Un dulce veneno (Wharton & McEntrie 6) Epílogo 1
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Epílogo 1

Craig abrió los ojos con Anne recostada en su pecho.

Sin despertarla, enroscó uno de sus rizos en un dedo y lo miró a contraluz.

Después de un mes despertándose todos los días a su lado, seguía maravillándolo la intensidad de sus sentimientos.

Mientras jugaba con aquel mechón de pelo su otra mano se deslizaba indolente por la delicada espalda hasta su nalga.

—Mmm… —ronroneó ella moviendo la pierna para notar el muslo de Craig contra su sexo.

El escocés sonrió y sus latidos se aceleraron cuando ella lo montó sin ni siquiera darle los buenos días.

Anne se apartó el pelo de la cara, apoyó las manos en su abdomen duro y se movió perezosa aún con los ojos cerrados.

El modo en que lo tomaba sin pedir permiso lo tenía obnubilado.

Anne amaba con cada fibra de su ser y se lo demostraba con pequeños gestos todo el tiempo.

A veces escuchaba su risa desde lejos y tenía que dejar lo que estuviera haciendo para buscarla con la mirada.

La deseaba de un modo irracional, quería estar siempre dentro de ella, escucharla hablar sin parar, discutir sobre si los caballos deberían o no llevar herraduras…

La agarró por las caderas y la hizo rodar sobre el colchón.

—Buenos días, a ghaoil —dijo mordiéndole el hombro antes de colocarla boca abajo contra el colchón.

Ella gruñó molesta, pero no podía luchar contra él.

—¿No ha dormido bien la señora? ¿Acaso anoche no la dejé bien saciada?

Anne emitió otro gruñido y masculló algo en gaélico.

—¿Qué has dicho? —preguntó sorprendido.

— ¡Bod an Donais! —repitió ella mordiendo cada palabra.

—¿Polla del diablo? —Las carcajadas resonaron en el cuarto.

—No puedes quitármela, es mía —dijo ella tratando de librarse de su peso.

La penetró de una estocada sin dejar de reír. Anne se movió contra él y Craig la agarró de la cintura para levantarla sobre sus piernas dobladas mientras su otra mano bajaba hasta alcanzar su punto más sensible para acariciarlo al tiempo que entraba y salía de ella.

—Joder, Anne —masculló con voz ronca.

Ella jadeaba sin aire y apretó los ojos antes de gritar su nombre presa de un placer cegador. Los movimientos de Craig se volvieron erráticos y emitió un rugido antes de derramarse dentro de ella.

Cuando los espasmos cesaron, Anne se apartó para darse la vuelta y lo abrazó con los ojos anegados en lágrimas. Él la acunó en sus brazos y la meció con ternura. Su respiración temblorosa le hacía cosquillas en el cuello.

—¿ Bod an Donais ? —preguntó él—. ¿Quién te ha enseñado eso?

—Heather —dijo ella mirándolo con una risita.

Craig le limpió las lágrimas con los pulgares.

—¿Alguna vez dejarás de llorar cuando te haga mía?

Anne se encogió de hombros y se acurrucó en sus brazos.

—Ayer, mientras escuchaba a Heather tocar el piano, estuve pensando en ti. En nosotros.

Craig se recostó en el cabecero de la cama sin soltarla.

—Espero que fuese algo bueno.

—Durante años te amé sin conocerte de verdad, por lo que creo que nuestras almas estaban conectadas.

Él cerró los ojos aspirando el aroma de su pelo.

—Mi amor entonces era liviano. Un amor fresco, lleno de promesas no cumplidas. Con un poco de misterio y un reto. Como una carrera en la que no te dejan correr, pero que sabes que ganarías.

Levantó la cabeza para mirarlo y vio que tenía los ojos cerrados. Volvió a recostarse en su pecho.

—Pero para ti mi amor era muy distinto. Un dulce veneno que acabaría por corromperte.

