Un duque de ida y vuelta Un duque de ida y vuelta #14
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Un duque de ida y vuelta #14

Le mantuve la mirada. Lo mío era literal, gemí en mi interior.

Pero a él no parecieron importarle mis palabras.

Sus labios aprisionaron los míos. Esta vez con más hambre.

Le correspondí con la misma entrega. Mi corazón se disparó.

Mi respiración se entrecortó. Mi cuerpo empezó a arder.

Me abrazó por la cintura apretándome contra él. El suelo pareció temblar a mis pies.

—Vamos —susurró en mis labios para que yo me dejara llevar.

Asentí sin una mínima duda. Con los dedos entrelazados, compartiendo besos, y sin apenas separarnos subimos en silencio hasta su dormitorio. Por favor, que sea real, me repetí en silencio varias veces. ¿Cómo podía enamorarme del personaje de un sueño?

La luz tenue de su dormitorio nos recibió en cuanto llegamos. Su mirada me robó el aliento. ¿Sentía lo mismo que yo? Me dolía pensar que aquello pudiera acabar en cualquier momento.

No había distancia entre nosotros. Mis manos subieron despacio por su pecho, deteniéndose en su cuello, sintiendo el calor de su piel.

Él rodeó mi cintura, con una firmeza tan suave que me hizo cerrar los ojos por un instante, queriendo aferrarme a ese momento, a ese sentimiento.

Sus manos recorrieron mi espalda con una lentitud que erizó cada centímetro de mi piel.

El beso llegó sin prisa, sin dudas. Distinto al de la terraza. Más profundo, más hambriento, más intenso. Mi cuerpo se apoyó en el suyo casi sin darme cuenta, totalmente entregada y dispuesta.

Su respiración se mezcló con la mía. Nos separamos apenas un instante, lo justo para mirarnos de nuevo. Me acarició el rostro con una suavidad que contrastaba con la pasión que latía entre nosotros.

—¿Estás segura? —susurró casi sin voz.

Asentí despacio, sin apartar la mirada. No hizo falta más. Me devoró la boca. Me encendió. Me abrasó. Me hizo arder. Me rendí para dar y recibir con la misma entrega, con la misma pasión… ¿Se podía sentir mayor plenitud, mayor satisfacción?

Me restregué los ojos con una sonrisa relajada y la sensación de que mi corazón rebosaba de amor. Solo quería reír, cantar, suspirar… Abrí los ojos.

Mi dormitorio. El de siempre. El de casa de mis padres.

Me incorporé angustiada. No podía ser cierto.

Salté de la cama, sin poder respirar. ¿Dónde estaba Richard?

Me estaba ahogando. Mi corazón dolía. Las lágrimas arrasaron mis ojos.

¿Dónde estaba Richard? Negué con la cabeza incapaz de controlar mis gemidos.

Caminé de lado a lado, confundida, impotente, incapaz de pensar.

Me dolía hasta el alma. Solo quería llorar. Dios mío, ¿qué podía hacer?

Los primeros sollozos me sorprendieron. Las ganas de llorar se apoderaron de mí.

No podía ser cierto, sollocé sintiéndome estúpida.

Me había enamorado de alguien que no existía.

Solo había sido un sueño, pero tan real.

Me dejé caer de rodillas, abatida. Me sequé las lágrimas que corrían incontrolables por mis mejillas.

Debía calmarme, centrarme, comportarme como una mujer adulta.

Tomé aire varias veces para después soltarlo.

Debía pensar con la cabeza. Había tenido un sueño muy real, me recordé.

Había conocido a un hombre que me atraía como ningún otro.

Había sentido cosas que nunca había sentido.

Pero eran reales, me interrumpí antes de asentir.

Lo que había sentido era real. Real. Yo quería eso.

¿Podría volver a sentirlo? No me conformaría con menos, me prometí.

Si lo había sentido una vez, podría volver a hacerlo.

Me levanté decidida, poderosa, convencida.

No me conformaría con menos de lo que me merecía, insistí.

Me vestí con esa misma energía, rápida, segura, empoderada.

Recogería lo que fuera de esa casa y volvería a mi vida normal, a mi rutina…

Las fuerzas me iban abandonando poco a poco. Quería estar con Richard.

Me asomé a la ventana, ahogando un gemido.

Mi corazón dio un vuelco. Amanda yacía sin conocimiento en el suelo frente a la casa.

¿Qué había ocurrido? Corrí escaleras abajo como alma que lleva el diablo.

Salí disparada de la casa para arrodillarme junto a ella, asustada.

Respiraba, murmuré aliviada tras comprobarlo. Pero ¿qué podía hacer?

La zarandeé ligeramente. No parecía responder. Llamé a Belle, asustada. Ella sabría qué hacer. Miré a mi alrededor preocupada. No tenía idea de qué podía haber pasado. Mi preocupación por ella, alivió mi angustia por mis propios sentimientos. Volví a llamar a Belle, a gritos.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Belle arrodillándose frente a mí junto a Amanda, segundos después.

—No tengo ni idea. Me asomé a la ventana y la vi —respondí asustada.

—Ayúdame a llevarla dentro —me pidió.

La llevamos entre las dos y la tumbamos en el sofá, preocupadas. Toda la determinación que había sentido instantes antes se estaba evaporando. No sé si por el susto de ver a Amanda en el suelo o por el nudo que todavía ahogaba mi corazón. Miré a Belle, preocupada. Ella tampoco tenía buena cara.

