5 #2
—No, té no —dijo Lester—. A tu señor no le molestará que pida un poco de vino para conmemorar la ocasión, ¿verdad?
— ¡Padre! —espetó Mildred.
Ibon, que servía el té, alzó la mirada hacia Ben.
—Trae vino para el señor, por favor —ordenó—. De la mejor cosecha.
El ama de llaves asintió. Tras servir el té a la señora Raystar y a Mildred, Ibon y la criada se retiraron.
—Gareth —dijo Ben—, ¿no te apetece el té?
Su futuro cuñado tenía un rostro chato, el mentón cuadrado y las cejas tupidas a más no poder. Su expresión siempre era severa. Era más hosco que su padre, y no era la única diferencia que compartían. Gareth era directo.
—No tomo té, señor Holbrooke —dijo con sequedad.
—¿Y vino?
—No, señor.
«Señor. A ese paso esto acabará pronto», pensó Ben.
—Pues bien, Lester —dijo sin más preámbulos—. Estamos aquí para hablar de la unión de los Raystar con los... Bueno, conmigo. Ben Holbrooke.
—Sí, Ben —suspiró Mildred.
La joven hija de Lester era una muchacha curvilínea.
Tenía un rostro anguloso y mejillas un tanto rollizas.
Los cabellos color miel le caían en bucles.
Tenía ojos muy juntos, castaños claros, como los de su madre.
Llevaba puesto un vestido rosado claro con detalles blancos y un collar de pequeñas perlas rosáceas.
—Mi señora esposa desea que la boda se celebre en otoño, su estación favorita —empezó Lester—. Pero le he recordado que es el casamiento de nuestra hija, y mi querida Mildred quiere que esta se realice lo antes posible; esta misma primavera, o incluso antes del cambio de estación.
«Más pronto de lo que creí».
—Miren por la ventana —dijo Ben—. Hace un tiempo lúgubre. La masacre en el baile de Wolfgang todavía está reciente. No sería un buen augurio.
«Margaret —pensó; la mujer que de verdad amaba—.
Ojalá te hubiese escuchado». Ben había recibido una carta del duque de Penroth, donde le anunciaba la noticia del compromiso entre su hija y el heredero de Wolfgang.
El reciente duque lo consideraba uno de sus hijos y, por tanto, un hermano para Margaret.
No obstante, aquel no era el verdadero motivo por el que no había pedido formalmente la mano de Margaret a su padre en todos esos años.
—El señor Holbrooke no parece seguro de este matrimonio, padre —observó Gareth, ceñudo.
—El señor Holbrooke aceptó esta unión por propia voluntad, Gareth —replicó Lester.
—En efecto, lo hice —corroboró Ben. «Pero tu padre intervino mucho en la toma de esta decisión», dijo para sus adentros, recordando la conversación que sostuvo con el señor Raystar días atrás—. Tomaré a tu hermana como esposa en cuanto cesen las lluvias.
Ben dedicó una mirada a la muchacha que tenía las mejillas color granate.
— ¡Maravilloso! —exclamó Lester, entre risas y aplausos; la señora Raystar también aplaudió con entusiasmo—. Decidido, pues. Esta misma primavera será la ceremonia. —Se irguió de repente cuando las puertas del salón se abrieron y apareció Ibon—. Oh —dijo—, ¡ahí está mi vino!
Horas más tarde, para cuando partieron los Raystar, ya tenían fecha para la boda.
Ben no quería pensar al respecto. Aún tenía varias semanas para echarse para atrás.
Con esto en mente, enfiló su dormitorio y se dejó caer sobre su lecho como una pesada roca desde un risco.
Durmió un instante. No soñó con su prometida.
Menos mal. En cambio, lo hizo con Margaret.
En el sueño, ella, que contemplaba la lluvia desde una de las ventanas empañadas de la mansión que heredó Marcia Holbrooke, se giró hacia Ben como si hubiera percibido su presencia por las vibraciones en el aire.
Ben bajó la mirada de forma instantánea y, ¡sorpresa!
, reparó en el vientre hinchado de Margaret.
Dios mío, ¡estaba embarazada! Estalló un resplandor de imágenes a su alrededor en una rápida sucesión.
Surgió una sombra descomunal a su espalda.
Una risa gutural se abrió paso desde aquella viva lobreguez.
Ben vio el destello de un cuchillo. Intentó advertirla.
Demasiado tarde.
Despertó. Tenía la respiración acelerada.
Ladeó la cabeza y comprobó que la tarde se había cernido mientras dormía.
Esto lo agitaba más de lo normal por alguna razón.
No recordaba haberse sentido tan temeroso de la noche en el pasado, pensó.
Achacó aquella sensación a su reciente sueño.
Se levantó, fue hasta la ventana, corrió la cortina y miró afuera.
En efecto, atardecía. Además, había dejado de llover y el cielo se había teñido violáceo y naranja.
El sol apenas era una diadema en el horizonte.
Ben suspiró. «Olvídala, Ben —se dijo—. Olvídala. Ya es demasiado tarde. No hay vuelta atrás». Marcia solía pensar diferente.
