Un duque de ida y vuelta #15
Algunos de mis compañeros intercambiaron miradas rápidas de felicitación. Una de esas operaciones era mía, recordé satisfecha. Mas me valía dejar de pensar en el fin de semana y mi aventura en la Regencia.
Jackson siguió con los informes y con la habitual ronda entre nosotros. Cada uno expuso sus avances: casos en curso, negociaciones abiertas, riesgos detectados. Yo esa semana, de momento, parecía estar más tranquila. Sabía que eso solía durar poco.
—Necesito apoyo en un caso nuevo —dijo R. J. cuando llegó su turno, dejando la carpeta sobre la mesa—. Es complejo. Hay varios frentes abiertos y plazos ajustados. Tengo a Boyce y a Liam —miró a dos de los abogados que más colaboraban con él— en otros casos.
Jackson giró ligeramente la cabeza hacia él.
—¿De qué tipo de caso hablamos?
—Litigio mercantil con implicaciones internacionales. El cliente quiere moverse rápido… y no podemos permitir errores.
Un leve silencio se instaló en la sala. Ese tipo de casos no se asignaban a la ligera. Jackson asintió despacio, pensativo, antes de mirarme.
—Michelle, vas a ayudar a R. J. con este caso.
Contuve la respiración. Sentí cómo todas las miradas se posaban sobre mí. ¿Trabajar con R. J.? Era lo que menos me apetecía en ese momento, pero no podía negarme.
—Bien.
Mi voz sonó firme y segura. Jackson asintió.
—Ven a mi despacho al terminar la reunión —me dijo R. J. sin apenas mirarme.
Acepté con fingida indiferencia. Mi trabajo no tenía por qué verse afectado por lo ocurrido… o lo soñado durante el fin de semana.
Cuando la reunión terminó y las sillas empezaron a moverse, cerré las carpetas con suavidad. R. J. y Jackson estaban intercambiando opiniones sobre uno de los casos mencionados. Me quedé a un lado esperando discreta hasta que R. J. se dio cuenta y se despidió de Jackson indicándome que le siguiera.
Caminamos en silencio hasta su despacho. Fui consciente de su perfume. Qué bien olía. Me abrió la puerta y pasó detrás de mí.
—Tengo aquí el caso. He tomado notas en los márgenes y lo he desglosado —me indicó sin prestarme mayor atención mientras me tendía una voluminosa carpeta—. Verás que…
La puerta se abrió sin una llamada previa. El golpe seco contra la pared nos hizo girarnos de inmediato.
Millicent, su eterna prometida, había entrado como un huracán. Impecablemente vestida y peinada, con sus labios apretados, su mandíbula tensa y los ojos encendidos. Me sorprendió el parecido a Emily.
Miré a R. J. Se había tensado nada más verla.
—Millicent, estamos trabajando —le indicó bajando ligeramente la voz—. Podemos hablar luego.
—No —cortó ella, tajante—. Vamos a hablar ahora.
Me mantuve en silencio. Quizá debería haberme ido por propia iniciativa, pero mientras R. J. no me dijera nada, ahí pensaba quedarme. Estaba en horario laboral y eso debía respetarse. Los asuntos personales se quedaban fuera. El bufete era bastante estricto al respecto.
—No estoy de acuerdo con lo que estás haciendo —continuó ella, cruzándose de brazos—. Y lo sabes.
R. J. dejó los papeles sobre la mesa con más cuidado del necesario.
—No estoy haciendo nada malo.
—¿Ah, no? —soltó una risa breve y falsa—. Porque permitirles eso no es precisamente poner límites.
Apreté los labios incómoda. Quizá era una discusión más íntima de lo que pensaba que sería.
R. J. se pasó una mano por la nuca, molesto.
—Son niñas, Millicent.
—Precisamente —replicó ella, contundente, sin intención de ceder—. Y, por eso mismo, necesitan normas claras.
—Las tienen.
—No las suficientes.
Se mantuvieron la mirada, serios.
—No voy a discutir esto contigo otra vez —dijo R. J. con más firmeza—. Es mi decisión.
—¿Tu decisión? —repitió ella, incrédula—. Claro. Porque lo fácil es decir que sí a todo para evitar problemas.
La expresión de R. J. se tensó visiblemente. Me resultaba incluso violento estar allí.
—Puedo volver más tarde —murmuré a modo de despedida, tratando de pasar desapercibida.
—Sí, ya tardabas en marcharte. Es de mala educación escuchar conversaciones ajenas.
Me detuve en silencio. ¿Me había llamado maleducada?
—Lo que es de mala educación es interrumpir en el despacho de un abogado cuando está trabajando…
—¿Trabajando? —me interrumpió—. A cualquier cosa se le llama trabajo. Por lo que he visto solo estaba contigo.
—¿Y qué te crees que hacíamos? —me planté frente a ella.
—Pues cualquier cosa menos trabajar. Tú te estabas echando encima de él y él es tan tonto que no se había dado cuenta.
—Millicent —exclamó visiblemente enfadado—. Deberías irte.
—¿Quién, yo? La que debería irse es esta metomentodo .
—Miilicent —le repitió advirtiéndole con la mirada—. No te voy a consentir que la trates así. Michelle es...
Lo miré cuando dijo mi nombre. Jamás lo había oído de sus labios. Había sonado tan bonito. Ella también lo había mirado con el gesto crispado.
—¿Michelle? ¿Así la llamas? —dijo con frialdad antes de mirarme—. Esto es un problema de familia. Deberías irte. No creo que tengas nada que opinar.
