Un eclipse en el alma (Hechizo nocturno) 2 #4
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Tiberius, que no era en realidad el primogénito de lord Wolfgang —Serge y Marlon, sus hermanos mayores, murieron en la Guerra del Eclipse Rojo, a la cual su padre les prohibió hacer parte—, dominó el impulso de salir huyendo en cuanto su señor padre puso sus beodos ojos en él.

—¡Tiberius, mi hijo! —vociferó lord Wolfgang, alegre.

—Señores. —Tiberius hizo una reverencia a los acompañantes de su padre—. ¿Con quién tiene el honor mi padre de compartir el vino?

—Philip Blackfell —dijo el caballero alto y panzón, con una maraña de pelo rojizo creciéndole en las patillas—. Espero que tu padre me haya mencionado alguna vez.

—Por supuesto, señor Blackfell —sonrió Tiberius—. Mi padre no para de hablar de la excelente cosecha que ha prosperado en su viña... Bueno, tampoco ha parado de beberla, como ve.

Los señores y su padre carcajearon.

—¿Y usted, señor...? —Tiberius se dirigió al otro hombre. Era más bajo que Blackfell, pero igual de panzón, con ojos azul cielo y el cabello y la barba blancos como la nieve.

—Elijah Witheford —contestó el hombre.

Por suerte, pensó Tiberius, el señor Witheford no le preguntó si su padre había hablado de él. En tal caso, no lo recordaba. Tiberius asintió, afable.

—Tu padre no ha dejado de mencionar tu compromiso con la hija de Treddaway —comentó Philip Blackfell antes de darle un sorbo a la copa—.

La verdad es que no me sorprende. A tu padre le encanta hacer el trabajo de casamentero.

Yo le ofrecí la mano de mi Rose para tu hermano Dustin, pero ya era tarde.

Lord Ronald ya lo había comprometido con una Raystar.

Tiberius sabía que su hermano menor, Dustin, se había unido a Nigel Startclyde en su cacería de Fenrirs para evadir su compromiso, algo que su padre quería mantener en secreto.

—Je, je, je, también ofreció a su Rose para casarla contigo —dijo Lord Wolfgang—. Pero, je, je, je… ya había pescado a un pez más grande para mi primogénito.

«¡Y ahí va de nuevo con lo de primogénito!»

Lothie, su hermana menor —tenía nueve años—, pasó corriendo acompañada por un par de niños de su edad.

Pobre. Tiberius no podía evitar especular que con cada año que pasaba su pequeña hermana estaba más cerca de sellar su compromiso con el menor de los hijos del señor Weethaker.

Aunque nadie podía subestimar el criterio de lord Wolfgang el Casamentero, dado que, de pronto, podría cambiar al chico Weethaker por un Raystar, un Greystar o un Longstar.

Sin descartar a los hijos del señor Blackfell o de Witheford.

—Hace un momento vi a otros dos caballeros con ustedes —comentó Tiberius—. ¿Adónde fueron? ¿Quiénes eran, padre?

—Emisarios de lord Hornwood —contestó, en cambio, Elijah Witheford—. Traían una disculpa en nombre de su señor. Lord Hornwood no pudo venir por... asuntos más apremiantes. O eso dijo uno de sus enviados.

—Hornwood nunca ha asistido a nuestros bailes, padre —meditó Tiberius en voz alta—. Esta sería la primera vez que envía a alguien a disculparse en su nombre. —Llevó la mirada hacia su prometida, allí donde la había dejado.

«Lo busca —pensó al ver la mirada perdida de Margaret—; lo busca a él, no a mí». Por supuesto. No debería sorprenderle.

—No deberías dejar a tu prometida sola en ningún momento —le advirtió el señor Blackfell—. En las sombras hay hombres dispuestos a caer sobre esa hermosa flor.

Lord Wolfgang, embriagado del vino Blackfell, no paraba de reírse de cualquier comentario que llegaba a sus oídos; de pronto, tanto ruido turbó a Tiberius.

«Tiene razón; no debería dejarla sola», pensó.

En el salón reverberaban la cháchara, las risas y el melodioso sonido de la música de los instrumentos.

Margaret seguía allí. Tiberius sopesó la posibilidad de que estuviera esperando su regreso.

Pero ¿acaso esto era tan improbable como el amor que éste llegaría a sentir hacia la hija de lord John Treddaway en algún momento?

