Un duque de ida y vuelta Un duque de ida y vuelta #4
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Un duque de ida y vuelta #4

Estaba preciosa. Sonreí. Nada que ver con mis elegantes trajes de chaqueta. Me acerqué al tocador. Sobre él, había un cepillo de cerdas suaves, algunas horquillas y una cinta de raso.

Justo lo que necesitaba, pensé mientras me sentaba.

Solté mi cabello lentamente, dejando que cayera en ondas naturales sobre mis hombros. Durante unos segundos dudé. No tenía ni idea de cómo se peinaban exactamente en aquella época, pero algo debía hacer con mi pelo.

Separé dos mechones frontales y los recogí hacia atrás, sujetándolos con delicadeza. Después, con paciencia, fui elevando parte de mi melena en un recogido bajo, dejando algunos rizos sueltos enmarcando el rostro. No era perfecto, pero era suave y femenino. No podía, ni sabía, hacer más.

Tomé la cinta de raso y la anudé con sencillez alrededor del recogido.

Me sentía preciosa. Mis ojos brillaban con una mezcla de nervios y emoción. Mis mejillas, ligeramente sonrojadas, daban vida a mi expresión. Ese era un sueño hecho realidad y esperaba tardar en despertarme.

Dejé allí mi uniforme de trabajo y bajé las escaleras, decidida a entrar en el salón de baile.

Al aproximarme, la música se volvió más clara: violines alegres, el ritmo marcado de un pianoforte, risas que se entrelazaban con el compás de la danza. Me deslicé por las sombras, con el corazón latiendo con fuerza contra mi pecho. Quería observarlo todo. No perderme nada de la experiencia.

El salón de baile se extendía ante mí como una visión salida de un sueño.

Altos ventanales cubiertos con pesadas cortinas de terciopelo enmarcaban la estancia, mientras decenas de candelabros derramaban una luz dorada que hacía brillar cada superficie.

El suelo, pulido hasta el espejo, reflejaba el movimiento constante de las parejas que giraban con elegancia, como si flotaran.

Las damas… jamás había visto nada igual.

Vestidos de seda en tonos suaves para las más jóvenes y oscuros para las que suponía que estaban casadas, se deslizaban al compás de la música, adornados con delicados bordados y cintas que capturaban la luz a cada giro.

Sus cabellos, recogidos con esmero, brillaban con pequeñas joyas que destellaban como estrellas.

Mi corazón latía entusiasmado, reflejándose en mi sonrisa.

Los caballeros, impecables en sus levitas oscuras, guiaban a sus parejas con seguridad, inclinándose con una cortesía que parecía natural.

El aire mismo parecía distinto. Más cálido, más vivo. Mezclado con el perfume de las flores frescas dispuestas en grandes jarrones y el leve aroma de los vinos y dulces que aguardaban en las mesas laterales.

Me quedé inmóvil en el umbral, oculta entre las sombras, incapaz de apartar la mirada. No podía evitar sonreír.

—Es una lástima que alguien como usted se conforme con mirar.

La voz masculina, baja y cálida, me hizo sobresaltarme. Me giré de inmediato.

Un hombre de ojos oscuros y muy repeinado se había acercado a mí. Era alto, de porte impecable, con una sonrisa tentadora y pícara. Sus ojos me recorrieron con una atención que me hizo sentir aceptada y complacida. Los hombres de esa época se comportaban de manera muy similar a los de la mía.

—Yo no debería estar aquí —murmuré coqueta, bajando ligeramente la mirada, aunque no lo suficiente como para romper el momento.

—Entonces tenemos algo en común —respondió con suavidad—. Yo tampoco debería estar hablando con usted y, sin embargo, sería un error imperdonable no hacerlo.

Contuve la sonrisa que mis labios estuvieron a punto de mostrar. Ese hombre estaba coqueteando conmigo y yo estaba más que receptiva para ello.

—No soy quien cree, señor.

—Eso lo decidiré yo —replicó con una inclinación leve de cabeza—. Y, si me permite la osadía, diría que es usted mucho más interesante que la mayoría de las mujeres que bailan en el salón.

Mi pulso se aceleró. Sus intenciones eran más que evidentes. Estaba acostumbrada a ese juego. Extendió la mano hacia mí, con una elegancia natural.

—Concédame este baile.

Mis ojos descendieron a su mano, suspendida entre nosotros, firme y segura, invitándome a cruzar una línea que no estaba segura de que debiera cruzar. Una institutriz no debía bailar en el salón de sus empleadores.

Y, sin embargo, la música, la luz, su mirada y esa sensación embriagadora de ser deseada tiraban de mí con una fuerza difícil de ignorar.

—Solo uno —susurré, casi sin reconocer mi propia voz.

Su sonrisa se ensanchó, triunfante, pero contenida.

—Solo uno —repitió.

Tomé su mano. El contacto fue firme y cálido.

Me condujo hacia el salón de baile antes de que pudiera arrepentirme, y en cuestión de segundos me encontré entre las parejas que giraban al compás de la música.

Era tal y como me imaginaba. El suelo bajo mis pies, el aire en mis pulmones, cada acorde guiándome en los pasos… ¿se podía pedir más en un sueño?

—Sabía que diría que sí —murmuró mientras su mano se posaba con precisión en mi cintura, guardando las formas, pero sin renunciar a una cercanía que me hizo contener el aliento, alerta.

