Un duque de ida y vuelta Un duque de ida y vuelta #12
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Un duque de ida y vuelta #12

Un suave sonido de lluvia golpeando los cristales pasó a formar parte del momento, acompañándolo.

—Llueve —murmuré para romper la extraña atmósfera que se había instalado a nuestro alrededor.

Richard no respondió de inmediato. Me mantuvo la mirada con los ojos brillantes.

—Creo que… por esta noche es suficiente.

Asentí antes de levantarme con calma. No tenía ganas de alejarme de él. Lo miré de reojo. Él también se había levantado. No era físico lo que me atraía, aunque resultara muy atractivo. Era algo más… Un momento… Parpadeé con el ceño fruncido. ¿Me despertaría y dejaría de verlo?

¿Cómo podía ser que me enamorara de un hombre que no era real? Era absurdo. Además, no estaba enamorada. Solo me gustaba estar con él. Solo eso, traté de convencerme.

Abrió la puerta invitándome a salir delante de él. Durante unos instantes caminamos en silencio por el pasillo apenas iluminado, donde la vela que él llevaba proyectaba sombras alargadas que parecían moverse con nosotros.

Richard caminaba a mi lado, no demasiado cerca, pero tampoco lo suficiente lejos como para ignorar su presencia. ¿Cómo hacerlo? Si de noche, casi a oscuras y a solas, él era una tentación en la que estaba deseando caer.

—No imaginaba que una conversación sobre asuntos del ducado pudiera resultar tan interesante —dijo finalmente, con un tono bajo que parecía adaptarse a la quietud de la noche.

—Quizá no era la conversación —respondí con cierta coquetería—, sino la compañía.

Sentí su mirada antes incluso de volverme hacia él.

No dijo nada de inmediato, pero el silencio que siguió no fue incómodo. Parecía que se estuviera planteando lo mismo que yo, que la atracción entre ambos era palpable y real.

—Debería agradecerle su ayuda —añadió al cabo de unos pasos—. Ha aportado claridad donde yo solo veía complicaciones.

Esbocé una leve sonrisa.

—Tal vez usted ya tenía las respuestas. Solo necesitaba escucharlas en voz alta.

Se detuvo entonces. Yo también. A su lado. Apenas separados por escasos centímetros.

—No —murmuró, con una suavidad que hizo que mi pulso se acelerara—. Dudo que fuera eso.

Alcé la vista para mantener su mirada.

—¿Entonces, qué era? —pregunté, apenas en un susurro.

Sus ojos no se apartaban de los míos.

—Lo sabe tan bien como yo, pero parece que quiera oírlo —le miraba con fingida inocencia mientras él empezaba a sonreír con picardía—. Era usted.

No lo esperaba tan directo. No supe qué responder. Ni siquiera supe si quería hacerlo. Noté como mis mejillas se ruborizaban. Había pasado cientos de veces por situaciones similares a esa y sin embargo, esa vez, todo parecía mutuo y real aunque fuera un sueño.

—No sé si debería decir eso —logré decir al fin, aunque mi voz no sonó firme.

—Probablemente no.

Pero no se apartó. Ni yo tampoco. Su mirada descendió fugazmente hacia mis labios. Mi corazón latía con una fuerza, tan clara que estaba segura de que podía oírlo.

Fue él quien respiró hondo primero.

—Buenas noches, señorita Devine —carraspeó finalmente, negándose a mantener esa situación tan íntima.

—Buenas noches… señor.

Y sin embargo, ninguno de los dos se movió de inmediato. Como si separarnos requiriera más voluntad de la que estábamos dispuestos a reunir en ese momento. Finalmente, muy a mi pesar, él dio un paso atrás.

Apreté los labios. Le hubiera invitado a mi dormitorio, pero sabía que no debía hacerlo. No como su institutriz. ¿Por qué no se atrevía a besarme? ¿Por qué no hacía visible lo que sentía por mí?

Entré pensativa en mi dormitorio. ¿Porque era otro siglo? ¿Otras costumbres? La moral de la época era, a veces, cuestionable… ¿Me había enamorado de… No. ¿Me había encaprichado de un hombre decente? Hice una mueca.

Quizá estaba tan acostumbrada a que los hombres repararan en mí, o a que no me tomaran en serio aquellos en los que me fijaba, que la reacción que el duque estaba mostrando, me desconcertaba.

Me metí en la cama. ¿Cuándo me iba a despertar?

No parecía que fuera a asistir a ningún baile más.

¿Qué estaba haciendo allí? Una idea cruzó por mi mente.

Me miré el brazo. ¿Estaba dispuesta a perder la oportunidad de ser besada por el duque?

Al ritmo que llevaba, podía seguir allí no sabía cuánto tiempo.

¿Tenía prisa por despertarme? Recoger la casa de mis padres solo me ocuparía ese fin de semana.

Luego volvería a mi vida, a mi trabajo… Pensé en R.

J. ¿Por qué mantenía tanto las distancias con él?

O más bien, él las mantenía conmigo. No debía ser su tipo de mujer.

Sin embargo, él parecía atento, galante…

Suspiré. No iba a pellizcarme para despertar. Todavía no.

El sonido firme de los pasos en el vestíbulo rompió la calma que había quedado tras el desayuno. No hubo necesidad de anunciarla. Lady Emily entró en el salón con el ceño fruncido.

—Veo que vuestra mañana ha sido tranquila —acusó mientras la señora Hayes entraba tras ella disculpándose por no haberla podido anunciar.

