Un eclipse en el alma (Hechizo nocturno) 6 #2
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—Yo mismo me encargaré de traerla ante ti, padre —se ofreció Eneas, solemne—. Uno de mis subordinados le ha dejado la Marca Roja para anunciar nuestra llegada. Hasta donde tengo entendido, la ha hecho con la sangre de un amigo querido. Lo cual, claro está, es apenas el comienzo.

—¿Qué hay del otro asunto? —quiso saber su padre. La pregunta pilló por sorpresa a Eneas. Al mismo tiempo lo complació. Era el único, además de Cicero, que sabía de qué se trataba aquello—. El hechizo que te he ordenado. ¿Ya has conseguido la sangre hadúna?

—Sí, padre —respondió Eneas—. Es menester esperar hasta la luna llena. Entonces lo llevaré a cabo.

Si estas palabras complacieron a su padre, este no dio muestra de ello.

—La noticia es comidilla en toda la comunidad mágica de Inglaterra —dijo Sophie—. Al parecer, la boda será más pronto de lo esperado. Por lo visto, los Raystar tienen prisa, y el prometido no tiene ninguna objeción.

Margaret, que aún no podía creer que fuese cierto (más tarde quizá rezaría porque de verdad no lo fuera), preguntó:

—¿Cuándo?

—Nadie lo sabe aún, pero Ben Holbrooke contraerá nupcias con Mildred Raystar.

—Sophie tomó una de las uvas del racimo que se encontraba en la frutera, y agregó—: El señor Raystar se ha encargado de esparcir la noticia en persona, y sin entregar la debida invitación a la ceremonia.

—Sorbió la uva y, con un pañuelo de seda, expulsó las semillas con delicadeza—.

No dudo que Lester Raystar haya metido las manos para llevar a cabo esta unión. Y que tenga prisas.

«Ben —pensó Margaret en un intento por contener las lágrimas. Se llevó una mano al pecho, donde su corazón empezaba a resquebrajarse—. No es posible». Tomó una profunda bocanada de aire antes de hablar.

—¿Por qué lo dices?

—Porque, hasta donde todos sabíamos, la hija del señor Raystar estaba prometida a Dustin Wolfgang —explicó Sophie.

Tenía la misma edad que Margaret. A menudo, como en ese momento, llevaba recogido el cabello castaño en un tocado exagerado, y las mejillas coloreadas a más no poder con maquillaje—.

Ya estarían casados si Dustin no hubiera puesto los pies en polvorosa poco antes del enlace.

Ben Holbrooke es el soltero más cotizado de la Comunidad Mágica de toda Gran Bretaña.

Sin duda, el señor Raystar quiso compensar el agravio sufrido por su hija a causa del desplante del anterior prometido.

Sophie, su mejor amiga desde hace varios años, era hija de uno de los hombres más adinerados del país. Tenía sangre de seguidores de la luz por el lado de su madre. Lo sabían todo una de la otra. Todo. De hecho, gracias a Sophie, Margaret se atrevió a acercarse a Ben.

—Lo siento, Margaret. —Sophie, por fin cayendo en la cuenta de lo mucho que aquel asunto afectaba a Margaret, se acercó para consolarla—. Nunca debí animarte a que confesaras tus sentimientos a Ben Holbrooke. Debí pedirte que mejor pusieras tus ojos en Philip.

—Phil murió —dijo Margaret, y pensó: «Y con él, parte de Ben».

Sabía que Phil era la razón por la que Ben no había pedido su mano en matrimonio. Philip le había declarado su amor a Margaret poco antes de la guerra del eclipse, y su intención de casarse con ella cuando todo terminara. Por entonces, ella tenía doce y él dieciséis.

—¿Cuándo le dirás a tu padre? —preguntó Sophie.

—¿Decirle? —La miró confundida—. ¿Qué?

—Sobre la criatura que llevas dentro, Margaret —replicó la joven—. No podrás seguir ocultando tu vientre hinchado por mucho tiempo, y cuando este tiempo se agote, ¿cómo vas a explicarlo? Aún no te has casado, y Tiberius Wolfgang sigue desaparecido. Además, recuerda la advertencia de la Bruja.

Margaret recordaba, pero no quería pensar en ello.

En cambio, no había dejado de acordarse de las palabras de la señora Startclyde: «Sé fuerte, Margaret.

Muy pronto dejarás de estar sola en este mundo plagado de sombras.

Después de toda oscuridad hay luz. Recuérdalo».

Tenía la esperanza de que fuese cierto: de que habría luz después de la oscuridad, y que ya no estaría sola nunca más.

—No puedo hacer eso. Temo perder el cariño de mi padre. Y herirlo con la verdad. Ya es suficientemente malo que sepa de mi romance con Ben. Pero que descubra que hemos consumado nuestro amor, y que yo estoy... yo...

No terminó la frase. Más bien, no pudo. Su corazón latía de bote y voleo de solo pensar en la mirada desengañada de su padre.

Fue con prisa hasta su lecho. Como si le urgiera antes de que le fallaran las piernas.

Tuvo que hacer un esfuerzo por contener las lágrimas en presencia de Sophie.

Aunque, claro está, no sería la primera vez que su mejor amiga la vería llorar.

