuando Sophie se marchó, Margaret le pidió a una de las criadas que la ayudara a acercarse a la ventana para admirar el ocaso.
La muchacha le arregló un mueble de alto cabezal con almohadillas de satén y plumas junto al ventanal más próximo, antes de llevarla hasta allí.
Cuando intentaba ir hacia la silla, Margaret pensó que estaba cometiendo un error.
El dolor no había desaparecido; la falta de movimiento le había atrofiado las piernas, y cada vez que intentaba plantar los pies sobre el piso, se tambaleaba y caía.
Seguía estando demasiado débil. Sus piernas eran como gelatina.
Continuó intentándolo. Al final, logró llegar hasta el asiento.
Sintió cómo los últimos rayos del sol le daban fuerza.
Eran cálidos como los besos de su amado.
En éstas, se preguntó a dónde habría ido Ben.
¿Cuándo lo volvería a ver? ¿Lo volvería a ver siquiera?
Margaret se quedó dormida, hundida en el mueble y en sus pensamientos.
Soñó cosas bonitas. Soñó con Ben, su marido, que la despertaba con besos y caricias una cálida mañana.
Soñó con el hijo que nunca tendrían, pero que en sus sueños vivía y estaba en sus brazos.
Y soñó con la Bruja Gris y sus tres verrugas.
«Nunca más —decía la anciana—. Nunca más. Nunca...»
Despertó.
Pasaron los días. Margaret hizo paseos por la residencia de su padre hasta que el dolor fue mermando. Poco a poco, paso a paso. Cada vez dolía menos. Cada vez se sentía más vacía… Luego el mismo sueño, noche tras noche. Llegaba Ben, después el bebé y, por último, la Bruja.
«Nunca más veré a Ben —se dijo a sí misma—. Nunca más concebiré hijos propios. Nunca más». Aquella era la voz que más le provocaba temor.
Una noche, una de las criadas le informó que su padre quería que luciera su mejor vestido. Al parecer iban a recibir invitados muy gratos. E importantes. Aunque Margaret no llamaría gratos a los Reedstter.
Para el regocijo de sus invitados, Margaret lució un vestido de seda gris oscura, con perlas de azabache y cintos metálicos atados en la base de la cintura.
Era el mismo vestido que lució en el funeral de la duquesa de Söderberg.
Pero los Reedstter no estuvieron allí, así que no lo sabrían.
Su padre, al verla, abrió los ojos como platos y su rostro enrojeció de ira.
—¿Planeas casarme con Froy Reedstter a pesar de mi incapacidad? —le dijo—. ¿Qué crees que dirá Robert Reedstter cuando lo sepa? ¿Acaso no temes caer en vergüenza?
—Hablas de vergüenza, cuando fuiste tú quien yació con Ben, a quien consideraba un hijo, sin haberte casado —espetó el duque de Penroth—.
Además, días antes de tu aborto le había enviado una carta a Robert aceptando el compromiso con uno de sus hijos.
Si puedes aparentar no estar embarazada, puedes aparentar sí estarlo.
Conseguir un recién nacido será pan comido.
En los pueblos cercanos, las jóvenes se entregan con tanta facilidad a un hombre como tú te entregaste a Holbrooke. Una de ellas nos lo proporcionará.
—Qué bajo has caído.
Su padre bufó una agria sonrisa.
—Es irónico que seas tú quien lo diga.
—Yo lo amaba —soltó Margaret. Tenía que recordar que era a su padre a quien hablaba, aunque por momentos le parecía un desconocido—. Lo amo. ¿Crees que Robert no se dará cuenta de la usurpación, cuando su nieto no herede el don de los Reedstter?
—No, si te casas con Charles. Este ya tiene un hijo que heredará el don de la luz de su familia.
—Padre..., yo no lo amo.
—Amor. —Su padre soltó otro bufido—. Se ha ido lejos, Margaret. Siempre desaparece, lo sabes. Si Ben Holbrooke te amara, no te habría dejado. Te habría desposado.
—¡Eso no es verdad! —espetó Margaret. El eco de su voz repiqueteó contra las paredes de la sala común.
—¡Soy tu padre! —replicó él—. Yo sé lo que es mejor para ti, y lo mejor para ti es Charles Reedstter... o Froy; hay quienes nacen sin el don.
—Robert sospechará. —Margaret no podía creer que estuvieran hablando en serio. Ya no era una niña, como su padre le había dicho de la manera más tosca. Ahora era una mujer mancillada, estéril, abandonada. «Nunca más, padre —dijo para sus adentros—. Nunca más».
—Dudo que el señor Reedstter quiera casar a uno de sus hijos con una mujer profanada y, además, estéril.
—¡No te atreverás, Margaret! —Su padre levantó la mano, pero la bofetada nunca llegó... Por suerte, una criada interrumpió la acalorada discusión para anunciar la llegada de los invitados.
Cuando su padre se volvió, la expresión enardecida había abandonado su rostro.
Margaret advirtió una chispa en sus ojos, una chispa que solo la duda provocaba en aquellos estanques azules.
Se acercó a ella con tanta decisión que Margaret sintió por un momento que el corazón le subía a la garganta.
Y la sorpresa fue mayor a tenor de lo que hizo a continuación.
La abrazó.
—Compórtate esta noche, pequeña —le susurró al oído—. Y, tras la cena con los Reedstter, te diré a dónde ha ido Ben.