Epílogo 2
—¡Vamos, Nuna! —exclamó Alison cinco pasos por delante—. Parece como si fueras pisando cáscaras de huevo.
Su prima aceleró hasta alcanzarla.
—Hace un día precioso, ¿no crees? —dijo Nuna mirando a su alrededor—. Buenos días, señora Mackay.
—Buenos días, muchachas. ¿De compras? —preguntó la anciana acercándose a la cancela.
—Yo vengo a por un libro —dijo Alison—, y ella, a por una carta.
—Ah, ese joven de América.
—Sí, ese mismo —confirmó Alison—. No le escribe nadie más.
—¿Necesita algo, señora Mackay? ¿Quiere que le traigamos algo de la tienda del señor Knox?
—Oh, no hace falta —dijo la mujer con simpatía—. Pero como seguro que vais a ver a los hermanos McAllen, recordadle a Josh que no se olvide de traerme el atizador para la chimenea.
—Descuide, se lo diremos.
Las dos muchachas siguieron su camino y la oficina de correos fue el primer lugar por el que pasaron.
—Aquí tiene su carta, señorita McEntrie. Y hay dos más, una para su madre y otra para su tía Lavinia.
Las primas miraron los remitentes y vieron que la que iba dirigida a Elizabeth provenía de su cuñada, Meredith Wharton, y la otra era de Heather para su madre.
—Echo de menos a Heather —dijo Alison cuando salieron de la oficina—. Todo es mucho más aburrido desde que no está. Me gustaba tanto que le pusiera música a mis poemas.
—Puede seguir haciéndolo si los mandas —dijo Nuna, echándose a un lado para dejar pasar a dos niñeras.
—No es lo mismo —dijo Alison con desagrado—. Yo no veré el proceso ni podré darle mi opinión… Definitivamente no es lo mismo.
—Siempre prefieres el problema a la solución —la regañó su prima.
—Eso no es cierto, lo que pasa es que yo no soy como tú. No acepto las cosas porque sí.
Nuna la miró burlona.
—¿Yo acepto las cosas porque sí?
—A las pruebas me remito.
—¿A qué pruebas?
Alison señaló las cartas que su prima sostenía en la mano y Nuna levantó la de Frank Bertram.
—¿Lo dices por esto?
—Evidentemente.
—Ya lo hemos hablado un millón de veces y no vamos a ponernos de acuerdo.
—No, porque tú aceptas las cosas porque sí.
—Eso no es cierto.
—¿Qué no es cierto? —preguntó Connor McAllen cuando entraron en la herrería.
—Nada —negó Nuna pasando a su lado—. No le hagas caso.
Josh paró de dar golpes con la maza y la señaló con ella.
—¿Cuántas veces te he dicho que no entres aquí cuando estoy trabajando, Nuna?
—Hola a ti también —dijo ella con ironía—. La señora Mackay nos ha pedido que te recordemos que le lleves el atizador.
—No hacía falta —dijo poniendo de nuevo la pieza en el yunque—. Aléjate.
Nuna hizo lo que le decía y observó cómo golpeaba la herradura con la maza. El sudor hacía brillar su piel y los músculos de sus brazos se contraían con cada golpe.
Alison se había sentado sobre una mesa y balanceaba los pies agarrada al borde. Nuna se sentó a su lado a esperar.
—Muchas cartas veo yo ahí —dijo Connor.
—Tres —explicó Alison—. Una del innombrable, una de Heather y otra de Meredith Wharton.
Josh dejó de dar golpes y metió la herradura en el cubo para enfriarla antes de dejarla con las demás. Se limpió el sudor de la frente con el dorso de la mano y cogió la jarra de agua para beber un largo trago. Al bajarla fijó los ojos en las cartas que Nuna sostenía en las manos.
—¿Qué cuenta Frank? —preguntó.
Nuna pasó el pulgar por el borde del sobre.
—Aún no la he abierto.
Josh alzó una ceja y se le torció la sonrisa.
—¿Aguantarás hasta casa?
—Querida Nuna —empezó Alison, dando un salto para bajarse de la mesa—, por aquí todo sigue igual que siempre. Nuestros esclavos trabajan de sol a sol y nosotros somos buenos y no les pegamos con el látigo.
Nuna puso los ojos en blanco y movió la cabeza irritada. Dejó las otras dos cartas a un lado y rompió el lacre de la dirigida a ella. La desplegó ante la atenta mirada de los demás y empezó a leer. Su rostro fue mudando hacia la sorpresa y se bajó de la mesa llevándose la mano al pecho.
—¿Se ha muerto alguien? —preguntó Alison.
Nuna buscó la fecha en la parte superior de la hoja y contó los días en voz baja.
—Llegará… dentro de dos semanas.
—¿Quién? —preguntó Alison.
—Frank Bertram —dijo Josh sin la menor inflexión.
—¿Qué? —Alison miró a su prima arrugando la nariz—. ¿Viene aquí?
Nuna asintió.
—Ahora mismo debe de estar en Londres con los Burford.
—Pues que se quede allí —dijo su prima con un gesto airado—. Vamos, que te recuerdo que yo quería comprar un libro.
Nuna cogió las otras dos cartas y se despidió de los hermanos para ir tras ella. Connor miró a Josh, que regresó al yunque.
—Dale fuerte —musitó Connor cuando su hermano volvió a coger la maza—. El yunque lo aguanta todo.