Un duque de ida y vuelta Un duque de ida y vuelta #9
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Un duque de ida y vuelta #9

El duque permanecía junto a la chimenea, inmóvil, observando la escena con esa calma suya que nunca dejaba entrever demasiado.

—Emily… —insistió en tono conciliador.

—No, Richard, permítame terminar —le interrumpió ella con una suavidad que no era tal—. Porque esto nos afecta a todos.

Se detuvo frente a mí. ¿Pretendía enfrentarme? O, peor aún, ¿pretendía que yo aguantara lo que tuviera que decirme con esa actitud tan prepotente y arrogante? ¡Pero ¿por qué no me despertaba?!

—Acabo de cruzarme con lord Whitemore. Una institutriz —prosiguió— no recibe visitas masculinas. No despierta el interés de medio condado. No se convierte en tema de conversación en los salones.

Sentí cómo me ardían las mejillas, pero no abrí la boca. Si lo hacía, podría decir cosas que no iban a gustarle.

—Está aquí para educar a las niñas —añadió, más fría—, no para atraer la atención de caballeros que deberían estar cortejando a damas de su misma posición.

—No creo que la señorita haya hecho nada deliberado —intervino el duque finalmente, con tono sereno—. No podemos culparla por el comportamiento de otros.

Por un instante, quise mirarlo para agradecerle la intervención, pero no lo hice.

—¿No? —Emily alzó ligeramente una ceja—. Curioso, porque yo sí creo que ciertas actitudes… invitan a ese comportamiento.

Apreté los dedos aún más. Respira, no respondas, traté de serenarme.

—Quizá —continuó ella, clavando sus ojos en mí—, alguien debería recordarle cuáles son los límites de su posición.

—Estoy segura de que la señorita es consciente de ellos —dijo el duque, con una tranquilidad que me irritó.

Parecía que yo no estuviera presente.

—Más le vale serlo —replicó Emily—. Porque no permitiré que se convierta en motivo de escándalo en esta casa.

El silencio volvió a caer. Noté la mirada del duque sobre mí. ¿Esperaba que le dijera algo? ¿Que no los había alentado? ¿Que no pensaba disculparme por existir?

—Volveré con las niñas —dije levantando la barbilla.

Emily me miró como si la hubiera abofeteado.

—¿No vas a decirle nada, Richard?

—No —respondió con tranquilidad—. De hecho, acabábamos de hablar sobre eso cuando has llegado.

La miré con cierto aire de victoria que la hizo alterarse todavía más. De haber podido, si su educación lo hubiera permitido, se me habría echado encima con intención de arañarme la cara.

Tras una ligera inclinación de cabeza, salí de la biblioteca con paso firme. ¿Pero por qué no me despertaba?

Esa noche me estaba costando dormirme. Pero ¿cómo iba a tener sueño si todavía estaba soñando?

Un sueño demasiado largo, refunfuñé. Había confirmado que me gustaba esa época, aunque hubiera disfrutado más perteneciendo a la nobleza.

Así podría haber asistido a todos los bailes a los que me hubieran invitado.

Hubiera bailado con uno, con otro… Aunque eso ya lo había hecho, y había ratificado que en esa época también había hombres a los que no les gustaba comprometerse. No iba a ser la amante de nadie. Ya estaba cansada de encuentros esporádicos en mi realidad, como para también tenerlos en un sueño.

¿Por qué caía en lo mismo una y otra vez?

¿Tan difícil era encontrar el amor? Por lo visto, sí.

Me removí otra vez sin encontrar una postura medianamente cómoda.

Saldría a… ¿dónde iba a ir? ¿Por qué no me despertaba?

Podría ir a algún pub… Ah, no, estaba en casa de mis padres…

Solo podría salir al porche. Allí tampoco veía más opción.

Pero no, seguía en el Londres de la Regencia.

No me quedaría más remedio que salir a los jardines.

Me levanté, me envolví en un chal ligero que encontré nada más abrir el armario y salí en silencio, procurando no hacer ruido. La casa dormía. Todo estaba en calma.

Atravesé el pasillo, bajé las escaleras y,  fui directa a abrir una de las puertas que daba a la rosaleda que había visto desde la habitación de las niñas.

El aire fresco de la noche me recibió como un suspiro. La luna iluminaba tenuemente el jardín, dibujando sombras suaves entre los setos y los árboles.

Cerré los ojos un instante. Necesitaba esa calma que se respiraba y sentía. Di unos pasos hacia adelante, abrazándome con suavidad.

—No debería estar aquí sola.

Abrí los ojos de golpe y me giré. El duque estaba allí. A unos pocos pasos, con las manos en los bolsillos, entre las sombras. Mi corazón empezó a latir con fuerza.

—Podría decir lo mismo de usted —respondí, intentando mantener la compostura. Mi pulso ya se había acelerado.

—Esta es mi casa —dijo con tranquilidad.

—Necesitaba… respirar —reconocí.

Dio un par de pasos hacia mí, eliminando ligeramente la distancia que nos separaba.

—No es prudente —añadió—. Podrían verla.

—¿Y qué dirían? —pregunté despreocupada, al verlo parado frente a mí. ¿Qué había de malo en salir al jardín?

—Más de lo que deberían.

Su mirada descendió un instante a mis hombros cubiertos apenas por el chal y volvió a subir. Ese pequeño gesto me hizo estremecer. ¿El duque se sentía atraído por mí? Un duque, un duque, me repetí. ¿Por qué no? ¿Cuántas veces me había conformado con menos?

