Un duque de ida y vuelta Un duque de ida y vuelta #13
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Un duque de ida y vuelta #13

—Depende —respondió, finalmente, despacio—. Antes habría dicho que elegancia, buena posición, una conversación agradable… Ahora —su voz cambió, más profunda—… empiezo a pensar que valoro otras cualidades.

Le miré con curiosidad. Él me mantenía la mirada.

Casi sentía que me acariciaba con ella. Mi corazón había empezado a acelerarse.

¿Estaba pensando en mí? ¿Por qué no podía encontrar un hombre como él en mi realidad?

Alguien que buscara en mí algo más que un cuerpo bonito o pasar un buen rato.

O alguien con quien yo sintiera el interés de formar una familia. Hasta sus hijas eran encantadoras.

—¿Cualidades como cuáles? —pregunté inquieta.

El duque dio un paso hacia mí acortando la distancia que nos separaba. Mi corazón se disparó.

—Como alguien que sea capaz de enfrentarse a una situación incómoda sin perder la compostura —comentó manteniéndome la mirada—, alguien con quien comentar los problemas del ducado que me quitan el sueño o que piense antes en el bienestar de dos niñas que en su propia posición.

Mi pulso se aceleró. Sentí que podía volar. Me estaba valorando como una mujer, como una compañera de vida. Se me hizo un nudo en la garganta.

Aparté la mirada ligeramente, intentando recuperar el control. Era un sueño, un sueño…

—No debería decir esas cosas, señor.

—¿Por qué? —preguntó él, apenas en un susurro, a escasos centímetros de distancia.

—Porque… pueden malinterpretarse.

Él esbozó una leve sonrisa.

—¿Y usted las está malinterpretando?

—No lo sé —respondí con honestidad.

Levanté la mirada. Mi cabeza me decía que me alejara. Mi corazón, mi cuerpo, mi alma, que me acercara más a él. Tan cerca, tan atractivo, tan… lo que yo quería. Y me despertaría en cualquier momento, gemí en mi interior.

Su mano se elevó con cautela deteniéndose un instante junto a mi mejilla, como si me ofreciera la oportunidad de apartarme.

No lo hice.

El contacto fue leve al principio. Luego su rostro se inclinó hacia el mío. Sus dedos, firmes y cálidos elevaron con infinita suavidad mi barbilla. Mi corazón palpitaba con fuerza. El beso fue suave, lento. Cerré los ojos.

—Michelle… —murmuró él.

Nunca habían pronunciado mi nombre de ese modo. Como si lo saboreara, como si significara algo. Quise responder. Decir algo sensato. Recordarle quién era él… quién era yo. Pero no pude… o más bien no quise.

Me rendí entre sus brazos. Quería sentirlo. Sentir cómo el tiempo se detenía en ese preciso instante. Sentir sus labios cálidos, húmedos, hambrientos. Sentirme deseada, admirada, validada por quien era, no por mi cuerpo o lo que representaba.

Mi mano, casi sin darse cuenta, se aferró suavemente a la tela de su chaqueta, como si necesitara anclarme a algo… o a él. No quería que ese momento acabara nunca.

Su lengua invadió mi boca, pidiéndome más.

El beso se volvió más ardiente, más primitivo, más salvaje.

Me abracé más a él. Quería sentirlo. Me devoraba con su boca, encendiéndome.

Sus manos me sujetaron las caderas. Jadeé por la necesidad que tenía de sentirlo en mí.

Abrí los ojos un instante. No podía ser, gemí.

Era de día y las niñas podrían entrar en cualquier momento.

Apoyé las manos con firmeza en su pecho para recuperar la distancia.

—Las niñas... —susurré resistiéndome aun así a interrumpir ese momento.

Él se detuvo y a regañadientes se separó ligeramente de mí, sin llegar a soltarme. Su voz, cuando habló, fue casi un suspiro.

—Esto… no estaba en mis intenciones.

—Tampoco en las mías —reconocí con suavidad.

Nos mantuvimos la mirada. Nuestros ojos brillaban. Nuestros corazones palpitaban acelerados a la vez.

Con mucho esfuerzo, di un pequeño paso atrás.

—Las niñas me estarán esperando.

—Por supuesto —asintió lentamente, aunque no dejó de mirarme.

Me giré y caminé hacia la terraza luchando por mis ganas de volverme y correr hacia sus brazos.

Muy a mi pesar no podía seguir allí. No podía enamorarme del personaje de un sueño.

Me despertaría y… nada sería real. Ni él, ni las niñas, ni esa historia.

Mis ojos se cubrieron de lágrimas. No podía seguir allí. No quería.

Nada más salir a la terraza, me detuve. Cerré los ojos y me pellizqué el brazo con fuerza.

Solté el aire que había estado conteniendo antes de abrirlos.

Parpadeé. Seguía allí, en la terraza. No podía ser.

Volví a cerrar los ojos y volví a pellizcarme.

Abrí los ojos. Nada. Volví a cerrarlos con más fuerza.

Otro pellizco. Esta vez, más fuerte. El brazo me dolía. Otra vez. Nada.

Empecé a asustarme. ¿Qué estaba sucediendo? Cerré los ojos.

—¡Amanda! ¡Belle! —exclamé por si mis hermanas pudieran oírme y despertarme.

Las niñas corrieron hacia mí, nada más verme.

—¿Estás bien? —preguntó Louise haciendo que abriera los ojos.

