Un duque de ida y vuelta #2
—Habría que acostarse ya. Os recuerdo que mañana hay que empezar a empaquetar cajas —señaló Amanda que había terminado de comer la manzana.
Asentí. Hablar del amor no me gustaba. Me recordaba lo que no tenía y lo que nunca había encontrado para mí. Prefería deshacer la maleta, aunque estaría todo arrugado. Debía haberla deshecho nada más llegar, pero ya era tarde para arrepentirme.
Me metería en la cama y me despertaría sin despertador con la luz del sol entrando por la ventana, como hacía cuando veraneaba allí. Sin responsabilidades, sin prisa, un auténtico lujo.
No recodaba la última vez que había dormido así de bien y de relajada, pensé desperezándome en la cama.
—¿Aun no se ha levantado? —preguntó una voz femenina, seria y cortante que no conocía.
Abrí los ojos de golpe y, todavía tumbada, giré la cabeza hacia el lugar de donde provenía la voz. ¿Quién era esa mujer? ¿De qué iba disfrazada?
Llevaba un vestido oscuro, perfectamente ajustado, sin una sola arruga. Un delantal blanco, impoluto, cubría la parte delantera, y una cofia recogía su cabello gris con una precisión casi militar. Su rostro era serio y poco amable, pero no del todo desagradable.
Parpadeé varias veces. ¿Dónde estaba? Me removí en la cama.
Lo primero que vi fue un dosel de tela gruesa suspendido sobre mi cabeza. Las cortinas, de un tono crema bordado con delicados hilos dorados, caían pesadamente a ambos lados de la cama, envolviéndome en una intimidad que no reconocía.
Esa no era mi habitación. El corazón me dio un vuelco.
A mi alrededor, el dormitorio parecía sacado de otro siglo.
Frente a la cama, un tocador de madera oscura, pulido y brillante, sostenía un espejo ovalado enmarcado en oro envejecido.
Sobre él descansaban pequeños frascos de cristal tallado, algunos con tapones delicadamente labrados.
A su lado, un cepillo de cerdas naturales y un peine de marfil.
Giré la cabeza.
Un armario alto y robusto ocupaba una pared, con detalles tallados a mano. A un lado, una butaca tapizada en tonos suaves descansaba junto a una mesita donde reposaba una jarra de agua y un cuenco.
La desconocida posó sus ojos sobre mí.
—Confío en que haya descansado bien —me dijo con voz firme, ligeramente áspera—. Las niñas ya se habrán despertado.
—¿Las niñas?
—Sí, señorita Devine. Louise y Rose.
¿Señorita Devine? Mi estómago se encogió.
—El desayuno estará listo en el comedor en cinco minutos —continuó abriendo el balcón del dormitorio sin importarle si yo estaba de acuerdo o no—. Espero que no llegue tarde. Al duque de Ashford no le gusta la impuntualidad. Debería querer causar una buena impresión al señor en su primer día.
La observé, incapaz de apartar la mirada. ¿Qué había dicho? ¿Un duque?
—¿Qué hago aquí?
—Eso mismo me pregunto yo —me respondió con arrogancia—. Las niñas más que una institutriz, necesitan una madre y no precisamente la que parece haber elegido el duque —murmuró malhumorada—, pero yo no le he dicho nada al respecto.
¿Una institutriz? ¿Yo era eso? No me gustaban los niños.
Entrecerré los ojos, pensativa. Mi corazón se había acelerado.
¿Eso era un sueño? Ayer me había dormido pensando lo que había hablado con mis hermanas.
¿Quería un duque y aparecía allí? Sonreí con picardía.
Si era un sueño iba a aprovecharlo y disfrutarlo.
—¿Y dónde están las niñas? —me levanté decidida.
—¿Qué lleva puesto? —me preguntó escandalizada cuando vio mi pijama de dos piezas de satén negro y brillante.
Si hubiera visto la lencería que me había comprado unos días antes se habría caído de espaldas.
—¿Dónde está mi ropa?
—No estoy aquí para atenderla, solo para asegurarme de que todo está en orden.
Asentí despreocupada. Miré a mi alrededor. Fui hacia el armario. Sí. Varios uniformes de un práctico y funcional color marrón estaban colgados impecables en sus perchas.
Salió sin despedirse y volví a mirar a mi alrededor con una sonrisa. No sabía cuándo despertaría, así que disfrutaría el momento. A Belle le hubiera encantado estar allí y ser la protagonista de una de sus novelas.
Recogí mi cabello color caoba en un moño en la nuca como seguramente se hacía en esa época y me miré al espejo.
No me gustaba ese aspecto tan serio y rígido, pero seguro que encontraría la ocasión para vestirme con esos largos y vaporosos vestidos que me había imaginado.
Sería como formar parte de Los Bridgerton, pensé, aunque fuera una institutriz.
Bajé animada la impoluta e impresionante escalera de mármol.
No podía borrar la sonrisa de mi cara. Todo aquello era elegante, opulento y próspero.
Estaba deseando que llegara el primer baile al que poder asistir.
Era fácil imaginarme en uno de ellos, con un vestido largo y deslumbrante.
Bailaría con los hombres que me lo pidieran.
Puede que incluso saliera con alguno a la terraza bajo la luz de la luna.
Quizá incluso me dejara robar un beso, sonreí con picardía.