Siempre había creído que era yo quien elegía, quien llevaba las riendas en mis relaciones, cuando en realidad siempre acababa eligiendo mal y recibiendo lo que ellos quisieran darme.

¿Quizá era momento de cambiar mis elecciones?

Elegir hombres que quisieran comprometerse y no solo pasar el rato.

Tendría que pensarlo seriamente cuando me despertara.

—Quizá no me importe —murmuré consciente de su cercanía. No le hubiera dicho que no si me hubiera rodeado con sus brazos.

Sentí cómo se tensaba, sin apartarse.

—Debería importarle —respondió.

—Siempre me dice lo que debería hacer —dije, sosteniendo su mirada.

—Y a usted le cuesta obedecer.

«Por supuesto», pensé.

—No me gustan las obligaciones ni los convencionalismos.

—Rasgos peligrosos para una institutriz. ¿Cómo va a educar a mis hijas?

—Como mujeres libres e independientes.

Note cómo se le tensaba el gesto. Estamos en otra época, me recordé.

—Si lo hiciera así, las convertiría en mujeres amargadas cuando descubrieran la realidad que les rodea. ¿De verdad va a hacerles eso?

—No —bajé la mirada—, pero, en la medida de lo posible les enseñaré a tomar buenas decisiones.

—¿Cómo las que usted toma?

Le mantuve la mirada, tensa. Quitando el tema de las relaciones de pareja no me podía quejar de mi vida.

—No me va mal —le respondí con seguridad. Amaba a mi familia, tenía amigas, trabajaba en un lucrativo bufete de abogados… El amor era otra historia que no dependía solo de mí, pero no se lo iba a decir. Desvié la mirada.

—¿No podía dormir? —le pregunté para romper el silencio que nos había rodeado.

—Más o menos. No esperaba encontrarla aquí.

—Yo también pensaba que estaría sola.

—Salir a los jardines de noche puede ser peligroso.

Lo miré de reojo.

—Lo dudo.

Sí, sabía que lo estaba tentando. Mi mirada de fingida inocencia, probablemente, también lo estaba haciendo.

—Puede cometer una imprudencia —respondió bajando la voz y manteniéndome la mirada.

¿Una imprudencia? ¿Con él? Me sorprendí planteándome la posibilidad. Realmente era atractivo elegante, educado, protector… Me recordaba a R. J. Quizá por eso era fácil confiar en él. Pero era tan distinto a los hombres con los que solía relacionarme… ¿O no?

—¿Quién, yo? ¿La estoy cometiendo? —pregunté abriéndome a cierto coqueteo.

—Realmente, sí.

—Entonces… deténgame —sonreí seductora, casi acariciándole con mis palabras.

No supe identificar el brillo de su mirada, pero noté cómo apretaba sus labios. Una institutriz no haría eso con su señor, pero yo despertaría en cualquier momento, así que no me importaba mucho.

El duque no se movió. Alzó lentamente una de sus manos para rozarme el brazo en una suave caricia, durante un segundo. Lo suficiente para que una corriente eléctrica me inflamara y tener que contener la respiración.

—No debería… —murmuró.

Pero no apartó la mano. Ni yo me alejé de él.

—Entonces no lo haga —susurré casi con la voz entrecortada.

—Michelle… —dijo mi nombre por primera vez.

¡Qué bonito sonaba mi nombre en sus labios! Mi corazón se aceleró y mi cuerpo entero pareció reaccionar a él.

—Dígame que no quiere esto —susurré— y me iré.

Se estaba conviritiendo en una tórtura. ¿Por qué no se lanzaba? ¿Por qué no me rodeaba con sus brazos y me besaba hasta hacerme perder el aliento?

No respondió, pero tampoco se apartó. Su rostro estaba a apenas a unos centímetros del mío. Podía sentir su aliento.

Entonces, su mano se tensó y se apartó de golpe. Como si quemara. Dio un paso atrás. Luego otro. La distancia encontró su lugar entre nosotros.

—Esto no puede suceder —dijo con firmeza.

Volvía a ser el de siempre, controlado, distante, serio…

—Por supuesto que no —respondí, incapaz de ocultar lo que sentía en ese momento.

Me aparté también, orgullosa, levantando ligeramente mi barbilla. No sabía qué me había molestado más, si el rechazo o la decepción de no ser besada por él.

—Buenas noches, señor.

Me giré antes de que pudiera responder para volver a mi dormitorio.

—Señorita Devine…

Me detuve solo un segundo, pero no me giré. No le iba a dar el gusto de que me mirara a los ojos. Seguro que sabría cuánto me había dolido.

—No vuelva a salir sola por la noche.

—No se preocupe —respondí en voz baja casi apretando los labios de la rabia que había empezado a invadirme—. No volveré a cometer esa… imprudencia.

Me marché con paso firme, decidida, arrogante. Para ser un sueño, esa negativa me estaba doliendo demasiado.

A la mañana siguiente, las niñas y yo estábamos preparadas para ir a pasear por el parque donde tenía oído que la alta sociedad pasaba las mañanas, cuando el duque, elegantemente vestido, nos alcanzó en la puerta.

—Las acompañaré.

Evité su mirada, todavía molesta con él y con ese sueño del que no había manera de despertar.

—No es necesario, gracias.

—No es necesario, pero voy a hacerlo.