Un duque de ida y vuelta Un duque de ida y vuelta #11
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Un duque de ida y vuelta #11

Había dado vueltas en la cama durante lo que parecían horas.

El silencio de la casa era hasta agobiante.

Finalmente, me rendí. Me cubrí con el ligero chal que saqué del armario y salí al pasillo.

Iría a la biblioteca a por un libro. Quizá tuviera alguno de las leyes de la época y, por lo menos, sería curioso de leer.

Bajé las escaleras y abrí la puerta con cuidado.

Me detuve en seco. No estaba sola. La luz de una lámpara de aceite ya iluminaba parte de la estancia, proyectando sombras largas entre las estanterías.

Junto al escritorio, con un libro abierto entre las manos, y, ligeramente despeinado, estaba el duque.

Levantó la vista con cierta sorpresa.

—Perdone, no sabía que estaría aquí —respondí, avanzando un paso—. No pretendía interrumpir.

—No interrumpe en absoluto.

Hubo un breve silencio. Dejé la vela sobre una mesa cercana y me acerqué a las estanterías. Me daba la sensación de que mi subconsciente, que no yo, lo buscaba una y otra vez. ¿Cuándo me había pasado eso con un hombre? Nunca. Me decepcionaban rápido o me cansaban antes.

—Parece que no soy la única que no puede dormir.

—La noche —respondió él tras un instante— invita a pensar o a ver las cosas desde una perspectiva diferente.

Me detuve extrañada ante esa inesperada confesión. Esperaba un «sí» o «no», mucho más simple.

—¿Diferente es mejor o más útil o productivo? —pregunté, girándome ligeramente hacia él.

Su mirada se sostuvo en la mía con cierta intensidad. Se quedó en silencio, pensativo. Supongo que no había esperado mi respuesta.

Tomé un libro casi sin mirarlo, deslizando los dedos por el lomo con una atención que no estaba realmente allí.

Le miré entonces. La cercanía no era excesiva, pero suficiente para sentirlo cerca. Sus ojos no se apartaron de los míos.

—Siempre viene bien explorar los pensamientos desde diferentes puntos de vista —comentó.

—¿Y cuánto tiempo emplea en rumiar esos pensamientos antes de ponerles solución?

—No es tan fácil.

—Tanto como quiera —le respondí dejando a un lado el libro que había elegido.

—No se pueden eludir la responsabilidad ni las obligaciones.

—Si es así, ¿por qué le quitan el sueño? Es decir, si algo tiene solución, ¿por qué se preocupa? Y si no la tiene ¿por qué se preocupa?

—Porque quizá las soluciones que veo a según qué problemas no son las que más me gustan.

—¿Y no hay otras soluciones?

—No lo entendería.

Abrí los ojos, sorprendida. Claro, no me conocía. No sabía que era una reputada abogada.

—Intente explicármelo. Quizá le sorprenda.

Me miró con cierto brillo relajado o burlón en la mirada. Parecía que no confiara en lo que pudiera decirle.

—Por ejemplo… un asunto de tierras —comentó desenfadado señalando uno de los documentos que había sobre la mesa—.

Un arrendatario asegura que su familia tiene derecho a permanecer en una propiedad que, legalmente, pertenece al ducado.

No hay documentos que respalden su reclamación, pero insiste en que existe un acuerdo verbal con mi padre.

Tomé uno de los documentos y lo examiné con atención, más por hábito que por verdadera necesidad. Mi mente ya comenzaba a ordenar la información.

—¿Y usted qué cree? —pregunté, sin mirarlo aún.

Hubo una breve pausa.

—Creo que, si cedo sin pruebas, sentaré un precedente peligroso. Pero si lo expulso —dejó la frase sin terminar—… podría estar cometiendo una injusticia.

Levanté la vista entonces, sorprendida por su respuesta. Le preocupaba lo justo. Normal que fuera abogado… No, abogado era R. J. Él era un duque.

—¿Ha hablado con él personalmente? —pregunté.

—Sí.

—¿Y?

Richard se encogió de hombros.

—No es un hombre que mienta con facilidad.

No pude evitar una leve sonrisa.

—Eso no es un criterio jurídico especialmente sólido.

—Lo sé.

Dejé el documento y me acerqué un poco más, lo suficiente para inclinarme ligeramente sobre la mesa y ordenar los papeles con cuidado.

—En derecho —comencé—, la ausencia de prueba no invalida necesariamente un hecho. Solo lo vuelve difícil de demostrar.

—Eso no simplifica mi situación.

—No —admití—. Pero la matiza.

Se hizo un breve y atento silencio que me hizo sentir reconocida.

—Podría ofrecerle un nuevo contrato —continué—. Uno justo. Que reconozca su permanencia futura, sin necesidad de validar un acuerdo pasado que no puede probarse.

Richard frunció ligeramente el ceño, procesando la idea.

—Eso evitaría el precedente.

—Y le permitiría actuar conforme a su conciencia —añadí— sin comprometer la estructura legal de sus propiedades.

Sus ojos se fijaron en mí con una intensidad distinta a la habitual.

—Usted no debería saber tanto sobre esto —dijo, aunque no sonaba como una acusación.

—Y usted no debería sorprenderse tanto —respondí con suavidad.

Una leve curva apareció en sus labios.

—Tiene razón.

Nos mantuvimos la mirada con sonrisas amables.

—Es curioso —murmuró él finalmente—. Este asunto me ha ocupado durante días… y usted lo ha clarificado en cuestión de minutos.

