Un eclipse en el alma (Hechizo nocturno) EPÍLOGO
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EPÍLOGO

La primera vez que Frank Hornwood estuvo en la mansión Katterblack, Silas no supo qué esperar de aquel encuentro.

Apenas había cruzado una palabra o dos con el hombre taciturno que, según sabía, fue cuñado de William Oakwater.

El paso de Hornwood por la morada de Silas tuvo lugar días antes de la que más tarde llamarían la Batalla del Eclipse Púrpura.

Silas no haría registro de aquel encuentro, ni de los posteriores, hasta principios de la primavera siguiente a la batalla, tras recibir el diario de manos de la viuda Oakwater.

Se trataba de un obsequio póstumo del difunto Will: un cuaderno de cubierta de cuero negro, con una inscripción en hilo de oro en el lomo que indicaba que era de la propiedad de Silas Katterblack.

—No pareces muy seguro, Sutr —había dicho Silas al percibir cierta vacilación en las palabras del mayordomo. Al mismo tiempo, Aida dejaba el ungüento sobre la cómoda y, sin más, salía de la habitación.

—Lo siento, señor —respondía Sutr, aclarándose la garganta—. Es que... por un momento creí que era otra persona.

Silas no le preguntó a qué se refería. Tuvo la impresión de que el propio Sutr no lo sabía.

Así pues, dijo que lo hiciera pasar a su estudio; que enseguida se reuniría con él.

Cuando Silas entró en el estudio, minutos después, Frank estaba de pie frente al ventanal principal, admirando la noche con las manos cogidas a la espalda.

Entonces Silas se fijó que había algo extraño en él, empezando por que aquel hombre era calvo.

Y que recordarse, el Frank Hornwood que conoció durante el incendio de la biblioteca y en la batalla posterior no lo era.

Silas, apoyado de un bastón illuminatus , cojeó hacia el visitante.

Por alguna razón, no temía que se tratase de algún oscuro (en concreto, un subordinado, pues eran los únicos que podían burlar los encantamientos de protección).

A unos veinte pasos del hombre que decía ser Frank Hornwood, se detuvo.

Más bien, lo hizo al oír la voz de Hornwood.

—Me dijo que tú podrías ayudarme.

—¿Quién? —preguntó Silas, en vez de «ayudarte con qué», pues algo le decía que estaba a punto de descubrirlo.

—William.

Entonces se dio vuelta. Silas casi perdió el equilibrio por la impresión, o más bien el temor repentino que lo embistió por el pecho, al ver el aspecto de Frank Hornwood.

Si era él en realidad. Su piel tenía un pálido antinatural y tenía protuberancias tanto en el rostro como en la calva.

Sus ojos eran pozos negros. El perfil, sin embargo, era el mismo que recordaba. La voz también.

Silas, aún aterrado, cerró más la mano en el pomo del bastón mientras pensaba en cómo podría usarlo para escapar si Frank Hornwood intentaba atacarlo.

En el fondo, repararía más tarde, había decidido que sí se trataba de Frank.

Aunque no del todo. De hecho, sabía qué le ocurría mucho antes de que el propio Hornwood se lo contara.

Lo hizo esa misma noche después de que su aspecto recobrara la normalidad y ambos tomaran asiento en torno al escritorio.

El mayordomo les sirvió té y galletas de avena, y hablaron hasta entrada la madrugada, tras lo cual Silas lo invitó a pasar el resto de la noche en la mansión.

—Una maldición —había empezado Frank—. Pero eso ya lo sabes.

—Silas asintió. Tras lo cual Hornwood narró la historia a grandes rasgos de cómo la había adquirido.

La historia de la maldición. De la Orden del Destino.

De las banshees (después de todo, no extintas).

De los hadúnos privilegiados. De Hermana Mayor.

De la corona de Isidora. De la batalla en el coliseo romano.

Y, por último, de las primeras manifestaciones de la maldición como la que vio hace un rato—.

A veces me habla: lo escucho en mi cabeza, lo veo en el espejo, pronto tal vez. ..

No terminó la frase; Silas, en su fuero interno, lo hizo por él: «... te controle».

Silas estaba, a la par que fascinado, asustado. Pero mantuvo el rostro impasible.

—¿Cómo sabía Will que...?

—¿... eres un experto en maldiciones? —atajó Hornwood.

—Yo no diría un experto —apuntó Silas. En realidad solo había logrado romper un par de maldiciones en el pasado con gran pericia, pero sobre todo por eventualidad y mucha suerte.

—No lo sé. Antes de su muerte me reveló que estaba al corriente de la maldición. No reveló cómo lo supo. Solo me dijo que Katterblack podía ayudarme, y aquí estoy.

«Sí, aquí estás —pensó Silas—. Y no sé por dónde empezar». En algún momento, no sabría decir exactamente cuándo, había decidido que le arrimaría el hombro en lo posible a Frank Hornwood.

Mientras tanto, tomaría notas en su diario.