Un duque de ida y vuelta
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Un duque de ida y vuelta
Adiós a mis planes para el fin de semana, pensé mientras aparcaba mi deportivo frente a la puerta de la casa familiar, detrás del coche de mi hermana Belle.
Me había comprado lencería con la esperanza de salir con Peter, uno de mis compañeros del bufete de abogados, pero Belle nos había propuesto reunirnos en la casa familiar a la que íbamos en vacaciones cuando éramos pequeñas.
Debíamos recoger lo que quisiéramos quedarnos antes de que mis padres la pusieran en venta, que era la idea que llevaban.
No es que tuviera mucho interés por nada en concreto, pero me costaba decir que no a mis hermanas. Ambas tenían pareja y no solíamos reunirnos tanto como queríamos.
Lo había pasado muy bien allí en mi infancia y adolescencia, reconocí saliendo de mi deportivo para ir a por la maleta que había dejado atrás.
—¿Cómo se te ha ocurrido que quedemos todas en fin de semana? —le dije a Belle conforme entraba en el salón y la veía tumbada en el sofá leyendo una de esas novelas que tanto le gustaban—. Amanda tendrá mil cosas que hacer y yo pensaba salir. ¿No tenías planes con Bertrand?
—Amanda siempre tiene mil cosas que hacer, y tú siempre estás pensando en salir —se justificó mientras yo dejaba la maleta en un rincón del salón—. De diario es peor con los trabajos y, como este fin de semana no tenía guardia en el hospital, se me ocurrió que podíamos quedar.
—¿Y Bertrand no te dijo nada? —pregunté extrañada. Conociendo a su marido seguro que no le había gustado que ella faltara de casa todo un fin de semana.
—No le pareció bien. Lo de siempre…
—No te ofendas, pero creo que te mereces mucho más que eso…
No era la más indicada para hablar porque nunca había tenido una relación seria, pero no me gustaba ver a mi hermana apagándose poco a poco, que era lo que me daba la sensación de que hacía.
—Tengo que hacer unas llamadas, bajaré enseguida —le dije antes de subir a mi dormitorio.
Estaba segura de que Gwyneth, mi asistente personal en el bufete, habría hecho todo lo que le había indicado, pero me gustaba confirmarlo.
Ya oscurecía cuando llegó Amanda, con su urgencia habitual.
—Amanda, creíamos que no ibas a venir —le señalé con una sonrisa, antes de acercarme a saludarla.
—Ya os dije que no iba a ser esclava de la hora —me respondió.
—Lo eres siempre —le rebatí. No conocía a una persona que se organizara mejor que ella y consiguiera llegar a todo lo planificado.
—No es cierto… ¿No teníais nada que hacer? —nos preguntó con una mueca—. Yo no me puedo escapar del trabajo como haces tú —me señaló—. He dejado a Charlie en casa con todo a medias.
—Bah, se las apañará bien solo —le sonreí sentándome junto a mi hermana.
—Tú, ¿desde cuándo estás aquí que ya te has acomodado? —le preguntó a Belle—. Voy a deshacer la maleta y bajo.
—Ya lo harás luego —le propuse relajada—. Siéntate con nosotras.
Yo ni siquiera había movido mi maleta de donde la había dejado al llegar.
—La ropa se arrugará. Será un momento y bajo. Tengo ganas de comer algo.
—He dejado comida en la cocina —le señaló Belle antes de verla salir por la puerta.
—Te dije que tendría mil cosas que hacer —le recordé a Belle sin intención alguna de moverme.
—Siempre —me respondió antes de volver a sumergirse en lo que estaba leyendo.
—¿No te has leído ya esta novela?
Asintió con los ojos brillantes y una sonrisa enamorada. ¿De verdad creía en el amor? Estaba casada, pero Bertrand no me parecía un hombre capaz de hacer suspirar a nadie, ni en la cama. Charlie, la pareja de Amanda, por lo menos, era buen compañero e iban a medias en las obligaciones diarias.
¿Quizá yo era muy exigente con los hombres? No lo iba a negar. Estaba acostumbrada a mis compañeros en el bufete, cultos y elegantes. Físicamente no iba a conformarme con menos. Yo también me preocupaba de estar a la altura.
Siempre había salido con hombres de ese mismo estilo. Lo malo era que solían estar casados, y yo estaba en contra de las infidelidades, o divorciados con hijos que no aparecían en la conversación hasta la segunda o tercera cita. Eso era demasiada responsabilidad para mi gusto.
Me conformaba con que fueran buenos compañeros de cama, si conseguían acceder a ella, porque, muy a mi pesar, a mi corazón no llegaban ni hacían nada para intentar alcanzarlo.
¿Creía en el amor? Había visto el respeto, la complicidad, el cariño de mis padres, y nunca había conocido nada parecido.
Ya me había resignado a mi soltería. ¿Qué podía hacer al respecto?
Nada, seguir esperando a que el indicado apareciera frente a mí, elegante, y me preguntara con voz profunda y firme «¿me estás buscando? ». Sonreí ante mi propia imaginación.
—¿Qué estás leyendo? —le preguntó Amanda a Belle poco después, mientras se pelaba una manzana.
—Los hombres de esas novelas no existen —le recordé a Belle, escéptica—. Lo sabes, ¿verdad?
—No me digas eso —frunció la nariz—. Yo creo…
—No me imagino a tu marido con falda y espada al hombro como un highlander —le señalé, divertida. Con lo guapos que estaban los hombres en traje de etiqueta.
