Un eclipse en el alma (Hechizo nocturno) 1
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Un eclipse en el alma (Hechizo nocturno)

Un eclipse en el alma (Hechizo nocturno)

Por B. J. Castillo

© inepub.com

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EL ORÁCULO

La noche estaba desnuda de estrellas, y la luna estaba oculta tras nubes negras como humazos de hollín.

Ben Holbrooke contemplaba la vista desde uno de los miradores de la residencia Wolfgang.

La brisa aullaba. Hacía un frío que calaba hasta los huesos.

Y tanto. Ben apenas podía mantener la mandíbula quieta.

Frotó sus manos. Al exhalar, surgió una vaporosa cortina de vaho blanco ante su cara y, así pues, decidió que ya era tiempo de regresar a la velada. Quisiera o no.

A medida que se acercaba al epicentro de la celebración —era decir, el gran salón y sus alrededores—, empezó a oír el guirigay de voces y la música que a duras penas se superponía a él.

Sonaban violines, chelos y trompas. Risas en abundancia.

El tintineo de copas de cristal. El zapateo propio de los bailantes en el centro del salón.

El ambiente allí era más cálido; esto debía reconocerlo Ben.

Si bien él hubiera preferido quedarse mirando la noche (y a pie enjuto habría pasado toda la velada en aquel mirador si no fuera por el inclemente frío, que no hacía más que empeorar a medida que avanzaban las horas).

Ciertamente, Ben no era hombre de celebraciones; ni siquiera recordaba a qué se debía la de esa noche.

«Ah, sí», pensó. Se trataba de Wolfgang.

Lord Ronald Wolfgang era, además de buen amigo de su familia, un miembro respetable de la corte del rey Charles XIII de Suecia; por ello, anualmente, en el ocaso del año, realizaba un opulento baile en honor al rey, al que asistían los hombres más acaudalados de ese país y otras partes del continente, y también algunos nobles.

Los Wolfgang no eran solo una de las familias más influyentes de Suecia y el resto de reinos nórdicos, sino de las más conocidas en la Comunidad Mágica de Europa.

Lo mismo que los Holbrooke. Por lo tanto, cabía esperar que entre los asistentes se encontrasen seguidores de la luz y, puede también (Ben así lo creía), servidores de la oscuridad.

—Señor Holbrooke.

La voz vino desde atrás. Ben se volvió. La joven que saludaba lucía un vestido rosado con encaje negro y guantes de seda del mismo color, casi hasta la altura de los hombros.

Su cabello rubio, radiante, se elevaba en un prominente tocado.

Su piel parecía de porcelana; sus ojos, estanques azules.

Sin embargo, su rasgo más cautivador era su sonrisa.

—Señorita Treddaway. —Ben hizo una reverencia.

Ella le correspondió.

—Has escupido sobre el nombre de mi padre al no haber asistido a su ceremonia de nombramiento. Eso, al menos, es lo que él dice.

—Sé que el nuevo duque me estima —dijo Ben—. Y, ciertamente, me ha perdonado osadías peores.

—Mi padre y yo sabemos que no eres hombre de galas, Ben.

—Margaret sonrió. Luego se situó a su lado en uno de los palcos que daban hacia el salón del baile.

Al mismo tiempo, los músicos empezaron a tocar una melodía austera—.

Y tienes razón. Ya te ha perdonado, si bien no de manera oficial.

Él espera que nos visites en nuestro nuevo asentamiento. Pronto.

—¿Realmente se trata de su padre? ¿O acaso también se anteponen sus deseos, señorita Treddaway? —inquirió Ben.

Margaret sonrió. Y eso fue respuesta suficiente.

Ben sonrió a su vez. De refilón, vio a un hombre de traje negro, refulgente cabello dorado y ojos gris claros (tan claros que desde aquella distancia parecían no tener color alguno, solo blanco), que lo miraba desde el palco de la derecha.

