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NINGUNA SOMbrA
Julius Startclyde recorría los pasillos de la segunda planta de la residencia Wolfgang con la vista puesta en las hermosas jóvenes que le dedicaban miradas seductoras y sonrisas ladinas al pasar.
Sabía que no debía corresponderles («Ahora eres un hombre comprometido», se decía), pero no podía evitar que al menos sus ojos se cruzaran con los de ellas, ni de sentir la necesidad imperiosa de acercárseles.
Esa no era la única necesidad que lo apremiaba en ese momento.
Su garganta seca requería un poco de vino.
O más que un poco. Cuando terció la cabeza en busca de algún sirviente que llevase aquel néctar de dioses en una charola, vio a su amigo apoyado en el balcón con la vista hacia abajo, donde la música solazaba cada rincón de la morada Wolfgang, y la danza estaba en su apogeo en medio del salón.
—Ben Holbrooke —dijo en cuanto llegó a su lado.
Ben tenía el ceño fruncido; no se inmutó al verlo.
—Julius.
—No te había visto desde, ¿cuándo?, ¿el invierno pasado?
—Sí. —Ben le dedicó una breve mirada, y luego la llevó de nuevo hacia abajo, al salón—: He pasado estos últimos meses con mi anciana tía Marcia, en Cambridge; últimamente ha estado muy enferma.
No quiero dejarla sola. Es el único miembro vivo de mi familia.
Ella y yo somos los últimos Holbrooke. Marcia ha sido como una madre para mí estos años, como bien sabes; no quiero que abandone este mundo sin tenerme a su lado.
—Pero aquí estás —observó Julius—. Eso quiere decir que la tía Marcia está mejor.
—No —dijo Ben—. Eso quiere decir que Marcia no opina igual que yo sobre morir conmigo a su lado. Marcia insistió en que debía venir. Ella y lord Wolfgang son buenos amigos. Nunca se perdía ninguna de las celebraciones de Wolfgang. Vine en su nombre. Y debo volver enseguida.
—Entonces, ¿has venido por ella y no por la única hija de lord Treddaway?
Julius bajó la mirada y vio a Margaret Treddaway, danzando de un lado a otro con Tiberius Wolfgang, el primogénito del anfitrión. Ben fruncía el ceño sobremanera. Saltaba a la vista que lo consumía la rabia. No llegó a responder.
—¿Y qué me dices de ti, Julius? —preguntó Ben—. ¿Cómo van los preparativos para tu boda con Lilian?
—Lily está muy feliz. —Julius forzó una sonrisa.
—Y, acaso, ¿tú no?
«¡Claro que sí!», pensó Julius con falsa emoción.
Por supuesto que sentía aprecio por Lilian Grayson, la clase de aprecio que podía sentir un hombre por la mujer que le entregó su virtud.
En absoluto era amor. No podía engañarse y, sabía bien, tampoco a su querido amigo Holbrooke; lo supo por la mirada entrecerrada que le echó en ese momento.
«Lo hago por obligación —pensó—. Obligación y por culpa».
Una noche, mientras era huésped de paso en la casa de la familia de la que sería su futura esposa, Julius se había colado a la habitación de Lilian, quien entonces, en su defensa, lo estaba esperando.
Hasta esa noche solo habían cruzado algunas palabras.
Casi siempre eran sus miradas las que hablaban por ellos.
Y vaya la intensidad de estas conversaciones.
Pero una de las criadas lo pilló infraganti y fue a por el señor Grayson, que los encontró en pleno acto, y de inmediato puso fecha para la boda.
—Feliz como una lombriz. —Forzó otra sonrisa.
—¿Por fin una dama atrapa el corazón del intrépido Julius Startclyde? —ironizó Holbrooke—. Al menos no tienes que preocuparte de que tu futura esposa no sea pura de cuerpo y alma.
Por supuesto, Holbrooke había oído los rumores. Julius apretó los dientes.
—Después de nuestra boda —repuso éste—, Lilian y yo planeamos acoger a Nigel, el pequeño hijo de mi hermana.
Julius tenía ocho hermanos y una sola hermana, Jane.
Jane había quedado en cinta tras su boda con Charles Reedstter, pero, durante el parto, hubo complicaciones.
Las parteras lograron salvar al pequeño.
Sin embargo, Jane pereció antes de escuchar el llanto de su hijo.
Reedstter renegó de su propio vástago, llamándolo asesino .
«Maldito sea», pensaba Julius. Acabó entregando al infante a Edmund Startclyde, tío de Julius, que era un historiador de la Comunidad Mágica.
No obstante, Daphne Wolfgang, la esposa de Edmund, tampoco quería acoger al pequeño en su hogar.
Decía que éste podía traer mal augurio a sus futuros embarazos.
Ya hace un año que sucedió la trágica muerte de la hermana de Julius y el pequeño Nigel quedó al cuidado de Edmund.
Y hasta la fecha, Daphne no había logrado quedar en cinta, una muestra, según ella, de la veracidad de sus palabras.
