Un duque de ida y vuelta #8
El señor Davenport resultó ser otro de los hombres que había visto la noche anterior. Entró con una sonrisa encantadora y parecía que casi con la misma intención que su amigo a juzgar por su mirada. No esperó a ser invitado para sentarse.
—Ashford… —saludó con una inclinación leve.
—Davenport —respondió el duque, sin levantarse—. Confío en que esta visita tenga un propósito más razonable que las anteriores.
El hombre sonrió con cierta arrogancia, mientras detenía su mirada en mí sin disimulo.
—Depende de lo que considere razonable.
Yo permanecía inmóvil, con las manos entrelazadas sobre el regazo, deseando irme.
—Hablaré con claridad —continuó él, manteniéndole la mirada al duque—. Anoche tuve el placer de conocer a la señorita Devine.
Los dos hombres me miraron. Yo no hice nada, me defendí mentalmente. El duque no respondió, pero su silencio no era permisivo. Más bien parecía a punto de perder la paciencia.
Davenport lo ignoró.
—Y rara vez —añadió, con una suavidad peligrosa— se encuentra una presencia tan… refrescante.
Sentí el calor subir a mis mejillas, incómoda.
—Si ha venido a repetir lo que otros ya han insinuado —intervino el duque—, le ahorraré el esfuerzo.
—Me temo que no —replicó Davenport, manteniéndole la mirada—. Mis intenciones son… más concretas.
Elevé las cejas, incrédula. Esa situación era muy violenta. ¿Le iba a pedir permiso al duque para «cortejarme»?
—Explíquese.
El señor Davenport me miró con un brillo en la mirada que no supe identificar, pero que no me gustó.
—No pretendo ofender —dijo ignorándome para dirigirse al duque—. Soy un hombre práctico, ya me conoce. Y sé reconocer cuando algo… no está destinado a encajar en las estructuras habituales.
Mi pulso se aceleró. ¿A qué se estaba refiriendo?
—La señorita Devine —continuó, con voz baja y perfectamente medida— no pertenece a nuestro círculo.
El duque se tensó de una manera ligeramente perceptible. Me daba la impresión de que me iba a ofender, pero que a la vez le estaba ofendiendo a él.
—Pero posee cualidades… —prosiguió dejando la frase suspendida un instante, con sus ojos brillantes— que un hombre podría desear disfrutar… sin necesidad de complicaciones innecesarias.
Mi respiración se detuvo. ¿Quería decir lo que me estaba imaginando? ¿Quería que fuera su amante? ¿Y necesitaba decírselo al duque? ¿No podíamos haber mantenido un encuentro puntual y luego olvidarlo? Me ruboricé avergonzada.
—¿Está usted sugiriendo… —empezó el duque.
—Estoy proponiendo —lo interrumpió el señor Davenport con una calma insultante— un acuerdo discreto. Conveniente para ambas partes.
Entonces me miró de nuevo. Yo me había quedado sin palabras.
—Por supuesto —añadió con una leve sonrisa—, siempre que la señorita esté dispuesta.
Una rabia inesperada me recorrió de arriba abajo. ¿Qué yo estuviera dispuesta? No podía ni hablar. Me causaba hasta repulsión.
El duque dio varios pasos, con los labios fuertemente apretados. La tensión se notaba en el aire.
—Ha cruzado usted una línea —le avisó en apenas un susurro contenido.
—He sido honesto —le reconoció despreocupado.
—Ha sido inapropiado.
—He sido realista.
El silencio volvió a caer entre ellos. Parecía que yo no estuviera presente.
—Si insiste en rebajarse a este tipo de propuestas —continuó, sin apartar la mirada del hombre—, al menos tendrá la decencia de dirigirse a la persona implicada.
Mi corazón latía con fuerza. ¿Me dejaba la decisión a mí?
El hombre lo miró con cierta desconfianza, antes de inclinar levemente la cabeza y mirarme.
—Señorita Devine —dijo con suavidad—, le aseguro discreción absoluta… y una vida considerablemente más cómoda de la que actualmente posee.
Me pareció tan insultante y humillante que tuve que morderme los labios para no decirle lo que pensaba.
Me sentía arder. Le hubiera abofeteado con ganas.
Una cosa era un encuentro secreto y esporádico y otra, que todo el mundo lo supiera, por mucha discreción que me asegurara.
Y en ese momento, el duque sabría que yo sería su amante. Era para gritar.
—Yo… —empecé tratando de encontrar las palabras insultantes más adecuadas sin que resultaran demasiado evidentes.
La voz se atascó en mi garganta. Sentía la mirada de ambos fija en mí.
El duque dio un paso hacia él.
—Es suficiente.
El hombre sostuvo su mirada un instante más. Entonces cedió. Asintió levemente.
—Como desee, su excelencia.
Se levantó airado. Me miró una última vez.
—Mi oferta sigue en pie.
—Fuera —ordenó el duque con una mirada dura y fría.
No le hizo falta levantar la voz.
El señor Davenport inclinó la cabeza levemente y abandonó la biblioteca. La puerta se cerró con un sonido seco.
Nos quedamos inmersos en un silencio incómodo y cortante. Fui incapaz de moverme y de mirarle.
—Esto —dijo finalmente— no volverá a repetirse.
¿Me estaba culpabilizando? Era lo que me faltaba por oír. Quizá lo que no le había dicho a ese hombre se lo iba a decir al duque. El problema serían las consecuencias porque trabajando para él…
Me mantuvo la mirada. La mía, ardía. La suya parecía brillar por no sé qué motivo.
—¿Acaso es eso lo que desea?
—¿Perdón?
