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Allí seguían los tres hombres... el tercero era un nigromante, comprendió Julius tras un segundo vistazo.
Parecían discutir bajo la penumbra que la pila de toneles del vino Blackfell vertía sobre ellos.
La canción de Jacobo el Triste culminaba en suicidio.
Julius pensó que tal vez estaba a punto de cometer uno.
En una ocasión, su hermano Nigel le dijo que para vencer sus miedos antes había que enfrentarse a ellos, y Julius tanteó la posibilidad de que Jacobo había escuchado aquellas mismas palabras, quizá de su propio hermano.
«Acabó con su vida para enfrentar su temor a la muerte».
Se alejó del palco enfilando las escaleras. La luz, desde aquel ángulo, le dio de lleno en el rostro al nigromante. Apenas contuvo su asombro cuando consiguió reconocerlo. Se había prometido que jamás olvidaría ese rostro. Era él .
«Eneas Mormont», pensó agitado. ¿Qué hacía el hijo de Helio Mormont en aquella velada?
¿Y cómo era posible que ningún otro Seguidor de la Luz en el salón lo notara?
Tuvo la idea de que podría tratarse de un ataque sorpresa de Mormont.
Allí, con sus enemigos desprevenidos. «Todos están en peligro —pensó Julius, alarmado—. Y, en éstas, ¿quién lo dejó entrar?»
Entonces decidió que haría algo al respecto.
Con sigilo, raudo, se adentró en el salón, sorteando a los invitados que atestaban el espacio.
La música volvía a ser divertida. A pesar del frío, todos se animaban a danzar por el recinto de aquí a allá.
Quizá para calentar sus cuerpos al compás de esta música, supuso Julius.
Hizo un esfuerzo especial por evitar que Holbrooke lo viera desde el palco donde se habían encontrado hace un instante.
Puso su atención en localizar a Eneas y a sus acompañantes subordinados.
Pero se habían esfumado. O eso parecía. Al final vio las sombras de los tres atravesando el oscuro umbral de uno de los pasillos del costado.
Julius avanzó.
Echó un vistazo sobre el hombro para asegurarse de que nadie lo estuviera viendo, o siguiendo, en cualquier caso.
Pero no. Entró por un pasillo frío y poco iluminado.
Lejos se escuchaban pasos. Julius apuró la marcha, cauteloso.
Cada paso suyo hacía titilar las luces a su alrededor, a medida que se alejaba del baile.
El corazón le retumbaba en el pecho, frenético.
Le gustaba cuando la excitación hacía reverberar la sangre en sus venas.
De la parte trasera de su pantalón, oculta por el gabán, Julius extrajo su arma.
Esta tenía la empuñadura de bronce oscuro, tallada minuciosamente por un gnomo que pereció hace trescientos años, o eso contaban.
«Su última obra». El mandoble se llamaba Sohorogrys , nombre dado por el primer Startclyde en poseerla.
La hoja, en ese momento, tenía un tamaño reducido para mantenerla bien resguardada.
Al pronunciar su nombre, esta cobraría vida con un brillo blanco igual a las nuxus, y su hoja de hierro crecería filosa, dejando una estela de luz a su paso cortante.
Julius siguió avanzando por el pasillo, empuñando la Sohorogrys , alcanzando a oír el sonido de las pisadas delante de él y... ¿Tras de él? Se detuvo en seco.
Se volvió de golpe y lanzó un tajo de Sohorogrys . Lo siguiente que vio fue una nube de hollín negro que caía al suelo. Hombres sombras, dedujo. Estaban a su alrededor. Mormont sabía que los estaba siguiendo. Así y todo, eso no detuvo a Julius...; lo hizo el fuerte estacazo que recibió en la nuca.
—Parece que te han dejado sola.
Margaret se volvió.
—Nunca estuve realmente acompañada —dijo.
—Esa es una verdadera lástima —afirmó Tiberius Wolfgang—. Pero me pareció haberla visto hace un instante con Ben Holbrooke. Los Holbrooke son los seres de la luz más extraños que existen, o eso dice mi señor padre.
«Oh, no querrías escuchar lo que mi padre opina sobre lord Wolfgang». Margaret sonrió.
—Y supongo que compartes la opinión de tu padre.
—No he conocido a muchos Holbrooke. —Tiberius esbozó una sonrisa torcida y encogió los hombros—. Pero no pongo en duda la valentía del señor Ben. Todos sabemos su gran hazaña de hace ya catorce años. El Eclipse Rojo. Es una lástima no haber estado allí.
—Supongo que entonces estabas atendiendo asuntos mucho más importantes. —Margaret levantó una ceja.
Tiberius asintió.
—Sí —murmuró él con una seriedad repentina—. Pero no fue eso lo que me trajo hasta ti. —Los ojos verdes de Tiberius la observaban con una fijeza inquietante. Brillaban—. Confío en que tu padre te ha dicho la buena nueva.
«Sí, claro que sí». El tono, en la voz de su fuero interno, era de innegable melancolía.
Margaret guardó silencio y apartó la mirada de los sagaces ojos verdes de Tiberius.
Sí, de hecho, su padre le había contado del compromiso que pactó con lord Ronald cuando ambos eran jóvenes, pero que su padre no recordaba.
Entonces, allí estaba lord Ronald Wolfgang para hacerlo recordar.