Apreté los labios. ¿Por qué todos los hombres actuaban igual? Vanidosos, engreídos, como si yo fuera un trofeo o algo que una vez conseguido estaban dispuestos a desechar. Porque tenía claro que si ocurría algo entre nosotros, acabaría igual que siempre: sola después del primer encuentro íntimo.

—No debería haberlo hecho —murmuré con sentimientos encontrados, pese a los que no me aparté.

—No sea tan dura consigo misma… ni conmigo.

Giramos. Aun fui más consciente de dónde estaba. El salón, la música, las luces, las risas… todo se convirtió en un torbellino dorado a nuestro alrededor. Por un instante, olvidé quién era y cuál era mi lugar. Solo existía el movimiento acompasado con la música y su mirada fija en la mía.

Era mi sueño, pensé, pero seguía sintiéndome ligeramente vacía y utilizada.

—Dígame —continuó, con una voz que parecía deslizarse entre la música—, ¿acostumbra usted a romper las normas o debo sentirme especialmente afortunado esta noche?

—Tal vez ambas cosas —contesté, sorprendida de mi propia coquetería. Sabía cómo iba a acabar, pero me costaba renunciar a la posibilidad de un encuentro.

Una chispa de aprobación cruzó sus ojos.

—Entonces espero ser el único en descubrirlo.

Sus palabras no dejaban lugar a dudas de su interés. Me sentía vista, elegida y deseada, aunque, esta vez, me estaba costando aceptarlo, pese a que era el sueño que había elegido.

Al girar, vi al duque. Inmóvil a pocos pasos, observándonos. No había necesidad de palabras. Su sola presencia y la dureza de su mirada imponía más que cualquier reprimenda.

Mi corazón se detuvo. Era su institutriz. No sabía que tenía expresamente prohibido bailar, aunque tampoco había querido preguntar al respecto.

El caballero frente a mí siguió mi mirada, y bastó un segundo para que su expresión cambiara. La confianza dio paso a un cambio de actitud inmediato. Soltó mi mano.

—Creo que he sido… imprudente —dijo en voz baja, inclinándose apenas hacia mí—. Aunque no me arrepiento.

Su sonrisa regresó, más tenue y disimulada.

—Quizá en otra ocasión, señorita.

Sin esperar respuesta, se retiró con la misma elegancia con la que había aparecido, mezclándose con la multitud.

Tardé en moverme, incómoda, bajo la mirada recriminatoria del duque. Quizá debía irme a mi dormitorio. No me apetecía ganarme una bronca pública en mi propio sueño. Salí de entre las personas que todavía bailaban.

Evité la mirada del duque y me dirigí hacia la puerta. Hubiera estado bailando toda la noche. No pude evitar mirarlo de reojo. Lo vi caminar hacia mí con paso firme. No podría escapar de lo que fuera a decirme. ¿Me despediría? ¿En mi sueño?

—¿Se puede saber qué está haciendo? —espetó en voz baja, inclinándose ligeramente hacia mi cuando estuvo lo suficientemente cerca como para rozarme con su aliento en la nuca.

Mi cuerpo se erizó. Parpadeé, sorprendida, deteniéndome.

—He decidido asistir al baile —me giré para mirarle de frente.

—Eso es evidente —replicó él, apretando la mandíbula—. Lo que no es tan claro es por qué ha decidido hacerlo así. Confío en que tenga una explicación.

Su mirada recorrió el vestido. Lentamente. Demasiado lentamente.

Sentí un cosquilleo incómodo y algo más que no supe identificar.

—¿Así, cómo? —pregunté, alzando ligeramente el mentón. No iba a asistir vestida de institutriz, desde luego.

El duque bajó aún más la voz.

—Ese vestido es de mi hermana.

Apreté los labios, ruborizándome. No pensaba quedármelo.

—Estaba en el armario de una de las habitaciones —. En mi cabeza esas palabras sonaban mejor—. No es que haya recorrido todas —. Que casi lo había hecho—. Pensé que era más apropiado que mi uniforme.

Sus ojos seguían posados en mí. Serios, intensos. Parecía que esperara una disculpa o quizá una explicación.

—Quería asistir al baile —repetí ligeramente avergonzada por el reproche de su mirada. No era tan grave—. Las niñas están dormidas. Si le incomoda, puedo irme. De hecho, pensaba hacerlo.

No me iba a echar de allí. Me iría yo con la cabeza bien alta.

Hubo un instante de silencio mientras nos manteníamos la mirada. Parecía que estuviera pensando si darme permiso o no.

Sus ojos descendieron una vez más por la silueta del vestido, deteniéndose apenas un segundo de más en mis labios antes de volver a mirarme a los ojos. Un escalofrío recorrió mi cuerpo, encendiéndome. ¿Yo le parecía atractiva?

—Ya es tarde. Los invitados han reparado en usted —dijo al fin, con voz baja y firme.

No era un reproche abierto. Era peor. Respiré hondo.

—Las niñas estaban dormidas, señor. No quise… —dudé, escogiendo las palabras con cuidado—. No quise causar inconveniente alguno. Solo… escuchar la música.

No era una mentira, pero tampoco era toda la verdad.

Su mirada no se suavizó, aunque tampoco se endureció más. Simplemente, me observaba.

—Escuchar la música —repitió, casi para sí—. ¿Desde el centro del salón?