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JARDÍN DE SECRETOS
Margaret, a punto de llevarse la taza de infusión a los labios, se hallaba sentada junto a su padre en el magnífico salón de la residencia Startclyde cuando el señor y su esposa entraron a la estancia; ella riendo, él apartándose de su lado tras haberle susurrado algo al oído.
Margaret y su padre, John Treddaway, cruzaron una mirada.
Al vislumbrar a sus invitados, los Startclyde cobraron la compostura.
Luego del breve saludo, varias de las criadas entraron a la estancia portando entremeses, bocadillos y sidra especiada (la favorita del señor Startclyde, según él mismo indicó), sobre cacerolas de plata y copas de cristal.
Margaret no pudo evitar fijarse, al ver a la señora Startclyde, en lo joven que lucía.
Quizá solo era mayor que Margaret por un par de años.
En cambio, Startclyde parecía de la misma edad que el duque de Penroth, o incluso más viejo.
Con todo, la complicidad que ambos habían exhibido al momento de entrar al salón, había sido la propia de una pareja de jovenzuelos enamorados.
Lo que explicaría que, en apenas seis años, Ophelia Startclyde (Longstar, de soltera) ya le había dado tres vástagos saludables a su mucho mayor esposo.
—Mi señor esposo y yo oramos diariamente, desde los eventos de hace un mes, por encontrar al querido Julius —decía la señora Startclyde—.
Pero, como sabe, nuestras plegarias aún no han sido escuchadas.
—Y añadió, desviando la mirada hacia Margaret como si acabara de caer en la cuenta de su presencia—: También oramos por el regreso de tu prometido.
Margaret puso su mano sobre la de la señora Startclyde; esta la cubrió con la suya y le sonrió.
—Nosotros también hemos orado para que los desaparecidos sean hallados sanos y salvos —afirmó.
Había transcurrido un mes desde el ataque perpetrado en la residencia Wolfgang por los servidores de la oscuridad.
Desde entonces no se había encontrado rastro de Julius Startclyde, uno de los nueve hijos de lord Startclyde.
Ni de Tiberius Wolfgang (su prometido, pensó Margaret), a quienes algunos ya daban por muerto.
Margaret había escapado de aquel caos de perillas.
La irrupción, según escuchó al día siguiente, no tuvo lugar hasta minutos después de su partida.
La única razón por la que había asistido a aquel baile (además de ser la enviada de su padre, quien no pudo concurrir por un cuadro de gripe del que apenas se estaba recuperando en ese momento desde la comodidad de su morada) fue Ben Holbrooke, a quien a duras penas logró ver un par de veces aquella noche.
Tras su baile con Tiberius, intentó encontrarlo, pero Sienna Reedstter le informó que había partido hace diez o quince minutos. Margaret hizo lo propio poco después.
—Tengo entendido que encontraron su espada —repuso Margaret mirando a lord Startclyde.
—En efecto —corroboró éste con voz queda.
Se aclaró la garganta dándose unos golpecitos en el pecho—.
Sohorogrys , nuestra espada familiar. La encontraron en uno de los corredores del primer piso de la residencia Wolfgang.
Creemos que fue el lugar donde lo capturaron tras tenderle una emboscada.
.. Oh, mi Julius. La pobre Lilian está agobiada por su pérdida.
—Tampoco se ha hallado rastro de Tiberius —indicó el padre de Margaret—.
Lord Ronald fue asesinado esa noche. Una tragedia, en efecto.
Al menos no ha sobrevivido a la pérdida de otro hijo.
—Le puso la mano en el hombro a Margaret—.
Y han llegado noticias de que Richard Wolfgang ha ocupado el puesto de su hermano en la corte de Suecia y en el Alto Gremio.
—Richard tiene el cerebro de un ratón —expresó Nestor.
—Tal vez —dijo lord Treddaway—. No lo conozco bien.
Richard es el hermano de Ronald, como sabemos.
Con Tiberius desaparecido y Marlon y Serge muertos, era de esperarse que tomara las riendas de su familia al ser el siguiente en la, digamos, línea de sucesión.
Y hasta donde tengo entendido, el último vástago de Ronald, Dustin, se encuentra en alguna parte del mundo cazando Fenrirs con uno de tus hijos.