Ben, que a duras penas pudo apartar la vista, tuvo la impresión de conocerlo.

—Margaret —dijo. Y, antes de que ella pudiera responder, agregó—: Ya vuelvo.

Abandonó el palco. Lo mismo, a la par, que el hombre misterioso.

Entonces se escuchaba un desgarrador solo de violín y la aguda voz de una mujer que cantaba sobre la muerte de un hombre llamado Jacobo el Triste.

Ben Holbrooke emergió en un pasillo posterior.

Cruzó una mirada anecdótica con el hombre misterioso, que comenzó a caminar sin apuro en sentido contrario.

Ben no dudó en seguirlo (en el fondo, de algún modo, sabía que no se trataba de un servidor de la oscuridad; de lo contrario, lo hubiera percibido en el aire).

Había algo en el desconocido que le parecía extrañamente familiar, pero no lograba adivinar qué.

Bajaron unas oscuras escaleras. Después caminaron, uno en pos del otro, a través de pasillos fríos donde la luz de las lámparas de aceite titilaba con cada paso.

Ben se preguntó adónde quería llevarlo. No tenía duda de que aquel hombre, fuera quien fuese, sabía que le pisaba los talones.

Y, asimismo, estaba seguro de que lo estaba llevando hacia quién sabe dónde.

De pronto, el hombre misterioso se detuvo, se volvió hacia Ben y le dedicó una mirada y sonrisa ladina, enigmática, antes de cruzar una de las puertas que había en aquel corredor de la planta baja de la residencia Wolfgang.

El tiempo se detuvo un segundo, lo mismo que el corazón de Ben, cuando este lo reconoció.

«No es posible».

Apuró el paso. Un instante después, entró en la misma recámara que el desconocido —que ya no era tal cosa a ese punto— y se halló en un lugar tan frío y a oscuras como el exterior provisto desde aquel mirador oriental de la residencia donde estuvo minutos antes, observando la noche.

La sensación fue momentánea. El frío lacerante abandonó su cuerpo casi instantáneamente.

A los lados había al menos tres o cuatro lámparas de aceite, iluminando el amplio espacio.

Al frente, un gran espejo ovalado que parecía suspendido en el aire por una fuerza sobrenatural; ante el espejo, el joven, que parecía más alto a eso de cinco pasos de distancia, contemplaba a Ben a través del cristal.

—¿ Orah ? —murmuró Ben. Cerró la puerta a su espalda antes de añadir con más ímpetu—: ¿Qué diablos haces aquí?

No recibió respuesta. Ben prosiguió.

—Esto no tiene sentido. ¿Cómo pudiste...? No importa. Si te hubiese visto uno de los nigromantes, podría haber...

Se interrumpió cuando Orah se giró hacia él. Seguía tan joven como lo recordaba. Como siempre. Como la última vez que lo vio en 1798, en Escocia: con aquel cabello dorado pálido, el rostro circular, la piel blancuzca, los ojos grises casi blancos y una sonrisa temeraria que daba terror.

Ben bufó una sonrisa.

—No has cambiado.

Orah habló por fin, alzando una ceja.

—No, Ben. Como sabes, algunos tiempos nunca cambian. ¿Por qué habría de hacerlo yo?

—Tienes razón. —Ben se acercó un paso a él—. No sabía que podías pasearte así, tan libremente. Y, como sea, es peligroso. Podrían verte los nigromantes de Mormont. ¿Quién te invocó?

—¡Al diablo Mormont y sus servidores! — Orah soltó una risa airada—. He visto su destino y el de sus hijos... Nada prometedor.

—A Mormont no le interesa saber su destino o el de sus hijos. Solo desea tu poder para llevar a cabo sus oscuros planes o liberar a su padre, y tú, como oráculo, deberías saberlo.

—En algunas décadas el Mal Más Oscuro será liberado. ¿Sabes lo que eso quiere decir? — Orah frunció el ceño.

—No… —empezó Ben, ladeando la cabeza.