—Lamento que Jane haya muerto —dijo Ben, con pesar—. Tengo recuerdos de ella cuando era niña. Era un poco tímida. Aunque a veces afloraba su lado avispado.
—En efecto, lo era. —Julius suspiró—. ¿Sabes? Siempre tuve la esperanza de que formaras parte de los Startclyde a través de Jane. Maldigo el día en el que mi padre decidió comprometer a su única hija con un Reedstter.
—¿Alguna noticia de tu hermano Nigel? —preguntó Ben—. Cuyo nombre al parecer inspiró el de su sobrino.
—Como bien sabes, Nigel siempre ha sido un aventurero —dijo Julius—. Mi padre tiene la esperanza de que algún día abandone su afán de cazar Fenrirs para sentar cabeza y tome el lugar que le corresponde como el señor Startclyde. Dudo que algún día lo haga.
Un solo de flauta atrajo la atención de Julius y Ben de vuelta hacia el salón; el sonido del instrumento pareció estremecerlos a ambos desde lo más profundo de su ser.
Julius lo sintió y, se fijó, también lo había hecho Ben.
De nuevo estalló una música festiva que incitaba al baile.
Pero si tomaba alguna joven para danzar a aquel ritmo, esto podía llegar a oídos de su prometida.
.. O peor, a los de su futuro suegro. Entonces se escucharon risas más fuertes.
Julius y Ben se volvieron para mirar el origen, y allí seguían Margaret y Tiberius.
Ambos hacían un gran despliegue por todo el salón.
Y quienes miraban, salvo Ben, parecían encantados.
Abajo, los invitados se abrieron paso para observarlos y aplaudirles.
En la primera planta, lord Wolfgang carcajeaba con una copa de vino en la mano. A su lado se encontraban hombres elegantes que, excepto por Philip Blackfell, Julius no recordaba haber visto de antes. Margaret y Tiberius seguían bailando.
Julius miró de vuelta a Ben, que tenía las mejillas enrojecidas de rabia o de celos, o ambas; silencioso y enfurecido.
—Debiste pedir su mano a Treddaway —le dijo Julius—.
Hace mucho tiempo. No tengo ninguna duda de que el nuevo duque de Penroth te hubiera concedido la mano en matrimonio de su hija.
Te aprecia como a un hijo, según he oído.
Y, además, ¿quién se atrevería a negarle tal honor al poderoso Ben Holbrooke?
—No puedo hacer eso —suspiró Ben—. Sabes por qué. Además, ahora debo estar con Marcia; le prometí que la acompañaría hasta su último aliento.
—Marcia entenderá.
—Tal vez —dijo Ben, sombrío—. Pero sabes que no es la única razón.
Julius conocía aquella otra razón . Prefirió dejar la conversación. Sabía al dedillo que era en vano intentar hacer entrar en razón a su amigo.
—Recuerda, Ben —dijo Julius con un suspiro—, eres tú el que está vivo.
Ben apenas se inmutó. Julius percibió que sus palabras habían hecho mella en él.
Un poco. Sus ojos adquirieron un brillo acuoso al regresar por última vez la mirada hacia el salón.
De nuevo, la mujer que cantaba junto a los músicos entonó Jacobo el Triste.
Era la tercera vez, si mal no recordaba Julius, que cantaba aquella canción en lo que iba de velada.
Sintió un raro, a la vez que bienvenido, escalofrío cuando atendió a las primeras notas de la canción.
Julius siguió el estruendo de las carcajadas de Wolfgang que se superponían a la canción.
Hace un momento había jurado que eran cuatro hombres elegantes los que lo acompañaban.
Ahora solo eran dos. Julius barrió el salón con la mirada buscando al extraño par que había visto antes.
Repasó a cada invitado en el salón. A cada uno de los que estaban en las galerías de la segunda planta, o bajo de ella en el lado contrario.
Holbrooke estaba tan distraído mirando a Margaret reír por lo que fuera que le decía Tiberius en ese momento, que no advertía la preocupación de Julius; tal vez debería llamar su atención, pensó.
Lo descartó en cuanto localizó al par de hombres misteriosos a un lado de los toneles de vino, en las sombras.
Uno era alto y enjuto, pero de brazos fuertes; el otro, bajo y corpulento, a ojos vistas más fornido que su compañero.
Tenían cabello negro como el carbón y caras sobremanera pálidas.
Sus miradas eran distantes, como si de muertos en vida se tratara, y ojos desiguales. ..
Subordinados.
Y aquellos no eran los únicos, divisó. Al cabo se les unió un tercer miembro que tenía una estatura media en comparación con los otros dos.
Vestían de negro, los tres. Rostros canos, ojos sombríos, labios resecos.
Por la forma en la que el tercero les hablaba a los otros dos, Julius dedujo que debía tratarse de su amo, o por lo menos un segundo al mando.
—Ben...
—¿Sí? —contestó Ben, distraído.
—Ya vuelvo.
Ben se limitó a mirarlo y asentir, antes de volcar de nuevo su atención en Margaret Treddaway y Tiberius Wolfgang.