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DE TIERRAS REMOTAS
—Encontré algo —dijo Rupert. Su voz cortó el silencio que hasta ese momento regía en la biblioteca—. Aquí. Ven.
William Oakwater, que hasta ese instante había estado inmerso en su propia lectura (manuscritos antiguos prestados por el pueblo hadúno del Reino de Escarcha, que pronto tendría que devolver), alzó la cabeza, plegando el ceño, y se acercó a su amigo.
Era justo en estas ocasiones que daba gracias a los Primeros por tener a un compañero de investigaciones, y más que fuese Rupert Atwood, a quien no hubiese conocido si, diez años antes, no hubiera sido atraído por el encanto mágico que desprendía River Town.
En River Town también había conocido a su esposa Marie.
Y nacieron sus tres hijos. Era un lugar encantador, un sitio donde pululaban las risas, las personas eran amables y el aire siempre era fresco, incluso en los crudos inviernos (aunque en esto puede que exagere un poco).
Se trataba de una villa en crecimiento. Quizá algún día fuera una gran metrópoli como Nueva York o Boston, de las que solo había oído; o Edimburgo, donde solía vivir antes de cruzar el Atlántico.
Will tenía esto en mente cuando decidió fundar la primera biblioteca pública del pueblo.
La biblioteca, precisamente, era donde pasaba la mayor parte de su tiempo, rodeado por todos aquellos libros. Pero no estaba solo.
—Lee esto —indicó Rupert, punteando con el dedo la página del libro abierto que tenía frente a él.
Will se inclinó hacia adelante, leyendo el escrito.
El volumen era grueso y tenía una cubierta de cuero negro envejecido.
Los libros enormes y antiguos eran los favoritos de Will; en estos siempre había algo más por descubrir, si leías entre líneas.
Puede que las hojas estuvieran un poco quebradizas y amarillentas, sí, pero el escrito (lo más importante) se conservaba intacto.
—Aquí, Will —insistió Rupert, con el dedo índice.
Will leyó; era un extracto hecho por uno de los prosélitos de los Primeros Seguidores.
Estaba escrito en la lengua que los Primeros erigieron para la conjugación de hechizos y encantamientos, la cual Will dominaba muy bien.
« La tierra mística, bendecida por luz del alba y besada por la noche en su punto más oscuro, cerca del primer destello, epicentro del mítico encuentro entre las fuerzas más poderosas de nuestro universo: luz y oscuridad.
Como un río que cae en picada desde el filo de un precipicio, y se extiende por el mundo, dejando una larga estela detrás. .. »
Will echó un vistazo a su amigo, que esbozaba una amplia sonrisa.
«Tierra mística», pensó, y volvió la vista a la página.
El sitio donde se encontraron por primera vez la luz y la oscuridad en el mundo, donde la magia tuvo su origen, y donde era más fuerte.
Un mito. Una leyenda. William y Rupert creían en su existencia.
Su búsqueda, de hecho, los había atraído hasta esa pequeña villa en la que se habían asentado familias mágicas desde hace siglos (si bien los primeros seguidores de la luz no llegaron a ella hasta hace unos ochenta años o así), todos ellos cautivados por una misteriosa e inusual fuerza mágica, según afirmaban seguidores de la luz e hijos del bosque por igual. Will y Rupert incluidos.
—Puede ser aquí —dijo Will.
Rupert frunció el ceño, pensativo.
—Lo mismo pensé yo —repuso—. River Town fue colonizada sobre tierra mística. Puede que este sea el lugar descrito en el libro Luces del Horizonte , el lugar donde la luz y la oscuridad se encontraron. Mirándolo bien, este extracto parece una versión más amplia de cierto pasaje de aquel libro.
—Tal vez el prosélito que lo escribió lo haya tomado como inspiración —sugirió Will, asimismo pensativo.
—O al contrario —dijo Rupert—. Este volumen fue escrito doscientos años antes que Luces del Horizonte .
Mira, aquí lo dice. —Pasó las páginas con cuidado hasta el lugar que marcaba la fecha de edición, y estaba en lo cierto—.
Y, hasta donde sabemos, ninguno de los prosélitos que escribieron ambos libros pisó alguna vez este continente o siquiera el país.
—El pueblo del río —dijo Will, para sí—. Ese es literalmente el nombre de esta villa. Pero el río más cercano es el Flint, y queda a muchos kilómetros de aquí.
—Quizá hubo uno siglos atrás. Y desapareció.
Quizá, asintió Will. Sabía que en el mundo los ríos se evaporaban sin dejar rastro, producto de alguna alteración del ciclo del agua.
Sin embargo, aunque hace unos siglos hubiese habido un río que cruzara el corazón de la villa (o incluso que esta se hubiera erigido a propósito sobre el sitio en el que hubo uno), no probaba que este punto en el mundo hubiese sido el lugar místico del que cuentan las leyendas del Mundo Mágico.