—No puedo —dijo, la voz quebradiza.

—Lord Treddaway lo sabrá pronto — insistió Sophie—. Lo más probable es que quiera poner fin a tu compromiso con Tiberius y exigir a Holbrooke que cumpla con su deber. Casarse contigo y darle su apellido al retoño. Sea como fuere, debes hacerlo antes de que sea demasiado tarde.

«Ojalá fuera tan sencillo», pensó Margaret. Hundió el rostro en la almohada con la esperanza de que su pesar se desvaneciera mientras estaba inmersa en esa oscuridad reconfortante.

Aquello no ocurrió.

Más tarde, horas después de la partida de Sophie, una de las mucamas le informó a Margaret que su padre la estaría esperando en la sala común en una hora.

Margaret aprovechó ese tiempo para tomar un baño de espumas fragante y beber la poción que ocultaba su abultado vientre (sería la última vez que la tomara, se dijo).

Hecho esto, acudió a su encuentro con el 1° duque de Penroth.

Llegó puntual. Su padre la estaba esperando en el lugar convenido; sentado en una de las imponentes sillas de madera en los costados de la estancia, el duque lucía tanto regio como admirable.

Tenía una pluma en la mano y, por lo visto, se hallaba a mitad de una redacción.

No obstante, en cuanto la vio acercarse, interrumpió su escritura y volcó toda su atención en ella. Amplió la sonrisa.

—Margaret —dijo, poniéndose de pie—. Toma asiento, por favor.

Margaret le devolvió la sonrisa, con desgana.

John Treddaway era un hombre de torso imponente, alto y esbelto, aun para su edad.

Los escasos cabellos que ostentaba eran de un dorado sumamente claro y brillante, y sus ojos eran azules como el cielo despejado en verano.

En aquel momento saltaban chispas de dicha de ellos.

La sala común era la estancia favorita de su padre. Tanto que había hecho traer un escritorio para atender asuntos como si de un estudio se tratara. La entrada copiosa de luz, la más excelsa a decir de lord John, era el motivo por el que su padre sentía tanta fijación por aquella estancia.

—Siéntate, Margaret —pidió su padre—. Vamos. Tengo importantes noticias que darte.

Margaret se sentó. Su padre, que no le había quitado sus brillantes ojos de encima, carraspeó.

—¿Cuáles, padre? —preguntó Margaret, intentando disimular su creciente inquietud, en tanto pensaba que podía tratarse de su prometido.

—Veo que estás tan ansiosa por escucharlas como yo por decírtela —dijo su padre con una ceja arriba—. Bien. —Se enderezó en su silla de alto cabezal—. Se trata de Robert Reedstter. Este ha aceptado que uno de sus hijos te tome como esposa.

«¡¿Qué?! —pensó Margaret—. Un Reedstter. ¿Por qué, padre?» Sin embargo, no fue capaz de formular estas palabras en voz alta.

Él prosiguió:

—Robert accederá a que seas tú quien decida cuál de ellos.

Puedes optar por casarte con su primogénito, Charles.

.., o con el más joven, Froy. A decir verdad, no esperaba que Robert Reedstter nos diera tal oportunidad.

Tal vez esté desesperado por librarse de alguno de ellos dos.

Quién sabe. No importa. —Miró a su hija a los ojos—.

Lo importante es que puedes elegir tú, Margaret. ..

—¿Que elija? —increpó ella. La sonrisa y el brillo en los ojos de su padre desaparecieron súbitamente—. ¿Que elija qué, padre?

—A quién tomarás por esposo —replicó John—. Puedes elegir entre los hijos de Robert Reedstter.

—El señor Reedstter solo tiene dos hijos. Y uno de ellos ya es viudo.

—Bien —suspiró John, con júbilo forzado—. Será con Froy Reedstter. Es más joven que tú, pero eso no será un problema, ¿o sí?

Margaret se levantó de golpe. Debía controlarse. Mantener la calma. El hombre que estaba ante ella era su señor padre; tenía que recordarse. Pero si no era ahora, no sería nunca, se dijo. Suspiró tan hondo como le fue posible.

—No me voy a casar con un Reedstter, padre —soltó—. Estoy embarazada.

Su padre abrió los ojos como platos. Margaret continuó.

—Mi embarazo está más que avanzado —reveló; los latidos de su corazón eran tan rápidos que apenas podía respirar.

Su padre clavó los ojos reverberantes de furia en su vientre plano.

«¿Cómo es posible?», lo oyó musitar—. La Bruja Gris me ha dado una poción para ocultar mi estado —explicó con la voz entrecortada por las lágrimas—. En mi interior llevo el hijo de...

Su padre se levantó; la mirada sombría, una mueca iracunda deformaba sus labios.

Margaret reprimió el impulso de salir corriendo.

Aquella mirada era la razón por la que había guardado tanto tiempo el secreto.

Reflejaba indignación. Desprecio. Desilusión.

Dios, habría querido evitarla toda la vida. Pero no era posible.

—¿De quién, Margaret? —inquirió su padre.

«Dile —insistía una voz en su cabeza—. ¡Es ahora o nunca, Margaret!» Tomó aire antes de hablar.

—Del hombre que amo, padre —respondió—. Ben Holbrooke.