Un eclipse en el alma (Hechizo nocturno) 6 #3
25%

6 #3

Un relámpago hendió el cielo nocturno. El estruendo hizo vibrar el suelo bajo sus pies.

Eneas se acercó a la ventana antes de que la tempestad estallara.

Miró la noche, invadido de pronto por una nostalgia inexplicable.

Las noches de tormenta siempre habían sido sus favoritas.

Desde niño, recordaba. Cerró los ojos y extendió los brazos hacia los lados, las manos fuera de las holgadas mangas de su túnica color azabache; quería sentir las frías gotas de lluvia en las palmas de sus manos.

Como si esperase infundirse un poco de aquella fuerza incontenible de la naturaleza.

—Señor —la voz vino de atrás—. Todo está preparado.

Eneas abrió los ojos, bajó las manos y se volvió hacia el subordinado.

—Muy bien, Yett —dijo, asintiendo—. ¿La bañera ha quedado llena por completo?

—Sí, señor.

—Bien. —Eneas amagó una sonrisa—. En ese caso, empecemos.

Con la mirada baja, solemne, se adelantó para abrir la puerta.

Eneas, calándose la capucha, entró. Al mismo tiempo resonó otro estruendo y la lluvia empezó a caer con fuerza.

Dentro, en resguardo de una alta techumbre y muros de piedra, Eneas encontró el lugar envuelto en sombras.

Se trataba de la Habitación de los Conjuros.

Todas las familias de seguidores de la luz, y algunos clanes de servidores de la oscuridad como los Mormont, tenían una habitación como esta, destinada a la conjugación de hechizos, elaboración de pociones, realización de experimentos mágicos, entre otros usos.

Este, sin embargo, era el recinto más pequeño y penumbroso de la fortaleza Mormont.

—Yett, trae el cuerpo —ordenó Eneas a sus subordinados—. Todd, el libro Oscuro.

Sus siervos asintieron, solemnes, y fueron a cumplir con las disposiciones de Eneas.

Este se quedó observando la vela, que titilaba junto al librero, hasta que su llama se extinguió de súbito.

Eneas sonrió. «Que la sombra de Cletus esté conmigo —rezó—.

Esta noche más que nunca». Tenía una misión que cumplir.

Su padre esperaba que tuviera éxito en el cometido de esa noche: el principio del fin para Ben Holbrooke y William Oakwater.

Y, una vez lo obtuviera, se convertiría en el digno sucesor de Helio IV Mormont, Gran Amo del clan de nigromantes más poderoso de Europa.

No, del mundo entero. Sabía que esa noche sería crucial para conseguir ese estatus.

Estaba decidido a hacer el sacrificio que fuera necesario.

Todd regresó con el libro Oscuro, y lo colocó sobre el viejo atril de madera, frente a la tina de bronce pulido.

Eneas se acercó a ella. Vio su reflejo fantasmal en la espesa sangre negra (al menos este era el color que tenía en las sombras) que colmaba su interior como un estanque de agua fuliginosa.

—Mi señor —entonó Yett.

Eneas alzó la mirada.

El subordinado entraba en la estancia. El cuerpo inerte, que llevaba en sus brazos, iba envuelto por una manta de pana gris, raída; los miembros se mecían por debajo.

Eneas contempló cómo Yett arrojaba al piso el cuerpo, sin contemplaciones.

Entonces se preguntó qué pasaría si, en el trajín, el cuerpo perdiera una de sus extremidades; ¿aun así el hechizo funcionaría?

Esperaba que sí. Y esperaba también que tal cosa no llegara a suceder.

Un sirviente lisiado no le valdría de nada.

Lanzó a Yett una mirada. Este se encogió como un animalito, aunque durante un instante pareció no inmutarse.

Para Eneas, sus subordinados no eran más que eso: animales a los que podía sacrificar y reemplazar cuando ya no le fueran de utilidad.

—Mételo en la tina, Yett —ordenó.

El hombre seguía vivo, aunque dormido, desde que lo tomaron cautivo durante la velada de Wolfgang.

La Bruja Gris le había proporcionado una poción para que Julius Startclyde no perdiera su encanto.

Todavía evocaba la aurora roja que derramaba el eclipse sobre el campo de batalla hace catorce años.

En sus recuerdos, también podía ver el momento en el que Julius atravesaba el cráneo de Casandra con la Sohorogrys .

«No», fue la última palabra dicha por el verdadero Julius.

—Primo. —Cicero, llevando puesta la túnica oscura, entró a la habitación y se bajó la capucha sin apartar los ojos del cuerpo de Julius—. Espero que no te hayas propuesto empezar sin mí.

—Claro que no —mintió Eneas.

—¿Estás seguro de que funcionará?

—Más vale. —Eneas se acercó al Grimorio—. Muchas cosas dependen de que esto funcione.

Cicero asintió; dio un paso al frente y miró con rencor el cuerpo inerte de Julius.

—Merece morir. Merece ser asesinado lenta y dolorosamente. —Apretó los labios—. Él y todos los seguidores de la luz que participaron en la Guerra. Yo mismo lo mataría si no tuviéramos otros planes para él. Este desgraciado mató a muchos de los nuestros, Eneas...

—No lo he olvidado, Cicero —replicó éste—.

Yo estuve ahí. En el momento en que Julius clavaba la Sohorogrys en el semblante de mi querida hermana.

—Rozó con sus dedos la áspera cubierta del Grimorio—.

La muerte de Julius no compensará la vida de Casandra.