—Si no hablas con John Treddaway —le espetó con enfado en una ocasión—. Lo haré yo, Benny, y Treddaway me va a escuchar, ya verás que no osará negarse a la unión entre Margaret y tú...
Ben no había dicho nada al respecto. No habría podido con el humor de Marcia. En cambio, había rogado a los Primeros Seguidores en su fuero interno para que aquel encuentro nunca se llevase a cabo.
Y así fue. Marcia se enfermó poco después; pasó la mayor parte del tiempo débil. Ben se ocupaba de ella con Ibon y las demás criadas. Una noche, recordó Ben, Marcia se despertó con la mirada distante, en silencio como un fantasma en ropa de dormir, y caminó hacia el estudio. Allí estaba Ben.
—Arthur —soltó Marcia, de pronto, y Ben dejó caer el libro que estaba leyendo—, llevo esperándote mucho tiempo. Vuelve a la cama conmigo. Los libros y las cuentas seguirán aquí por la mañana.
Arthur Hartsfield, el difunto esposo de Marcia, había muerto de fiebres cerca de una década antes de la Guerra del Eclipse Rojo. Marcia, que poseía un oscuro sentido del humor, expresó en una ocasión que se alegraba de que para entonces su esposo estuviese muerto. Ben preguntó por qué.
—Apenas pude soportar la pérdida de Philly —respondió su tía. Se refería a Philip, el mellizo de Ben—. No habría soportado perder a más de uno al mismo tiempo. Créelo o no, no soy tan fuerte.
Ben siempre opinaría lo contrario: Marcia Holbrooke fue la persona más fuerte que había conocido en toda su vida.
Ibon entró en el estudio. Ben, que estaba pasando revista a unos libros antiguos de Arthur Hartsfield, tardó un instante en caer en la cuenta de la presencia de la ama de llaves.
De hecho, habría tardado un poco más si no se hubiese aclarado la garganta.
Dijo que lamentaba interrumpirlo —Ben le quitó importancia con un ademán— y, acto seguido, se acercó al escritorio y dejó algunas cartas antes de irse.
—Will...
A duras penas habían pasado unos días desde que Ben envió una carta a su amigo en la que le refería los últimos acontecimientos de ese lado del Atlántico: el ataque de los oscuros a la mansión Wolfgang, la muerte de su tía, y su compromiso con la hija de Lester Raystar.
Y allí estaba la respuesta de Will. Ben pensó que a lo mejor, tras ojear el contenido de la carta, tendría mejor ánimo.
Así pues, deseoso, empezó a leer.
El tiempo volaba. William apenas daba crédito a que hubiese pasado un mes desde que encontró muerto a su compañero.
Se levantaba pensando en eso cada mañana tras el suceso, y todas las noches antes de acostarse a dormir.
La brutalidad con la que fue asesinado Rupert Atwood no se había visto nunca en River Town, afirmó el alcalde Richmond.
Algunos ya llamaban al asesino el «Destripador de River Town».
En otras circunstancias, Will no hubiera estado más que de acuerdo con el mote.
—¿Quién querría muerto a mi querido Rupert? —preguntó Vallery, llorando a lágrima viva—. ¿Quién?
—Bos Kado —dijo William. Aquel nombre ensombreció la estancia. «No ha venido por Rupert —pensó—, sino por mí».
Se culpaba de lo ocurrido. Y cómo no.
—¿Quién es Bos Kado, Will? —quiso saber Vallery Atwood, la esposa (ahora viuda) de Rupert, mientras secaba sus mejillas con un pañuelo de seda.
Val también era oriunda del Reino de Escarcha.
Era una mujer de baja estatura, pero esbelta y de brazos gráciles.
Su cabello era una mata de rizos blancos con atisbos violáceos.
Tenía ojos color jade, avispados e inteligentes, inyectados en sangre a causa de las lágrimas.
—No lo sé —replicó William, pensativo—. Puede que sea un nigromante con sed de sangre hadúna.
—«Es un sirviente de Helio Mormont —dijo para sus adentros—.
Me ha encontrado. Ahora querrá vengar a su hijo».
Lo sabía porque en el piso de la biblioteca, bosquejado con la sangre de su amigo, había encontrado la Marca Roja, el sello de los Mormont.
—El hombre que interrogaron —dijo Marie—. El forastero. Quizá sabe más de lo que dijo. Quizá lo hizo él.
—No lo creo —dijo Will.
John Richmond, el alcalde (y quien hace las veces de sheriff en tanto encuentra a alguien apropiado para el trabajo, según dijo), estuvo hacía unos días en el hostal que se ubicaba justo frente a la biblioteca; interrogó tanto al propietario como a los huéspedes (muy pocos esa temporada).
Uno de estos afirmó haber visto a otro de los huéspedes del hostal salir misteriosamente durante la noche y visitar la biblioteca en las horas previas al asesinato.
—¿Por qué estás tan seguro? —preguntó Marie.
—Su nombre es Silas Katterblack —respondió Will—. Es canadiense. Yo mismo vi sus documentos. Es inofensivo. Además, es un seguidor de la luz.