Un duque de ida y vuelta #6
El silencio fue inmediato. Durante un segundo creí haber cruzado una línea imposible de deshacer. ¿Por qué no me podía quedar callada? Porque no sería yo, me respondí. Eso era un sueño.
—Mi deber —respondió él finalmente, con una calma aún más controlada— es mantener el orden de esta casa.
—¿Y el mío? Las niñas están…
—El suyo —dio un paso hacia mí, acortando la distancia— es no comprometerlo.
Mi respiración se volvió más lenta. Más consciente. Lo tenía muy cerca. Ese hombre no era de los que tenían una aventura, me recordé. Ese hombre era serio, responsable, disciplinado y, tenía que reconocerlo, bastante atractivo.
—No estaba haciendo nada indecente —le rebatí.
—No es necesario hacerlo para parecerlo.
Sus palabras cayeron entre nosotros con peso. Quizá en la terraza las cosas hubieran sido diferentes, pero cuando él nos había interrumpido, no estaba pasando nada, me insistí.
—Un hombre no busca la compañía de una mujer a solas sin intención —prosiguió.
—Tal vez yo sí buscaba la suya.
El silencio que siguió fue absoluto. Sus ojos se clavaron en los míos, intensos, inescrutables.
—Eso —dijo, muy despacio— sería aún más imprudente.
Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Debería callarme, me recriminé.
—¿Por qué? —pregunté con fingida inocencia.
La pregunta apenas fue un susurro. Su mirada descendió un instante hacia mis labios y volvió a mis ojos.
—Porque usted está bajo mi responsabilidad —respondió—. Y no permitiré que nadie… la utilice, la comprometa ni la malinterprete.
Le mantuve la mirada. Lo decía en serio. Me estaba protegiendo. No me conocía, o quizá sí, pero esa actitud tan protectora, no la había conocido antes.
—No necesito protección —dije, aunque mi voz ya no tenía la misma firmeza.
—Todos la necesitamos —. Su tono bajó—. La diferencia es que algunos lo saben… y otros no.
Apreté los labios con fuerza. No quería reconocer que quizá tuviera razón.
—Sea prudente, señorita Devine —añadió finalmente, recuperando esa distancia impecable—. Por usted. Y por esta casa.
Asentí despacio. Era inútil tratar de defenderme más, cuando estaba claro que el duque podía tener razón y sus intenciones eran honestas.
—Lo seré, señor.
Él sostuvo mi mirada un segundo más antes de dirigirse hacia la puerta y abrirla. Entendí el gesto y salí, pensativa. Pensé que él se quedaría en la biblioteca un rato más, pero me siguió a una corta distancia.
No estaba segura de si debía volver al baile o regresar a mi dormitorio. Me apetecía volver al baile. Además, no sabía cuándo me despertaría, así que tenía que aprovechar la oportunidad.
Iba a girarme para informar de mi decisión al duque, cuando un hombre apoyado en el dintel de una de las puertas de acceso al baile lo vio y con una media sonrisa se dirigió a él.
—Ashford…
El duque le saludó con un gesto de cabeza, y con un educado gesto, sin tocarme, me invitó a entrar delante de él. Por una parte pensé que era galante y educado. Por otra, imposible de encontrar en mi siglo. Me pareció bonito que me invitara a entrar, ahorrándome pedirle el permiso para ello.
Entramos en el salón de baile y antes de que él pudiera saludar apenas al hombre que lo había interceptado, dos caballeros se acercaron entre el murmullo del salón, abriéndose paso con naturalidad, decididos.
Mi espalda se tensó ante ellos. No me gustó cómo me miraron, de arriba abajo, con una sonrisa lasciva.
—No sabíamos que te ocultabas en los rincones, Ashford —dijo el primero al duque, con una media sonrisa—, y en tan agradable compañía.
Incómoda, sentí el peso de la mirada del duque recorrerme sin pudor. La entendí sin necesidad de que me hablara. Me podía haber expuesto a eso y a mucho más de haber salido a la terraza.
Mi instinto fue dar un paso atrás, pero no llegué a hacerlo, porque el duque habló primero.
—Mi institutriz —me presentó, con voz firme, sin alzarla—. Se retiraba en este mismo instante.
No hubo duda en su tono, ni espacio para que yo me negara a ello.
—¿De verdad? —intervino uno de ellos, el más joven, inclinando ligeramente la cabeza hacia mí—. Qué desafortunada coincidencia. Justo cuando comenzábamos a apreciar su presencia.
Sus ojos brillaban con un descaro apenas disimulado.
—Sería una lástima que la velada terminara tan pronto para usted —añadió el primero que se había acercado, dirigiéndose directamente a mí—. Estoy seguro de que podríamos hacerla más entretenida.
Sentí cómo el rubor subía por mi cuello. Sus miradas, sus sonrisas… La situación era incómoda y desagradable. Sus intenciones eran tan evidentes que casi me daban asco. A esos hombres no los habría elegido yo como podía haber sido aquel con quien no me hubiera importado salir a la terraza.
—Agradezco su consideración, caballeros —respondí, manteniendo la voz lo más firme posible—, pero debo retirarme.
—Quizá un baile más —interrumpió el segundo de ellos, adelantándose medio paso—. Solo uno.
Su cercanía me hizo contener la respiración.
—Estoy seguro de que su empleador no tendrá inconveniente —añadió, lanzando una mirada al duque que, lejos de ser respetuosa rozaba el desafío.