Había sido Wolfgang quien comprometió a su propia hermana Daphne con Edmund Startclyde; a su hija Frida con Jason Greystar, de quien estaba embarazada; a su hijo menor, Dustin, con una Raystar, y apoyó el compromiso de su sobrino Stephen con una Reedstter.
Lord Ronald Wolfgang estaba decidido a emparentar a sus hermanos, hijos, sobrinos y nietos con miembros de las familias más importantes de la Comunidad Mágica. Los Treddaway, entre ellos.
—Margaret Wolfgang —prosiguió Tiberius—. ¿Qué tal suena?
—Maravilloso —dijo Margaret. Al mismo tiempo pensaba: «Margaret Holbrooke suena mucho mejor». Forzó una amplia sonrisa. ¿Cómo había sido capaz su padre de comprometerla con un Wolfgang después de todo lo que le profesaba a lord Ronald?
—No tenía otra opción —había dicho su padre—.
Wolfgang es muy persistente, y tiene la memoria de una piedra.
Recuerda cada magulladura a través del tiempo.
Éramos más cercanos por aquel entonces; estábamos ebrios cuando juramos prometer a nuestros hijos en un futuro.
¿Qué le podía decir cuando me habló sobre el compromiso? No hay mejor partido para ti.
«Sí lo hay —quiso decirle ella—. Ben Holbrooke». Pero se acobardó.
—¡No lo haré! —había protestado.
—Estás por llegar a los veinticinco. No querrás ser una solterona para siempre. ¿O acaso tienes a alguien más en mente?
La mirada tajante de su padre hizo que se tragara el nombre de Ben.
«Debí decírselo», pensó. Hacía un momento, cuando estuvo con Ben observando la danza, debió decírselo. Pero no tuvo bríos suficientes para aquello. Era a Ben a quien amaba. Pero Ben se fue; lo vio perderse después de bajar las escaleras hacia el salón principal. «¿Dónde estás?»
Se apartó el rizo dorado que le caía por el rostro.
—¿Y estás de acuerdo con nuestro compromiso? —preguntó ella.
—Por supuesto. —Tiberius esbozó una sonrisa enigmática—. Además, mi padre no me dio otra opción. Si bien no puse mucha resistencia cuando supe que Margaret Treddaway sería mi esposa.
—¿Qué tiene Margaret Treddaway que tanto te gusta? —preguntó Margaret con sutileza.
Una chispa de diversión cruzó los ojos de Tiberius, que sonrió; luego la miró fija e intensamente.
—No conozco a nadie más bella que Margaret Treddaway —dijo él—. Nunca me canso de ver a Margaret Treddaway. Y desde que supe que sería mi esposa, no paro de pensar en que nuestros hijos heredarán su belleza.
Ella se ruborizó. Con todo, arqueó la ceja, juguetona.
—¿Ah, sí?
—Sí.
La voz de Tiberius era profunda, seductora.
Margaret no podía evitar mirarlo. Tiberius era apuesto.
Mucho. Alto y esbelto. Rostro alargado y una barbilla cubierta por una minuciosa capa de vello color miel, bien afeitada.
Sus labios eran finos y prometían calidez.
Y sus ojos eran verdes como el pasto en primavera, y tan perspicaces que sentías que miraban tu alma.
«Quizá algún día llegue a amar su belleza», pensó.
Ben también era apuesto. No tenía vello en su rostro, y Margaret amaba sentir su suave piel junto a la suya cuando la besaba y le susurraba dulces palabras al oído mientras consumaban su amor.
Sus ojos castaños que la veían por largos ratos.
Margaret notaba un profundo vínculo con Ben cuando éste la miraba con aquella intensidad.
En los ojos de Tiberius, en cambio, solo veía diversión, regocijo, mas no vínculo o una verdadera atracción.
—Ahora —dijo Tiberius, formando una sonrisa—. Si mi futura esposa me permite, me gustaría bailar la siguiente canción. —Le tendió la mano y se inclinó hacia ella en una reverencia.
«Y también es caballeroso».
Margaret miró la mano de Tiberius, luego echó un vistazo a su alrededor con la esperanza de encontrar a Ben.
No estaba. Y aunque hubiera estado, sabía que Ben no era hombre de celebraciones, y no le gustaba danzar aquel tipo de música divertida, o ninguna otra.
«¿Dónde estás, Ben?», pensó al tiempo que, con un suspiro, aceptaba la invitación de Tiberius.
Él la llevó de la mano con delicadeza hacia el centro del baile, en medio del salón.
La residencia Wolfgang era una de las más antiguas de toda Suecia.
Los muros de roca se alzaban hacia una cúspide curvada, donde se vislumbraba un hermoso candelabro dorado con cientos de lágrimas de cristal pendiendo de él; la luz de las velas arrancaba destellos de ellas.
Cuando Tiberius se posó deslumbrante ante ella y sus manos se juntaron, Margaret deseó, no por primera vez en su vida (y muy probablemente no la última), haber recibido el don de la doble vista, para escuchar los pensamientos de Tiberius.
Pero el donum lucis era entregado al primogénito de cada generación, de modo que le había correspondido a su hermano James Treddaway, que llevaba años viviendo en América, con su esposa y sus hijos, mientras que su hermano menor, Alistair, estaba en algún lugar del Oriente Medio.