Un duque de ida y vuelta #5
No pude evitar ruborizarme. No era mi padre como para echarme una bronca.
No había sido tan grave, me insistí. Estaba muy cerca de mí.
Demasiado cerca. Lo suficiente para que todo mi cuerpo se tensara.
Me recordaba a R. J. No trabajaba directamente para él sino para su socio, pero cuando coincidíamos esa mirada extraña, mezcla de amonestación, de impaciencia y de algo más, era exactamente la misma.
—Quizá fue… una imprudencia —admití en voz baja.
—Lo fue.
La respuesta fue inmediata.
Alcé la vista, sin poder evitarlo. Era mi sueño, mi baile, pero su mirada, teñida de reproche, me estaba haciendo flaquear.
—No volverá a ocurrir, señor —murmuré a regañadientes. No veía otra manera de huir de la conversación.
Sus ojos se clavaron en los míos.
—No dudo de ello.
Pues yo sí dudaría, repliqué en mi cabeza, apretando los labios. No se me daba especialmente bien cumplir las normas. El silencio que siguió fue incómodo.
—Debe comprender —continuó, con un tono algo más pausado— que usted no pasa desapercibida.
¿Qué le molestaba exactamente?
—No es mi intención—empecé, con cuidado— llamar la atención de nadie, señor.
—Lo sé. Precisamente por eso la he elegido para cuidar de mis hijas.
—¿Elegido…? —. Esa parte del sueño no la recordaba.
—Es usted una mujer responsable, que comprende su lugar, que sabe comportarse con prudencia, incluso cuando… —su mirada descendió un instante a mis labios, casi imperceptible, pero lo suficiente como para erizarme la piel— podría permitirse no hacerlo.
Mi voz salió más baja de lo que pretendía. ¿Eso pensaba de mí? Bueno, era lógico que no me hubiera contratado para cuidar a sus niñas por ser guapa o ser abogada.
—Agradezco su confianza, señor.
Él sostuvo mi mirada un segundo más.
—Confío en usted —dijo finalmente—. Y espero que siga siendo el ejemplo que mis hijas necesitan.
Asentí. No sabía si me estaba haciendo una especie de chantaje emocional o me lo estaba diciendo en serio, pero para mi sorpresa, me sentí halagada.
—Lo seré.
Debería haber terminado ahí. Debería haberme retirado, disculparme una vez más y desaparecer como si nada de aquello hubiera ocurrido, pero no lo hice.
Tal vez por la música que flotaba en el aire. Tal vez por la experiencia de asistir a mi primer baile en esa época. O tal vez… por cómo me había hecho sentir, sin esperarlo.
—Aunque… —añadí, sin pensar demasiado en las consecuencias.
Él enarcó ligeramente una ceja. Vaya, era bastante atractivo. Esos ojos se estaban empezando a convertir en algo magnético.
—¿Sí?
Dudé apenas un instante. Lo justo para saber que ya era demasiado tarde para echarme atrás.
—Ya que estoy aquí…
El silencio cayó entre nosotros. Me miró con los ojos entrecerrados. Contuvo el aire para finalmente soltarlo, como si hubiera estado planteándose realmente lo que podría decirle.
—Seré discreta —o lo intentaría. Aunque como decía Amanda siempre que aparecía esa palabra en una conversación «intentar no es conseguir».
Un par de hombres se nos acercaron para llamar su atención. Aproveché la interrupción para alejarme de él. No esperaba lo que me había removido en mi interior.
Me resistía a irme. La música envolvía el salón como un susurro constante, elegante y contenido. No me podía gustar más.
Fue entonces cuando un hombre un poco más alto que yo, con los ojos oscuros y sonrisa atractiva, apareció frente a mí con una inclinación de cabeza perfectamente calculada para parecer natural.
—¿Me concede este baile?
Acepté antes de pensarlo demasiado. Había algo en su seguridad y atractivo que hacía difícil negarse.
Su mano encontró la mía con naturalidad, firme y sin imponerse, y en pocos segundos estábamos integrados en la danza. Se movía con precisión, guiándome con una facilidad que delataba su experiencia. No tuve que esforzarme, bastaba con dejarme llevar.
—Baila usted con una gracia admirable —dijo, inclinándose ligeramente hacia mí, lo suficiente como para que su voz no se perdiera entre la música.
Sonreí por educación, aunque en mi interior algo se tensó. Era fácil adivinar sus intenciones.
—Es usted muy amable.
—No, señorita… —dejó la frase en suspenso, esperando que le dijera mi nombre. Esa táctica no había cambiado con el paso de los siglos.
—Puede llamarme Michelle.
—Michelle —repitió, como si saboreara el nombre—. Decía la verdad.
Dimos un giro y las luces de las velas dibujaron un brillo dorado en sus ojos.
—El aire aquí empieza a estar… cargado, ¿no le parece? —continuó, con tono ligero—. Quizá agradecería un poco de frescor. La terraza suele estar más tranquila.
Ahí estaba su verdadera y esperada intención. Tan natural. Tan perfectamente introducida en la conversación que casi habría pasado desapercibida si no fuera porque… bueno, porque era demasiado esperada.
Quedaba claro que él estaba acostumbrado a ese cortejo. No era una ocurrencia espontánea, ni conmigo, ni esa noche. Me sentí incómoda. ¿Se quería aprovechar de mí? ¿Qué me estaba pasando? Que me había cansado de las relaciones superfluas hasta en mis sueños, me recriminé.
