Un duque de ida y vuelta Un duque de ida y vuelta #3
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Un duque de ida y vuelta #3

—Son demasiado jóvenes —continuó sin dejar espacio a discusión—. Permanecerán en el ala privada. Será su responsabilidad asegurarse de que así sea.

Asentí de nuevo, aunque una pequeña parte de mí no pudo evitar sentirse decepcionada. ¿Yo podría acudir al baile después de que se hubieran dormido? Esperaba que sí. Más valía pedir perdón, que pedir permiso, me recordé decidida a aprovechar la oportunidad.

—Por supuesto. Me ocuparé de que permanezcan en sus dormitorios —. Luego, me escaparía yo.

El silencio se instaló entre nosotros durante unos segundos. Yo lo observaba con curiosidad, sin poder evitarlo. Parecía acostumbrado a contener cada gesto y cada palabra. Se dirigió a la mesa del desayuno para servirse en un plato.

—Si tiene alguna duda, podrá consultarla con el ama de llaves —dijo finalmente.

Asentí, pero no me moví. Él, por unos instantes, tampoco.

—Bienvenida a la casa, señorita Devine.

Lo agradecí con una sonrisa.

No añadí más. Como estaba distraído, seguí observándolo.

Resultaba atractivo, como imaginaba que serían los nobles de esa época.

Se parecía mucho a uno de mis jefes, tan impecablemente vestido.

El sueño estaba resultando demasiado real, me dije mientras el sonido de unos pasos ligeros irrumpía en el comedor.

Dos niñas pequeñas aparecieron en la puerta con esa mezcla de educación y espontaneidad propia de su edad. Estaban preciosas con sus ojos brillantes, sus oscuros tirabuzones y sus pomposos vestidos.

—¿Podemos entrar?

La voz, dulce y curiosa, pertenecía a la mayor. Se detuvieron al verme.

—Adelante —respondió él. Su tono de voz, para mi sorpresa, se volvió más amable, y una leve sonrisa apareció en sus labios.

Era un hombre familiar, pensé relajándome un poco. No podía dejar de mirarlo.

Las niñas entraron, educadas. La mayor, mantenía una postura más contenida, observándome con atención. La pequeña, en cambio, parecía más viva, más expresiva, con la curiosidad brillándole en los ojos.

—Niñas —dijo él, con calma—, quiero presentaros a la señorita que se encargará de vuestra educación a partir de hoy. Louise, mi hija mayor, y Rose, la pequeña.

Sus miradas se fijaron en mí de inmediato.

—Ella es vuestra institutriz, la señorita Devine.

—Michelle —le corregí ganándome una reprimenda con la mirada del hombre. De acuerdo, sería la señorita Devine, carraspeé para disimular.

Incliné la cabeza con suavidad.

—Es un placer conoceros.

Rose fue la primera en reaccionar.

—¿Va a estar con nosotras todo el tiempo?

Louise le lanzó una mirada que pretendía ser correctora, sin mucho éxito.

—Rose…

No pude evitar una leve sonrisa. No me gustaban los niños, pero parecían encantadoras.

—Estaré con vosotras durante vuestras lecciones… y en aquello que necesitéis —respondí con suavidad ante la atenta mirada del duque.

—Espero que la tratéis con el respeto debido —añadió.

—Sí, padre —respondieron ambas, casi al unísono.

Rose ya me miraba con interés renovado.

—¿Sabe bailar?

La pregunta me tomó por sorpresa.

—Claro que … —. Otra mirada amonestadora—. Lo suficiente —respondí con cautela.

—¿Me podrá enseñar?

Louise parecía esperar la respuesta tan impaciente como su hermana, pero más discreta.

—Primero debe enseñarnos otras cosas —corrigió, más sensata.

—Exacto —intervino el duque, con una calma que no dejaba espacio a discusión mientras se acercaba a la mesa.

Una mujer con un uniforme distinto al mío y con delantal entró en el comedor. Rellené mi plato mientras ayudaba a las niñas a hacer lo mismo con los suyos. Me quedé con ganas de probarlo todo, pero no sabía por qué quería causarles una buena primera impresión. Nos sentamos para desayunar.

La mujer, con una sonrisa amable, tomó la tetera y comenzó a servirnos en silencio.

El sonido seco de unos pasos sobre el mármol, acompasados, firmes, llegaron hasta nosotros. Levanté la vista justo cuando una mujer de belleza fría y afilada, cruzaba el umbral del comedor. Su vestido azul combinaba con sus helados ojos, y su cabello rubio lucía impecable y recogido.

El duque se levantó casi de un salto y fue hacia ella.

—Emily, no te esperaba tan temprano —la tomó de la mano—. Siéntate con nosotros a desayunar.

Sus ojos se posaron en mí y no me gustó lo que vi en ellos. Me recordó a Millicent, la eterna prometida de R. J., a la que evitaba siempre que podía. ¿Por qué aparecía en mi sueño? Además, era evidente el rechazo que sentía por mí, a juzgar por la mirada de desprecio que me dedicó.

—¿Y esta es…? —preguntó, sin molestarse en dirigirse a mí, sino al duque, como si yo no estuviera presente.

Sentí cómo se tensaba el aire mientras él la acompañaba hasta una de las sillas vacías en torno a la mesa, justo frente a la mía.

—La institutriz de mis hijas —respondió él, con tono neutro.