Sería una buena institutriz para esas niñas.
¿Qué debía enseñarles? Lo buscaría en Google…
eh… No tenía mi móvil, ni siquiera habría internet.
Bueno, les enseñaría a leer, sumar… incluso algo de leyes.
Esas niñas serían mujeres fuertes y valientes.
Podrían inspirar al resto de sus compañeras a luchar por conseguir esos derechos que en esa época no tenían.
Solo una puerta de las que había en el espacioso hall estaba abierta, así que me dirigí a ella como si supiera dónde iba.
La luz de la mañana entraba a través de los altos ventanales, filtrándose suavemente entre las cortinas claras y bañando la estancia en tonos dorados. El comedor era amplio, distinguido, pero sin resultar ostentoso, con una mesa alargada dispuesta con una pulcritud casi impecable.
El desayuno ya estaba servido.
Sobre bandejas de plata había huevos recién cocidos aún humeantes y lonchas finas de jamón glaseado, cortadas con precisión perfecta.
Había un plato con muffins ingleses abiertos por la mitad, esperando la mantequilla que se derretía lentamente sobre su superficie caliente.
Junto a ellos, pequeñas jarras de porcelana con mermelada de frambuesa y miel dorada. Un pan entero, recién cortado, mostraba su interior suave y blanco.
Más allá, el dulzor de unos bizcochos colocados en una fuente de cristal y una fuente de fruta fresca cuidadosamente cortada.
En el extremo de la mesa, el servicio de té: una tetera de plata, tazas de porcelana fina decoradas con flores, y un pequeño recipiente de leche caliente. El aroma del té negro se mezclaba con el del café recién molido.
La boca se me hizo agua. Mi estómago me recordó que la noche anterior apenas había cenado. ¿En los sueños se engordaba? Estaba dispuesta a correr el riesgo, sin lugar a duda.
—¿Me estaba buscando? —preguntó una voz masculina a mi espalda.
Me giré sobresaltada. ¿R. J? Fui a abrir la boca, pero me fijé mejor en el hombre que acababa de entrar al comedor. No lo conocía. Me había recordado a uno de los abogados del bufete, no sabía por qué.
—No… —respondí sin saber qué decir. Realmente no le estaba buscando. Ni a él ni a nadie.
Se detuvo en el umbral apenas un segundo. Alto, delgado, impecablemente vestido con un traje oscuro de líneas sobrias que acentuaban su figura. Su cabello castaño estaba perfectamente ordenado, y sus ojos… oscuros, profundos, me observaron con una intensidad que me dejó sin aliento.
No era un hombre mayor. Apenas unos años más que yo.
La levita oscura marcaba la amplitud de sus hombros, y el pañuelo perfectamente anudado en el cuello no lograba suavizar del todo la firmeza de sus facciones. Tal como me había imaginado más de una vez a los nobles de la época.
Vestía con sobriedad, pero con esa elegancia innata que también tenían mis compañeros de trabajo. Quizá era un poco estirado para mi gusto. Igual que R. J.
—¿Encontró la habitación a su gusto, señorita Devine?
Asentí con un movimiento de cabeza. Parecía que mi garganta se hubiera quedado seca.
—Buenos días, señor —saludé, bajando ligeramente el mentón. ¿Cómo debía dirigirme a él? Dudé un segundo—. Señor, excelencia, duque… ¿Cómo debo llamarlo?
—Richard Jameson, duque de Ashford —añadió, tras una breve pausa—. Aunque en presencia del servicio, deberá mantener las formalidades. Señor, está bien.
Asentí, intentando procesar todo al mismo tiempo. Un leve gesto en su mandíbula me hizo pensar que, entonces, mi respuesta había sido correcta.
Avanzó unos pasos por la estancia, observando con discreción, como si comprobara que todo estaba en orden. Sin embargo, su atención volvió a mí con rapidez.
—Confío en que mi ama de llaves, la señora Hayes, la haya informado de sus funciones.
—Sí, señor —respondí, aunque la verdad era que apenas estaba empezando a entender dónde estaba—. Cuidar de las niñas… su educación, sus rutinas…
Él asintió, satisfecho.
—Mis hijas son lo más importante para mí.
Hubo un ligero cambio en su tono.
—Han pasado por… suficientes cambios —continuó—. Necesitan estabilidad. Disciplina, pero también tacto.
Sus ojos se clavaron en los míos, como si evaluara si yo era capaz de ofrecer ambas cosas.
Yo, en cambio, no pude evitar sentir una extraña ternura.
—Haré todo lo posible para que se sientan seguras —respondí con sinceridad.
Algo en su expresión se suavizó apenas un instante. Apenas.
—Hay ciertas normas en esta casa —continuó, retomando su compostura—. Las niñas siguen horarios estrictos. Las lecciones deben comenzar puntualmente. No se permite el acceso a ciertas zonas de la residencia sin autorización. Y, sobre todo… —hizo una breve pausa—, discreción.
Asentí.
—Entendido.
—Esta noche se celebrará un baile aquí, en la residencia —añadió entonces.
No pude evitar que mis ojos se iluminaran ligeramente. Un baile. Por un instante olvidé todo lo demás.
—Sin embargo —continuó él, y su tono volvió a ser firme—, mis hijas no asistirán.
Parpadeé incrédula. Bueno, eran niñas, me recordé. Era lógico.