—No. Bertrand no…, pero quiero pensar que existen hombres así, que te protegen, que te cuidan, que te tratan como si fueras la mujer más maravillosa del mundo.
Miré a Amanda, preocupada, antes de volver a mirar a Belle.
—¿Problemas con Bertrand? —le preguntó Amanda.
—No, pero estas historias me hacen evadirme un poco.
—Ningún hombre va a venir a rescatarte si tienes un problema —le recordó antes de dar un mordisco a la manzana.
—Y lo dices tú que vives con Charlie desde hace tiempo —le señalé a Amanda. Su pareja no parecía ser de los que te ayudaban si tenías problemas. Siempre había pensado que era de los que no se implicaban en la relación más de lo que les correspondía.
—Charlie y yo somos iguales. No me rescata ni necesito que me rescate. Vamos a medias en todo.
—Eso no es una relación. Es como si fuerais compañeros de piso —insistí.
—Es lo que somos. Compañeros de piso con momentos íntimos… de vez en cuando…
—Qué romántico —le respondí con una mueca. Solo faltaría que no disfrutara en la cama con él.
Amanda parecía que empezaba a impacientarse.
—Pues yo prefiero un hombre que me cuide —argumentó Belle—, que me abrace, que no me deje ir cargada con las bolsas de la compra, que me abra la puerta…
—Por eso estás con Bertrand —le respondió Amanda con seguridad.
—También quiero que me ame, que sienta que soy lo mejor que le ha pasado en su vida, que no me eche la culpa si cualquier cosa sale mal, o si ha tenido un mal día…
—¿Estás bien? —le preguntó preocupada.
—Por eso me gusta leer estas novelas —se justificó.
—Pero esos hombres no existen —le recordé. Si así fuera yo querría uno de la época de la Regencia londinense, elegante, estirado, culto, pero seductor y lascivo en cuanto nos quedáramos a solas.
—Quiero pensar que sí.
—Demasiado drama. Demasiadas guerras. Demasiadas posibilidades de acabar viuda antes de los treinta —insistí, burlona—. No esperes que un highlander aparezca de la nada, te abra la puerta y te lleve la compra.
Lo mínimo que podía esperar de los hombres era que fueran sinceros y avisaran de su estado civil antes de querer acostarse conmigo.
—No me importaría.
—Tienes a Bertrand —le recordó Amanda.
—Bertrand no se daría cuenta si yo conociera a otro —reconoció—. Pasa horas y horas en el trabajo y cuando llega a casa solo es para enfadarse y… Nada, que prefiero un highlander de las novelas.
—Yo un estirado y lujurioso duque de la Regencia —apunté divertida.
—Y yo un vaquero de Montana, pero no estamos hablando de eso —insistió Amanda—. Belle, ¿estás bien con Bertrand?
—¿Un vaquero de Montana? —le pregunté a Amanda, incrédula—.
¿Un hombre que trabaja todo el día, que sabe arreglar una cerca, montar a caballo y construir su casa?
Trabajar de sol a sol y luego bañarte en el río.
Eso no tiene nada de cómodo. ¿De verdad crees que encontrarías el amor en el salvaje oeste?
—¿Qué es el amor? —me respondió burlona—.
Los vaqueros eran hombres fuertes, seguros, firmes.
El amor podría surgir. ¿Pero tú? ¿Un duque de la Regencia?
¿Bailes, salones llenos de gente estirada, vestidos incómodos y toda una sociedad obsesionada con las apariencias?
No encajarías —me rebatió antes de dar otro mordisco a la manzana.
—Los hombres de esa época eran inteligentes, irónicos, educados, y por las noches… —sonreí desenfadada—. Claro que puede surgir el amor. Lo que no sé es si un highlander... —la miré tratando de disimular lo que pensaba de esos hombres tan poco civilizados.
—Por supuesto que saben lo que es el amor, y cuidan a sus mujeres como si fueran lo mejor de su vida.
—Vaya tres mujeres… —sonreí—. Belle quiere un highlander que la cuide y la haga sentir que es maravillosa, Amanda, un vaquero fuerte que trabaje de sol a sol, y yo, un duque educado y lujurioso. Lo más fácil de encontrar en el siglo veintiuno.
—No me digáis que no es bonito sentir que te aman —preguntó Belle.
—¿No lo sientes? —insistió Amanda, preocupada.
—¿Y qué es el amor? —pregunté a la vez con una mueca—. Sexo.
—Compañerismo —añadió Amanda convencida.
Belle se encogió de hombros.
—Yo quiero esto —agitó su novela—. Que me hagan sentir amada, aunque me equivoque, que me abrace como si no quisiera que me fuera nunca, que se me erice la piel cuando me toque…
—Eso solo existe en las novelas —insistí incrédula. Si encontrabas uno que no mintiera ya era un lujo, pedir más era un auténtico sueño.
—Me niego a creerlo —se defendió—. Y me da igual si tú —me miró— quieres un duque libertino de la Regencia y tú —miró a Amanda—, un fuerte vaquero del salvaje oeste. No voy a conformarme con menos.
—Te recuerdo que ya estás casada —le señalé.
—Mamá y papá se quieren mucho. Lo hemos visto en esta casa —suspiró Belle—. Me da pena que la vendan.
—Sí, hemos visto mucho amor aquí —reconocí convencida. ¿Sentiría yo lo mismo alguna vez?