Un eclipse en el alma (Hechizo nocturno) 3 #2
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La noticia del ataque llegó a sus oídos dos días después de aquella trágica velada.

Era la habladuría en la fonda donde se hospedaba la noche antes de partir en barco hacia Inglaterra.

Sobre el ataque a la residencia de lord Wolfgang.

El propio anfitrión fue asesinado, decían; mientras que su hijo, Tiberius, había sido capturado o liquidado, las versiones no terminaban de ponerse de acuerdo.

Por otro lado, su amigo Julius seguía desaparecido.

«Recuerda, Ben —le había dicho Julius—, eres tú el que está vivo».

Ben temió por Margaret. Al oír sobre el suceso, su deseo inmediato fue emprender su regreso hacia la residencia Wolfgang para asegurarse de su bienestar.

Y a pie enjuto lo habría hecho si alguien no hubiera comentado que algunos de los invitados habían conseguido librarse del ataque porque habían partido poquísimo antes de que este aconteciera. Entre ellos, Margaret Treddaway.

Y Ben había partido mucho antes incluso. Ahora lo lamentaba. Pobre Julius.

Ibon, de pie en la puerta del estudio, se aclaró la voz.

—Señorito Ben —anunció después—, lo espera el Señor Raystar.

—¿Ah, sí? —dijo Ben para sí, el ceño fruncido—. ¿Qué querrá?

—No lo ha dicho. Pero puedo decirle cuáles creo que son sus intenciones.

Ben miró a Ibon y aflojó el entrecejo.

—Hazlo pasar.

El ama de llaves asintió y dejó la estancia.

«Yo también creo saber cuáles son sus intenciones. Las mismas que hace un par de años, estoy seguro».

Si no fuese por lord Wolfgang, Lester Raystar, sin duda, llevaría el mote de Casamentero . Aunque, ahora con Wolfgang muerto, quién sabía...

Por otra parte, Ben estaba al tanto de que debía contraer nupcias pronto. Había una posibilidad de que el Liberador naciera de su linaje: o eso había dicho el oráculo, cuyas palabras estaban clavadas en su corazón como puñales.

—No hablo del amor que siente el uno por el otro —le había dicho el oráculo del futuro mientras pinchaba el cristal del espejo con su dedo—.

Hablo del tiempo. Hablo del destino de los linajes Treddaway y Holbrooke.

Sabes que tu linaje es uno de los más poderosos, y tanto poder es una maldición.

El Liberador nacerá de la luz y la oscuridad.

Puede que la luz venga de tu linaje o del linaje de Margaret.

Así como la oscuridad puede que venga del linaje de Mormont.

—Holbrooke —saludó el galante señor Raystar al entrar.

—Grata sorpresa su visita, mi señor —mintió Ben, esbozando su mejor sonrisa—. Sobre todo en un momento tan difícil para mi familia y para mí... Bueno, para mí al menos.

Lester Raystar asintió solemne.

—Lamento mucho la pérdida de nuestra querida Marcia —dijo con voz apenada.

No parecía lamentarlo en absoluto—. Vine en cuanto lo supe.

Estaba tan llena de vida la última vez que la vi.

Hermosa y sonriente. Una mujer que se da cada mil años.

Si bien puede que nunca haya otra igual a ella.

Creí que llegaría a vivir su centenario.

«No —pensó Ben—. Pero al menos sobrevivió a lord Wolfgang. Por unos días».

—Llegará a los cien en nuestros corazones. —Ben forzó otra sonrisa. Pidió a Lester Raystar que tomara asiento en el sillón de cuero lustroso—. Bien, señor Raystar, ¿qué le ha traído aquí en este día tan triste y lluvioso?

Lester Raystar era un hombre alto, rostro afilado y pecoso; cabello negro entrecano y ojos muy juntos.

Había procreado siete descendientes. Cinco de ellos eran chicas jóvenes, un par en edad casadera.

Todo aquel que tenía el placer de conocer al señor Raystar descubría de inmediato que este nunca iba directo al grano. Y esta vez no fue la excepción.

—Estabas en Estocolmo —empezó Lester—, en la celebración de lord Wolfgang. Cuando supe de la noticia, oh, oré a los Primeros Seguidores para que te mantuvieran sano y salvo. Pero ahora me siento egoísta. Debí orar también por lord Wolfgang y su familia. Una desgracia, ¡una verdadera desgracia!

—Es muy lamentable la muerte de lord Ronald —concedió Ben.

Aunque, a decir verdad, no lo lamentaba tanto.

Nunca olvidaría que el patriarca de la familia Wolfgang había escogido no hacer parte en la guerra del Eclipse Rojo, donde murieron sus verdaderos primogénitos, Serge y Marlon.

Aun así, nadie querría tener al clan Wolfgang de enemigo, por lo que muchos se habían hecho la vista gorda al respecto, incluso Ben, no porque les temiera, sino porque esta familia poseía uno de los objetos mágicos más poderosos del mundo.

Y puede que algún día volvieran a necesitarlo para vencer a la oscuridad.

—El pobre Jason Greystar fue asesinado —dijo Lester, acongojado—. Oh, pobre muchacho. Lo recuerdo cuando apenas era un niño y tenía la misma edad que mi hijo, Gareth. Y su pobre hijita, oh, qué lamentable. Milla, se llama la recién nacida. Milla, como la madre del difunto Jason.

