7
LECHO DE SANGRE
—¿Le has puesto Ben? —preguntó Ben—. ¿De verdad?
Will, sonriendo, se encogió de hombros.
—No eres el único que tiene derecho a poseer ese nombre, Ben.
—Sé que no, Will —dijo Ben—. Pero... nunca me lo dijiste.
—Nunca me lo preguntaste.
—Lucy. Solo ese nombre recordaba —replicó Ben con una sonrisa irresoluta—. Jeremiah también es un buen nombre.
—Así se llamaba el padre de Marie —replicó—. Lucy fue un nombre que se le ocurrió a Rupert, una historia que después te contaré. —Will sonrió—. Ben también era el nombre de mi padre. Benjamin Oakwater, ¿recuerdas?
—Sí —tuvo que reconocer Ben—. Lo recuerdo.
Ben había llegado el día anterior, tras un largo viaje, a lo que en el otro lado del Atlántico llamaban «el Nuevo Mundo».
Pensó en la última vez que vio a Will, diez años atrás, cuando aún era un jovenzuelo.
Ahora era esposo y padre de una numerosa prole.
Ya se lo había contado en cartas, pero verlo con sus propios ojos causó una impresión inexplicable en Ben.
Sintió como si el peso de los años cayera de golpe sobre sus hombros.
Las calles de River Town pocas veces estaban concurridas; al menos eso decía Will.
Esa mañana Ben se fijó en que había una que otra alma caminando por los solitarios senderos de tierra que discurrían por el pueblo.
La brisa fresca hendía. Will no había mentido en su carta sobre el aura peculiar que se percibía en aquel lugar.
De hecho, no había exagerado en lo más mínimo.
Sin duda había algo mágico sobre él. Llevaban andando varias horas a pie.
Se dirigían hacia el centro del pueblo. Will no le había dicho a dónde lo llevaría.
Al parecer estaba entusiasmado por mostrarle. ..
—¿Un hostal? —Ben frunció el ceño—. ¿Acaso mi presencia perturba tu morada, William?
—No es el lugar lo que quiero enseñarte, Ben —repuso Will, ladeando la cabeza—. Quiero que conozcas a uno de sus huéspedes.
—¿Quién?
—Ya verás —le calmó Will—. Sé paciente.
El hostal era un lugar a simple vista acogedor.
El pasillo de la planta superior daba la impresión de haber sido construido solo con tablones de madera rústica, la misma de la que en parte estaban hechos el piso, las paredes y el techo.
Will se detuvo ante la puerta de la habitación «8».
Dio tres golpecillos. Se abrió casi al instante tras el último.
Un hombre, tanto sonriente como sorprendido (por lo visto no tenía idea de que recibiría visitantes ese día), abrió.
—¡Will! —espetó con agrado a pesar de todo—. Entra.
—Viene conmigo —dijo Will, señalando a Ben con la mirada.
Aquel hombre también lo miró y sonrió.
—Por supuesto —dijo al cabo—. Entren, los dos.
La habitación era tal como Ben se había imaginado que serían las habitaciones de un hostal con una fachada enjuta.
A duras penas había espacio. Casi todo lo acopiaba el lecho, una cómoda a un lado de la puerta, y un sillón tachonado a la derecha de la única ventana, que daba vista al cruce de la calle Principal.
Desde allí, asimismo, Ben podía ver la biblioteca pública que William y el alcalde Richmond habían instaurado: la primera en la historia del pueblo, a decir de Will.
El hombre tomó asiento en el sillón; Ben y Will, en el borde de la cama. Tras un largo e incómodo silencio, William, por fin, hizo las habidas presentaciones.
—Ben —empezó—, él es Silas Katterblack. —Se volvió hacia el hombre—. Silas, él es mi amigo Ben Holbrooke.
Katterblack, que llevaba puesto un traje azul oscuro hecho a la medida, parecía más joven de lo que era en realidad (o al menos eso percibía Ben).
El cabello castaño, peinado hacia atrás, resaltaba sus rasgos afilados.
Tenía una frente y pómulos altos, labios finos y una nariz aguileña, y ojos azul acero que daban la impresión de no perder ningún detalle.
Al oír el nombre de Ben, pareció encantado.
—¿Ben Holbrooke?
—Sí —asintió Will.
—¿Holbrooke, de verdad? —Silas escrutaba a Ben con la mirada, incrédulo—. ¿De los Holbrooke de la Isla de Man?
Ben sonrió. Sabía a qué se refería.
—De la Isla de Man y de otros lugares —repuso Ben.
Muchos decían que el primer Holbrooke, cuyo nombre fue Rokar, nació en aquella isla en el mar de Irlanda hace mil años más o menos—.
Eres tú —añadió tras atar cabos—. El seguidor que salvó a Will.
—Su amigo le había referido el día anterior el incidente que tuvo con un argón meses atrás en la biblioteca, y que casi le costó la vida.
—Ah, ¿sí? —Silas miró a Will y esbozó una media sonrisa—. Creí que lo tenías controlado.
—En efecto —dijo Will, sonriendo—. Aunque debo reconocer que llegaste en un buen momento aquella noche.
Más tarde, Will y Ben enfilaron la biblioteca. Ben comprobó lo que decía su amigo sobre lo frías y silenciosas que se percibían sus estancias, en su sentir, desde la muerte de su compañero.
