Un duque de ida y vuelta #10
Nos retamos con la mirada durante unos instantes.
Me daba igual que descubriera cuánto me había afectado la negativa de la noche anterior.
Todavía me sentía rabiosa cuando lo recordaba, pero en ese momento, ¿cómo negarme?
Imposible. Eso sí, orgullosa, no acepté su ayuda al subir al carro ni al bajar.
Agradecí no caerme, porque ambas cosas parecían más fáciles de lo que en realidad eran.
Cuando llegamos al parque, el aire de la mañana era fresco y limpio, los senderos de grava, flanqueados por árboles altos y perfectamente alineados, crujían suavemente bajo nuestros pies.
Las niñas empezaron a correr unos pasos por delante, riendo, persiguiéndose sin preocuparse por nada más que el juego. Sus sombreritos se balanceaban con cada movimiento, y sus voces infantiles parecían iluminar incluso el cielo ligeramente encapotado.
Yo caminaba a su lado, seria. Bastante rígida por tenerlo tan cerca.
—¿Está enfadada porque no la besé ayer? —me preguntó por sorpresa y sin ningún tipo de vergüenza.
—No, claro que no —respondí quizá demasiado rápida—. Pero no quiero hablar de ello con usted.
—¿Por qué no?
Lo miré seria y fría.
—Porque no me da la gana y porque no me gusta su afán de superioridad.
Pareció divertirle mi respuesta.
—¿Esto por un beso?
Me ruboricé incómoda. Desde luego que no necesitaba sus besos. Fui a responderle como se merecía, cuando una voz masculina nos interrumpió.
—Qué agradable coincidencia.
Me giré con la rabia todavía reflejada en mis ojos.
Un caballero de porte distinguido, y que recordaba de la noche del baile, nos sonreía mientras se acercaba con paso seguro.
—Señorita Devine —hizo una leve reverencia, sin apartar los ojos de mí—. Tenía la esperanza de volver a verla.
—Señor … —respondí, intentando recordar su nombre y recobrar la compostura que había estado a punto de perder. Por lo menos, era agradable que alguien se alegrara de verme.
El duque no dijo nada, pero me dio la impresión de que se envaraba todavía más.
—Confío en que la otra noche disfrutara de la fiesta —continuó el hombre, colocándose a mi lado con una familiaridad que me incomodó—. Debo admitir que su recuerdo me ha acompañado estos días.
Noté la mirada incrédula del duque sobre él.
—La señorita es mi institutriz —intervino por fin, con una voz tan serena que resultaba intimidante—. Y este paseo es de carácter… familiar.
El caballero sonrió.
—Por supuesto. No pretendía interrumpir. Solo aprovechar la oportunidad de saludarla.
Se inclinó ligeramente hacia mí. Demasiado cerca.
—Quizá podríamos coincidir más tarde. En un entorno menos concurrido.
Me sorprendió la proposición, pero antes de que pudiera responder, el duque dio un paso al frente.
—No tendrá tiempo. Ha de cuidar a mis hijas.
El caballero alzó una ceja, con una mezcla de incredulidad y diversión.
—No pretendía ofender.
—Y, sin embargo, lo ha hecho.
La tensión entre los dos era palpable. Contuve la respiración, incómoda. Finalmente, el hombre retrocedió, recuperando su sonrisa elegante.
—Entonces no insistiré… por ahora.
Me dedicó una última mirada antes de alejarse. Carraspeé, incómoda.
—Ha sido… innecesariamente brusco —señalé al duque.
Él se giró lentamente hacia mí.
—No —decidió—. Ha sido claro.
—Pero no era asunto suyo —repliqué, aunque mi voz no tenía toda la firmeza que pretendía—. Yo podía quedar con él cuando no estuviera con las niñas.
—Es asunto mío —respondió, acercándose apenas un paso—. Mientras sea mi institutriz está bajo mi protección.
—¿Protección… o control?
Sus ojos oscurecieron.
—Llámelo como desee.
—No soy una de sus posesiones.
—Nunca he dicho que lo sea.
—Entonces no tiene derecho a decidir por mí.
Nos quedamos frente a frente. Demasiado cerca.
—Ese hombre no la busca para cortejarla —dijo en voz baja—. Y usted lo sabe.
Lo miré altiva. Claro que podía intuir lo que ese hombre quería. Lo que todos parecían buscar en mí. Pasar un buen rato. Nada serio ni complicado. Lo mismo que en mi día a día, pero no había manera de encontrar algo mejor o diferente.
—Eso no le da derecho a…
—Me da el deber —me interrumpió— de evitar que la traten como algo que no es.
Sus palabras me impactaron. Lo decía en serio y no era la primera vez que me lo decía. Era reconfortante que me valorara tanto. Como si se preocupara por mí.
—¿Y qué soy? —susurré extrañada. Si iba a decirme algo que me lo dijera en tu totalidad.
Su mirada descendió a mis labios. Solo un instante. Lo suficiente para que yo humedeciera los míos.
—Ese es precisamente el problema —murmuró manteniéndome la mirada.
Nos miramos en silencio. Las niñas llegaron hasta nosotros corriendo, entre sonrisas.
—Sigamos paseando —les indicó el duque mientras ellas salían corriendo.
—No os alejéis mucho —les advertí, aunque sabía que no me harían demasiado caso.
—¡Solo hasta el banco! —gritó una de ellas, señalando a lo lejos.
Negué con una sonrisa. Pese a que no me gustaban los niños, estaba disfrutando con ellas. Eran impulsivas, risueñas y muy curiosas.
