Un duque de ida y vuelta Un duque de ida y vuelta #16
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Un duque de ida y vuelta #16

—Sí, será mejor que lo dejemos por hoy —comentó desviando la mirada antes de empezar a preparar el maletín—. Bajaremos juntos.

—Puedo recoger esto antes de irnos.

—No lo dudo, pero no te voy a dejar aquí. Te acompañaré hasta tu coche.

Asentí con una media sonrisa. Me daba la impresión de que él también estaba cómodo trabajando conmigo, aunque no se mostrara especialmente hablador.

—Siento las horas —se disculpó mientras caminábamos hasta el ascensor a media luz—. Hoy ni siquiera hemos pedido una pizza para cenar.

—De acuerdo, me debes una pizza —le sonreí.

—No creo que a tu novio le guste que te invite a cenar.

—No tengo novio —le señalé satisfecha. Ya no tenía excusa para no invitarme—. Más bien a Millicent no le gustará que me invites, pero puedo invitarte yo.

—No, he dicho que te la debo, así que te invitaría yo.

Entramos en el ascensor entre miradas furtivas y sonrisas. Mi corazón había empezado a saltar emocionado.

—Bueno, pues no te diré que no —le respondí mientras se cerraban las puertas y apretaba el botón que nos llevaría al garaje.

Nos miramos en silencio. Contuve la respiración. Era un buen momento para que él me besara robándome el aliento. Pero no lo hizo. Solté el aire, ligeramente decepcionada.

—¿Puedo hacerte una pregunta?

—Claro.

—¿R. J. es por Richard? —pregunté intrigada.

Me miró extrañado. Apenas habíamos hablado desde que trabajaba allí, esta semana juntos, parecía que nos costaba separarnos, y ahora le preguntaba por su nombre.

—Richard James —me respondió confundido—. ¿Por qué me lo preguntas?

—Curiosidad —respondí encogiéndome de hombros y desviando la mirada.

Lo sabía. Sabía, intuía que esa R era de Richard. No entendía por qué o qué tenía que ver R. J. con mi sueño, pero sabía que era él. ¿A través del tiempo?

En el garaje, me acompañó hasta mi coche.

—Las niñas se irán pronto a la cama. No se portan mal. No te darán ningún problema.

—No te preocupes —le respondí relajada. También sabía que me llevaría bien con ellas—. No me has dicho los nombres.

—Louise, la mayor. Rose, la pequeña.

Contuve la respiración antes de mirarlo. Mi corazón palpitaba con fuerza. Solo me apetecía abrazarlo, decirle que era yo, que habíamos vuelto a encontrarnos… Apreté los labios. Creería que estaba loca.

—Bien… Nos vemos en casa, en tu casa.

Él asintió abriéndome la puerta para que entrara. Lo miré por el espejo retrovisor mientras me alejaba. Ahogué un suspiro. ¿Me estaría volviendo loca? Lo dudaba. Mis sentimientos eran muy fuertes y la certeza demasiado grande.

Estaba medio dormitando en el cómodo sofá del elegante salón cuando escuché el timbre de la puerta.

Me incorporé extrañada. ¿R. J. no llevaba llaves?

Eché un último vistazo a los juegos de las niñas apilados sobre la mesa.

Tal y como esperaba, las niñas eran encantadoras.

Nos lo habíamos pasado muy bien antes de cenar y acostarlas.

Me levanté para abrir.

Volvieron a llamar conforme me acercaba, con más insistencia. Iba a despertarlas, gruñí en mi interior. Mi sonrisa se heló al abrir la puerta y ver quién estaba al otro lado.

—Muy bien. No esperaba menos. Por lo menos os encuentro vestidos —exclamó empujándome a un lado y entrando como si la casa le perteneciera—. ¡R. J! ¡Ven ahora mismo!

Sus tacones resonaron sobre el mármol del suelo con un ritmo firme, casi agresivo.

¿Así lo trataba?

—No está y vas a despertar a las niñas —le dije sin cerrar la puerta.

Sus ojos recorrieron el recibidor y el silencio y la oscuridad en el resto de la casa.

—¿Qué estás haciendo aquí?

Su expresión se endureció aún más y el desprecio la cubrió cuando me miró de arriba abajo.

—Esperar a que te vayas —le indiqué con una mano mientras la otra sujetaba la manivela de la puerta.

Millicent dio un paso al frente con los brazos en jarras.

—No pienso irme. Sé perfectamente lo que estás haciendo.

Crucé los brazos, con una sonrisa cínica en mi rostro.

—Ilumíname.

—Quieres a R. J. No pudiste conseguir a Jackson y ahora has ido a por él. Quieres un puesto en el bufete.

—Claro. Porque mi sueño en la vida siempre ha sido seducir a socios de bufetes. ¿Quieres hacer el favor de largarte y dejar de decir tonterías?

Millicent apretó la mandíbula.

—Desde que trabajáis juntos está distante y frío.

—Eso no tiene nada que ver conmigo —le respondí sintiéndome halagada—. Quizá contigo sí.

—No juegues conmigo —me susurró con los ojos brillantes de rabia.