Me encogí ligeramente de hombros.

—A veces solo hace falta cambiar el punto de vista.

—O la persona con quien se comparte.

Aquella respuesta me tomó desprevenida. Mi corazón pareció alegrarse ante esa afirmación. Me estaba valorando como persona. Más que como mujer, más que como abogada.

Por un instante pensé en mi mundo. ¿Por qué no podía encontrar un hombre, solo uno, que me hiciera sentir reconocida como persona inteligente además de atractiva?

Le mantuve la mirada con una sonrisa agradecida. Había perdido el interés en leer, incluso en volver al dormitorio. Caminé hacia la estantería con intención de devolver el libro que había escogido.

—Si no fuera impropio —dijo el duque finalmente, con un matiz casi reflexivo—, le plantearía otro asunto.

Incliné ligeramente la cabeza, sintiendo una curiosidad sincera. Me dirigí hasta su escritorio y, sin esperar invitación, me senté frente a él.

—No veo por qué habría de serlo.

Sus dedos rozaron uno de los documentos, aunque no lo abrió de inmediato.

—Un comerciante de lana con quien el ducado ha trabajado durante años ha incumplido recientemente varios plazos de entrega. Mis administradores insisten en rescindir el contrato de inmediato —hizo una breve pausa—. Sin embargo, sospecho que hay algo más detrás.

—¿Ha dado alguna explicación?

—Alega dificultades, pero vagas. Nada concreto.

Apoyé las manos con suavidad sobre la mesa.

—Si rompe el contrato ahora, ¿qué pierde?

—Un proveedor fiable —respondió sin dudar—. O que solía serlo.

—¿Y si no lo rompe?

—Riesgo. Retrasos. Costes.

Asentí, organizando mentalmente las piezas.

—Entonces no es una cuestión de confianza… sino de información.

Sus ojos se entrecerraron levemente.

—Continúe.

—Mantenga el contrato —dije con calma—, pero modifique sus términos temporalmente. Exija entregas parciales más frecuentes y reduzca el volumen comprometido. Eso le obligará a demostrar su capacidad real sin darle margen para excusas prolongadas.

Richard apoyó los codos en la mesa, entrelazando los dedos con interés creciente.

—¿Y si fracasa?

—Entonces tendrá una justificación clara y documentada para rescindirlo —respondí—. Y sin haber actuado precipitadamente.

Pareció meditar mis palabras por unos instantes.

—Está convirtiendo la incertidumbre en evidencia —murmuró él.

—Exactamente.

Una sombra de admiración cruzó su expresión, apenas perceptible, pero lo suficiente para sentirme halagada sin palabras.

—No es una estrategia habitual en mi entorno.

—Quizá por eso funciona.

Una leve sonrisa se dibujó en sus labios.

—Empiezo a pensar que debería consultar más a menudo a… ciertas personas.

Noté el matiz, mezcla de sorpresa y admiración.

—Dependerá de la disponibilidad de esas personas —respondí con fingida inocencia.

—¿Está bien con las niñas?

—Sí, la verdad. Nunca me han gustado los niños, pero Louise y Rose son maravillosas.

—¿Nunca le han gustado los niños? Es institutriz.

Me ruboricé incómoda.

—No me refiero a… Me gusta enseñarles —improvisé—. No me gustan los niños para tenerlos… como madre…

Todo mi cuerpo pareció envararse. ¡No era cierto! Me cubrió un sudor seco e incómodo. Tenía tanto miedo de no encontrar un hombre con quien tenerlos que había escondido mi miedo tras la negativa a ser madre.

Desvié la mirada por si Richard pudiera descubrir en ella algo que yo misma había ignorado hasta ese momento.

Sentí su mirada en mí, e incómoda, quise distraerle,

—¿Y esto que es? —señalé un documento cualquiera de la mesa.

Su mirada se sostuvo en la mía un instante antes de fijarse en la documentación que le señalaba.

—Una disputa entre dos familias de arrendatarios. Llevan años enfrentadas por los límites de sus tierras. Nada grave, pero constante. Pequeños conflictos que terminan escalando.

—¿Hay registros claros de los límites?

—Ambos aseguran tener razón.

No pude evitar una leve exhalación.

—Por supuesto.

Él esbozó una sonrisa casi imperceptible.

—Empiezo a detestar esa respuesta.

Me incliné ligeramente hacia el documento, observando la especie de croquis que había hecho.

—Deje de intentar determinar quién tiene razón.

Richard alzó la vista de inmediato.

—Eso no resolvería el problema —proseguí.

—¿Lo resolvería de otra manera?

Se hizo un breve silencio, expectante.

—Redefina los límites con su autoridad —continué—. Establezca una división clara, nueva, que ambos deban aceptar. Puede incluso ofrecer pequeñas compensaciones si fuera necesario.

—¿Y si alguno se niega?

—Entonces el conflicto deja de ser entre ellos… y pasa a ser con usted —respondí con serenidad—. Y en ese caso, la resolución será mucho más rápida.

Sus labios se curvaron, esta vez con mayor claridad.

—Es… contundente.

—Es práctico.

Apoyó la espalda en la silla, observándome con una atención que ya no intentaba disimular.

—Tiene una forma muy particular de ver las cosas.

—Solo intento simplificarlas —le respondí encogiéndome de hombros.

—Hace algo más que eso —replicó con suavidad.

La forma en que lo dijo y cómo me miró me hizo guardar silencio.