5 #3
El señor Katterblack, según Richmond, solo se valía de una actitud misteriosa para llamar la atención y avivar el interés en el pueblo.
Al menos eso alegó el propio Silas. También dijo que no tenía ningún motivo en particular al explorar la biblioteca a altas horas de la noche.
Sufría episodios de insomnio. Intentaba matar el tiempo y, se fijó en aquel momento, la puerta de la biblioteca estaba entreabierta.
Entró. El lugar estaba oscuro y vacío como una tumba antes de un enterramiento.
Tras comprobar que no hubiera nadie, tomó un volumen (algún título de Shakespeare) con la promesa de que lo devolvería una vez leído, y retornó al hostal.
Enseñó a Richmond el libro en cuestión como prueba de sus afirmaciones.
Hubo un detalle que, de hecho, salió a la luz respecto a Silas Katterblack.
Estaba relacionado con el motivo por el que se encontraba en River Town y también con la mansión que llevaba cinco años en construcción al este del pueblo, una propiedad que pronto sería ocupada.
Katterblack poseía una gran fortuna: puede que la mayor del estado.
Y planeaba establecerse de forma permanente en River Town.
—Vallery —preguntó Marie, poniendo con dulzura su mano en el hombro de la otra mujer—, ¿quieres un poco de leche tibia? Te hará sentir mejor.
Vallery sorbió por la nariz.
—Mientras no sea de tus pechos —dijo, esbozando una lánguida sonrisa—, sí.
A pesar de las circunstancias, el carácter vivaz de Val siempre salía a relucir como el sol por las mañanas.
Will sentía pena por la mujer. Vallery y Rupert habían estado unidos por muchos más años de los que Will tenía de vida.
Nunca concibieron hijos. Durante años, solo se tuvieron el uno al otro, ligados por su amor y su interés por la lectura y las bromas sin gracia que solamente ellos entendían.
—Hay seguidores buenos y malos, Will —comentó Val cuando Marie fue a por la leche tibia—. Seguidores oscuros, los llamaba Rupert. ¿Por qué estás tan seguro de que Silas Katterblack no es uno de ellos?
—El barbero —dijo Will, con un suspiro—. Después de encontrar a Rupert..., ya sabes..., me dijo que recordó un detalle inquietante sobre el hombre que lo asesinó.
—¿Cuál?
—Sus ojos. Eran dispares.
El rostro de Val adoptó una expresión de pasmo; abrió los ojos como platos y se llevó una mano a la boca.
—Quieres decir que... —vaciló.
Will asintió.
—Sí —dijo—. Un subordinado. —Y se contuvo de decir: «Enviado por Mormont. Para asesinarme a mí. Para vengar a su hijo».
Marie regresó con la leche.
La biblioteca no sufrió ningún daño significativo.
Es decir, ninguno aparte de la pérdida irreparable que suponía Rupert Atwood.
Hubo un combate. Rupert había luchado por su vida hasta su último aliento: prueba de ello eran los muebles volcados, las repisas de madera astilladas, libros tirados, hojas esparcidas, velas aplastadas, la sangre.
.. que se encontraron en el lugar del asesinato.
William tuvo que hacer un auténtico esfuerzo para evitar echarse a gritar cuando vio a su amigo tendido de costado en el suelo sobre un charco de sangre medio coagulada, la misma que el subordinado usó para pintar la Marca Roja de los Mormont; las tripas se vertían de su abdomen a través de una larga abertura que solo un sable oscuro podría trazar con tanta precisión.
Le faltaba un ojo. El otro, aún abierto, le devolvía la mirada sin vida.
Will no sabía de dónde iba a sacar fuerza de voluntad para regresar a la biblioteca tras lo ocurrido.
Al final, acabó volviendo. Por Rupert.
Y allí estaba, solo, rodeado por aquellos silentes volúmenes.
Pensó en Ben. Habían transcurrido varias semanas desde que envió la última carta. Aún no recibía respuesta. Qué tonto, se dijo William; jamás debió creer que Holbrooke dejaría todo para atender a la petición de su amigo al otro lado del Atlántico, al que no veía desde hace más de una década.