El duque caminaba a mi lado, con las manos a la espalda, observando a las niñas con una atención silenciosa.
—Vaya, qué coincidencia.
Una voz femenina interrumpió el momento e hizo que ambos nos detuviéramos.
Una mujer rubia, de brillantes ojos verdes, se había detenido frente a nosotros.
Estaba preciosa. Su vestido claro contrastaba con el verde del parque, pero no tanto como su sonrisa.
Parecía una muñeca pensé con cierta envidia.
Yo a su lado, con mi uniforme oscuro, serio y funcional, parecería una hormiga.
—Excelencia —añadió, inclinando levemente la cabeza, pestañeando coqueta. Sus ojos no abandonaron los de él ni un segundo. A mí ni me miró.
Yo me quedé en silencio, observando.
—Lady Blackwood —respondió él, con cortesía—. No esperaba encontrarla aquí.
—¿De verdad? —replicó ella, avanzando despacio hacia nosotros—. Yo diría que este es exactamente el tipo de lugar donde uno puede tener… encuentros interesantes.
Parpadeé incrédula. ¿Estaba tratando de seducirle? Se detuvo frente a él. Demasiado cerca.
—¿Disfruta del paseo? —preguntó coqueta, bajando ligeramente la voz.
—Es… tranquilo —respondió él.
Ella ladeó la cabeza, con una media sonrisa.
—La tranquilidad puede ser peligrosa —murmuró—. A veces invita a pensamientos… inapropiados.
Sentí algo incómodo en el pecho. ¿Estaba tratando de seducirlo delante de mí? Claro que yo era una simple empleada, me recordé.
—No suelo tener ese problema —dijo él.
—Oh, vamos… todos lo tenemos —insistió la mujer, apoyando su mano en su antebrazo—. Especialmente cuando la compañía lo merece.
Su mirada descendió apenas, recorriéndolo con una lentitud que no dejaba lugar a dudas. Ahogué un gemido. No debería estar viendo aquello.
—¿Ha venido solo? —preguntó ella, fingiendo mirar alrededor, como si yo no existiera.
—No.
Ella giró entonces la cabeza hacia mí, como si acabara de descubrirme.
—Oh… disculpe —dijo, sin que su tono reflejara verdadero arrepentimiento—. No la había visto.
No respondí intencionadamente a su actitud descarada y desvergonzada.
—La señorita Devine acompaña a mis hijas —añadió él.
—Entiendo —murmuró indiferente—. Qué… conveniente.
Volvió a centrar toda su atención en él.
—Precisamente pensaba en usted hace unos días —continuó—. Hubo una velada en casa de los Whitmore. Le eché en falta.
—No suelo asistir a ese tipo de reuniones.
—Tal vez debería reconsiderarlo —replicó ella suavemente—. Hay conversaciones… que solo ocurren en ciertos ambientes.
—No me interesan esas conversaciones.
Pero ella no se rindió.
—Entonces quizá le interese esto —dijo, inclinándose ligeramente hacia él—. Estoy organizando una pequeña cena. Muy selecta. Muy… privada.
Mi estómago se tensó. ¿Se podía ser más descarada?
—No asistiré.
La respuesta fue inmediata y sin una pizca de duda o arrepentimiento.
Ella parpadeó visiblemente confundida
—Ni siquiera sabe cuándo será.
—No es necesario.
Aquello fue contundente. Si no me hubiera dado un poco de pena, solo un poco, no hubiera podido disimular mi satisfacción.
—Es usted un hombre difícil, Excelencia.
—Prefiero pensar que soy claro.
Sus miradas se sostuvieron. Y entonces ella sonrió de nuevo, pero esta vez con cierta frialdad en su actitud.
—La claridad puede resultar… decepcionante.
—Solo para quien espera algo distinto.
No hubo dureza en su voz. Pero sí una firmeza imposible de ignorar. Finalmente, ella dio un pequeño paso atrás, rindiéndose.
—Ha sido un placer encontrarle —dijo, recuperando la elegancia inicial—. Quizá en otra ocasión tenga más suerte.
—Quizá —respondió él.
Pero creo que todos los presentes sabíamos que no.
Ella me dedicó una breve y última mirada, cargada de indiferencia y rabia. Como si le importara que yo hubiera sido testigo de lo ocurrido.
El silencio que quedó fue extraño. Las niñas seguían riendo a lo lejos, ajenas a todo. Yo exhalé lentamente, sin darme cuenta de que había estado conteniendo el aire.
—Es una mujer… insistente —murmuré.
—Sí.
Lo miré de reojo mientras continuábamos el paseo
—La mayoría habría aceptado —añadí, antes de poder contenerme.
Él giró la cabeza hacia mí. Sus ojos se encontraron con los míos.
—No soy la mayoría.
De eso ya me había dado cuenta. Desvié la mirada, incapaz de sostener la suya por más tiempo.
—Las niñas se están alejando demasiado —dije, señalando al frente para aliviar la tensión generada y que nos acompañaba.
—Será mejor que volvamos a casa —indicó el duque con rostro serio.
Asentí y llamé a Louise y Rose para volver de regreso a donde nos esperaba el carruaje.
Otra noche que no podía dormir ni despertarme de este sueño interminable.
Porque estaba soñando, ¿no? No podía haber otra explicación lógica.
Si no fuera así, ¿qué había ocurrido? ¿Estaba en una realidad paralela mientras mis hermanas me buscaban preocupadas sin encontrarme?
Imposible. Era un sueño muy largo, nada más, me convencí.