Él estaba enamorado de alguien más. «Un amor prohibido ante los hombres y los seguidores», se dijo. Ocultó su desdicha tras una sonrisa.

—Tu padre sabe cómo honrar cada año el nombre del rey Charles —expresó Jason Greystar, su cuñado, con una copa de vino en la mano.

La cual no era la primera, a tenor de su evidente embriaguez—.

La voz de aquella mujer desgarra el corazón de todos al cantar sobre su difunto amigo «Jacobo el Triste».

Pero —agregó—, yo prefiero la música más alegre.

Basta de lamentos. Lástima que mi querida esposa esté en cinta.

Si no, bailaríamos toda la noche hasta el amanecer.

—Sí, lástima —murmuró para sí Tiberius.

—Pero, ¡¿qué cosas digo?! —exclamó Jason con un repentino golpe de alegría.

Allí reconfirmó que su cuñado estaba a la par que su padre: con media cuba de vino Blackfell en el estómago—.

Pronto sabrás lo que es estar en la dulce espera.

Y lo vas a disfrutar mucho. Los senos de tu hermana se han vuelto dos grandes. ..

—Ah, se me ha acabado el vino —interrumpió Tiberius, volviendo la copa hacia abajo—. Ya vuelvo.

«Si sigo bebiendo así, terminaré achispado como mi padre y... Jason.»

Ya pasada la medianoche, el salón fue cubierto por un aire gélido.

Tiberius no concebía de dónde podía proceder, dado que la estancia principal estaba en el corazón de la mansión, sin ventanas a la vista.

No obstante, a nadie parecía importarle aquello.

Tenía frío, así como todos los que no estaban en el centro del salón de baile trajinando al son de la música.

«Debería buscar a...»

—Tiberius —dijo una voz femenina a su espalda; una voz seductora y levemente divertida.

—Sienna. —Tiberius la reconoció al instante. Se volvió hacia ella y le dedicó una sonrisa desconcertada—. ¿Qué haces aquí?

—Soy una Reedstter, por si lo has olvidado. —Ella se inclinó y lo besó en una de las comisuras de la boca.

—No, claro que no lo he olvidado.

—Menos mal. Porque fácilmente podría suponer que tu compromiso con Margaret Treddaway te ha nublado la memoria.

—Sienna levantó la ceja—. Sí. Lo sé. Froy también lo sabe.

Y ahora vamos a tener que compartir a nuestro amante con una tercera.

.. —Suspiró—. ¿Qué nos va a quedar de nuestro hermoso Tiberius? ¿Sobras, quizá?

Sienna era una belleza seductora de largos bucles negros que caían a su espalda, brillantes como la noche.

Sus labios eran flores carnosas, rosados, apetecibles.

Era casi tan alta como Tiberius; esbelta, con senos redondos y espléndidos.

Pero ¿quién vería aquellos senos si su mirada proporcionaba un mayor deleite?

Ojos camaleónicos: a veces azul claro, a veces castaño oscuro con vetas azules, o azul verdoso; y una vez, mientras la poseía, le pareció verlos púrpura.

—No tienes de qué preocuparte. Lo sabes. Solo cumpliré con mi deber cuando este lo requiera. De resto, seré de ustedes —afirmó en voz baja. Ladeó la cabeza, el entrecejo fruncido—. Froy... ¿Él te acompaña?

Sienna Reedstter amplió una sonrisa.

—Mi pobre hermano tiene roto el corazón —dijo, con un tono de inocencia infantil—. ¿Cuándo fue la última vez que visitaste sus aposentos, Tiberius? Yo tampoco recuerdo la última vez que me hiciste tuya. —Sienna dejó de mirarlo—. ¿Acaso ahora prefieres a la joven Treddaway?

—¿Qué? —«Nunca», pero se tragó la palabra—. ¿Tal vez sea lo mejor para mí apartarme de ustedes? Estoy comprometido.

—Escuché por ahí que Margaret ya no es una joven pura —murmuró Sienna—. Que le entregó su virtud al grandioso Ben Holbrooke. Tiene suerte. A veces, cuando me toco, pienso en Ben. Mi hermano también...

Tiberius la tomó furioso por la muñeca; le hizo volver la mirada hacia él. El regodeo aclaraba los particulares ojos de Sienna; ella lo miraba y le sonreía, mientras él la fulminaba con sus ojos verdes.