Por fin, Amanda abrió los ojos somnolienta. Cuando nos vio saltó del sofá donde estaba tumbada, llevándonos por delante. ¿Qué le ocurría? ¿Había bebido? Me extrañaba en Amanda. No era su estilo. Las lágrimas se agolparon en sus pestañas. Estaba agitada y temblorosa.

—¿Qué te ocurre? —preguntó Belle levantándose del suelo.

Menos mal que yo estaba un poco más retirada y no había llegado a tirarme.

—¿Tienes prisa? ¿Has quedado con alguien? —pregunté extrañada.

Amanda negaba con la cabeza.

—¿Dónde…? ¿Por qué…? —se llevó las manos a la frente.

—¿Te duele la cabeza del golpe? —le pregunté tan confundida como ella.

—¿Qué golpe?

—No sé. El que te diste al salir por la puerta —respondí.

—¿Qué día es hoy?

—¿Hoy? ¿Estás bien? Ayer quedamos en vaciar la casa para venderla.

—¿Ayer?

—Sí, y esta mañana te has resbalado al salir de casa. Te encontramos fuera, te trajimos como pudimos y te tumbamos en el sofá —le explicó Belle extrañada, con la angustia dibujada en su rostro—. ¿Quieres que llamemos a un médico?

Negó con la cabeza.

—No. Me torcí el tobillo.

Amanda se quitó angustiada la bota. Tenía una marca morada.

—¿Veis?

—¿Tropezaste? —pregunté extrañada.

—No. Me lo hice construyendo el establo. Kane me curó…

Miré a Belle antes de volver a mirarla a ella, preocupada. Parecía que la angustia la estaba consumiendo, casi lo mismo que estaba sintiendo yo. Me fijé en la marca roja de mi brazo. La señal de que me había intentado despertar de mi sueño.

—¿Has estado soñando? —le pregunté. ¿Nos habría pasado a las dos lo mismo? Porque yo también sentía que me faltaba el aire.

—Me estás asustando —confesó Belle ofreciéndole un vaso con agua.

Amanda no respondió. Se levantó con los ojos llenos de lágrimas y corrió hacia la puerta. Belle y yo la seguimos asustadas. ¿Qué le ocurría?

Se dejó caer de rodillas y rompió a llorar. La abrazamos asustadas. Cerré los ojos tratando de controlar lo que yo misma sentía. ¿De verdad solo había sido un sueño?

—¿Qué te pasa? ¿Llamamos a Charlie? —le preguntó Belle angustiada.

Amanda se levantó con gran esfuerzo y volvió al salón cabizbaja, arrastrando los pies.

—Me estás preocupando —insistió Belle—. ¿Qué te ocurre?

Negó con la cabeza antes de dejarse caer en el sofá y que las lágrimas volvieran a surcar su rostro. Miré a Belle preocupada. También parecía sentirse igual de triste.

Nos sentamos cada una a un lado y le dimos la mano. Apoyé la espalda en el sofá, repasando mis pensamientos, mis sentimientos. Casi podía sentir que el corazón me dolía. ¿Por qué me había despertado? ¿Volvería algún día a soñar con él? Ahogué un suspiro que pareció alentar mis ganas de llorar.

—Voy a preparar el desayuno —murmuró Belle—. Quizá nos venga bien comer algo.

Asentí despreocupada. No tenía ganas de comer, ni de levantarme del sofá, ni de hacer otra cosa que no fuera… ¿Qué? ¿llorar? Ni hablar. No iba a quedarme allí, parada, atontada, enfadada conmigo misma.

¿Podía haberme enamorado del hombre de un sueño? ¿Se podía ser tan estúpida?

Después del largo y confuso fin de semana, el lunes volví al bufete con pocas ganas de trabajar. Sentía que me había quedado devastada tras mi «viaje» a la época de la Regencia, sin fuerza, sin energía y sin ganas de nada.

Gwyneth Graham, mi eficaz asistente, ya tenía preparadas las carpetas que debía llevar a la reunión de los lunes a primera hora de la mañana.

—¿Estás bien? —me preguntó preocupada cuando me las entregó nada más verme.

—Sí… He tenido un fin de semana un poco movido…

No sabía ni cómo explicarlo.

—¿Pudisteis recoger la casa?

Asentí distraída mientras entraba a mi despacho.

—La reunión de las nueve va a empezar enseguida —me recordó eficiente.

—Ah, sí, claro.

No sé en qué estaba pensando. Me dirigí a la sala de reuniones del final del pasillo. La mesa alargada de madera oscura, las sillas perfectamente alineadas, las carpetas ordenadas frente a cada puesto…

Jackson Stonewall, uno de los socios y mi supervisor directo ya estaba dentro, esperando que fuéramos llegando.

Alto, moreno, guapo, atractivo, tan elegante como Mathew Danson que llegó justo después de mí.

Y como R. J. Ward, el tercer socio, que entró hablando por teléfono sin prestarme la más mínima atención.

El corazón me dio un vuelco. Físicamente no era como Richard, pero había algo en él que me lo recordaba. Tanto que me costaba dejar de mirarlo.

Entraron el resto de los abogados del bufete.

—Bien, empecemos —comenzó Jackson, con su habitual tono firme y directo.

Sentado en la cabecera, transmitía la misma autoridad de siempre. A su derecha estaba R. J., revisando unos documentos con gesto concentrado. Al otro lado, Mathew, que apenas levantaba la vista de su tablet.

El resto ocupamos nuestros lugares en silencio.

—La semana pasada cerramos tres operaciones importantes —continuó Jackson—. Dos de ellas antes de plazo, lo cual es —hizo una breve pausa—… aceptable.