Un duque de ida y vuelta #7
Por un segundo, el mundo pareció detenerse. Parecía dudar. No esperaba que le respondiera como lo estaba haciendo.
—No vuelva a vestirse así —dijo con cada palabra cargada de veneno—. No vuelva a aparecer en uno de nuestros bailes. Y, sobre todo…
Se inclinó apenas hacia mí.
—Manténgase alejada del duque.
Ahí estaba. Eso era lo que realmente le molestaba. Los celos. ¿Cuántas mujeres inseguras había en el mundo? ¿Cuántas que querían retener a un hombre a su lado, aunque el hombre prefiriera a otra? ¿Por qué no se daban cuenta de su propio valor? ¿O los valoraban en exceso a ellos?
—No soy yo quien debería preocuparse por eso —respondí, antes de poder detenerme.
Su rostro se tensó.
—¿Cómo se atreve…?
—No le debo nada —añadí, más bajo, pero más firme—. Y no voy a obedecer órdenes que no he elegido.
El sonido de unos pasos firmes interrumpió el momento. El duque. Apareció en el pasillo frente a nosotras. Su mirada pasó de ella a mí.
Lady Emily fue la primera en recomponerse. Su expresión cambió al instante, transformándose en una máscara de dulzura e ingenuidad, impecable.
Yo no tuve esa capacidad. Sentía la rabia ardiendo en el pecho.
—¿Va todo bien? —preguntó severo.
—La señorita Devine ya se iba —respondió lady Emily con falsa dulzura.
Él me miró serio esperando una respuesta.
—Como le he dicho en el salón de baile, ya me retiro. Lady Emily, solo quería desearme buenas noches.
Vi un relámpago en los ojos de la mujer antes de girarme orgullosa y altiva. Me iba porque yo quería, no porque nadie me lo hubiera dicho. Y ya me podía despertar de este sueño, murmuré molesta mientras subía las escaleras.
A la mañana siguiente, noté cómo entraba el sol por la ventana. No quería abrir los ojos. Quería seguir en la época de la Regencia para ver al duque una vez más y no empezar a recoger armarios con mis hermanas. Remoloneé un poco más.
Escuché cómo llamaban a la puerta.
—Ya voy —murmuré ligeramente malhumorada. No me quería levantar.
Sonreí levemente al recordar al duque la noche anterior. No me habría fijado en él como hombre. Quizá porque era demasiado formal y estaba más acostumbrada a los que solo buscaban pasar un buen rato conmigo. Aunque, en ese siglo, hubieran arruinado mi reputación, me recordé.
La puerta se abrió. Sería Amanda, empezando a organizarlo todo. Me cubrí aún más con las sábanas.
—Señorita Devine, debería despertarse. Las niñas no tardarán en bajar a desayunar.
Abrí los ojos sorprendida. Vi el dosel de tela gruesa suspendido sobre mi cabeza con las cortinas de color crema. ¿Todavía estaba allí? Ese sueño estaba durando mucho. La señora Hayes empezó a abrir las ventanas para ventilar mi dormitorio.
—¿Qué hace este vestido aquí? —me preguntó con su habitual gesto serio.
Me levanté a regañadientes al ver el vestido sobre la silla donde lo había dejado. No lo había recogido la noche anterior. Mi uniforme estaría en el dormitorio donde lo dejé. Menos mal que había otros en el armario.
—Luego lo devolveré a su sitio —improvisé—. Ayer estuve en el baile. Necesitaba un vest…
—Usted es una institutriz —me interrumpió desagradable sin mirarme y dirigiéndose hacia la puerta con el vestido de baile entre las manos—. No lo olvide.
La vi salir del dormitorio, en silencio, antes de dejarme caer en la cama de nuevo. ¿Otro día más allí? Me encogí de hombros. Se me estaba haciendo muy largo.
Me vestí con rapidez y con una leve sonrisa. Aún tenía el eco de la música del baile resonando en mi cabeza. Me lo había pasado bien. Quizá debería haberme dejado llevar a la terraza por ese hombre que había insistido en ello.
Realmente no pertenecía a ese siglo. No hubiera pasado nada por montar un escándalo si alguien nos hubiera descubierto. El duque no se lo merecía, pero yo me despertaría en cualquier momento y no volvería a verlo jamás.
Bajé las escaleras con agilidad. Las niñas ya estaban sentadas a la mesa con su padre. Me saludaron con una sonrisa radiante que me llegó al alma. Nunca me habían gustado especialmente los niños, pero no me resultaban molestas.
La mirada del duque era indescifrable. No sé hasta qué hora se habría quedado en el baile, pero no parecía que necesitara descansar más. Me pareció incluso más guapo que el día anterior,
Apenas habíamos terminado de desayunar, cuando el mayordomo, al que había visto en un par de ocasiones el día anterior, apareció en el umbral de la puerta.
—Su excelencia —dijo dirigiéndose al duque—, el señor Whitmore solicita verle.
El duque alzó la vista con tranquilidad.
—Hágalo pasar a la biblioteca. Supongo que trae noticias sobre las tierras del norte.
Esa excusa nos sirvió a todos para levantarnos. Las niñas me tomaron de la mano mientras empezaban a parlotear animadas. Nos esperaba un día de enseñanza, risas y juegos.
Salimos todos a la vez del comedor, justo cuando el mayordomo acompañaba a uno de los hombres que reconocí de la noche anterior.