—Tú tampoco eres pura, ¿o lo has olvidado?

—No —sonrió ella—. ¿Y tú? —Sienna le puso la mano en la entrepierna y le acarició por encima de los calzones.

Por suerte estaban lejos del resto de los invitados, suspiró Tiberius, aunque nervioso. Con un veloz ademán con la mano, apartó el imprudente roce de la palma de Sienna Reedstter antes de que fuera demasiado tarde.

—Esto no es un juego, Sienna —dijo, rabioso.

—¿Quién está jugando, Tibe?

Se escuchó un estallido. La música dejó de sonar. Una ráfaga de viento hendió de repente, fría, dando muerte a la tenue llama de las velas en los altos candelabros y en los entornos del salón donde se realizaba el baile. Todo quedó a oscuras. Se escucharon gritos agudos propagándose en la negrura.

—¿Sienna? —murmuró.

No tuvo respuesta; ella se había ido de su lado.

Entonces percibió el olor característico de los servidores de la oscuridad.

Hollín. Tiberius salió de su resguardo y caminó hacia el centro del salón, donde aún estaban aglomerados los invitados que fueron interrumpidos a mitad de la danza por el abrupto estallido.

Debía encontrarlo, pensó Tiberius. Debía encontrar a su padre.

Una mano en su hombro detuvo su marcha.

—¡Tiberius! ¡¿Eres tú?! —preguntaron a su espalda.

Tiberius se volvió y encontró a Jason en medio de la oscuridad gracias al destello de luz repentina.

—¿La has visto? —le preguntó su cuñado—. ¿Has visto a Frida?

El aire se hacía más denso. Más allá, se oyó un grito estridente que resonó fuerte en la estancia.

La voz de Frida. Jason estaba a punto de reaccionar cuando Tiberius vio cómo abría la boca y luego la cerraba profiriendo un gruñido quedo.

Acto seguido, se llevó la mano al corazón donde le había brotado la hoja de una espada.

—Frida... —murmuró Jason antes de expirar.

Estalló el caos. La estancia se volvió un desconcierto: todos corrían por doquier, intentando huir.

Tratando de salvar sus vidas de la oscuridad.

Gritos, llantos, pisadas. Tiberius, aturdido, continuó buscando a su familia: su padre, sus hermanas Frida y Lothie.

Y a Margaret. Escuchó un crujido. Miró a través de las sombras cómo la barandilla de uno de los palcos se desplomaba al piso inferior, aplastando a dos mujeres y a un hombre.

Los hombres sombras se abalanzaron desde el palco contrario como una lluvia de ceniza oscura, y atacaron a diestra y siniestra.

Tiberius empezó a andar en medio de la agitada multitud.

«Están sobre nosotros», pensó, y luego tropezó con un bulto. Trastabilló y el suelo ascendió duramente hasta su barbilla... No era un bulto, se fijó. Era su padre. A su alrededor crecía un charco de sangre que parecía brea en la oscuridad. Vio su propio reflejo en ella mientras se levantaba.

—No —farfulló. «Es una pesadilla —dijo para sus adentros—. ¡Despierta! ¡DESPIERTA!»

Mientras los seguidores de la luz que había entre los invitados combatían contra los hombres sombras en las penumbras, Tiberius se incorporó.

Destellos nacían de sus armas, admiró; las dagas dejaban estelas de luz a su paso cortante.

Continuaban los gritos agudos en medio del caos.

Un seguidor de la luz perdió la cabeza a manos de su adversario.

«Debo salir», pensó Tiberius. Pero seguía allí, inmóvil.

Bajo sus pies, su padre muerto sangraba.

Todo se volvía más difuso, olía a sangre, a hollín.

Perdición. Debía salir. La oscuridad los superaba.

Vio a las sombras sin origen saltando sobre uno y otro humano inocente, hundiendo sus dagas, impartiendo muerte por doquier. Tiberius no tenía arma con que defenderse; solo le quedaba huir, huir sin mirar atrás.

Inspiró hondo.

Cuando sus piernas atendieron a sus deseos, se volvió para salir huyendo. Pero un rostro negro se interpuso en su camino y le puso una hoja fría y afilada en el cuello.

—¿A dónde crees que vas? —dijo el desconocido con voz áspera.

Tiberius abrió la boca para responder, pero el roce de la daga lo obligó a contener sus palabras.