Craig abrió los ojos y la apartó para mirarla muy serio. Anne no rehuyó su mirada.

—No eras tú…

—Creías que yo podía ser como Alana, que mi inmadurez te agotaría y yo me pudriría y me volvería vengativa.

—Estaba equivocado.

—Sí, lo estabas. Pero no solo conmigo. También con ella.

—Hizo cosas horribles.

—Hablé con tu abuelo de esto.

—¿Hablaste de Alana con mi abuelo?

—Sí, no tuvo ningún problema en hablarme de ella. Fue su esposa y le dio dos hijos a los que ama profundamente. —Se sentó sobre los talones—. Y lo que me dijo me hizo entender muchas cosas y ver cuál era tu error.

Craig se incorporó mirándola con curiosidad.

—¿Qué cosas?

—Alana no se volvió cruel porque fuese inmadura. Quiso algo que nunca fue suyo y lo consiguió por medio de un dolor inmenso.

—Pero eso fue fruto de su inmadurez.

—No. Fue por su egoísmo. Alana creyó que amar a tu abuelo le daba derecho a poseerlo.

Sabía que no podía hacerlo feliz y aun así lo tomó porque era lo que quería.

Cuando comprendió que tenerlo a su lado no significaba haber conseguido su amor, ya no pudo soportar aquello en lo que se había convertido.

—Todo eso no importa ya.

—A mí me importa —dijo con expresión seria—. Quiero que lo entiendas. Si tú dejaras de amarme…

—Eso es imposible —la cortó.

—Pero si lo hicieras, yo no te retendría. ¿Lo entiendes, Craig? Sabes cómo te amo. —Señaló la cama—. No hay una porción de mí que no te pertenezca. Y por eso viviré el resto de mi vida pendiente de tu felicidad. Porque tu felicidad es la mía.

—Anne, joder… —musitó apretándose el puente de la nariz.

Ella sonrió con ternura.

—Jamás te retendré a mi lado, ¿lo entiendes? Si mi amor es un veneno, en él también está la cura.

Craig notó la humedad de sus ojos, pero no hizo nada para esconderla.

—¿Quieres matarme? —preguntó tirando de ella para abrazarla—. Si sigues obligándome a amarte cada día más, me explotará el corazón.

La apoyó en su pecho y cerró los ojos impregnándose de cada detalle de ese momento. La suave mejilla contra los latidos de su corazón. El olor a sexo que desprendía. Los senos rozando sus brazos. La calidez de su cuerpo… Si estaba soñando, no quería despertar jamás.

—Nunca fuiste tú el veneno —musitó apretándola—. El veneno fue negarte.

Anne le dio una palmadita en el pecho y luego bajó de la cama.

—¿Adónde vas con tanta prisa? —preguntó molesto.

—He quedado con alguien. No preguntes, te lo contaré cuando sea el momento.

Craig frunció el ceño y se cruzó de brazos nada conforme.

En las cuadras Dougal examinaba la pata delantera derecha de un potro castaño.

El animal avanzaba inquieto, estirando el cuello y golpeando el suelo cada vez que el McEntrie intentaba detenerlo.

Niall, el mozo más viejo de Slioscreige , lo sujetaba por las riendas con tanta fuerza que tenía los nudillos blancos.

Los ojos verdes de Dougal se clavaron en ella en cuanto se acercó adonde él estaba.

—Buenos días —saludó Anne y su tío respondió con un gruñido.

—Buenos días, señora. —Niall inclinó la cabeza.

Anne se apoyó en el vano de la puerta y vio a Luke, que estaba con una potranca en el cercado. Los observó durante un momento.

—A Luke no le va muy bien con esa potranca alazana —dijo.

Dougal levantó la mirada y entornó levemente los ojos para observarla.

—No debería sujetarla así —siguió Anne consciente de su escrutinio—. Se le cuelga de la boca cada vez que intenta bajar el cuello. La está irritando.