—No tengo la menor intención. ¿Quieres hacer el favor de marcharte?

—No me vas a echar de casa de R. J. No eres nadie para hacerlo.

—Ahora mismo, soy la única adulta de esta casa. R. J. no está…

—Soy su… prometida.

—Desde hace no sé cuánto y aun no tienes las llaves de su casa —le respondí con impaciencia—. Llámalo y soluciona lo que tengas que solucionar con él, pero ahora te vas.

—¿Te atreves a echarme?

—Sí —respondí con seguridad. Quizá me estaba exponiendo a mucho, pero me daba igual. No me jugaba mi trabajo porque era buena en él y, realmente yo trabajaba para Jackson. Y R. J… si quería a esa arpía en su vida, era su problema.

—Muy bien, quédatelo —exclamó furiosa—. No sé qué ha visto en ti, pero te voy a hacer un favor y te diré un par de cosas que no hace falta que me agradezcas.

—No pienso hacerlo.

—¿Qué te crees que va a ser la vida con él? Su vida son sus hijas. Tú solo vas a ser el segundo plato o el tercero cuando su trabajo se mete por medio.

—Me parece bien ser el postre —le respondí con una sonrisa irónica, recordando por unos instantes la maravillosa noche compartida con Richard.

—Millicent, ¿qué haces aquí?

R. J. estaba parado frente a la puerta abierta. ¿Me habría oído?

—Quería hablar contigo. ¿Ya te has arrepentido de la estúpida idea de dejarme?

Yo miré a uno y a otro, sorprendida. ¿Qué había dicho?

—Ya lo hemos hablado, vete por favor —le indicó reclamando el lugar que yo ocupaba en la puerta.

Di un paso atrás, quedándome a su espalda. Quizá debería irme, pero no quería interrumpir esa tensión entre los dos. ¿R. J.  la había dejado? No había escuchado ningún rumor en la oficina.

—No voy a consentir que le faltes al respeto a nadie en mi casa —prosiguió.

—Sois el uno para el otro —siseó al pasar por nuestro lado y salir por la puerta.

Contuve las ganas de agradecer sus palabras, pero la tensión era demasiado grande en ese momento.

R. J. cerró tras ella, antes de mirarme.

—Lo siento —me disculpé manteniéndole la mirada.

—¿Por qué?

—No sé. Por haberla dejado entrar, porque hemos discutido. Podríamos haber despertado a las niñas.

—Pero no se han despertado.

Asentí con una media sonrisa, sin moverme. Estábamos muy cerca y me sentía muy bien a su lado. Era hora de volver a mi casa, pero no me apetecía en absoluto hacerlo.

—¿Ha ido todo bien en el juzgado?

Él asintió.

—Te invitaría a cenar, pero es demasiado tarde.

Volví a asentir. Me estaba echando sutilmente de casa, así que fui directa a por el bolso que tenía en el aparador de la entrada.

—Podríamos pasar directamente al postre —me dijo.

Lo miré sorprendida. Su media sonrisa y la caricia en su mirada me desarmaron.

—Me has escuchado.

—Jamás te hubiera considerado así —sonrió divertido, con cierta arrogancia que no conocía y me resultaba demasiado atractiva.

Dio unos pasos hacia mí. Contuve la respiración. No sabía qué pensar.

—Era una forma de hablar.

—Te ha dicho que me gustas.

—Bueno… una mujer despechada puede decir muchas cosas que quizá no siente.

—Tenía razón.

Mis piernas empezaron a temblar.

—No me habías dicho nada… No pensé que… —. No sabía ni qué decirle.

Eliminó la distancia que había entre nosotros. No me moví. Estaba deseando que se acercara todavía más.

—Puede parecer una locura, pero siento que te conociera desde siempre —me confesó—. No lo sé. Ni yo lo entiendo.

«Si yo te contara», pensé con la respiración entrecortada, perdiéndome en su mirada.

—Estos días trabajando contigo… Perdona, te estoy entreteniendo.

—No —le dije dando un paso hacia él.

—Tengo hijas.

—Lo sé. Las he conocido. Lo hemos pasado bien.

—No es que sean lo primero, pero …

—Son tu responsabilidad. Jamás me interpondría.

Una de sus manos empezó a acariciar suavemente mi brazo. Sentí cómo se me erizaba la piel. Él también pareció notarlo.

—Quizá no deberíamos mezclar las cosas. Trabajamos juntos.

—Yo trabajo con Jackson, no contigo.

—Bien —sonrió aliviado eliminando la distancia que había entre nosotros.

Me besó con suavidad al principio, tanteando, asegurándose de que estaba tan convencida como él. Le pasé los brazos alrededor del cuello apoyándome en su pecho, entregándome al beso que, por momentos, aumentaba de calor y de pasión.

—¿Estás segura? —me preguntó en un susurro sin separarse de mi boca.

«Más de lo que crees», pensé, pero no se lo dije. Me sentía arder. Me rendí entre sus brazos. Lo besé apasionada, entregada, enamorada. Me sentía plena, satisfecha, feliz. Y supe, que esta vez, el amor no desaparecería al despertar sino que duraría para siempre.