Epílogo
Unos días más tarde, entré con prisa en el bonito, pequeño y acogedor apartamento de Belle. Amanda ya había llegado y estaba mirando la hora en el reloj para regañarme por mi falta de puntualidad.
—Tengo que contaros algo —les dije para evitar la regañina.
Las dos me miraron preocupadas.
—Me siento atraída por R. J.
Se miraron entre ellas antes de mirarme a mí de nuevo. Belle me ofreció una copa de vino. Amanda y ella ya tenían una.
—¿No es ese abogado de tu bufete que siempre has dicho que es muy serio y que decora su despacho exageradamente para Navidad? —preguntó Belle.
—Si, y todo eso es cierto —reconocí con una mueca. La Navidad le gustaba demasiado.
—¿Y ahora te sientes atraída por él? —me preguntó Amanda.
—Si y más que eso —confesé antes de dar un sorbo.
—Un momento… ¿Quieres salir con él o solo acostarte con él? —me preguntó directa Amanda—. Tu huyes de los compromisos.
—Huía —la rectifiqué—. Porque no encontraba lo que quería.
—¿Y ahora sí que lo has encontrado? —me preguntó Belle.
—Creo que sí, pero es algo muy extraño. No os riais de mí, ni penséis que estoy loca —les advertí.
Volvieron a mirarse entre sí, antes de prestarme atención, intrigadas.
—¿Recordáis cuando estuvimos en casa de los papás ese fin de semana para recoger las cosas?
Las dos asintieron.
—Tuve un sueño raro.
Ambas apretaron los labios a la vez.
—No sé si porque allí habíamos visto mucho amor, o porque me daba miedo realmente abrirme a él, o porque era el momento para ser sincera conmigo o porque no había estado preparada…
—Deja de divagar —me apremió Amanda—. ¿Qué te pasó ese día?
—Esa noche. Me dormí y aparecí en la época de la Regencia. Yo era una institutriz y trabajaba para Richard.
—¿Quién es Richard? —preguntó Amanda extrañada.
—R. J. La R es de Richard. Era como si fuera él a través de los siglos, como si nos hubiéramos encontrado.
—¿Pero qué pasó esa noche? —preguntó Belle que, como Amanda había perdido el color de su rostro.
—Pues eso. Tuve un sueño en el que conocí a un duque… Creo que lo hablamos antes de irnos a dormir. Tu querías un vaquero, tú un highlander y yo un duque. ¿Lo recordáis?
Las dos asintieron con los ojos brillantes.
—Aparecí en su mansión, lo conocí y me enamoré —resumí—. Y después desperté… Ya sabes, Amanda, te habías caído. Y entonces, volví a la oficina y me dio la impresión de que era él… ¿Suena muy loco?
Me miraron sin decir nada, en silencio.
—Yo aparecí en el Oeste —confesó Amanda ruborizada.
—¿Por eso apareciste fuera de la casa? —le pregunté con curiosidad.
—No lo sé. No lo puedo explicar. Salí de la casa y aparecí allí.
—Estabas rara cuando te despertaste —recordé.
Amanda asintió.
—Conocí a Kane, tuvimos una relación tan bonita que rompí con Charlie…
—¿Por un sueño? —pregunté extrañada. Eso aún era más loco que lo mío.
—Fue más que eso. Quería una relación auténtica, o como la que había empezado a tener con Kane y poco después conocía a K.C. Fue verlo y sentir que lo conocía de toda la vida. El sintió lo mismo Creo que era Kane… en otra vida. Pensaréis que estoy loca —dio un sorbo a su copa.
—Viniendo de ti que eres tan lógica, resulta raro —reconocí asintiendo—, pero es parecido a lo que siento yo.
—Yo aparecí en las Highlands —murmuró Belle—. Pasé frío, miedo, pero conocí a Aidan.
—¿A Aidan? ¿Tu vecino? —pregunté extrañada. Yo creía que era la única a la que le había pasado.
—Después de escucharos a vosotras supongo que sí. En el sueño, Aidan era el laird del clan en el que aparecí. Llegué allí, me convertí en la curandera del lugar…
—Porque eres enfermera —la interrumpí.
—Sí, claro, pero es que no os podéis ni imaginar las condiciones higiénicas de la época. Casi inexistentes ¿Cómo no compartir lo que sé hacer?
—¿Y Aidan? —preguntó Amanda.
—Me dio la confianza y la fuerza que me faltaba, en el trabajo y… para dejar a Bertrand. Confiaba en mí, me valoraba…. No sé, desperté y a los días conocí a Aidan, mi vecino y sentí que era él.
—¿Te separaste de Bertrand por un sueño? —pregunté extrañada.
—No. Por circunstancias que no quiero recordar, pero que vi claramente en el sueño.
Me recosté en el sofá después de dar un sorbo a mi copa.
—Entonces no es una locura mía. Esa noche todas conocimos lo que era el Amor…
—O el Amor que queríamos en esta vida y que ya habíamos conocido en alguna vida anterior —reflexionó Amanda.
—Para eso hay que creer en que hemos tenido otras vidas —añadió Belle, escéptica.
—¿No eres tú la que cree en el Amor para siempre? —le pregunté—. Eso es lo que dicen esas novelas que lees.
Se quedó pensativa.
—No encuentro otra explicación —añadió Amanda—. El Amor nos encuentra, vida tras vida. Por eso hay personas a las que sentimos que conocemos de siempre… o el amor a primera vista… o el que a veces, en cuanto conoces a alguien no tienes dudas… ¿No?
—¿Y la gente que no conoce el Amor? ¿Será que no les ha llegado el momento? —preguntó Belle no muy convencida.
—No lo sé —les respondí sincera—. Solo sé que siento que conozco a R. J. desde siempre, que me hace sentir maravillosa y que me siento como nunca pensé que podría sentirme.
—Somos afortunadas —reconoció Amanda levantando su copa para brindar.
—Lo somos —aceptó Belle levantando su copa.
—Por el Amor, a través de los siglos, a través de las vidas —sonreí alzando la mía.
¿Y tú, lectora? ¿Brindas con nosotras?