¿Estaban pensando que había habido algo entre nosotros? Yo era la institutriz no su… ¿su amante? Lo miré con intención de verlo así. Era guapo, atractivo, incluso demasiado galante. Pero el duque no daba la impresión de ser mujeriego.
Para mi sorpresa, la expresión de él cambió en un segundo de manera casi imperceptible, pero lo suficiente para imponerse ante ellos sin necesidad de elevar la voz. Dio un paso al frente.
—La señorita ya ha cumplido con sus obligaciones por esta noche —dijo, con una fría calma que no admitía réplica—. Y no continuará en el salón.
El silencio que siguió fue distinto al anterior. Los tres hombres intercambiaron una breve mirada entre ellos. Yo los observaba con curiosidad. No me daban voz. Era evidente quién mandaba en esa época.
—No pretendíamos ofender —dijo el primero, aunque su sonrisa no desapareció del todo—. Solo… admirar lo evidente.
—Y ofrecerle compañía —añadió otro de ellos.
—Innecesaria —cortó el duque.
Por primera vez, la seguridad de ellos vaciló. No desapareció del todo, pero se moderó bastante. En otro momento me habría alejado altiva, con paso firme, airada, y ellos me verían marcharme con mi habitual movimiento de cadera, pero en ese momento solo atendía con curiosidad.
—Como desees —cedió finalmente el primero, alzando ligeramente las manos—. No somos quiénes para interferir en la disciplina de tu casa.
Pero antes de dar un paso atrás, volvió a mirarme. Esta vez más despacio, como si me estuviera acariciando.
—Ha sido un placer, señorita.
No supe qué responder. Me limité a mirarlos. Se retiraron con la misma elegancia con la que habían llegado, perdiéndose entre la multitud y las luces.
Solté despacio la respiración que había estado manteniendo sin darme cuenta.
—Lo siento, señor —murmuré, incómoda—. No era mi intención…
—Lo sé.
Su respuesta fue inmediata y más suave de lo que esperaba. Alcé los ojos. No me estaba mirando con reproche.
—Precisamente por eso no debería encontrarse en situaciones como esta.
Asentí convencida. Estaba claro que en todas las épocas había hombres que solo pensaban en su propio interés y satisfacción y yo parecía encontrarme con muchos de ellos.
—Debería retirarme —añadí, esta vez sin dudar.
—Sí —respondió él.
Pero no se apartó de inmediato. Me mantuvo la mirada por unos instantes. Incliné la cabeza con respeto y tras una breve despedida, salí de allí, recordando todo lo ocurrido.
Empecé a sonreír. Mi primer baile de época, la atención de los hombres, la elegancia de las mujeres, las luces, la música… Me acaricié el vestido. Mi hermana Belle hubiera disfrutado.
Ahogué un suspiro. Me había gustado estar allí. Qué lástima que solo fuera un sueño. Apenas me había alejado cuando escuché unos pasos a mi espalda. ¿Habría vuelto el duque a por mí?
—¿Cómo se ha atrevido a presentarse en el baile? Se le indicó claramente que debía mantenerse en las sombras.
Una voz femenina, cortante como el cristal, me detuvo en seco. Cerré los ojos un instante antes de girarme. Lady Emily.
Mi gesto se volvió serio e hice un gran esfuerzo para no mostrar mi desprecio. Apreté los dedos contra la falda del vestido.
Sus ojos brillaban con una furia apenas contenida.
—No esperaba menos —continuó, recorriéndome con la mirada de arriba abajo—. Aunque debo admitir que ha superado mis expectativas.
No respondí. Me obligué a tener la boca cerrada. Sería mucho peor si le decía lo que pensaba.
—Un vestido que no le pertenece… —añadió, avanzando lentamente hacia mí—, una sonrisa demasiado confiada… y, por lo que he podido observar, varios caballeros disputándose su atención.
Se detuvo frente a mí. Demasiado cerca. Sentí como todo mi cuerpo se erizaba, alerta.
—Dígame, señorita —su voz bajó, afilándose—, ¿es así como pretende asegurarse un futuro? ¿Cazando un marido entre hombres que ni siquiera deberían dirigirle la palabra?
—No estoy cazando a nadie —respondí, sosteniéndole la mirada con arrogancia.
Sus labios se curvaron en una sonrisa fría.
—Oh, por supuesto que no. Quizá mis ojos me engañan. O quizá —inclinó ligeramente la cabeza—, sus aspiraciones son aún más bajas. ¿Busca usted un amante?
No bajé la mirada. Con gusto le hubiera dado una bofetada, pero me contuve.
—No le debo explicaciones —dije con firmeza—. Ni a usted ni a nadie.
Por un instante, algo cambió en su expresión.
—Debería empezar a comprender cuál es su lugar —replicó, perdiendo esa falsa dulzura—. Está aquí para cuidar de las niñas, no para exhibirse como si fuera una de nosotros.
Mi pulso se aceleró.
—Y usted debería recordar —respondí, dando un paso hacia ella— que no soy de su propiedad.
Sus ojos destellaron.
—No se equivoque —escupió en voz baja—. En esta casa, todo lo que ocurre me concierne. Y no voy a permitir que una institutriz sin nombre se crea con derecho a…
—¿A qué? —la interrumpí, incapaz de contenerme—. ¿A existir fuera de la sombra que usted ha decidido para mí?