Él no se movió. Permanecía junto a la mesa, con una mano apoyada sobre la madera y los nudillos ligeramente tensos.
—Una vida… cómoda —repitió—. Discreta. Conveniente.
—No —respondí, sintiendo cómo el calor subía a mi rostro—. Por supuesto que no.
—Sin embargo, no parecía usted especialmente indignada.
—No me ha dejado hablar.
Sus ojos se clavaron en los míos. Dio un par de pasos hacia mí. Era capaz de fulminarlo con la mirada.
—No necesitaba oír su respuesta.
Mi pulso se aceleró y di dos pasos hacia él. No iba a quedarme callada.
—Quizá yo sí necesitaba darla.
—No entiende la situación en la que se encuentra.
—La entiendo perfectamente —repliqué colocándome frente a él, acusándole con mi dedo índice, clavándoselo en el pecho con pequeños toquecitos—. Mucho mejor de lo que usted cree.
Apenas había distancia entre nosotros. Era más alto que yo, así que tuve que levantar la cabeza para mirarle a los ojos. No me importaba hacerlo.
—Entonces explíqueme —murmuró con el ceño fruncido— por qué no lo rechazó de inmediato.
—Porque me ha sorprendido.
—¿O porque lo ha considerado?
El golpe fue, otra vez, directo.
—Eso es injusto.
—¿Lo es? —susurró con una prepotencia que me parecía insultante.
—¿Qué es lo que le molesta tanto? —siseé.
Sus ojos no se apartaron de los míos.
—No me molesta.
—Claro que le molesta —insistí suavemente—. Lo que no sé es por qué.
—Porque es mi responsabilidad. Es la institutriz de mis hijas.
—No —negué despacio—. Eso no es su responsabilidad.
—No tiene idea de lo que implica esto —dijo, pero su voz ya no era firme—. Ni de lo que dirían si…
—¿Si qué?
Su mirada descendió un instante a mis labios para luego volver a subir.
—Si alguien siquiera insinuara… —empezó a decir visiblemente malhumorado.
—Entonces no es por mí —dije en voz baja—. Es por usted.
—No —respondió, dando un paso más—. Es precisamente por usted.
Mi respiración se detuvo.
—No permitiré —continuó, ahora muy cerca— que la conviertan en algo que no es.
—¿Y qué soy?
Me mantuvo la mirada en silencio. Apenas quedaba espacio entre nosotros.
—Alguien… —empezó.
Pero se detuvo. Sus ojos volvieron a mis labios. Y esta vez… no apartó la mirada.
—Alguien que merece algo más que convertirse en la amante de un noble. Eso no tiene futuro.
—Ser institutriz, ¿sí?
—Por lo menos es más respetable.
—Pero no me garantiza el afecto de un hombre.
—¿Lo necesita?
Me quedé pensativa. Mi vida amorosa era un auténtico desastre. Solo hombres incapaces de comprometerse, buscando apenas pasar un buen rato. El corazón me latía con fuerza.
—Quizá no, pero lo quiero.
No respondió, pero no se apartó. Yo, tampoco. Me estremecí ante su mirada y su cercanía. No me daba la impresión de que el duque fuera un mujeriego como los demás habían demostrado ser.
—Ese… —murmuró— es precisamente el problema.
—No soy una niña —susurré.
—No —respondió, bajando apenas la voz mirándome los labios de nuevo—. Ese es otro problema.
Mi corazón latía desbocado.
—Entonces deje de tratarme como si no pudiera decidir.
—Y usted deje de comportarse como si no entendiera las consecuencias.
Apenas nos separaban unos milímetros. Nuestras respiraciones eran una.
—Tal vez sí las entiendo. Y tal vez —añadí suavemente— no me asustan tanto como a usted.
Su mandíbula se tensó.
—No tiene ni idea de lo que está diciendo.
—Entonces explíquemelo.
Dio un paso atrás. Como si la cercanía lo incendiara tanto como a mí y la distancia fuera necesaria.
—No —dijo finalmente—. No voy a hacerlo.
«Cobarde», pensé. Me hubiera arrojado a sus brazos si no hubiera sido por la posibilidad, quizá mínima, de que me rechazara. Era capaz de hacerlo por su moral estirada y rígida.
—Debería irme —murmuré manteniéndole la mirada.
Pero no me moví. Estábamos demasiado cerca.
—Sí —respondió sin moverse.
Casi podía escuchar el sonido de su respiración. Parecía querer besarme y, pese a todo, yo quería que lo hiciera.
—Esto ha sido inapropiado —dijo, volviendo a su tono frío—. No volverá a repetirse.
Entonces se apartó de repente. Me quedé parada y fría. ¿Por qué no le había besado yo? No era una institutriz de la Regencia, era Michellle Devine, abogada de un prestigioso bufete en un sueño más largo de lo que me hubiera gustado. Apreté los labios, fastidiada.
Llamaron a la puerta.
—Su excelencia —volvió a sonar la voz del mayordomo—. Lady Emily ha venido a verlo.
El duque asintió.
—Dígale que pase. La señorita Devine ha de volver con las niñas.
Me di media vuelta airada. ¿Quería besarme? Debería haberlo hecho. Era evidente que yo también estaba dispuesta.
—Esto no puede continuar —exclamó Emily entrando en el despacho, enojada.
Me detuve porque casi se me llevó por delante el ímpetu con el que entró.
—Emily… —empezó a decir el duque sin conseguir que ella se callara.
—No es apropiado —continuó ella, paseándose con paso rápido y nervioso por la estancia—. No es decoroso. Y, desde luego, no es aceptable bajo este techo.