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Poniendo su mano a la altura de la espalda de Margaret, Tiberius la atrajo hacia él, y empezaron a danzar. Él se movía ágilmente; la llevaba de aquí a allá, y luego remataba con un giro. Margaret estaba fascinada por la destreza de su futuro esposo para el baile de salón. Sonreía con dicha.
—¿Te ha parecido divertido? —preguntó él.
—Sí... Digo, no.
Supuso que sus mejillas debieron adquirir un tono rosa semejante al de su vestido.
Tiberius levantó una ceja, con audacia, y comenzó a pasearla por toda la estancia.
Margaret ya no temía toparse con alguno de los presentes en medio del salón de baile, pues ellos, se fijó con el rabillo del ojo, habían abierto un espacio para admirar al hijo de Ronald Wolfgang y a la única hija de John Peter Treddaway danzar de aquí a allá, entregados el uno al otro.
De pronto, Margaret se sintió como en un sueño.
«Ben», dijo en su interior al llevar la mirada hacia ese lugar en el palco donde Ben la había dejado.
Y allí estaba él, mirándola fijamente, y después a Tiberius, de forma intermitente.
Pero su compañero de baile no le prestaba atención, solo la veía a ella; a ella y a nadie más.
«Eres tú, Ben —pensó Margaret—. Imagino que Tiberius eres tú, y que todo esto es una muestra de nuestro amor».
Apenas podía contener el deseo de estar de nuevo en sus brazos.
Irrumpió un solo de violín. Después se unió un chelo, un piano y hasta un arpa.
De pronto, el salón se había colmado de nuevo, y todos danzaban aquella música que solazaba cada rincón de la residencia Wolfgang.
Margaret, por un momento, se olvidó de su compromiso, de su padre, de sus hermanos, Tiberius, Ben y. .. del hijo que esperaba.
No, de aquello no.
«Debí decírselo», pensó ella una vez más. Sobre su compromiso con Tiberius. Sobre la criatura.
Una mujer alta, delgada, de cara lúgubre y cabellos cenicientos, unió su voz a los instrumentos musicales para cantar otra vez la melancólica melodía de Jacobo el Triste a petición de lord Wolfgang. Margaret y Tiberius dejaron el centro del salón en ese momento.
—Mi padre adora la canción de Jacobo el Triste —le dijo él en voz baja. Luego se le acercó al oído; su respiración le hizo cosquillas a Margaret en el cuello, tras la oreja; ella sonrió al tiempo que él susurraba—: Si bien mi padre prefiere llamar a Jacobo el Cobarde o el Afligido.
—El miedo a la muerte es el más común de los hombres —dijo Margaret—. ¿O acaso el primogénito de lord Wolfgang no tiene miedo a morir?
Margaret vio las perlas de sudor corriendo por el semblante de Tiberius.
—Hay cosas peores que la muerte.
—¿Cuáles? —preguntó ella.
—La oscuridad. —La voz de Tiberius se oyó sombría.
Margaret sintió más frío del que había tenido en toda la noche.
.. ¿O era miedo? Pero no quería demostrarlo.
Sonrió, aunque nerviosamente. Tiberius le correspondió con una de sus amplias sonrisas de dientes blancos.
Ella alzó la mirada. Ben seguía allí observándola.
Advirtió que junto a él estaba Julius Startclyde, pero éste se empezaba a alejar de Ben, desconcertado, como si buscara algo en el salón de baile.
Margaret no le siguió prestando atención.
Se volvió cuando escuchó la voz de su prometido.
—Si me disculpas, debo ir con mi padre —le dijo Tiberius antes de dirigirse hacia lord Wolfgang.
«Es tiempo —pensó Margaret, decidida—. Debo decirle». Pero cuando levantó la vista hacia el palco, con la esperanza aflorándole en el pecho, Ben ya no estaba, había desaparecido...
«Otra vez».
El dolor llegó tan pronto abrió los ojos.
Contrajo la cara en una mueca y maldijo con los labios cerrados.
Le palpitaba la cabeza y sentía molestia en la parte de atrás del cuello, donde recibió la fuerte arremetida con un objeto sólido.
Tenía la vista difusa y quería vomitar. Su entorno estaba borroso, colmado de sombras.
¿Cuánto tiempo habría estado inconsciente?
«¿Dónde estoy?»
Soltó otra mueca de dolor. Las cadenas chasquearon cuando intentó mover las manos.
Alguien lo había encadenado a una pared.
«¿Quién?». Los grilletes de hierro, tan fríos como el beso de la muerte, le mordían la carne.
Tenía un horrible sabor metálico en la boca.
Sangre, quizá. Había dos antorchas llameando a cada lado del. .. ¿Calabozo?
Julius había escuchado que bajo la residencia Wolfgang había mazmorras, antiguas cámaras de tortura.
.. y calabozos. Desde el siglo XV hasta el XVII, los Wolfgang habían traído a este lugar a sus enemigos y cautivos nigromantes para sacarles información a punta de torturas.
Al menos eso se rumoreaba. Esto había cambiado cuando la familia empezó a codearse con la realeza.
Muy, muy lejos se alcanzaba a oír la música.
«Sí», pensó. Seguía en la residencia Wolfgang, en el apogeo de la celebración.
«Alguien notará mi ausencia —quiso convencerse—. Ben».
Su amigo era su única esperanza..., solo si éste dejaba de pensar por una vez en su amada Margaret Treddaway.
