Un eclipse en el alma (Hechizo nocturno) 5
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LA MARCA ROJA

—¿Malas noticias? —preguntó Marie mientras daba el pecho a la bebé.

—Nada que temer —dijo Will. Sabía que debía cambiar aquella expresión de su cara o su mujer empezaría a preocuparse, y ya tenía demasiadas preocupaciones con sus retoños. Así pues, dedicó a Marie una tenue sonrisa antes de continuar leyendo la carta para sus adentros.

Se trataba de Ben. Una carta desde Cambridge que entrañaba malas noticias desde la primera palabra a la última.

Su amigo le refería sobre lo sucedido a finales del año pasado en la velada anual del señor Wolfgang: el ataque de los oscuros, la muerte de lord Ronald, la de Jason Greystar, y muchos otros inocentes, gente común incluida.

Además, la desaparición de su amigo Julius Startclyde, y el rapto (aunque su supervivencia estaba en tela de juicio) de Tiberius Wolfgang.

Ben dedicó los últimos párrafos a la muerte de su tía, Marcia Holbrooke, y a su compromiso con Mildred Raystar.

William no sabría decir cuál de todas aquellas noticias era la más terrible.

Fueron servidores de Mormont , decía la carta, escrita a puño y letra por su amigo Ben Holbrooke.

Venían con los hombres sombras. Unos pocos se le unieron a la contienda.

¿Sabes lo que eso significa? Helio ha regresado para vengar a su padre y a sus hijos, como cabe esperar. Nadie está a salvo, Will. Nadie.

«Me advierte», pensó Will. Sabía que a donde quiera que fuese, no estaría a salvo.

Lo sabía incluso desde antes de asentarse al otro lado del mundo.

En otro tiempo, hubiera prestado poca atención a aquella advertencia; de hecho, la habría desdeñado en el acto, o habría retado a Mormont a venir a por él.

Pero, en ese tiempo, no velaba por una esposa e hijos.

—Will —dijo Marie—, queda un poco de leche especiada en la alacena. Deberías beber un poco, te sentará bien. Luces pálido.

—Este es mi estado natural, cariño —sonrió Will—. Creí que ya lo conocías.

Su mujer arrugó la nariz, a ojos vistas queriendo contradecirlo. Al cabo, sonrió.

—Ya es un poco tarde, ¿no crees? —indicó Marie, liada con la pequeña Lucy—. Rupert debe estar esperándote. Nunca dejas esperar demasiado a Rupert. Tampoco a tus libros.

—Hoy será diferente —dijo Will, y forzó una sonrisa sin mucho esfuerzo.

Por supuesto, temía por su familia. Pero no podía descuidar sus investigaciones.

Tiempos oscuros se avecinaban, y William sabía que iba a llegar el momento en que tendría que separarse de su familia a fin de salvaguardarla.

Sabía también que Helio vendría a por él, para vengar a sus hijos y a todos los suyos, que, por obra de Will y Ben, murieron en la Guerra del Eclipse Rojo.

—¿Dónde están los niños? —preguntó a su mujer.

—Juegan en la colina.

La colina, tras la casa de los Oakwater, se alzaba revestida de grama verdosa que en ese momento debía estar húmeda por el rocío de la mañana.

Will echó un vistazo por la ventana y vio a los niños jugando a la sombra de un árbol de acacia, en el cerro.

Junto a ellos correteaba el joven Michael, hijo del alcalde Richmond, quien tenía una parcela muy cerca en la zona.

Nadie está a salvo, Will. Nadie , eran las palabras de Ben en la carta.

Al ver a los chicos corretear, Will no pudo evitar recordar a su hermana Hyacinth.

Y al pequeño Eugene, su sobrino. Si él hubiera sobrevivido a la guerra, ahora tendría edad suficiente para tener hijos propios, pensaba.

Eugene tenía tres años cuando Helio V Mormont lo asesinó junto a su madre.

Hyacinth era la hermana mayor de William; aunque más bien había sido como su madre cuando la propia murió de parto posterior al nacimiento de Will.

Madre e hijo fueron asesinados por el nieto de Cletus Mormont meses antes del eclipse.

«Nadie, Will —decía una vocecita en su cabeza—. Nadie».

A Mormont no le había temblado la mano a la hora de asesinar a niños y mujeres, viejos y minusválidos. ¿Por qué tendría compasión con los suyos?

«Lo mataría mil veces más si fuera necesario», dijo para sus adentros.

Will recordaba un crujido. Un sonido tan dulce como la miel.

Lo rememoraba con la misma claridad que si hubiese ocurrido hace una semana o un mes.

El crujido del cuello de Helio V Mormont al romperlo.

Nunca lo olvidaría. Nunca. Tampoco olvidaría la sonrisa de su hermana y el fuerte llanto de Eugene al nacer.

William Oakwater viviría y moriría envuelto por aquellos recuerdos dulces y dolorosos.

Pero esa era la clase de vida que tocaba a quienes luchaban por mantener el balance entre la luz y la oscuridad.

El bebé —Lucy— empezó a berrear de repente.

La más pequeña de su prole tenía apenas catorce meses de nacida, y chillaba tan fuerte como su madre en el parto.

Marie siempre sabía de algún modo lo que le sucedía a la pequeña.

Aunque la mayoría de las veces Lucy solo tenía hambre.