El señor Whitmore se detuvo en cuanto nos vio, antes de entrar a la biblioteca. Hizo una leve inclinación ante el duque, pero sus ojos se deslizaron hacia mí apenas un segundo más de lo apropiado.
Fui totalmente consciente de ello, y aunque quizá en mi época me hubiera podido sentir halagada, en ese momento, me pareció incómodo.
—Su excelencia.
—Whitmore —respondió el duque con sequedad. Parecía que también él lo hubiera notado—. Pasemos a la biblioteca.
Sonrió volviendo a poner los ojos sobre mí. Yo me dirigí hacia las escaleras con las niñas.
—En realidad… no he venido por asuntos de negocios —le oí decir a mi espalda.
—¿Ah, no?
Me giré con curiosidad para ver al duque, serio, con una ceja levantada.
—Quería ver a la señorita Devine.
El silencio que los acompañó me hizo ruborizar. Me detuve en las escaleras. ¿Venía a verme?
El duque le mantenía la mirada, consciente de que yo me había detenido y estaba escuchando.
—La señorita Devine trabaja en esta casa —le indicó con frialdad—. No está aquí para recibir visitas.
—No creo que su posición le impida recibir admiración —insistió.
Me sorprendió esa respuesta tan directa. Al duque no pareció gustarle tanto. Las niñas se habían detenido al ver que yo no las seguía.
—Naturalmente que no —le respondió el duque—. Pero sabe tan bien como yo que no es apropiado.
Whitmore asintió despreocupado. Me miró una vez más…
y luego inclinó la cabeza. El duque le siguió la mirada hasta encontrarse con la mía.
Apenas se la mantuve unos segundos antes de retirarla y prestar atención a las pequeñas.
Me hizo sentir como una quinceañera que había desobedecido a sus padres.
Yo no esperaba interesar a nadie hasta el punto de que quisieran visitarme.
Tantos convencionalismos no me gustaban nada, sobre todo porque no podía responder a mi gusto.
Quizá hubiera coqueteado con él un poco, hubiera empezado a conocerlo y si no encajábamos como pareja, lo hubiéramos dejado, que era lo que solía sucederme siempre.
—No estoy dispuesto a rendirme —declaró recibiendo una mirada amonestadora del duque y una mía cargada de incredulidad.
—Entonces creo que quien debería responderle es la señorita Devine, que ahora está en su horario laboral. Quizá deba venir más tarde a buscarla y no pasar de la puerta para ello.
Lo miré ruborizada. ¿Le molestaba tanto que un caballero viniera a verme?
No tenía nada de malo. Quizá en esa época sí, pero…
Su dura mirada me hizo bajar la vista y centrarme en las niñas a las que seguí hasta la habitación de juegos.
Me daba la impresión de que el duque me culpaba de lo ocurrido cuando yo no tenía nada que ver al respecto.
De todas maneras, había sido halagador, me dije satisfecha.
La mañana se me hizo muy larga pese a estar entretenida con Louise y Rose y sus clases. Ambas aprendían lo que les decía con rapidez, lo que me obligaba a estar continuamente pensando sobre qué más instruirles.
Después de la hora de comer, el duque me pidió que lo siguiera hasta su despacho. No lo había visto en toda la mañana.
—Parece que ha causado usted una impresión considerable —dijo conforme me abría la puerta para que yo entrara.
—No es algo que yo haya buscado.
—Oh, no —respondió con una ligera ironía—. Ha sido completamente accidental, sin duda.
Alcé la vista, molesta.
—¿Insinúa algo, señor?
Cerró a mi espalda y se dirigió lentamente hacia el escritorio.
—Insinúo —dijo despacio— que los hombres como Whitmore no se presentan en una casa a primera hora de la mañana sin una intención muy concreta.
—¿Y cuál cree que es esa intención?
Sabía la respuesta. Él mismo la había reconocido al llegar por lo que había escuchado, pero suponía que, después de mi marcha, también habían hablado de negocios.
—No busca una esposa —respondió con frialdad, clavándome la mirada—. Busca una distracción.
El golpe a mi ego fue directo.
—¿Y considera que yo soy eso? —pregunté, incapaz de ocultar del todo la ofensa.
Su expresión cambió apenas.
—Considero que usted no pertenece a su mundo.
Ni al suyo, pensé, molesta. Ese era un buen momento para despertar, pero no lo hice. Ahí seguía en ese sueño que ya duraba demasiado. No me gustaba esa actitud paternalista.
—Entonces tal vez debería decidir por mí misma si quiero o no formar parte de él.
Sus ojos se oscurecieron ligeramente.
—Mientras esté bajo mi techo —dijo con voz baja—, ciertas decisiones no son solo suyas.
Mi pulso se aceleró. ¿Me estaba abriendo la puerta a que me fuera de su casa?
Unos leves golpes en la puerta llamaron nuestra atención.
—Su excelencia —interrumpió el mayordomo desde la puerta—, el señor Davenport solicita verle.
El duque asintió con firmeza.
—Hágalo pasar.
Me removí ligeramente. Por lo menos no tendría que retarle a que me despidiera o tomara yo la decisión de irme a no sabía dónde.
—Quizá debería retirarme…
—No he dicho que lo haga —dijo él con firmeza mientras que su nuevo visitante entraba a la biblioteca.