Le miré de reojo mientras girábamos de nuevo. Su expresión era abierta, amable, incluso encantadora.
—¿Suele funcionar? —pregunté con fingida inocencia, sin ocultar del todo el matiz desconfiado en mi voz.
Él arqueó apenas una ceja, divertido.
—¿Perdón?
—Invitar a una dama a bailar, halagarla y después sugerir la terraza.
No se mostró ofendido. Al contrario, una leve sonrisa curvó sus labios, como si apreciara el juego o mi inesperada sinceridad.
—Depende de la dama —respondió.
Ahí estaba la respuesta perfecta, con el tono perfecto, sin ánimo de ofender sino de divertirse.
Solté una pequeña risa, esta vez sincera, aunque no por el motivo que él podría imaginar. No se lo iba a poner fácil. Podía controlar mi curiosidad durante unos minutos.
—Entonces, hoy tendrá que esforzarse un poco más.
La seguridad reflejada en su mirada pareció dudar por unos instantes.
—Eso lo hace mucho más interesante.
Y entonces…
—Señorita Devine.
Esa voz seria, fría y controlada a mi espalda. Me había olvidado del duque.
Me aparté de inmediato del caballero, cuya expresión cambió con rapidez al reconocer la figura que se había acercado a nosotros.
—Su Excelencia —murmuró el hombre, inclinándose con premura—. No pretendía…
Me sorprendió su cambio de actitud, casi avergonzado y sumiso frente al duque.
—Estoy seguro de que no —interrumpió él, sin elevar la voz.
No hizo falta nada más. El caballero se despidió con una inclinación más breve de lo habitual y se retiró sin insistir.
Yo permanecí inmóvil viéndole desaparecer entre la multitud que bailaba, antes de levantar la vista para encontrarme con la mirada amonestadora del duque. El silencio que siguió fue más incómodo que cualquier reprimenda.
—Acompáñeme —dijo finalmente.
No fue una invitación. Fue una orden. Caminé a su lado sin decir palabra, sintiendo su presencia firme, implacable, guiándome fuera de la estancia hacia un pasillo más apartado, donde la música apenas llegaba como un eco lejano.
¿Me iba a despedir? ¿Solo por querer pasarlo bien?
Oh, vamos, era un sueño, me recriminé molesta conmigo misma. Un sueño que parecía durar mucho.
Salimos al pasillo. Caminamos un poco antes de que se detuviera.
Me señaló una puerta que se abrió con un leve quejido, y con un sencillo gesto me invitó a pasar a la penumbra de la biblioteca.
Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Aquel lugar, a solas con un hombre…
¿eso era decoroso? ¿Más que una terraza?
El sonido del encendedor de una mecha fue breve y la llama surgió como un suspiro contenido. Él acercó la pequeña luz a una de las lámparas de aceite y, con un gesto experto, la encendió.
La estancia se llenó de una luz cálida y dorada que no alcanzaba todos los rincones. Las sombras se alargaron entre las estanterías. No sabría decir si ese escenario era mejor o peor que la terraza.
Cerró la puerta a su espalda. El leve clic resonó más de lo que debería.
Me volví despacio hacia él, cruzando las manos frente a mí con una calma que no sentía del todo. Tenía claro que el duque no pretendería nada conmigo, pero estar a solas con él no me hacía sentir cómoda.
—La terraza parecía estar en otra dirección —comenté, dejando que una ligera ironía se filtrara en mi voz.
Se giró hacia mí.
—¿Tiene usted alguna idea de lo que podía haber pasado?
Su tono no era alto, pero era duro.
Sostuve su mirada. Me fastidiaba reconocer que, quizá tuviera algo de razón… o toda. No pensaba que fuera a mostrarse tan insistente para salir a la terraza. Un “no” sería un “no” también en esa época.
—Solo estábamos hablando, señor.
La respuesta salió más firme de lo que probablemente debería.
Sus ojos se entrecerraron apenas.
—No juegue conmigo, señorita Devine.
Sentí cómo mi pulso se aceleraba. No iba a aceptar una regañina como si fuera una niña.
—No estoy jugando —respondí—. Solo estaba conversando.
—A solas —replicó de inmediato—. Con un hombre que no pertenece a esta casa. En un entorno donde cualquier mirada puede interpretar lo que le convenga.
—No había nada que interpretar.
—Siempre lo hay.
El silencio se tensó entre nosotros. Noté cómo me ruborizaba.
—Su reputación —continuó, más despacio— es lo único que la protege en una posición como la suya. Y situaciones como esta la ponen en riesgo.
¿Se estaba preocupando por mí? Solo era un sueño, me dije para disimular lo que sentía ante esa advertencia. Quizá lo que le preocupaba de verdad era su reputación, pero sentía que me acariciaba el alma.
—No soy una niña, señor.
Sus labios se tensaron.
—Precisamente por eso. Parece decidida a comportarse como alguien que ignora las consecuencias de sus actos.
Eso me golpeó el ego. Si hubiera ocurrido algo, hubiera aceptado las consecuencias, por supuesto.
—No las ignoro, señor —me defendí, dando un pequeño paso hacia él—. Pero no vivo esclava de ellas.
Su mirada se endureció.
—No tiene ese lujo.
—¿Y usted sí?
La pregunta escapó antes de poder detenerla. Era un duque. Podía permitirse hacer lo que quisiera.