—Oh, sí —suspiró el señor Startclyde con enfado—. Nigel prefiere perseguir a esas bestias que prepararse para ocupar algún día mi lugar. Como corresponde. Julius era mi esperanza. Mi orgullo.
—Descuida —dijo la señora Startclyde, acariciando el brazo de su esposo—. Pronto lo hallaremos.
El señor Startclyde asintió con un aire de resignación.
—Eso espero —dijo—. Al menos nosotros tenemos esperanza de que algún día tal vez aparezca. Otros no tuvieron tanta suerte tras los acontecimientos en la velada de Wolfgang.
—¿Te refieres a Jason Greystar? —preguntó lord Treddaway. Nestor Startclyde, a simple vista con pesar, asintió—. Oímos que la joven Frida estuvo a punto de dar a luz en medio del ataque.
—¿Frida está bien? —preguntó Ophelia, preocupada.
—Sí —la calmó Margaret—. Y también la pequeña, según nos hemos enterado.
Frida Wolfgang había perdido a su esposo en medio del ataque, pero alumbró a una niña sana y salva. Milla, se llamaba la pequeña, como la madre de Jason. Milla Greystar.
Guardaron silencio. A continuación, lord Startclyde y lord Treddaway se retiraron aparte para discutir («temas más sensibles», según el padre de Margaret) en privado. Ophelia Startclyde se inclinó hacia Margaret con una amplia sonrisa y un levantamiento sardónico de cejas.
—Es mejor dejar a los hombres con sus temas sensibles . —Suspiró y dio un ademán con la mano—. ¿Qué tal si me acompañas al jardín, querida? Nunca está de más tomar un poco de aire fresco.
Margaret asintió de buena gana. La señora Startclyde era una mujer alta y robusta, aunque de un modo sutil.
Piel blanca de porcelana, el cabello castaño oscuro recogido en un moño suntuoso, enormes ojos color ámbar.
Margaret le calculaba unos veintisiete o treinta.
Sin duda, mucho más joven que lord Nestor. Margaret y Ophelia salieron de la casa.
—Te mostraré el jardín —indicó la señora Startclyde rodeándole el brazo con el suyo—. En tanto, cuéntame, ¿cómo lograste escapar de la residencia Wolfgang en medio del ataque?
—En realidad, fue antes de que ocurriera.
—Tuviste suerte.
—Quizá. Pero siento un poco de culpa.
—No tienes por qué, querida. No hay nada que hubieras podido hacer para detenerlo o salvar a nadie más que a ti misma.
Margaret sabía que tenía razón. En el fondo. Aun así...
—Si otros hubieran tenido la oportunidad, al menos la mínima sospecha de lo que estaba por ocurrir, sin duda no hubiesen vacilado para escapar de allí antes de que las sombras irrumpieran.
Margaret asintió. No sabía qué decir al respecto.
A decir verdad, ella preferiría no pensar en aquella noche en mucho tiempo.
Pero, ¿qué más podía hacer? Sería descortés negarle tal deseo a la señora Startclyde en su propia casa.
Así pues, empezó hablando sobre la maravillosa danza que compartió con Tiberius, lo único de veras rescatable de la velada; no obstante, mintió sobre el motivo que la hizo dejar el baile poco después.
Cuidó no mencionar el nombre de Ben. Fácilmente, la señora Startclyde podría ver sus verdaderos sentimientos.
—Como dije, has tenido suerte, querida —repuso Ophelia con tono dulce una vez Margaret terminó de hablar—. Lilian, la prometida de Julius, está inconsolable desde su desaparición...
—Eso escuché. Lo siento.
—La muchacha está embarazada —soltó Ophelia.
—¿Qué?
Margaret apenas pudo disimular su sorpresa.
No fue capaz de decir nada. ¿Qué se suponía que debía decir?
¿Que ella también estaba embarazada? ¿Que su hijo también sería un bastardo?
¿Que había visitado a la Bruja Gris para retrasar su gestación con pociones lunares?
Quizá la señora Startclyde la comprendiera.
Arriba, un sol invernal vertía sobre el jardín de los Startclyde sus débiles rayos.
Así y todo, no hacía tanto frío, apreció.
En los próximos meses comenzaría el deshielo que daría paso a la primavera.
El jardín de Startclyde era un hermoso paraje de arbustos bien podados, gruesos robles (de momento desprovistos) y columnas de mármol aquí y allá, cercando el sendero que discurría por el jardín como un río de piedras grises, cubierto por una fina capa de nieve.