—En efecto —expresó Ben con sinceridad—. Muy lamentable. —Apenas había conocido a Jason, pero cuanto sabía le bastaba para adivinar que habría luchado en el Eclipse Rojo si hubiese estado en edad hace catorce años—. También lo es por Frida.

La hija de Wolfgang siempre se mostraba hosca con todos. Sin embargo, con Ben siempre había sido gentil, de sonrisa fácil.

—Richard ocupará el lugar de Ronald como patriarca de los Wolfgang, ¿puedes creerlo? ¡Richard! —se indignó Raystar—. Quien aún no ha dejado de llorar a su esposa, fallecida hace diez años.

—Richard es un hombre respetable y servirá muy bien al rey en nombre de su hermano —indicó en tono diplomático Ben.

«Puede que lo haga mejor»—. Para nadie es un secreto que los primogénitos también escasean para los Wolfgang.

Serge y Marlon murieron hace muchos años.

Tiberius está desaparecido. Dustin, el menor de los hijos varones de lord Ronald, se ha aventurado con Nigel Startclyde en su cacería de Fenrirs.

¿Quién más podría hacerse con el lugar vacante que ha dejado lord Ronald?

—Oh, Ben —sonrió Lester, asintiendo—, has dado en el blanco. Como siempre.

—¿Sí? —Ben no comprendía..., o tal vez sí.

—Sí. Con eso que has dicho. —En sus ojos brillaba una chispa de avidez—.

Sí, sí, lo que has dicho sobre Dustin Wolfgang.

Advierto que estás bien informado. —Raystar le mostró los dientes amarillos en una amplia sonrisa—.

Lord Wolfgang y yo pactamos el compromiso de Dustin con una de mis hijas, Mildred, la flor más bella de mi jardín.

«Y ahora quiere que yo ocupe el lugar de Dustin —se dijo Ben para sus adentros—. Nunca dudé de tus intenciones en ningún momento. Sabía que no habías venido al hogar de mi tía recién fallecida para cotillear sobre los Wolfgang». Esbozó una sonrisa que Raystar no pareció advertir.

—Dustin ha huido de su compromiso con mi bellísima Mildred —prosiguió Lester—.

Dos de mis cinco hijas ya están comprometidas y las otras dos son demasiado jóvenes.

Solo, por ahora, tengo a mi querida Mildred, quien está deseosa de contraer nupcias.

—Se detuvo como si se hubiera percatado de que había hablado de más.

—Continúe, Lester —dijo Ben, con una sonrisa cauta. «O, más bien, ve directo al grano».

—Creo que ya entiendes lo que te trato de decir. —El señor Raystar se tensó de hombros. Sonrió de nuevo—. Desposarte con mi hija, mi querida Mildred. Un matrimonio entre los Holbrooke y los Raystar no caería mal en estos tiempos oscuros.

«Los verdaderos tiempos oscuros no han llegado», pensó Ben. De pronto, tras un destello blanquecino en el fondo de su subconsciente, emergió el rostro de Orah en una trémula nube blanca. «En algunas décadas el Mal Más Oscuro será liberado», le dijo el oráculo.

Ben sabía de qué hablaba. Entendía lo que trataba de decirle.

—El cuerpo de mi tía aún está frío, señor Raystar.

—En realidad estaba mucho más que eso: ahora descansaba en el mausoleo de la familia Holbrooke.

Allí hacía frío—. No tengo cabeza para pensar en matrimonio.

No de momento. No es posible. Además, usted le debe su palabra a lord Wolfgang.

La palabra de que su hija Mildred y Dustin unirían sus vidas y, así, a las dos familias.

—Pero Dustin ha huido. —Lester parecía desesperado. Se irguió de repente.

—Eso no lo libera de su palabra, señor Raystar. —Ben no apartó sus ojos de los de Lester—. Si no es con Dustin, será con Tiberius.

—Tiberius puede estar tanto cautivo como muerto, Ben. Y, de cualquier forma, ya está comprometido con la hija de Treddaway.

«Margaret». Ben no lo podía creer. Hizo un tremendo esfuerzo por mantenerse impasible.

—Piénsalo, Ben —dijo Lester Raystar, poniéndose en pie—. Preserva el linaje.

Una vez el señor Raystar se marchó, Ben recorrió en silencio la residencia que Marcia heredó de su esposo poco antes de que los hijos de su fallecido hermano quedaran a su cuidado.

Había fantasmas en cada rincón. El eco de risas infantiles resonaba en los pasillos con regocijo.

Hace mucho tiempo, dos pequeños solían jugar en esos pasillos; Marcia los llamaba Benny y Philly.

Estos llenaron de risas sus salones, ahora fríos y silentes como una noche invernal.

«Todos se han ido».

Ben nunca se había sentido tan solo. Sus padres habían muerto a manos de Cletus II Mormont una década antes de los acontecimientos del Eclipse Rojo. Por entonces, Phil y él tenían siete años.

Ora tenía razón, meditó Ben mientras miraba la lluvia a través del ventanal.

Tanto poder era una maldición, una que su familia había pagado caro.

Y todavía pagaba. En el mundo solo quedaba un Holbrooke, y no el mejor de todos.

Ben hubiera muerto de buena gana en lugar de su hermano Phil.

Pero el destino se empeñaba en mantenerlo con vida; vivo y solo.

Margaret se casaría con Tiberius. Había perdido su oportunidad. Lo tenía merecido. Y, aun así, esto lo atormentaba.

—Está bien, Lester —había respondido al señor Raystar aquella tarde—. Lo haré. Me casaré con su hija.