Sin embargo, tan repentino como una muerte súbita, sus esperanzas se vinieron abajo en cuanto su visión empezó a abrirse paso a través de las penumbras que preñaban su celda.
De momento sabía dónde estaba, sí, y que no había pasado mucho tiempo inconsciente. Solo faltaba...
—Julius Startclyde. —La voz vino de la oscuridad—. Tercer descendiente de Nestor Startclyde. Guerrero de valiente corazón.
De las sombras emergió Eneas Mormont.
Julius tiritó. Era frío, no miedo.
—¿Q-q-qué haces aquí?
—Vine a celebrar el nombre de nuestro buen rey Charles XIII de Suecia —dijo, sonriendo—. ¡Larga vida al Rey!
Dos carcajadas, bastante secas, se unieron a la de Eneas; Julius no pudo ver de dónde provenían.
—No tengas miedo —siguió el nigromante—. Pronto acabará. Pronto te unirás a la oscuridad del infierno. Y con ella. Con mi hermana. Casandra Mormont. ¿La recuerdas? ¿Recuerdas cómo la mataste?
—Sí.
Julius soltó una risa burlona. Eneas mudó de expresión, se acercó a Julius con decisión y le estampó un golpe en el rostro, con tanta fuerza que le entumeció la parte inferior de la cara y comenzó a sangrar por las comisuras de la boca.
Los dientes le entrechocaron. Su cabeza pegó contra la pared de roca, que vibró, pero ni aun así Julius paró de reír.
—Casandra —dijo, recobrando el movimiento de su mandíbula—.
Maté a esa zorra. Claro que lo recuerdo.
Sí que lo recuerdo. Hundí mi Sohorogrys en su puto cráneo.
Justo en la frente. Vi cómo sus ojos perdían la vida y su cuerpo se agrietaba como papel quemado.
No derramé una sola gota de sangre. Una pena.
Debí cortarle la cabeza por el cuello y dejar que la sangre Mormont se vertiera sobre los cadáveres de los de su clase.
Eneas le asestó otro golpe.
La cabeza de Julius dio vueltas. Tenía frío. El dolor se esfumó tan pronto recibió uno, otro y otro golpe en la cara, en las costillas; el último, en el estómago. Este le quitó el aliento. Tosió y luchó por recuperar el aire perdido. De pronto, recordó a su hermano Simon.
Casandra quería matarlo durante la pelea, mientras el eclipse sangriento estaba en su punto más alto.
Lo estaba estrangulando. Julius vio el brillo rojo del eclipse centellear en los ojos de Casandra cuando él vino de frente, con su Sohorogrys , y hundió la hoja en su entrecejo.
Incluso muerta, sus ojos permanecieron abiertos, y el brillo rojo no desapareció de ellos hasta que el eclipse llegó a su fin.
—Yett, libera a nuestro buen amigo Julius —ordenó Eneas.
Un hombre bajo y corpulento surgió de las sombras.
Quitó los grilletes: uno y después otro.
Julius cayó de rodillas, soltó un gemido de dolor y el siguiente lo ahogó.
«Ataca, Julius. ¡AHORA!». Pero cuando intentó ponerse de pie, sus piernas cedieron.
Lo siguió intentando. Y falló. Las uniones de sus piernas no soportaban su propio peso. Terminaba cayendo de rodillas cada vez.
«No —pensó—. De rodillas, no».
Eneas soltó una carcajada trepidante.
—Él vendrá por mí —le dijo al nigromante—. Ben Holbrooke está aquí.
—Ben se ha ido —le informó Eneas, campante—. Todos saben que Holbrooke no tolera estas veladas. Y tampoco soportaba seguir viendo a su querida Margaret con otro. Oh, el amor es el sentimiento más espantoso del mundo. Sin embargo, ha sido el amor por mi hermana lo que me ha traído aquí.
—Eres incapaz de sentir amor —escupió Julius—. Salvo por ti.
—Cierto —asintió el nigromante, sonriendo.
Eneas caminó hacia Julius. Este lo divisó mejor; seguía igual.
Casi tan corpulento como su sirviente Yett.
Una belleza mortal. Eneas tenía un rostro blanquecino como tallado en mármol, con labios finos y pestañas largas; sus ojos eran violetas, centelleantes, y su cabellera peinada hacia atrás era color granito oscuro que brillaba bajo la luz llameante de las antorchas.
Su risa era pecaminosa. Todo en él decía muerte.
Julius estaba débil, vencido. Eneas le dedicó una sonrisa satírica antes de levantar su espada de hoja larga como la Sohorogrys .
«¿Dónde está mi espada?». Pensar le dolía.
Recordar, aún más. Su vida pasó ante sus ojos como el destello de una estrella fugaz.
«Lilian —pensó, y sus ojos se llenaron de lágrimas—.
Nigel. ¿Adónde irá a parar el pequeño?» Sopesó la posibilidad de que Lilian lo acogiera incluso si él no estaba.
Pero ¿cómo iba a aceptar a un niño que fue despreciado por su propio padre?
—Oh, Julius —dijo Eneas, colocando la punta de su espada en el semblante de Julius, donde manó una perla de sangre—. ¿Tienes miedo de morir? —preguntó.
Julius levantó sus ojos ambarinos hacia Eneas; lo miró fijamente para que no quedara duda de su respuesta.