Ella volvió a mirarme, esta vez con más detenimiento. Su mirada descendió lentamente por mi rostro y mi torso hasta mi plato. Si lo hubiera llenado tanto como me hubiera gustado, sin duda, su gesto habría sido peor.

—Comprendo —asintió con una mirada que dejaba claro que no me aprobaba en absoluto.

Instintivamente, miré a las niñas que, cabizbajas, intentaban evitar su mirada.

—Supongo que nadie se ha tomado la molestia de explicarle ciertas normas básicas —añadió, dirigiéndose directamente a mí.

Alcé la vista, sorprendida por el tono con el que pretendía hablarme.

—Cuando se dirija a su excelencia —continuó, señalando levemente al duque sin apartar la vista de mí—, lo hará con el respeto que merece su posición. Nada de familiaridades.

Su tono era tan suave como falso.

—Será discreta. Invisible, si es posible. Las institutrices están para educar a los niños, no para llamar la atención en salones que no les corresponden.

Noté cómo me ardían las mejillas. ¿Por qué me estaba hablando así de desagradable?

—Y, por supuesto —añadió, inclinándose apenas hacia mí—, recordará en todo momento cuál es su lugar.

Hubo un breve silencio.

—Emily —intervino el duque, con un matiz de advertencia en la voz.

Así que ese era su nombre.

—¿Y usted es…? —pregunté con fingida inocencia. No me gustaba esa mujer.

Su mirada echó chispas antes de mirar al duque escandalizada. Como si yo hubiera preguntado una barbaridad.

—Lady Emily es mi futura esposa, señorita Devine —me explicó el duque con paciencia.

Le mantuve la mirada por unos instantes. Lo sentía por él, pero si aceptaba una mujer así en su vida, sería que se la merecía por algo.

Ella esbozó una sonrisa leve, satisfecha, como si ya hubiera escuchado exactamente lo que quería decir.

—Bien —respondí en un susurro y una de mis muy ensayadas sonrisas políticamente correctas.

Lady Emily me miró con una vomitiva sensación victoriosa. Me dio la impresión de que tendría más de un encuentro deplorable con ella. Menos mal que era un sueño, me dije para animarme.

El día se me hizo bastante largo, pese a estar con las niñas compartiendo conocimientos de las diferentes asignaturas que se me habían ido ocurriendo. A ratos me había resultado hasta divertido, pero pensar en que esa noche había una fiesta, era lo que más había ocupado mi cabeza.

Ya entrada la noche, aguardé en silencio hasta que la respiración de las niñas se volvió profunda y regular. La más pequeña aún aferraba mi mano, como si temiera que pudiera desvanecerme en cualquier momento.

Sonreí con ternura y, con sumo cuidado, deslicé mis dedos de los suyos. No debía ir a la fiesta. Lo sabía. Pero la música que ascendía desde la planta inferior llevaba rato llamándome a gritos. Y, por supuesto que le iba a responder.

Además, me lo merecía. Me daba la impresión de que el sueño estaba durando demasiado y quería vivir la experiencia de un baile de la época. Para eso estaba allí.

Me incorporé despacio, alisando las sábanas con un gesto automático, y me dirigí a la puerta. Eché un último vistazo a las niñas, tranquilas y ajenas a mi pequeña aventura, y salí al pasillo.

Me dirigí a la escalera con una mezcla en mi estómago de prudencia y expectación.

¡Un momento! ¡No iba vestida como me hubiera gustado!

Me detuve con el ceño fruncido. Ni hablar, no me iba a conformar.

La primera impresión importaba, pero ¿dónde podía encontrar un vestido para mí que no fuera uno de los uniformes de mi armario?

Abrí la primera puerta que me encontré y me dirigí al armario de la habitación.

Durante el día me había perdido varias veces entre tantas puertas y sabía que había varios dormitorios sin ocupante, pero no había inspeccionado ningún armario.

Ese estaba vacío. Encontraría algo que ponerme, por supuesto, me animé saliendo de ese dormitorio para pasar al siguiente.

El siguiente dormitorio me gustó más. Un leve aroma a lavanda y madera antigua me envolvió.

Abri el armario con esperanza. ¡Si! Dentro había varios vestidos de telas suaves, tonos empolvados, encajes delicados…

todos muy distintos a cualquier prenda que hubiera llevado jamás.

Eran vestidos demasiado bonitos para parecer disfraces, y yo me iba a poner uno para asistir a mi primer baile. A Belle le habría encantado.

Mis dedos recorrieron las perchas hasta detenerse en uno en particular.

Era un vestido de muselina color marfil, ligero como el aire, con una caída elegante y natural.

El corte era alto, justo bajo el pecho. El escote, discreto pero favorecedor, estaba adornado con un fino ribete de encaje bordado a mano.

Las mangas, cortas y ligeramente abullonadas, dejaban los hombros al descubierto, mientras que la falda caía en suaves pliegues hasta rozar el suelo.

Lo sostuve frente a mí, observándolo en silencio. Era perfecto.

Con cierta torpeza al principio, pero cada vez con más cuidado, comencé a vestirme.

La tela se deslizó sobre mi piel con una ligereza inesperada, adaptándose a mi cuerpo como si hubiera sido hecho para mí.

Sin duda, ese era un regalo de la vida. Ajusté el lazo bajo el pecho y alisé la falda con las manos, notando cómo mi reflejo en el espejo comenzaba a transformarse.