El duque, que se encontraba junto a la chimenea, apenas alzó la vista para asentir antes de que saliera. Miró a lady Emily, serio.

—Lo ha sido, en efecto.

La miré extrañada. ¿Eso era educación? Miré a las niñas, incómoda, mientras se levantaban de la mesa, como yo, tras terminar el desayuno. Esperaba poder llevármelas sin problema a la habitación donde dábamos las lecciones. Ambas miraban a lady Emily, con gestos visibles de disgusto.

—Curioso —continuó lady Emily, avanzando unos pasos—. Ayer tampoco parecisteis demasiado ocupado salvo para dar un paseo.

El duque esbozó una leve sonrisa, sin rastro de preocupación.

—Fue algo inesperado. Un paseo en familia.

La palabra familia pareció crisparla aún más.

—¿En familia? —replicó—. Porque, hasta donde yo sé, también iba la institutriz.

Parpadeé sorprendida. ¿Por qué me tenía que meter a mí en la conversación?

—La señorita Devine forma parte de la familia —respondió él con calma.

—Oh, por supuesto —dijo lady Emily, con una sonrisa cargada de veneno—. Y por lo que sé, hasta lady Blackwood pretendía invitarte a una fiesta privada.

El duque ladeó ligeramente la cabeza.

—Parece que estás muy bien informada.

—Niñas, ¿por qué no salimos a la terraza? Hace una mañana preciosa —cualquier cosa con tal de no salir al pasillo y pasar cerca de lady Emily. Me daba la impresión de que me agarraría del pelo si podía hacerlo, y la puerta estaba a su espalda.

—No —interrumpió lady Emily con firmeza, girándose hacia mí—. No se marche, señorita Devine. Esto también tiene que ver con usted.

Las niñas nos miraron a una y a otra, preocupadas. No iba a consentir que utilizara ese tono conmigo y menos delante de ellas.

—Las niñas no tienen por qué escuchar este tipo de conversación.

—¿Conversación? —. Lady Emily dio un paso hacia mí con los brazos en jarras—. Yo lo llamaría otra cosa. Después de todo, no deja de… tentar al duque, ¿no es así?

Sentí la rabia corriendo por mis venas. El duque se envaró apretando sus labios, probablemente conteniendo lo que pensaba decir.

Me incliné ligeramente hacia las niñas con una sonrisa.

—Queridas, salid a la terraza. Ahora mismo voy con vosotras.

Las niñas buscaron con la mirada el permiso de su padre y cuando él asintió salieron con prisa.

—Lady Emily —dije con una calma sorprendente incluso para mí misma—, en esta casa hay dos niñas que merecen crecer en un ambiente de tranquilidad, no presenciando escenas de celos ni insinuaciones impropias.

Lady Emily abrió la boca, indignada.

—¿Cómo se atreve…?

—Me atrevo —la interrumpí con firmeza— porque es mi deber velar por ellas. Y eso está por encima de cualquier otra consideración.

El silencio que siguió fue casi palpable. Debía pensar que iba a quedarme callada. Estaba claro que no me conocía.

—Esto es inadmisible —exclamó nerviosa—. Una simple institutriz hablando de ese modo…

—Suficiente —dijo el duque con su voz ahora más firme.

Lady Emily lo miró, sorprendida. Él dio un paso adelante.

—La señorita Devine ha actuado como corresponde. Y ha demostrado más consideración por esta casa que muchas otras personas.

Lady Emily apretó los labios, herida en su orgullo.

—No esperaba menos —murmuró—. Veo que aquí cada uno ocupa el lugar que desea… o el que se le permite.

Se giró con brusquedad y abandonó la estancia sin despedirse. Cuando la puerta se cerró con fuerza, el silencio regresó.

El duque permaneció unos segundos sin decir nada. Luego, muy despacio, me miró.

—Debe disculparla. Ha confundido situaciones...

Le mantuve la mirada, seria.

—Lamento si mi actitud ha sido… inapropiada —me disculpé.

El duque negó suavemente.

—No —. Su voz fue baja, firme—. Quien debe disculparse soy yo.

Le miré sorprendida.

—No tenía derecho a permitir que la tratara de ese modo bajo mi propio techo —continuó él, acercándose un paso—. Y mucho menos delante de las niñas.

—No es usted responsable de los celos de… —me detuve buscando la palabra adecuada— de su prometida.

El duque esbozó una sonrisa que no alcanzó del todo sus ojos.

—A veces me pregunto si realmente la conozco.

No respondí de inmediato. ¿Qué podía decirle si yo me despertaría en cualquier momento y él se quedaría con ella?

—Quizá —dije al fin—… solo ve en ella lo que espera ver.

—¿Qué cree que debería ver?

—¿Ver o buscar? —le pregunté directa—. Disculpe, es que cuando hay menores por medio, creo que también hay que tener en cuenta lo mejor para ellos, no solo lo que le dicta el cuerpo, pero no sé de niños. Hablo por lo que veo en el buf… Es solo mi opinión.

Apreté los labios. Había estado a punto de contarle la cantidad de casos que había visto en el bufete donde los niños eran los más afectados en una separación.

—Lady Emily me pareció la candidata perfecta, pero últimamente no sé qué le ocurre.

Celos, pensé. O prisa por pasar por el altar, Un duque siempre era muy buena opción, me dije tratando de disimular lo que pensaba.

—Perdone si soy indiscreta, pero… ¿qué busca usted en una mujer?

Él no respondió de inmediato. No debía esperar una pregunta tan directa.