—Tu amor por Margaret Treddaway no debe ser correspondido, Ben.

—Ella me ama —afirmó Ben—. Me corresponde.

—No hablo del amor que siente el uno por el otro.

— Orah se volvió hacia el espejo y lo pinchó con uno de sus blancos y largos dedos.

El cristal comenzó a ondularse como el agua perturbada—.

Hablo del tiempo. Hablo del destino de los linajes Treddaway y Holbrooke.

Sabes que tu linaje es uno de los más poderosos, y tanto poder es una maldición.

El Liberador nacerá de la luz y la oscuridad.

Puede que la luz venga de tu linaje o del linaje de Margaret.

Así como la oscuridad puede que venga del linaje de Mormont.

—¿Puede? —Ben frunció el ceño.

—Aunque no lo creas —dijo Orah —, no lo sé todo. El tiempo me susurra acertijos; a veces, me muestra nuestros destinos en finos destellos que presentan variaciones. Pues, al fin y al cabo, el destino de cada hombre es forjado por sí mismo.

El espejo se transformó en un profundo hoyo negro, mientras que el traje oscuro de Orah fue cambiando por uno de color blanco hueso, brillante y escarchado, como si fuera confeccionado con rayos del sol.

—¿Qué quieres decir con eso? —Ben no esperó la respuesta del oráculo—. ¿Acaso que nuestros linajes no se pueden unir hasta que nazca el Liberador? —exigió saber—. ¡Dímelo!

Orah se volvió hacia Ben y le dedicó una sonrisa de dientes tan blancos como sus ropas.

—Sí... —susurró. Una luz blanca, cegadora, lo rodeaba. Ben se cubrió los ojos con el dorso de su brazo. Cuando el fulgor cesó, volvió a ver a Orah , al otro lado del espejo, de pie frente a él, un instante antes de desaparecer.

—¡Espera! —gritó Ben. Fue en vano. Ya era demasiado tarde. Quizá tendría que esperar otros catorce años para volver a verlo. O quizá no tanto, si recurría a lord Wolfgang.

No, eso no.

Siguió mirando el espejo hasta que este cesó su fulgor por completo.

Los muros de la habitación se atenuaron; las llamas de las antorchas, como testigos silenciosas, ardían vivamente.

Ben halló su propio reflejo en el espejo.

Su amor era imposible. Ya era un hombre de treinta años, pensó, y necesitaba encontrar una esposa que, al parecer, no llevara sangre Treddaway en sus venas.

Si no, las palabras del oráculo pasarían al olvido, y no habría tal Liberador, nadie que pudiera acabar con el Mal Más Oscuro que estaba por venir.

«El destino de cada hombre es forjado por sí mismo», fueron las palabras del oráculo.

Él forjaba su destino a pesar de los destellos del tiempo, pensó Ben.

El linaje Holbrooke había existido en el mundo durante cientos de años, había sido el origen de buenas historias y grandes héroes en la Comunidad Mágica.

Si no contraía nupcias pronto, sería su último descendiente, y existía la posibilidad de que ese Liberador naciera de su linaje en algunas décadas o siglos, cuando la oscuridad más terrible fuera liberada a la humanidad, y entonces sería tarde, entonces se perderían vidas: buenas, inocentes, necesarias.

Los Seguidores ya habían pasado por mucho (la Guerra del Eclipse Rojo, orquestada por el Gran Amo Cletus II Mormont, era un funesto ejemplo), y sabía que aún quedaban tiempos oscuros por venir.

Siempre los había. «Y no seré yo quien añada más opacidad al futuro».

Minutos después regresó a la velada. La música se escuchaba divertida, solazada, entre los muros de la residencia Wolfgang.

Ella no lo esperaba donde él la había dejado, y no la culpaba.

Sin embargo, abajo, en el centro del salón y el baile, las risas y la música, Ben divisó al primogénito del lord Wolfgang cortejando a Margaret Treddaway.