—Es... —dijo Margaret, maravillada— sublime.
—Gracias. —La señora Startclyde, con garbo, la condujo hasta un largo banco de mármol bellamente tallado.
Este, por sorpresa, no estaba cubierto de nieve.
Sin embargo, estaba frío, como esculpido en hielo en vez de piedra, y la sensación pareció atravesar las capas de su vestido hasta sus posaderas—.
La primera señora Startclyde amaba este lugar, y se encargó personalmente de su obra y cuidado.
Nestor dice que pasaba más tiempo aquí que en ninguna otra parte; que dibujaba flores bajo el cálido sol de verano, y escribía poesía en el encapotado invierno.
Margaret suspiró.
—Sí —dijo, sin mirar de lleno a la señora Startclyde—. Mi padre llegó a conocerla. Me dijo que fue una mujer bella, afable, dada a las sonrisas ladinas. Yo, por supuesto, no tuve el placer de conocerla ni siquiera de vista. Creo que yo era una niña cuando murió.
—En efecto —acordó Ophelia. Asintió riendo—.
Frida fue una maravillosa esposa. Por algo mi señor esposo ha tenido tantos hijos.
—Guiñó un ojo. Margaret sonrió con las mejillas sonrosadas—.
En cuanto a mí, siempre espero estar a la altura.
Aún estoy en edad fértil para darle un décimo descendiente a mi señor esposo. Pero, ya en éstas, ¿qué me dices de ti?
—¿Yo?
Margaret no entendía. Su corazón empezó a latir casi con frenesí.
La señora Startclyde arqueó una ceja.
—Sí, querida —dijo—. Tú.
«Lo sabe», pensó Margaret, bajando la vista nerviosa. Cuando tuvo valor, la alzó de nuevo.
—¿Cómo lo...?
—¿... supe? —atajó Ophelia Startclyde—. Querida Margaret, ya le he dado tres hijos saludables a mi señor esposo.
Créeme —añadió—, después de tu segundo embarazo sabrás a qué me refiero.
En tus ojos brilla la luz de la nueva vida.
Y esto es porque la llevas dentro de ti.
Vida. —Sonrió risueña—. Supongo que tu padre no lo sabe.
—No —soltó Margaret de golpe—. Y, se lo suplico, no le diga nada a mi padre, por favor. Pronto consumaré mi compromiso con Tiberius Wolfgang.
—Querrás decir, si lo encuentran con vida.
—Sí. Tiberius está vivo, lo sé. Aunque él...
—... no es el padre —atajó de nuevo Ophelia—.
Eso también me lo supuse. Tiberius Wolfgang es un hombre muy ávido y propenso a caer fácilmente.
.. en tentaciones. Y no dudo que con gusto te haría un retoño si no fueras su prometida.
Un hijo bastardo sería una mancha imborrable para el buen nombre de las familias de ambos, según los prejuicios de la gente común.
Has de encontrar una solución pronto, o el nombre de los Treddaway será el único agraviado.
—La miró directamente a los ojos—. Me dirás quién es el padre de la criatura.
Margaret se lo dijo. Y mucho más. Las palabras manaron de sus labios como un torrente incontenible.
Le contó sobre Ben Holbrooke. El comienzo del romance que mantenían en secreto desde hace un par de años.
¿Por qué lo hizo? No sabría decirlo. Lo necesitaba con urgencia, tal vez.
Alguien que la escuchara. Margaret perdió a su madre cuando tenía seis años.
Su única confidente en asuntos femeninos era Sophie, su mejor amiga, quien, a pesar de tener veintiún años, seguía teniendo la comprensión de una niña.
—Ben insistió en que lo mantuviéramos en secreto —decía Margaret—. Yo accedí. Porque lo amaba. Aún lo hago. Planeaba decírselo aquella noche durante la velada en la residencia Wolfgang. Pero desapareció. Siempre hace lo mismo. Una y otra vez. —Sintió ganas de llorar.
La señora Startclyde puso la mano en la suya.
—Sé fuerte, Margaret —aconsejó ella, con el tono propio de una madre amorosa—. Muy pronto dejarás de estar sola en este mundo plagado de sombras. Después de toda oscuridad hay luz. Recuérdalo.
Margaret así lo hizo.
Tenía que tomar una decisión.