Tras recorrer la biblioteca, dotada con cientos de títulos, Ben se acercó a una de las ventanas.
Allí permaneció largo rato, pensativo, viendo a los carruajes, ir y venir de un lado a otro por la calle Principal.
Quería evitar, de momento, sumergirse en las agotadoras investigaciones de carácter mágico.
William, en cambio, ya tenía la cabeza hundida en un grueso volumen que parecía tener quinientos años de antigüedad o algo parecido.
—Will —murmuró Ben. Su amigo respondió con otro murmullo—. ¿Tienes idea de qué sucedió con Frank? —preguntó.
Will alzó la mirada; por lo visto, la pregunta lo pillaba por sorpresa, se fijó Ben.
—No he visto a Frank en doce años —dijo—.
Lo último que supe fue que estaba en Roma, siguiendo la pista a una serie de asesinatos de carácter mágico, algo que tenía que ver con hadúnos.
Nada más. —Bajó la vista—. Al menos ha salido de su encierro.
Y puede que haya seguido adelante como todos nosotros tras la guerra del eclipse.
Quizá por fin se ha perdonado a sí mismo.
Solía culparse por las muertes de Hyacinth y Eugene.
Por no haber podido salvarlos. Yo... Yo no sé qué sería de mí si algo terrible les sucediera a Ben, a Jeremiah o a la pequeña Lucy.
.. No me sorprendería que Frank se haya pasado al lado oscuro solo para vengar a su esposa y a su hijo. ..
—¿Tú lo harías? —quiso saber Ben.
—¿Qué? —Will cerró el libro.
—Pasarte al lado oscuro. ¿Lo harías?
Will dudó un instante con la mirada.
—No lo sé, Ben —murmuró—. Esperemos que ese día nunca llegue.
«Esperemos...». No era la respuesta que quería escuchar. Ben regresó la vista hacia la ventana. El sol empezaba a ocultarse. Pensó en Margaret. Se preguntó cómo estaría. Si le habría llegado su carta. Si la volvería a ver. Si volverían a estar juntos...
Esperaba.
Margaret despertó entre jirones de sábanas blancas y rojas.
El dolor había llegado aquella noche fría.
Era tan punzante que la había hecho perder el conocimiento dos veces.
El ardor se extendía desde su sexo hasta el vientre y, de allí, a la boca del estómago; le daban retorcijones, y empezaba a gritar hasta perder la voz.
En una oportunidad, comenzó a tirarse de los cabellos con desesperación hasta arrancarse vastos mechones dorados desde la raíz.
—Ya pasará, Margaret —balbucea su padre junto a ella—. Ya pasará.
—¡¿Cuándo?! —gritó.
Él no respondió; aferraba la mano de su hija, con el rostro congestionado como si estuviera percibiendo el dolor de Margaret en carne propia.
—Ya vendrá la Bruja —le calmó—. Ella te salvará, pequeña.
«Pequeña», pensó Margaret. Hace mucho tiempo que su padre no la llamaba de ese modo.
Las semanas que siguieron a su revelación, su padre se había aislado en su propia habitación por varios días con apenas una comida al día.
Como si estuviese pagando una penitencia por el pecado de su hija o algo parecido.
Al final, el duque de Penroth tuvo que hacer acopio de su fuerza de voluntad para reanudar sus deberes ducales, aunque evitaba a toda costa encontrarse con Margaret.
Margaret estaba segura de que aquello no tenía nada que ver con lo que le estaba pasando en aquel momento, oh, no.
Pero su padre creía que sí, y se culpaba.
«Ben —pensó; lágrimas rodaban por sus mejillas—, ¿dónde estás? Te necesito».
Las criadas entraban y salían de la habitación; unas con agua fresca para enjugarle el copioso sudor del rostro y las extremidades; otras, con sábanas limpias y ungüentos pastosos que le frotaban sobre el vientre, que se vislumbraba sobremanera henchido.
—Está aquí, señor —anunció una de las criadas—. La... está aquí.
Margaret profirió un alarido rabioso. El dolor que sentía era inconmensurable.
—Ayúdala —le imploró su padre, el duque de Penroth, a la Bruja Gris cuando la vieja entró en la habitación—. Ayúdala, por favor.
—Haré lo posible, mi señor —asintió ella.
Era una mujer gacha y corpulenta, de pieles sueltas y mirada sombría.
El cabello era una mata cenicienta de greñas sucias y grasosas.
Tenía tres verrugas: una sobre el labio superior, otra en la punta de la nariz, y la última bajo el mentón, con tres pelos negros (además).
Su nariz chata llena de venitas rotas y las arrugas amontonadas en la papada como pliegues de carne eran lo peor.
—¿Por cuánto tiempo has tomado la poción, señorita? —murmuró la anciana.
—S... seis... meses... —Margaret apenas podía formular las palabras.
—Seis meses. —La anciana frunció el ceño, gesto que deformó aún más su espantoso rostro—. Es mucho tiempo. Muchísimo. Y además has interrumpido la ingesta de pronto —añadió mientras le palpaba el vientre a Margaret—. El bebé debió de haber nacido hace tres semanas. Ahora está muerto.
Margaret ya lo sabía. Lo supo cuando las criadas cambiaron las sábanas manchadas de sangre antes de perder el conocimiento la segunda vez. Aquello —el vacío en su interior— era la parte más dolorosa.