Ni mucho menos. —Sacó del cuello de su túnica la pequeña llave metálica que iba en la incisión del cerrojo del libro—.

Pero nos servirá para vengarla. Confía. Al menos uno de nosotros se reunirá con su hermano esta noche.

Si Julius sigue vivo es por la luz en su interior.

.., la cual empezará a extinguirse poco a poco hasta que ya no quede nada más que negrura para siempre.

Cicero, a ojos vistas complacido, cruzó los brazos y asintió.

Eneas abrió el libro a continuación. El libro había sido escrito por diez generaciones de amos nigromantes antes de llegar a las manos de Cletus Mormont.

Cada uno de los maleficios en su interior contenía un poder enormemente oscuro.

Su padre se lo había confiado hace unas semanas; y le había dicho que, si realizar este hechizo no lo mataba, entonces nada lo haría.

Yett metió a Julius en la tina, y la sangre hadúna se desbordó como una marea negra a los lados. Cicero retrocedió de inmediato. Como si él mismo no se hubiera manchado las manos de sangre para conseguir dicha sustancia para la realización del hechizo.

La sangre que tanto se empeñaba en evitar era su obra. La sangre hadúna, como era bien sabido en la comunidad mágica, tenía muchas propiedades únicas; y una de ellas era fortalecer a los nigromantes. Otra, la cohesión de una conjugación mágica con un ente vivo.

—Los pies, Yett —espetó Cicero con severidad—. Los pies sobresalen. Tiene que estar sumergido por completo. ¿Acaso no conoces el mito de Aquiles?

El subordinado miró a Eneas, que asintió.

Al final, tuvieron que colocar a Julius de costado, para poder flexionar sus rodillas y, de esa manera, poder sumergirlo de lleno en la espesa sangre hadúna.

Fue el mismo Eneas quien metió sus brazos para movilizar a Julius.

Todd le tendió un trozo de tela raída para que secara la sangre de sus manos.

Cuando hubo terminado, retornó a su lugar.

Con las manos limpias, empezó a pasar las finas hojas del libro Oscuro.

El hechizo que buscaba era uno de los más poderosos jamás creados y, por lo tanto, requería de mucha energía tanto del conjugador como de su entorno; sería entonces cuando la tempestad y la luna llena de esa noche harían su parte.

Eneas halló el hechizo casi al final del volumen.

—Aquí está —dijo para sí mismo—. Apaguen las velas, todas menos la del centro. Vamos. Cuanto antes comencemos, mejor.

«Puede que esté muerto cuando termine».

Los subordinados acataron la orden. Cuando todas las velas estuvieron apagadas, la habitación quedó sumida en una oscuridad recóndita, tan negra como la sangre hadúna.

Eneas veía el frío brillo de los ojos de su primo al otro extremo del recinto.

También podía ver el brillo de los ojos dispares de los subordinados.

—Guarden silencio —dijo Eneas, volviendo la vista hacia el Grimorio—.

Será una larga noche, larga como la vida de un hombre sabio.

El hechizo se llevará a un hombre y traerá a otro.

El hombre que fue, habrá desaparecido al amanecer.

Seremos testigos del renacimiento de uno de los nuestros.

La noche y nuestros ancestros serán los únicos testigos de lo que está por ocurrir.

Otro relámpago hendió el cielo; la tormenta arreció.

Una luz azul metálica penetró la Habitación de los Conjuros a través de la única ventana.

Era una señal, pensó Eneas, preso de la excitación previa a empezar a recitar las palabras del hechizo.

Entre centellas y relampagueos, la noche prosiguió a su apogeo.

Voces que clamaban llenaron el aire, voces de las almas oscuras apresadas en el Submundo.

Rogaban por volver al mundo de los vivos.

« Sálvame, hermano —decía una de ellas—.

Sálvame, ¡sálvame! » Eneas hizo oídos sordos a los ruegos de sus hermanos caídos.

Siguió rebuscando en las tinieblas; buscó, buscó, buscó. ..

—Despierta —decía Eneas, los brazos extendidos a los lados—. Despierta, oscuro. ¡Despierta!

Una ráfaga de viento sin origen revoloteó a su alrededor.

Eneas sentía el poder de todos los nigromantes que lo precedieron acopiándose en su interior.

Aspiraba a aquel poder, lo aspiraba. Era parte de él.

Por fin había hallado en las tinieblas del Submundo el alma que había estado buscando.

Profirió una exhalación. Todas las miradas estaban fijas en la sangre en la tina que empezaba a ondear en la superficie.

Las horas pasaron en una rápida sucesión y, cuando obtuvo su cometido, ya los primeros rayos del alba comenzaban a colarse en la habitación por la ventana circular.

Y entonces, por fin, pudo ver con claridad el color de la sangre que colmaba la tina.

Roja, observó Eneas; no negra. En la oscuridad, toda sangre era negra.

Una mano cubierta de sangre asomó a la superficie.

Gotas rojas salpicaron el suelo, el techo, el rostro de uno de los subordinados.

«Ha funcionado —pensó Eneas—. Sí, ¡ha funcionado!

». En aquel momento surgió por completo la silueta del hombre que había sido Julius Startclyde, escurriendo gusanos de sangre escarlata.

Con una mirada expectante, Cicero, precavido, se acercó al hombre que se alzaba de la tina.

—Hermano —dijo—. Rastus, ¿eres tú?

El hombre de rojo movió la cabeza con un gesto mecánico hacia Cicero. Lo miró un largo instante a los ojos.

Y asintió.