R. J. dio un paso adelante, impidiéndome con un gesto que me moviera de donde estaba.
—Millicent, hablaremos esta noche cuando nos veamos.
—¿Esta noche? ¿No saldrás tarde, tendrás que trabajar o acostar a las niñas? Estoy cansada de tantas excusas.
—Y yo de que no me escuches —le respondió con una seriedad que solo le había visto emplear en los juzgados—. He dicho que hablaremos esta noche. Estamos trabajando. Gracias.
Le dio la espalda, volviendo a fijarse en la documentación que me había enseñado. Miré de reojo a Millicent. Ahogó una exclamación de impotencia antes de soltar un improperio y salir con rabia apenas contenida.
R. J. resopló tratando de centrarse.
—Lo siento —se disculpó, sincero—. No deberías haber tenido que presenciar esto.
—No pasa nada —respondí tranquila.
—¿Por dónde íbamos?
—No habíamos empezado —le dije como si nada nos hubiera interrumpido.
Sin embargo él se mostró incómodo. Soltó el aire que había estado conteniendo. Parecía que le costara concentrarse.
—Millicent no se lleva muy bien que digamos con mis hijas. Disculpa, no sé por qué te lo cuento. Será mejor que empecemos cuanto antes porque esto nos va a llevar bastante tiempo.
—Y esta noche has quedado —le recordé, disimulando una sonrisa.
Él me miró serio antes de que se le dibujara una media sonrisa que nunca había visto antes. Contuve el aliento. Mi corazón también reaccionó a ella, acelerándose. ¿Por qué me recordaba tanto a Richard?
—Sí, empecemos —me dijo volviendo a recuperar su seriedad habitual.
Unos días más tarde, el bufete se había quedado en silencio a última hora de la tarde.
Solo estábamos R. J, y yo, en su despacho ultimando los detalles.
Me gustaba trabajar con él. Era metódico, inteligente y tenía en cuenta mis comentarios.
Además, todo mi ser reaccionaba ante cualquier mínimo roce o media sonrisa.
Me estremecía, ahogaba suspiros y hasta me encendía cuando le observaba sin que él se diera cuenta.
Parecía una adolescente enamorada, me recriminaba con frecuencia.
Pero, desde luego, no le iba a decir nada.
Él no parecía corresponderme en absoluto.
Su teléfono móvil empezó a vibrar sobre el escritorio. Frunció el ceño al ver la pantalla.
—¿A estas horas? —murmuró extrañado antes de responder.
Su expresión cambió casi al instante. Su rostro se volvió serio, lo que me hizo mirarle preocupada.
—Sí… Estoy al tanto —dijo, incorporándose ligeramente—. ¿Han presentado ya la solicitud?
Fingí que seguía leyendo, pero mi atención estaba completamente en él.
—Entiendo —continuó—. No, no pueden resolver sin escuchar a la otra parte. Es una medida cautelarísima, pero aun así…
Se pasó una mano por la frente.
—De acuerdo. Iré ahora mismo. Revisaré el auto y prepararé alegaciones esta misma noche.
Colgó antes de quedarse en silencio.
—¿Todo bien? —pregunté, dejando el bolígrafo a un lado.
—El juzgado de guardia —explicó reflexivo—. La otra parte ha solicitado una medida cautelar urgente sin audiencia previa. Si el juez la admite, nuestro cliente se queda bloqueado mañana mismo.
—¿Sin posibilidad de defensa previa?
—Solo si reaccionamos rápido —explicó—. Tengo que revisar el auto en cuanto lo dicten y preparar la oposición esta noche.
Asentí despacio. Más trabajo. Más tiempo para estar juntos. Además, nos compenetrábamos bastante bien, para sorpresa de ambos. Mi vida social no era nada memorable. Sabía que había temporadas en el trabajo en que había que dedicar más horas, como en ese momento. No me importaba en absoluto.
A veces me sentía un poco estúpida, como una quinceañera enamorada en silencio, pero quería estar segura de que podía sentir algo serio, algo bonito con él, antes de pedirle una cita.
Porque había decidido pedírsela yo. Él probablemente no lo haría jamás.
Toda su vida era el trabajo y sus hijas, a las que apenas mencionaba, pero que nunca ponía en segundo lugar.
Su móvil volvió a vibrar. Esta vez lo miró y su gesto cambió por completo antes de responder con decisión.
—Es la niñera —me explicó—. Dime… —escuchó unos segundos—. Sí, claro, lo sé… No, no te preocupes.
Noté cómo apretaba la mandíbula.
—Estoy terminando aquí. Salgo en unos minutos.
Colgó y se quedó un instante en silencio.
—Tienes que irte al juzgado —le recordé.
Levantó la vista.
—La niñera no puede quedarse más —me explicó—. Y las niñas están solas con ella.
—Puedo encargarme yo.
—¿De ir al juzgado? No te ofendas, pero…
—No, no. De tus hijas. Puedo encargarme yo.
—No puedo pedirte eso.
—No me lo has pedido. Yo me he ofrecido.
Se pasó una mano por la nuca.
—Mis hijas son lo primero. No me gusta anteponer el trabajo a ellas.
—Esto es algo puntual. Llevamos muchas horas trabajando. Es buena hora para dejarlo por hoy.
Se levantó de la silla.
—Te apuntaré la dirección. ¿Seguro que no te importa encargarte? Iré en cuanto acabe en el juzgado.
—Vamos, vete —le sonreí levantándome con decisión—. Te esperaré en casa.
Él me mantuvo la mirada. Yo me ruboricé. Había sonado demasiado íntimo, e incluso bonito.