Al cabo, Will se fijó, Rupert también llegó a esta conclusión por sí solo. Su rostro lo traslució.
Rupert provenía de Azur, uno de los nueve reinos que conformaban el Reino de Escarcha.
Sin embargo, Rupert había preferido vivir entre los Seguidores, los Hijos del Bosque y la gente común, que en su pueblo, en una tierra lejana donde no había infelicidad.
No era que los despreciara, o eso afirmaba Rupert; simplemente tenía una perspectiva diferente a la de los de su clase.
De modo que le pidió a su majestad, el Rey Madon VII de Azur, su beneplácito para vivir fuera del Reino de Escarcha e investigar sobre el origen de la magia y proveer de estos conocimientos a la Gran Biblioteca que había en su reino.
Rupert era un hadúno bajito, regordete, sobremanera pálido, y de mejillas sonrosadas.
Su cabello, tal como el de los seres hadúnos, tenía un color fuera de lo común en el mundo de los humanos.
Así pues, a fin de encajar (y no llamar la atención), se valió de un filtro mágico para cambiar el color verde musgo por el negro carbón que resaltaba casi con estridencia su tez pálida.
Llevaba anteojos. Y su preciado reloj de oro metido en el fondillo delantero de su chaleco.
—¿Crees que debamos compartir esta información? —le preguntó Will a Rupert.
—No. —Rupert cogió una de las galletas de mantequilla que había en un platillo a un lado del volumen—.
Al menos no hasta que podamos aclarar nuestras sospechas.
Además —dijo, masticando—, no podemos confiar esta información, aun tratándose solo de meras suposiciones, abiertamente.
Podría llegar a oídos de los servidores de la oscuridad.
—Tienes razón —reconoció Will, que seguía ojeando las páginas del libro negro—. Había pensado enviar una carta con todo nuestro posible descubrimiento a Cambridge. Pero, como dices, supondría un gran riesgo.
—¿Cambridge, Inglaterra? —Rupert, visiblemente confundido, bajó la galleta mordida—. ¿Por qué?
—Sí —dijo Will, con una sonrisa espontánea—. Allí tengo un viejo amigo. Sé que le encantaría este lugar.
La tía Marcia llevaba cinco días muerta.
—¿Cómo fue? —preguntó Ben—. ¿Sufrió?
—No sufrió —afirmó Ibon, la regordeta ama de llaves—.
Los últimos días estuvo llena de vida, alegre y fuerte, ¡ya conocía a su tía, señorito Ben!
No paraba de hacer guasas con las demás criadas.
Parecía que viviría otros diez años o más.
—Suspiró con un aire entrecortado—. Mantuvo su vigor hasta el último aliento.
La encontramos tendida plácidamente en su cama con una sonrisa en los labios.
Como si durmiera y tuviese un buen sueño.
«Sí, estoy seguro», pensó Ben. La tía Marcia ya era vieja, además de viuda, cuando Ben y su hermano mellizo, Philip, quedaron a su cuidado tras la muerte de sus padres, Alfred y Elein Holbrooke.
—Benny, no olvides decirle al viejo Wolfgang que su anciana amiga, Marcia Holbrooke, sigue con vida —le había dicho a Ben antes de que éste partiera a Suecia—; dile que espero verlo de nuevo.
Ben prometió que no lo olvidaría. Y, en efecto, no lo hizo.
Tras esto, Marcia lo besó en la mejilla y Ben partió tranquilo, esperando que ella siguiera con vida a su regreso.
Recordar aquello lo entristeció mucho. Y pensar que solo fueron unas pocas semanas.
Desde la muerte de su hermano, Ben se había dedicado a cuidar de su tía Marcia.
Después de todo, Ben y ella eran los únicos Holbrooke que quedaban vivos de la estirpe de Rokar.
Al menos tenía el consuelo de haber cumplido la última voluntad de su tía.
La otra noche, en la mansión Wolfgang, tras ver a Margaret bailando con Tiberius, había decidido abandonar la celebración antes de que pudiera cometer una locura (como declarar su amor por la joven Treddaway a voz en grito desde el centro del salón).
Además, no soportaba la música, las risas ni el repiqueteo de los zapatos al bailar.
Solo había concurrido al baile para complacer los deseos de su tía, quien tanto le insistió en que asistiera.
Pero no podía irse sin despedirse del anfitrión y darle el mensaje de Marcia.
Lord Wolfgang soltó una estridente carcajada cuando Ben citó las palabras de su tía.
—Tu tía, estimado Ben —había dicho Wolfgang entre risas—, me sobrevivirá a mí y a mis hijos, ya verás.
Y cuánta razón tenía.