Rose me estaba acariciando la zona roja del antebrazo. ¿Por qué no me despertaba?

—Sí, estoy bien —mentí—. Vámonos a jugar.

Mis labios aún me ardían por el beso compartido.

Casi me faltaba el aire. ¿Qué me estaba pasando?

Traté de serenarme sin conseguirlo. ¿Por qué no me despertaba?

Las niñas me dieron la mano. Fui consciente del contacto.

Estaba allí, con ellas, en un siglo al que no pertenecía, en una vida que no era la mía. ¿Mis hermanas me estarían buscando?

—Niñas, volvamos a la casa. Vamos a jugar a escondernos.

Necesitaba unos instantes a solas para poder calmarme y tratar de pensar con claridad sobre lo que estaba ocurriendo.

No había nada que hacer, me repetí por centésima vez a lo largo del día.

Estaba en un sueño del que no podía despertarme, en un siglo que no me correspondía y en una vida que no terminaba de convencerme del todo.

Me gustaba estar con las niñas pese a que mi vocación no era ser institutriz.

Me estaba enamorando de un hombre que no era real y no encontraba la forma de volver a mi vida.

Podría asegurar que había rozado la ansiedad varias veces a lo largo del día.

Así que había llegado a la noche agotada, frustrada y ansiosa. ¿Por qué me estaba ocurriendo todo eso? ¿Dónde estaban mis hermanas? Sentía que me faltaba el aire. Me estaba ahogando.

Decidí bajar a la terraza. Si alguna vez había soñado con las novelas de Belle era con las de esa época y ya había asistido a un baile, besado a un duque… suspiré… y hasta enamorarme de él… ¿Cómo se podía ser tan tonta? Yo, enamorada de un hombre que no existía.

Una cosa era estar cansada de mujeriegos y hombres alérgicos al compromiso y otra lo que me estaba ocurriendo en ese momento.

¿Algún día, en mi siglo, encontraría un hombre inteligente, educado, atento, del que enamorarme de verdad?

Y que él se enamorara de mí, claro. Pero amor de verdad, no del de pasar un rato.

La noche era suave, cálida y silenciosa.

Lo agradecí. Cerré los ojos y respiré profundamente.

Solté el aire despacio mientras los abría.

Caminé dos pasos más y entonces vi al duque.

Estaba apoyado en la barandilla, de espaldas a mí, con las manos relajadas sobre la balaustrada y la mirada perdida en algún punto de la oscuridad.

Podría haberme ido, pero su beso me había gustado demasiado y la tentación de volver a ser besada por él era realmente grande.

Me acerqué un poco más.

—Pensé que ya no vendrías —dijo con una media sonrisa sin girarse apenas.

El corazón se me agitó inesperadamente. ¿Me estaba esperando? Me acerqué hasta quedar a su lado. Nuestras manos estaban tan cerca que casi podían rozarse.

—Hace buena noche —murmuré, sin saber muy bien qué decir, mientras mi corazón galopaba desbocado por las infinitas posibilidades que podían sucederse.

—Sí… ¿por eso has salido?

—¿Y tú? —pregunté en voz baja sin responder a su pregunta—. ¿Por qué estás aquí? ¿No podías dormir?

Se giró un poco más hacia mí. Lo suficiente para que nuestras miradas se encontraran.

—Porque esperaba que aparecieras.

—No estaba segura de hacerlo.

Su mano rozó la mía. Yo no la aparté. Él entrelazó mis dedos con los suyos. Su pulgar acarició suavemente mi piel, consiguiendo que un escalofrío recorriera todo mi ser. No me moví. Sentí cómo me encendía ante su contacto.

Su mano subió lentamente por mi brazo, deteniéndose en mi cintura, acercándome apenas un poco más. Lo suficiente para sentir su respiración. Lo suficiente para que ya no hubiera vuelta atrás. Y yo no quería que la hubiera.

Mis manos encontraron su pecho casi por instinto. Podía sentir el latido de su corazón bajo la tela de su camisa casi tan acelerado como el mío.

—No creo que esto sea buena idea —murmuró manteniéndome la mirada—. No sé por qué, pero me cuesta dejar de pensar en ti. O bueno, sí sé por qué. Eres inteligente, espontánea, divertida, bella…

Contuve la respiración. Era incapaz de hablar. Él sonrió con ternura muy cerca de mis labios. Sus labios se encontraron con los míos con una suavidad que me desarmó por completo.

Mis manos se aferraron a su camisa. Las suyas me acercaron más a él, eliminando cualquier espacio entre nosotros. El beso se volvió más profundo, más ardiente, más intenso.

Me separó apenas unos centímetros, respirando entrecortada, apoyando mi frente en la suya.

—Esto… no es buena idea —murmuré, casi sin voz, tratando de recordar por qué no debíamos seguir besándonos. Yo no era de allí, ni de ese lugar ni de ese siglo. Desaparecería en cualquier momento.

Sus ojos brillaron dejándome sin aire.

—No voy a dejarte. Hablaré con Emily.

Le mantuve la mirada. No estaba segura de que fuera buena idea. Yo me iría de allí algún día, en algún momento. Un nudo me oprimió el corazón. ¿Debía decírselo? ¿Negarme la posibilidad de... de qué?

—Estoy de paso —susurré con un hilo de voz.

Su mano buscó la mía de nuevo, entrelazando nuestros dedos con firmeza.

—Todos lo estamos.