Will se resignó.
Aquel día la biblioteca estaba desolada.
En un día bueno podían entrar hasta cinco pobladores letrados para recorrer los pasajes y, en el mejor de los casos, llevarse algún volumen prestado a casa.
Pero no había habido un solo día bueno desde lo ocurrido.
Con menos frecuencia acudían curiosos con ansias por saber jugosos detalles sobre la muerte de Rupert; como, por ejemplo, el lugar exacto donde falleció o alguna pista del asesino.
—Lo siento, Rupert —suspiró William mientras pasaba una página tras otra sin lograr concentrarse.
No había sucedido nada importante en las semanas siguientes al ataque del Destripador de River Town. Ningún otro herido o muerto. ¿Acaso Mormont solo había enviado al tal Bos Kado para advertirle de su pronta venida?
«Si ese es el caso, entonces lo estaré esperando», se dijo.
Nadie está a salvo, Will. Nadie.
Las palabras de Ben todavía resonaban en su cabeza.
No habían dejado de hacerlo desde que las leyó en su última carta.
La cual, bien recordaba, había quemado para que Marie, o cualquiera (como su primogénito), no la leyera.
Habría vuelto a escribirle a Ben para informarle de la muerte de Rupert, y para decirle que había llegado la hora, que Mormont sabía dónde estaba y era cuestión de tiempo para que se apareciera para cobrar su venganza. Que le necesitaba.
Se humedeció los labios, pasó la página.
Will se retiró los anteojos un instante; tenía resequedad en los ojos y principios de una migraña.
Echó un vistazo hacia la ventana más cercana.
Había anochecido. Pensó que lo mejor sería partir a casa, o su mujer empezaría a preocuparse, y cómo no, tras lo sucedido a Rupert.
Marie, a pie enjuto, debía intuir que el tal Bos Kado no había ido a por su amigo. Sino por Will.
Notó el frío. Will no se había percatado de las bajas temperaturas que imperaban en las solitarias estancias de la biblioteca hasta que miró alrededor y, por primera vez en semanas, estuvo verdaderamente consciente de lo solitario que estaba el lugar.
El silencio, sin embargo, era la peor parte.
Will escuchó pisadas. La oscuridad rebosaba cada rincón y pasaje; la luz de la vela que iluminó a Will durante su lectura estaba por consumirse.
Se fijó en ello justo antes de disponerse a soplarla.
Se abstuvo. Sentía que había alguien o algo acechando en las sombras. Más que sentirlo, tenía la certeza.
—Bos Kado —llamó en voz alta. Will lo había estado esperando noche tras noche después de la muerte de Rupert. Hasta ahora el subordinado no había aparecido—. Sé que estás ahí, Kado. ¡Muéstrate ya!
El tiempo, por alguna razón, pareció avanzar increíblemente lento a continuación.
De la penumbra de un angosto pasaje, conformado por dos altas repisas con libros de Historia y Geografía, surgió un gruñido quedo.
Más bien, un ladrido canino mezclado con un rugido de oso.
William llevaba sin escuchar tal cosa muchos años.
Sin embargo, reconoció enseguida a la criatura que lo causaba.
Y no tardó en comprobarlo. El argón se desplazó fuera de aquella oscuridad (aunque la criatura misma era negra como la noche en su punto máximo), lo que, por un breve instante, dio la impresión de que la sombra del pasaje se prolongaba hacia fuera.
La llama menguante de la vela se reflejó en la coraza de la bestia, que era como cristal quemado; su aguijón, cuya picadura solo podía ser detectada por un ojo experto, resaltaba como un puñal en la mano de un bandido bajo la luz de la luna.
Rugió.
«Ha venido por mí», pensó William con sorna. Aunque quizá era otra advertencia. Confiaba en que Helio Mormont querría acabar con él en persona del mismo modo que lo había hecho Will con su primogénito, catorce años antes.