El McEntrie se puso de pie y se acercó a ella limpiándose las manos en un trapo viejo.

—Niall, trae a ese potro —ordenó—. Y tú, ven conmigo.

Anne reprimió una sonrisa y se apresuró a alcanzarlo. Cuando llegaron adonde estaba la potranca, Dougal hizo desmontar a Luke.

—Monta a ese y síguenos —dijo señalando al otro potro.

Él cogió las riendas de la potranca y se dirigieron al terreno de ejercicio que se extendía en una suave pendiente protegida del viento por una hilera de árboles.

—Monta —le ordenó a Anne.

—¿Qué?

—Dices que sabes manejar caballos de carreras. Enséñamelo.

—No está lista para una carrera.

—¿Ah, no?

—No. No puede escuchar al jinete porque está demasiado ocupada defendiéndose de sus manos.

Dougal levantó levemente una ceja.

—Enséñamelo.

Anne montó, ajustó las riendas sin acortarlas y esperó hasta que el animal dejó de anticiparse a sus manos.

Cuando comenzó a caminar, lo hizo describiendo círculos amplios.

Cada vez que la alazana levantaba la cabeza, Anne cedía un poco en lugar de tirar de ella.

Al cabo de varios minutos, el cuello de la potranca descendió y sus pasos dejaron de ser cortos y nerviosos.

—Luke —lo llamó—, acércate con el otro potro.

El castaño pasó junto a ellas y la alazana intentó seguirlo, pero Anne la obligó a girar con las piernas, sin castigarle la boca. A la tercera ocasión, la potranca se limitó a mirarlo pasar. Dougal no dijo nada, pero hacía rato que había dejado de prestar atención al animal para estudiarla a ella.

—Pareces muy segura de poder entrenar a un caballo sin haberlo hecho nunca —dijo el McEntrie cuando ella desmontó.

—No he dirigido nunca un entrenamiento, pero ayudé con Pod… Blue antes de Doncaster.

—Y también con Seabhag —añadió Craig al llegar hasta ellos—. Tiene buenas ideas y es muy observadora.

—Tú calla —ordenó Dougal.

La alazana movió las orejas y Anne la acarició con cariño.

—¿Cuánto tiempo? —preguntó el McEntrie.

—¿Qué?

—¿Cuánto tiempo necesitas para que pueda correr una carrera?

—Depende. ¿De qué distancia hablamos? ¿En qué terreno? ¿Contra quién? ¿Quién la montará?

Anne descubrió un destello en los ojos de Dougal.

—Una milla, aquí mismo. Terreno firme. Contra él —señaló al otro potro—. Y la montarás tú.

Anne cogió las riendas de la potranca y se alejó con ella para observarla mientras caminaban.

—¿A qué has venido? —preguntó Dougal sin perderlas de vista.

—Quería saber qué teníais entre manos.

—¿No te fías de ella? —preguntó su tío burlón.

—No me fío de ti.

Dougal alzó una ceja.

—Quiero a esa niña. Es sobrina de mi mujer y su padre es un buen amigo.

—Ya.

—¿Ya? —Lo miró incrédulo—. ¿A qué viene ese tono?

—Yo soy tu sobrino y me has dado buenos pescozones.

—Porque te los merecías.

—Un mes —dijo Anne deteniéndose frente a ellos.

Dougal sonrió levemente.

—Trabajarás con nosotros a partir de mañana. Si dentro de un mes esa potranca hace un buen trabajo… veremos.

Anne condujo la potranca hacia las cuadras con una mano y se aferró a la cintura de Craig con la otra.

Había llegado a Slioscreige porque aquel era el hogar del hombre al que amaba.

Mientras contemplaba los cercados, el terreno de ejercicio y los caballos, se dio cuenta de que, por primera vez, tenía un proyecto que era solo suyo.

—Vas a tener que levantarte al amanecer, a ghaoil —dijo Craig besándole la coronilla.

—Lo estoy deseando.