Mirar a Marie amamantando a la niñita era una de las cosas más hermosas que Will hubiera visto jamás.

.. No se cansaba de hacerlo. Había pensado lo mismo cuando había amamantado a sus primeros dos retoños.

—Will —susurró Marie mientras acercaba a Lucy a su pecho—. Creo que deberías ir con Rupert. Empezará a preocuparse. Otro día podrás jugar con los niños.

Will la miró detenidamente. Las mujeres siempre le habían parecido seres extraordinarios, a la vez que complicados o contradictorios. Marie incluida.

—¿Estás segura? —preguntó.

—¿Lo dices por mí o por los niños?

Will se encogió de hombros. Al final, se marchó.

La biblioteca que fundaron Richmond y él se alzaba como un pequeño edificio de dos plantas entre una barbería y el enjuto establecimiento de un zapatero. Vista desde fuera parecía más estrecha de lo que realmente era por dentro.

—¡William! —lo llamó el señor Abernathy, el barbero, al verlo cruzar la calle hacia el edificio. Esto lo cogió por sorpresa. Aquel era un comportamiento poco propio de este hombre—. ¡William! ¡William!

Parecía agobiado.

—Señor Abernathy —saludó Will, afable—. ¿Sucede algo?

—Lamento retenerte de esta manera, William —dijo el barbero—. Quizá solo son delirios de un pobre viejo como yo, pero ha venido un hombre, un hombre misterioso. Preguntó por ti.

«¿Por mí?»

—¿Te dijo su nombre? —preguntó Will.

Abernathy asintió con la cabeza. Era alto, delgado, y tenía una espalda tan tensa y firme para ser un hombre que sobrepasaba los setenta años.

Su cabello era ceniciento y bien cortado, y su mostacho tan blanco como un montículo de nieve sobre sus labios.

Se trataba de un hombre nervioso por naturaleza; le temblaban un poco las manos al hablar, se fijó Will.

Sin embargo, su pulso cambiaba cada vez que utilizaba las navajas de afeitar. Entonces tenía un pulso excepcional.

—Bos Kado —dijo el barbero con tono sombrío.

William repitió el nombre para sus adentros. Que él recordase, jamás había oído sobre un tal Bos Kado.

—¿Le ha dicho qué quería?

—No, William —afirmó Abernathy—. Y no me atreví a preguntárselo. No era mi asunto. Además, el hombre tenía una mirada tan siniestra que daba miedo. —En ese momento le comenzó a temblar el labio inferior—. Le he dicho que tú no estabas en la biblioteca, pero que podía encontrar a Rupert en tu lugar.

—Después, ¿qué pasó?

—Fue a la biblioteca —prosiguió el barbero—. No lo vi salir hasta dentro de cinco minutos, más o menos. En ese tiempo oí golpes, gritos, tumbos. Después..., nada.

Ben recibió a su futura esposa en el vestíbulo.

El señor y la señora Raystar y su hijo menor, Gareth, acompañaban a la joven que se convertiría en la señora Holbrooke.

—Mi señor. —Mildred, tomándose los flancos del vestido, hizo una profunda reverencia como si se tratara del mismísimo rey de Inglaterra.

—Llámame Ben.

—Ben —suspiró la jovencita colorada.

Mildred debía tener quince años. Al menos eso aparentaba. Si este era el caso, Ben le doblaba la edad.

—Vengan, siéntense —instó Ben a continuación—. Ibon nos traerá enseguida el té. Además de una charola de sus famosas tartaletas.

—Famosas, ¿dónde? —preguntó Gareth Raystar. A ojos vistas con ojeriza.

La señora Raystar pareció escandalizada.

—A decir verdad, no lo sé —dijo Ben. Sonrió con cortesía—. Era lo que mi difunta tía decía.

—Lamentamos mucho la muerte de su tía, se... Ben —dijo Mildred con timidez, la vista baja.

Ben los invitó a tomar asiento en el salón de estar, que era la estancia más amplia del hogar de la difunta Marcia Holbrooke.

Con techo abovedado y suelo alfombrado. Marcia Holbrooke tuvo un gusto exquisito para la decoración de interiores, a decir de sus propios invitados.

El salón de estar era su mejor obra, afirmaba.

Estaba amueblado con sillones altos de caoba y terciopelo, y mesas con acabados en mármol y cristal.

Las paredes lucían bellos remates florales y de los ventanales pendían llamativas cortinas de pana lila.

Fuera, vislumbró Ben por la ventana más cercana, caía una ligera llovizna invernal.

Los invitados tomaron asiento. Ben instó al señor Raystar a ocupar el lugar de honor: un asiento de alto cabezal que daba la espalda a la ventana principal.

En otra época, aquel había sido el mueble preferido del difunto esposo de Marcia Holbrooke. Lester pareció satisfecho al ocuparlo.

—Es una habitación verdaderamente encantadora —declaró la señora Raystar en tanto recorría la estancia en cuestión con la mirada, que detuvo un poco más en las finas cortinas—. Su tía sin duda tenía gusto exquisito para la decoración. —Miró a Ben—. Es lamentable su muerte.

—En efecto —asintió su esposo—, muy lamentable.

En aquel momento —a Dios gracias—, Ibon entró al salón seguida por otra criada. Esta se adelantó al ama de llaves y puso sobre la mesa las famosas tartaletas. Todos miraron.