—Ven a por mí —instó a la bestia—. Ven, vamos.
Restalló otro ladrido. De pronto, el argón avanzó hacia él.
No fue hasta ese momento en que Will cayó en la cuenta de que estaba desarmado.
Solo había unas pocas formas de matar a un argón, se recordó.
Y todas ellas, sin arma, estaban lejos de su alcance.
«Oh, no», pensó. El argón saltó sobre él.
Una leve llovizna de saliva le roció el rostro cuando la criatura lo derribó de espalda.
Will, raudo, puso sus manos hacia arriba para impedir que las fauces del argón se cerraran en su cuello o en su cara.
Y, más importante aún, era mantenerse fuera del alcance del aguijón.
«¿Qué hago? ¿Qué hago?» No podía morir así...
La criatura se retorcía y debatía sobre él. Will jamás se había sentido tan indefenso. La tenue llama de la única vela titiló y luego murió. La oscuridad, como un manto, los arropó tanto a él como a la criatura.
El argón volvió a gruñir. Su baba le quemaba la cara. Will no podía abrir la boca. Y si pudiera, no importaría..., nadie lo escucharía. Y si lo hacían, no harían caso, desde luego; era mejor quedarse lejos del filoso cuchillo del Destripador.
— nuxus ...
De la nada, la luz blanca destelló como una estrella en un cielo tan negro como la brea.
El argón, asimismo, pareció esfumarse. Will estaba conmocionado.
Podía divisar la estela blanquecina que proyectaba la hoja de la daga, mas no a quien la portaba.
Luego escuchó un alarido de dolor… del argón.
El corazón le retumbaba en el pecho. ¿Quién. ..?
Sobrevino un intenso silencio. La luz de la daga parpadeó una, dos veces, antes de apagarse tan repentinamente como se había encendido.
Will pensó que, quien fuese que liquidó a la criatura, seguía allí, observándolo.
Quizá era un engaño orquestado por Bos Kado.
Debía estar preparado. Mientras se incorporaba, escuchó pasos que se aproximaban. Uno, otro, y otro más...
— illuminatus …
La oscuridad retrocedió de par en par. Will tuvo que cubrirse los ojos con el dorso del brazo para que el intenso brillo inicial no hiriera su visión. Mantuvo la extremidad en alto hasta que sus ojos se aclimataron. A continuación, se encontró cara a cara con Silas Katterblack.
—¿Estás bien?
—Sí —contestó Will, aliviado—. Ya lo tenía controlado.
Silas bufó una risa.
—De eso no me queda la menor duda.
Al día siguiente, cuando William abrió los ojos, encontró a Marie haciendo su tarea habitual de los últimos meses: amamantando a Lucy.
—Cuando mi niña sea como su madre, no dejará que su esposo salga de casa hasta altas horas de la noche —le decía con voz infantil a la criatura.
—Apuesto que no —murmuró Will, soñoliento.
—Más te vale, William Oakwater —replicó Marie en voz baja, sin quitarle los ojos de la niña que mamaba de su pecho—.
Quizá Lucy tenga más suerte que su madre.
Aunque lo dudo de la esposa del pequeño Ben.
—Marie fijó la mirada en su esposo—. Hablando de Ben, ha llegado una carta de tu amigo de Inglaterra.
Allí está. —Y señaló la cómoda con un vistazo.
William se enderezó y la tomó con rapidez. Como si temiera que alguien fuese a arrebatársela.
—¿La has leído? —preguntó a Marie.
—¿Cómo podría? —soltó ella—. Está sellada. Y ya me conoces. La primera vez que nos vimos me pediste que confiara en ti, y eso he hecho todo este tiempo, William.
Will asintió mientras rompía el sello, sacaba la carta del sobre y leía.
—¿Malas noticias? —preguntó Marie, al cabo de un minuto o dos. Para entonces, Will leía la carta de su amigo por tercera vez.
Al terminar, alzó la mirada, sonriendo.
—Todo lo contrario —dijo.